domingo, enero 23, 2005

Madre y mujer plagiada

Estimado Señor Coelho
De mi mayor consideración:

Desde Pringles, atrincherada en un ciber café, sigo con atención blogs tan disímiles como el de Piro, Link, y desde hace poco el suyo, que me parece desparejo y arbitrario -percibo en usted cierta languidez incurable-. Mi preferido es el de linkillo, donde se han ventilado hechos que felizmente me involucran, me sacan del tedioso anonimato de pueblo y me devuelven la preciada voz. Considero que Daniel, a diferencia de usted -mi César lo ha definido en privado como barato conejo de peluche que se hace pasar por perro-, además de inteligencia posee una extraña cualidad: la de no de ser afectado ni pedante, y no empatanarse en los oropeles del "estilo".
Pero antes de perderme en los dorados ramajes del elogio, voy al grano... Se rumorea que yo fui la autora de El niño proletario, y que la confección de esas páginas se habría originado gracias a un secuestro instrumentado por Osvaldito. Algo cierto hay en esa hipótesis. En realidad fue un secuestro simulado para huir del insaciable y juvenil Arturito. Sucedió un fin de semana. Nos escondimos en el sótano de una pulpería. Con tranquilidad y estímulos suficientes, escribí un borrador intitulado La niña proletaria. Osvaldito, caminando de un lado a otro con un candelabro en la mano, coordinó la escritura. Silbaba, bailoteaba y leía a un tal Gombrowicz en voz alta. Al día siguiente, como había ocurrido años antes con El fiord, hizo "suyas mis páginas", amancebó el texto con correcciones francamente inútiles, como la de alterar el género de mi protagonista ¡Estropeada! -operación que César repetiría sobre el borrador de mi novela más lograda, Cómo me hice monja-. Desde entonces, lo plagios consentidos no cesan. Aprovecho la ocasión para hacer publica esta situación intolerable.
Creo que tras esta observación, tengo anuencia para precisar la injusticia que se ha abatido sobre mí, y clausurar así el mayor malentendido de la historia literaria nacional. En mi reciente autobiografía, a cuya presentación en Pringles apenas acudieron mis alumnos de taller, mi amigo Tomás Abraham y mi fiel Arturo, referí paso a paso mi triste destino de madre y mujer plagiada. Naturalmente, intereses oscuros impidieron que el libro trascendiera. El manuscrito que finalmente me decidí a firmar fue rechazado por todas las casas editoriales -estimo que por influencia de mi hijo- y debí resignarme a una edición de autor. Hasta hace poco yo sólo deseaba alimentar con mi genio la celebridad de César. Al considerar el tamaño de su ingratitud filial, he decidido emprender una campaña para reivindicar mis derechos intelectuales. Esta carta sólo es el primer paso.
Desde ya muy atentamente y hasta una próxima aparición,

la madre de Aira.

4 comentarios:

Jimena dijo...

Ahora ya sé quién era la viejecita misteriosa que pagó $100 por una primera edición del Fiord en la librería Club Burton.

Omar dijo...

Todo es una vil campaña en contra de la verdadera madre de Aira: la afamada mara patagónica. Evocando a su madre, Aira hace noche en una pequeña madriguera cavada con sus propias manos. Dicha mara ha dictado (vía medium interparasitario) las palabras de su verdadero libro: Cómo me hice esponja.

Diario de trabajo dijo...

Basta, basta de Airas y de Pringles. Qué carajo come la gente ahí?

Anónimo dijo...

Basta, basta de Airas y de Pringles. Qué carajo come la gente ahí?