martes, junio 16, 2015

Noticias del más allá *

  Caer en la trampa de las guías, sobre todo cuando uno viaja a países exóticos, es un mal necesario. Hace más de una década, recuerdo haber pisado pueblos semifantasmales de Tailanda por culpa de guías como la Lonely Planet. La guía en cada rincón y en cada pueblo exacerbaba una característica o un atributo a tal punto que el encuentro con la realidad de una región que podría tener su encanto, se volvía decepcionante por las expectativas creadas. Llegaba tratando de identificar las características locales y los sitios arqueológicos citados en la Biblia del buen mochilero. En cambio, terminaba deambulando por pueblos opacos, con ruinas budistas apenas conservadas, persuadido de que había errado las coordenadas. Los alojamientos recomendados solían ser antros de paredes delgadas, donde resultaba imposible dormir después de las siete de la mañana. Varios estaban comandados por gringos que parecían prófugos o lavadores dinero en el rincón menos pensado del planeta.

Recuerdo que aquel viaje pesadillesco por suburbios del sudesteasiático se encarriló cuando dejé de atender el optimismo de una guía para la cual todo puede o debe ser vendido,  y empecé a confiar en viajeros que hacían el camino inverso y traían noticias de más allá.  Al cabo de una semana entendí que estaba en el país equivocado si no quería improvisar una de las tantas formas de turismo y consumo que ofrece Tailandia y pretendía viajar hacia el corazón de un pueblo. Crucé la frontera con Laos y la atmósfera cambió como si los dos países estuvieran separados por un océano. Vestigios de Indochina y del comunismo. Trazos de la historia en el aire y en el paisaje. Recuperé la ilusión de que por fin era un viajero más que un turista. Difícilmente un extranjero se encontrara en Vientiane por los mismos motivos que otro. De algún modo era un lugar transitado por fantasmas.

Lo que me sucedió en Tailandia, bajo el influjo de la Lonely Planet, no suele ocurrirme en Argentina. En mi propio país siempre me resultó más simple percibir dónde había gato encerrado. No obstante, un par de notas auspiciosas en distintos matutinos sobre Maschwitz y sus mercados, fungieron de guías de turismo accidentales. Con una fe fundada ingenuamente en esa publicidad encubierta que propagan las crónicas del buen vivir, un domingo partí con mi mujer hacia la aventura. Ya al entrar a la zona en cuestión, sentimos la presencia de un pasado falsificado e incrustado en una especie de maqueta balnearia, con sus zonas temáticas, sus shoppings al aire libre y sus turistas indecisamente bronceados. Bajo la máscara de la autosustentabilidad conservaba algo de esos paseos de compras laberínticos que pueden verse en Bariloche y Mar de las Pampas, y que la mayoría de las veces parecen construcciones prearmadas sobre las que, en temporada baja  o en días de semana, cae una tristeza inocultable, igual a la de un payaso. En esos momentos clientes y habitantes parecen haber huido y detrás del maquillaje turístico corrido asoma una maqueta de la sociedad argentina: simulacros culturales que son centros de recreo y bienestar para habitantes de countries y para porteños incautos, y a pocas cuadras calles empantanadas, pozos ciegos, baches, fachadas derruidas que cada tanto la sombra de un hombre atraviesa para alimentar perros flacos y rendidos ante su puerta.   




* Columana publicada en Cultura Perfil el 14 de mayor de 2015

Bárbaros en la barra *


Hace poco, leyendo un libro de crónicas de Andrés Felipe Solano sobre Corea, me encontré con un pasaje, entre tantos otros destacables en este libro -que pese a todo es un diario visceral que hace honor a su título: “Corea, apuntes desde la cuerda floja”-, que refería la importancia de los bares en la vida de un extranjero. Encontrar un bar cercano en el cual atravesar el verano –o un lapso de tiempo más subjetivo, por ejemplo un duelo- es una cuestión de sobrevida.
Agreguemos que también ese tipo de bares son esenciales para atravesar el invierno, el otoño y la primavera. Felipe Solano refiere el hallazgo de un bar singular en Seúl, repleto de una colección de vinilos, como una anomalía en la que además, o por sobretodo, existe la bendición del aire acondicionado en épocas de economía energética. Los veranos en Seúl son pesados y húmedos, como los de Buenos Aires. De manera que el bar de Felipe Solano, llamado Golmok, en las inmediaciones del barrio cosmopolita por excelencia de Seúl –Itaewon-, es un refugio, un lugar de doble vida donde lo que se gana no es la aventura sino la soledad. Ninguna residencia más oportuna para ejercitarse como forastero que la barra de un bar.
Me pregunto, ahora, si en realidad la barra de un bar no induce la extranjeridad. Es decir, si la barra no es un nodo en el que uno y su propio extranjero se encuentran pacíficamente a saldar cuentas y negociar el futuro. Acodarse en la barra de un bar en Buenos Aires puede ser un modo nostálgico de sentirse forastero, sobre todo cuando los bares con barras serias y contundentes escasean.
En Seúl, aunque no llegué a frecuentar el Golmok, cierta tarde invierno descubrí un bar de jazz. Tenía una variedad sorprendente de whiskys y en general los clientes, después de comer en otro lado, venían a beber y ordenaban una botella. Como muchos bares en Asia, el bar no daba a la calle, estaba en un edificio. El dueño, del otro lado de la barra, trabajaba solo, y tenía una pecera con un microhabitat y una criatura de piel transparente, aspecto de nonato, brazos cortos, manitos atrofiadas y cola larga, a la que mimaba y apodaba “mi bebé” pese a que raramente se movía.
La mayoría de las veces, como si fuera necesario exacerbar mi sentimiento de extranjeridad, apenas abría el bar a la noche yo estaba en la barra hablando de Sonny Rollins, Ornette Coleman, Gary Peacock. Siempre sonaba buena música y siempre podía encontrar luz para leer el libro que llevaba encima.
Sin embargo, a partir de un episodio, mi estadía comenzó a ser non grata. Con cada visita la curiosidad por la criatura había ido aumentando y me quedaba minutos observándola. Cierto día, a solas, vulneré la resistencia del dueño a hablar de esa criatura prehistórica, e insistí en saber qué era. “Un axolotl”, me dijo. Le pregunté cómo lo había conseguido y si no era un anfibio en extinción. Malhumorado, me contestó que había llegado de Japón, que el animal requería tantos cuidados como un enfermo y que tener uno no era ilegal.  Cometí la torpeza de comentarle que en Ciudad de México algunos restaurantes lo servían como manjar. Empalideció. Nunca me quedó claro si debido a nuestro inglés tomó el comentario como una propuesta culinaria, pero en mi siguiente visita, al verme entrar, me recibió como un bárbaro que llegaba a apropiarse de su bebé. 

*  Columna publicada en Cultura del diario Perfil el 31 de mayo de 2015.

lunes, mayo 25, 2015

Corte y confección


En los bares, a altas horas, entre una corte de beodos y amistades espontáneas, se cuece el caldo de las mitologías. Un poeta chileno, con varias cervezas negras encima, me sugiere que la aristocracia inglesa manda a bordar a la India las prendas de seda más delicadas. Son bordados que sólo manos chicas y suaves pueden plasmar, aclara. Mientras más pequeñas, mejor para la trama. En general, los bordadores, con pulso perfecto, concentración y velocidad récord, no tienen más de nueve años y llegan a la adolescencia con la vista arruinada. Es un trabajo fino que sólo puede ejecutarse desde la inocencia, como un juego, y sin conciencia del perjurio que apareja la alta precisión. La posibilidad de bordar esos dibujos únicos se termina con la infancia. Luego vienen otras formas de explotación más diversas –e igual de adversas-.
Aunque el poeta después confiese haber recabado la noticia en un diario apócrifo, es verosímil que en un futuro cercano ejércitos de bordadores trabajen, a través de intermediarios, para una aristocracia obscena compuesta por estrellas del espectáculo popularizadas por un diario amarillista como The Sun. Recuerdo que años atrás, de las calles y los mercados de India me sorprendió la cantidad de puestos destinados a la confección instantánea de ropa. Ya al pasar caminando frente a la tienda a uno le tomaban las medidas y en cuestión de cinco minutos un sastre confeccionaba pantalones y camisas en un algodón de hilo de una calidad difícil de encontrar, a precios irrisorios.
Me quedo pensando si Argentina, en algún momento, proveerá esa mano de obra.
Y entonces vienen a mi cabeza los talleres clandestinos instalados en Liniers, Floresta y Bajo Flores, que de algún modo fecundan toda la mitología relacionada con la costura como área de esclavitud contemporánea. Las formas de explotación laboral más cruentas y difundidas han tenido lugar en estos cuarteles suburbanos, donde ejércitos de inmigrantes permanecen cautivos e indocumentados en casas ciegas, para abastecer la demanda de “la burguesía nacional”. Cada tanto se destapa algún caso o un incendio muestra la tragedia. Hace poco dos niños murieron en un sótano que funcionaba como taller clandestino. Tenían la edad que, según el poeta chileno, deben tener los niños en la India para atender los antojos textiles de la aristocracia inglesa o la que, sin recurrir ya a mitologías, deben tener en Tailandia y Camboya para satisfacer los caprichos del turista sexual más obseso y estrambótico.
Si en Inglaterra no hay talleres clandestinos con cientos de inmigrantes menores de edad, se debe a que los sueldos están en libras y no en rupias o pesos argentinos, y a que las inspecciones no son tan permisivas como durante la revolución industrial. La ruindad, la vileza del patrón explotador para quien el trabajo infantil no es un obstáculo para la ambición, está expuesta en las novelas de Dickens… ¡Casi doscientos atrás! La decrepitud de los talleres de Floresta y Bajo Flores, con sus condiciones de hacimiento, sus sótanos, su luz lóbrega, parece vinculada a esa mitología dickensiana. Sólo que las formas de explotación han mutado. La mayoría de los países produce sus prendas en Asia, donde la mano de obra es muy barata y las leyes laborales son más laxas. Argentina, hoy, por vicisitudes de política exterior económica, importó un modelo de producción para satisfacer una demanda interna, a un coso impredecible.

* Publicado en Cultura Perfil el 17 de mayo de 2015 

Viajes tardíos *


Ciertos viajes dejan retazos de arrepentimiento. No me refiero a la pena de haber sido y ya no ser. Lo que vuelve no es la nostalgia, sino la incredulidad respecto a las omisiones, a las chances desaprovechadas, a la negligencia o al solipsismo del mochilero. Ese ejercicio de remordimiento suele invadirme cada vez que pruebo un single malt y recuerdo que la única vez que estuve en Escocia, a los diecinueve años, no fui más allá de Edimburgo. En la memoria, es un viaje dilapidado, aunque las calles en pendiente de la ciudad, los cuadros de Francis Bacon apiñados en el Museo Nacional y el castillo en la cima de una colina bucólica hayan sido memorables. 

Tomé conciencia de las chances perdidas en realidad hace bastantes años, cuando en una librería de Montevideo me topé con una guía ilustrada de Single Malts. Así de casual y caprichosa suele ser una predilección en la vida. Después de una lectura apasionada de esa guía, me transformé en un especialista sin experiencia. Los retazos de arrepentimiento, sin embargo, vinieron con los años, a medida que la juventud y las posibilidades de viajar comenzaron a reducirse. Hoy no dejo de imaginar que las Highlands, Islay y Speyside, esconden los paisajes más bellos del planeta, una mezcla de verdor, olores minerales, vientos ensordecedores y acantilados desgastados por un mar bravo. Los paisajes de la serie Game of thrones coinciden llamativamente con los de este territorio idílico. No puedo decir que cada capítulo de la serie me haya inspirado más saudade que cada vaso de single malt, pero lo cierto es que introdujo la rara sensación de haber estado en un lugar a destiempo, casi por error.

Basta una enumeración rápida de destilerías para evidenciar las oportunidades perdidas: Glenmorangie, Dalmore, Oban y Aberfeldy en las Highlands; The Macallan, Tamdhu y Glenrothes en Speyside; Talisker en la zona de Skye; Caol Ila, Lavagulin, Laphroaig y Jura en las islas australes de Islay. Naturalmente, para recorrer un tercio de estas destilerías, habría necesitado tiempo y mucho dinero. Dicen que el secreto del Single Malt escocés, además de la calidad de las maltas, reside en el agua. Cuando escucho esto, pienso que por lo menos podría atesorar en el recuerdo el sabor del agua en Edimburgo. Pero fui tan incauto que en su momento ni siquiera capturé el sabor del agua, política sibarita de bajo vuelo que ahora me acompaña en cada viaje y merece una entrada en mi diario, así como a otros los acompaña o guía el hábito –también político- de probar y comparar el sabor de la Coca Cola y el gusto de los cigarrillos Marlboro en cada país.

En medio de todo este rodeo subjetivo, me vienen a la cabeza las oportunidades ganadas, que  nunca son tan perfectas y enteras como las perdidas. Hace no mucho, huyendo de los Siete Lagos, donde ya no podíamos acampar por el frío, con mi mujer subimos a San Rafael y al Valle de Uco, Mendoza, donde el otoño todavía no había llegado y el camino a las bodegas estaba servido. Quizás de haberlo deseado y planeado, no habríamos llegado nunca, como a Escocia. Lo cierto es que mi formación como bebedor de vinos fue producto de una experiencia acumulativa más que de una fascinación ilustrada, y sentí que llegaba a Mendoza en el momento oportuno, es decir, más tarde que temprano.   


*  Columna publicada en Perfil Cultura el 3 de mayo 2015

Corte inglés


Cruzarse a un inglés en viaje es algo excepcional. No porque falten, sino porque orbitan en el extranjero como aristócratas irracionales. Una vez mi padre, en los setenta, en las calles de Río de Janeiro, se cruzó con un inglés que iba cuesta arriba hablando con un local. Todo en este inglés que llevaba un sombrero panamá parecía enrojecido por la luz. A los veinte metros mi padre se detuvo, incrédulo, y se dijo que ese hombre, mucho más pálido y pelirrojo que en las fotos de los discos, no podía ser sino George Harrison. Compró un diario y terminó de comprobar que no había alucinado y Harrison estaba en Río de Janeiro. 
No hay acento ni aspecto que delate más a un viajero que el de un inglés. Cierto modo mortecino de caminar es característico incluso en las complexiones más atléticas. Cierta vez, en un bar de Luang Prabang, un joven bronceado me pidió permiso para sentarse en mi mesa. Por el acento no sólo noté que era inglés, sino que hablaba un idioma de otra época. La entonación era engolada y estaba repleta de apócopes.  Al rato de conversar comprendí el linaje de ese acento: hijo de un Lord, físico laureado en la Universidad de Cambridge. Hastiado de las exigencias académicas y de los protocolos, tras la muerte de su madre se había echado a viajar por el mundo y vivir amores con jóvenes que no hablaran su lengua.
Días atrás, mirando una película, me vino a la memoria este físico que probablemente, después de un año de rebeldía, haya regresado, reclamado su linaje y recuperado su altar en la sociedad.  El film en cuestión, The imitation game, está ambientado en la segunda guerra y narra de forma espectacular el desarrollo de una máquina –o una proto computadora- para desencriptar el código Enigma que volvía indescifrable las transmisiones secretas de los submarinos nazis. Hay un hecho sorprendente que no tiene que ver con la película ni con la máquina milagrosa, sino con la biografía de Alan Turing, el prodigio inglés de las matemáticas egresado de Cambridge que comandó el exitoso experimento y luego cayó en desgracia.  En el año cincuenta y dos Turing fue procesado, condenado por prácticas homosexuales y castrado químicamente. Dos años después se suicidó. Las reglas de una sociedad todavía bajo el influjo de la moral victoriana, parecen explicar la injusticia que se abatió sobre Turing. En las colas finales de la película se aclara que en el ¡“dos mil trece”!, sesenta años después, sólo después de una intensa campaña y a pedido del Ministro de justicia británico, la reina Isabel le concedió el “indulto póstumo”. Entonces, de golpe, me sumergí en la duda. ¿Desde hace cuánto la reina de Isabel es reina? En mi memoria, la reina siempre fue la misma, una anciana cerúlea, de pocos gestos y rigurosa etiqueta. Tras cortas averiguaciones, me enfrenté a un dato que de tan obvio es invisible: ascendió al trono a principios de mil novecientos cincuenta y dos, antes de la persecución a Turing, lleva sesenta y tres años reinando, cifra ni siquiera superada por Fidel Castro en Cuba. Algunos otros parámetros sirven para magnificar fechas: no existían todavía los Beatles. Resulta sorprende que antes y después del Rock, la reina sea la misma; también que en algunos países como Cuba o Corea del Norte, el poder haya adoptado disimuladamente la genética de la monarquía y padres, hijos, hermanos, trafiquen el privilegio de gobernar o vivir como lords del subdesarrollo.   

* Columna publicada el 19 de abril de 2015.



Rápido pasaje *

-->
Suelo soñar con urbes cuyas arterias sean ríos, arroyos, universos metonímicos como los de Italo Calvino en las Ciudades Invisibles. Con una vida que extrañe la comodidad, una vida de rituales físicos y cansancio prematuro, donde los estímulos lleguen tan ralentizados y adelgazados por los obstáculos topográficos que la sensación inminente de escasez perfore la conciencia. Esa zona de destiempo podría ser el Tigre. En otro tiempo, el Tigre fue un lugar lejano y inhóspito con sus crecidas, hecho para la clandestinidad. Ya en el fin de la primera sección, las ocasiones de recreo son mínimas y las horas pasan formando bloques que sólo contienen manifestaciones subjetivas relacionadas con el sonido de una lancha que se anuncia a lo lejos y a veces nunca llega, la altura del agua y su rumor, el canto de un pájaro, una avioneta. La lancha panadera, la lancha almacén, son ocasionales atajos para la supervivencia y con los días he terminado por creer que son un mito popular.
En una isla inevitablemente uno tiene la fantasía de vivir en un antes. En un “antes” sin otro, previo a cualquier tipo de socialización. El único modo de proteger una isla del otro, pienso, es ser el primero en habitarla. En el Tigre nada de todo esto es posible, desde luego. En cada isla, decenas de lotes que en los mejores momentos del día parecen abandonados, en la noche se vuelven territorios de un futuro deshielo bajo la niebla que sube del agua. Un día sin embargo una canoa llega y se detiene en un muelle a cien metros. Bajan dos hombres de piel oscura y pelo canoso sin decir palabra alguna. La canoa comandada por un chico que no supera los quince años, se retira en silencio, camuflada en el paisaje. Los recién llegados hablan. Tienen voces parecidas, por momentos parecen ser una misma persona que cambia de tono. Pese al  evidente desacuerdo respecto a una cuestión, no discuten. El tiempo vuelve a correr. El túnel de árboles inclinados sobre el río funciona como cámara de resonancias y transporta, intactos, ciertos diálogos. Los recién llegados, que para mi gusto pasan a ser intrusos, dirimen una cuestión crucial. No hay preguntas ni respuestas. Sólo un contrapunto de afirmaciones en la funda de dos voces siamesas. “Quince días”. “Diez”. “Pasado mañana se olvidan de nosotros”. “Poné música”. “Sos boludo, poner música, mirate este paisaje, disfruta el sonido de los pajaritos”. “Disfrutar… No puedo”. “Vamos a llamar la atención con música”. “No aguanto diez días sin cumbia, Mono”. “Tenemos que guardarnos, Leto. Escuchate ese grillo”. “Paraaaaá” dice Leto y desaparece entre los árboles, hacia el interior de la isla. Mono permanece quieto unos segundos, y va detrás caminando como un pato. Es chueco y por el ademán reiterado de levantarse el pantalón al andar, se me hace evidente que viste ropa prestada. El gesto no desentonaba demasiado con su apodo, pienso. “No corrás”, dice  Mono, y luego vocifera, como si correr fuera lo peor que pudieran hacerle a un chueco entrado en años: “hijo de la remil puta, no corras, te dije”.
Imagino a Leto perdido en el corazón de la isla. A las pocas horas veo a Mono asomarse a río solo y cauteloso, como si espiara. Incluso en ese momento no me descubre. A las pocas horas, la misma canoa que lo trajo para en el muelle. Mono sube, consternado, sin que medien palabras, y la embarcación se aleja en dirección opuesta a mi mirada.

* Publicado en Cultura Perfil el 5 de abril de 2015

lunes, marzo 23, 2015

Reinos cotidianos

Recuerdo que en La Habana siempre me sentí menos extranjero que el resto de los extranjeros, pese a que en la década del noventa, cuando fui por primera vez, en pleno menemismo y en pleno periodo especial, no había nada tan poco familiar y hospitalario como ese comunismo desabastecido. También recuerdo que, un poco por instinto de supervivencia y otro poco por gusto, absorbí el acento y empecé a vivir otra historia, una vida cuya particularidad residía en la normalidad, en la posibilidad de camuflarse y tener una rutina, y no en la aventura.
Cada tanto revisito historias de viaje y corroboro que la escritura no tiene relación alguna con la intensidad de algunas experiencias. Esa misma intensidad parece perder consistencia en la memoria, evaporarse y a veces hasta tornarse falsa, y experiencias diferentes –no por menores sino por regulares y predecibles-, en cambio, se vuelven cruciales con el paso del tiempo. Sobre la India escribí una vez y no me extraña, sin embargo, no haber vuelto a escribir al respecto. Marcó un antes y un después en la experiencia adolescente de mochilero, pero no en la vida. Es un lugar con implicancias espirituales pero no políticas, un lugar ínclito para la literatura de viajes anglosajona pero en la que raramente un escritor latinoamericano –con excepción de Octavio Paz, que ahí residió como embajador- pueda encontrar un campo cómodo de reflexión.
Tal vez de todo esto se desprenda la dificultad para anecdotizar y recaer en una apología del exotismo sin sentir una impostura. Lo mismo podría decir de Japón o China. Epicentros de exotismo que no me urge repensar, a pesar de los trazos de belleza y los rituales deslumbrantes que una serie de fotografías resumirían mejor. Seúl, en cambio, quizás por haber residido ahí un tiempo, para mí es un epicentro político y no comprende ningún recuerdo turístico, haya existido o no belleza en los episodios contemporáneos que me tocó presenciar.
Por eso, a la hora  de escribir, vuelvo a los reinos cotidianos en los que creí vivir la vida de otros como propia. Zonas donde enigmáticamente me proyecté como ciudadano, bajo la ley, al respirar la Historia del pueblo. Una de los problemas que apareja escribir sobre un viaje exótico reside en que uno puede quedar más allá de la ley, en una dimensión autónoma. Esos viajes no parasitan los sueños porque la aventura en sí resulta pura subjetividad en tiempo presente y, a la manera de una foto, no se perfecciona en el recuerdo. Los lugares en los uno vivió la vida de otro, es decir, otra vida, son en cambio el escenario del sueño y no dejan de mutar.
La ciudad de La Habana, desde aquella primera visita en los noventa, en sueños a menudo se mezcla con el plano de Buenos Aires y da una ciudad que podría existir en otro universo, que mezcla atributos de tal manera que castrismo y peronismo se sintetizan en escuelas arquitectónicas y rutinas: en los cafés, en un tipo de vida pública sin descanso, exuberante como la de Nueva York en la década del cincuenta. De hecho si alguna ciudad tiene el espíritu de esa metrópolis soñada, es Nueva York. No la actual, ni la futura, ni la que podría originarse en la combinación con otra ciudad, sino la de la década del cincuenta, con sus gángsters, sus colmenas de inmigrantes, sus clubes jazz y sus autos –traspapelados, como signos, en La Habana actual bajo apelativo de almendrones-.


Columna publicada el 22/03/15 en Perfil Cultura. 

Paisajes preparados

Hace muchos años, antes del huracán Katrina, New Orleans era una ciudad que mezclaba en sus calles una belleza cosmopolita, de puerto trajinado, con algo de parque de diversiones.  Se podían rastrear secuelas de la guerra de secesión en la mentalidad de la clase alta, resabios de racismo, pobreza y marginalidad en las clases bajas, algo de jazz anticuado en las calles turísticas del centro. Además de visitar la casa en la que William Faulkner había pasado alguna temporada y de la cual salí impávido –es que muy pocas veces el hábitat fosilizado de un escritor transmite algo de su universo-, me anoté en una excursión al delta del Río Misisipi. La principal razón para esa excursión fue ritual: hacer pie en la geografía de Las palmeras salvajes. Corroborar si ese Delta se correspondía con el que había imaginado, si era más oscuro o menos frondoso. Suponía que en esa zona mítica experimentaría algo distinto a esa especie de incredulidad taxativa que uno, como testigo, siente al pisar la casa de un gran escritor –o lo que resta de esa casa: una puesta en escena articulada por autoridades gubernamentales o por una Fundación-. 
Me desperté muy temprano. Los organizadores de la excursión daban por sentado que los visitantes querían asistir a un show y no concentrarse en la naturaleza circundante, por lo cual un guía no dejaba de hablar, señalar y eventualmente molestar animales –especialmente cocodrilos tristes que se abrían paso entre camalotes y en teoría constituían la prueba fehaciente de que en la zona todavía había fauna silvestre-.  A los lados, entre árboles inclinados, sobre pilares, cada tanto aparecían casas rurales de estilo colonial francés. No puedo negar que la lancha de la excursión tenía un profundo parecido con la lancha colectiva que recorría las distintas secciones del Tigre. De hecho sólo había una diferencia: la lancha en su parte posterior tenía un bar que ofrecía, además de bebidas y hamburguesas condimentadas al estilo creole, merchandasing del río Misisipi. La excursión duró varias horas, pero el movimiento de la lancha fue lento, con paradas preestablecidas; calculé que habíamos ascendido por uno de los brazos del Misisipi apenas unos dos kilómetros antes de emprender el regreso por otro brazo. 

Un poco como sucedió con la visita a la casa de Faulkner y con el jazz en las calles, me quedó en la garganta atravesado el sabor del fraude: la visita a un parque temático donde el tiempo íntimo del espectador no se refractaba en ningún punto de la naturaleza, ni podía ser interrumpido por algo excepcional. La última vez en el Tigre recuerdo que a las tres de la mañana, sentado en un muelle, en medio de la quietud, sumido en un promisorio tiempo íntimo, irrumpió un barco con luces de neón negro y bolas de disco y música electrónica. En la noche profunda el barco parecía venir de otra dimensión y estar a punto de esfumarse en un agujero. Las siluetas, a través de los vidrios empañados, eran borrosas, y algunas parecían corresponderse con la de cuerpos derretidos o desinflados. Imaginé que esa nueva nave de los locos podía ir a la deriva durante días y no ser percibida más que a la noche, bajo una luz íntima, como fragmento rebelde de hiper realidad.   

Columna publicada el 08/03/15 en Perfil Cultura.

En vivo

Cuando los escuché en versión acústica, en un pub suburbano de Manchester, pensé que esos dos hermanos cuarentones que habían subido al escenario a tocar un tema invitados por amigos que cumplían años, si componían tres temas como el que zapaban, podían hacer historia. La banda no tenía disco aún, me enteré después, conversando en la barra con uno de los músicos. Pero el tema que habían tocado por primera en vez en vivo había nacido el día anterior, se titulaba The Ship y era el comienzo de un dúo que llamarían Black Rivers.
Asistir a la creación y luego a la emergencia de una banda sucede en casos excepcionales. En general por casualidad, estar en el lugar y en el momento indicado; cuando uno va hacia una banda, ya es tarde, el grupo tiene un público y cierto grado de visibilidad. No supe si con Black Rivers había asistido a una concepción milagrosa. Pero sí a una especie de emergencia originada en una sospecha: The ship  tiene lo mejor de la épica de Tindersticks con algo de rock progresivo y folk celta. Me dispuse a esperar, me suscribí al newsletter del grupo y con el tiempo me olvidé de ellos.
Por uno de esos newsletters, tiempo después, me enteré de que Black Rivers sacaba su primer disco. Me dispuse entonces a escuchar el disco para anticiparme, impulsado por la fantasía de haber descubierto incidentalmente una gran banda aquella noche en Manchester. Al terminar la escucha, entendí que todas las canciones eran un relleno para The Ship, y que no se distinguían del resto de la producción del indie pop británico actual. Esa rara mixtura de folk con rock progresivo que asomaba en The Ship no había sobrevivido, al parecer, a la presión de la industria o a un productor, y el resultado era un primer disco demasiado blando y olvidable, con una gran canción intrusa.     
Intrigado por este resultado mediocre, investigué en internet. Me enteré de que los hermanos que formaban la banda, Jez y Andy Williams, tenían en el rock británico una larga trayectoria al frente de los Doves. Entonces escuché algunos discos de Doves y llegué a la conclusión de que la originalidad de la banda alcanzaba la media de una argentina, y que la única diferencia era que el vocalista ganaba decoro cantando en inglés. Es decir, Doves había sido una formación predecible, como tantas otras, que calcaba las melodías advenedizas de Oasis, Stereophonics y The Verve y, a diferencia de estas, no había conseguido meter un Chart en los UK top cuarenta. Me quedó entonces el interrogante: ¿por qué o cómo Jez y Andy Williams habían llegado a componer The ship? ¿Cómo un tema puede ser tan ajeno a la genética de sus integrantes? ¿Debe una banda juzgarse por su tema mayor, como decía Borges en relación a las obras de los escritores?

Deseé volver a aquella noche en Manchester, acercarme a Jez, el músico de porte elegante y facciones castigadas con el que había hablado, y preguntarle cómo habían logrado cultivar una perla en la mediocridad. Este, de alguna manera, es uno de los grandes misterios que recorren la historia del arte. El estado de gracia que se desploma sobre un hombre, habita a un compositor o a un escritor y se esfuma para siempre, con la misma gratuidad, implantando un recuerdo ajeno que jamás será superado ni borrado.

Columna publicada en Perfil Cultura el 22/02/15

miércoles, febrero 18, 2015

Noches de circo

Con el paso de los años, la idea de que un circo amenizara las vacaciones fue desvaneciéndose. La imagen de circo como grupo o compañía pasó a ser menos verosímil que en mi infancia. A lo largo de los años, el circo fue apareciendo en partes pero no como unidad: clowns en veredas, aprendices de contact y malabaristas en esquinas ofreciendo números relámpago para un público tan pequeño como fugaz.

En mi cabeza, las compañías de circo, como ciertas especies de osos, se habían extinguido y respondían a un prototipo clásico disuelto por la buena conciencia de la época: payasos, domadores, fieras somnolientas, elefantes maltratados, enanos tristes y entrados en edad. Es decir, el circo, por fuera de las maravillas del internacional Cirque du Soleil, se me representaba como un anacronismo estigmatizado: una colección de freaks que no habrían podido sobrevivir en otro ámbito y se desplazaban de ciudad en ciudad en una caravana de trailers, que a su vez formaban una especie de nave de los locos. Las dos temporadas de la serie Carnival alentaron sin duda esa fijación errónea.

Recientemente, en Piriápolis y Punta Negra, Uruguay, logré entender las cualidades absolutas del circo contemporáneo: arte de artes que incorpora todas las disciplinas, desde el teatro a la danza, y enfatiza cualquier  representación sin simplificarla; personajes que ridiculizan estereotipos, como en el burlesque, y reinventan la actuación a través de la destreza. En algún punto, el circo es omnipotente en su modestia rabelaisiana. Es un arte construido sobre la verdad del pueblo –o sobre la verdad de la mirada popular-. Por eso, desde sus orígenes, genera en principio dos reacciones feroces: risa y asombro.  

Tal vez en ningún otro lado del mundo una carpa, donada por una compañía de circo francesa que se unió a una uruguaya formando el circo Tranzat, se habría transformado en una síntesis natural de la libertad creativa que ya existía en la zona. En Punta Negra, desde hace años, se formó un polo circense. La carpa que se montó en el castillo de Piria –entre suaves colinas, donde el fundador de Piriápolis decidió vivir- venía viajando desde La Pedrera después de sobrevivir a la burocracia aduanera en el puerto de Montevideo, y fue el escenario para esa suma de talento arraigado en una extraña área de la costa uruguaya en la que los cerros se acercan al mar.

Observar el bienestar que en el público producían las noches de circo, me remontó a mi pequeña prehistoria: las noches de cine que desaparecieron paulatinamente hasta transformarse en noches sedentarias de Pirate bay o Netflix. Ahora, mientras escribo, me doy cuenta de que ir al cine, salvo cuando se trata de festivales, se ha transformado en algo tan inusual como ir al circo. No puedo evitar preguntarme si se trata de una degradación natural que afecta al resto de mis contemporáneos y si, por ende, es un síntoma de mi proximidad con los cuarenta. Durante años mantuve la costumbre de ver películas en salas. Escapaba del sedentarismo cualquier día –aunque especialmente los domingos- a ver ciclos de la Lugones con una curiosidad que se fue apagando. Experimentaba el mismo éxtasis que en una noche de circo: lo fenoménico e irrepetible al alcance de la mano, rodeado de endebles desconocidos. 

- Columna publicada el 8 de febrero, en Cultura Perfil.    

mujeres clandestina

Siempre pensé que Egipto, en apariencia el más progresista de los países árabes, era una excepción en el mundo islámico en cuanto a libertades civiles, pero cuando hace unos meses estuvimos por ahí con mi mujer, nos topamos con un ecosistema cultural estricto. Las mujeres, sea cual fuera su edad, atravesaban la vida cotidiana como fantasmas. Hacían todo para pasar desapercibidas. La mayoría arrastraba su propia feminidad clandestinamente. No opinaban, y menos sobre tabúes culturales, algo que sí hizo Valentina durante nuestra estadía en Marsa Allam, un centro de buceo a orillas del Mar Rojo.
Ahí conocimos a Hosam. Para Hosam hablar con una mujer, atender a sus opiniones, resultó una experiencia inusual. Más cuando su vida consistía en una larga espera –y un duro ahorro teñido de privaciones- para poder esposar a una mujer que ni siquiera conocía. Una vez que la mujer era esposada, nos explicó, pertenecía al hombre que había pagado por ella a través de una dote. Aunque le parecía tortuoso, consideraba que su familia y Alá lo querían así.  
En esas zonas turísticas los egipcios, montados en una lascivia fraterna frente a mujeres occidentales, experimentaban cabalmente la tensión entre la mujer sumisa y la insumisa y no salían del todo ilesos, aunque para reconvenirse tenían al alcance de la mano las cinco oraciones diarias que tornan omnipresente a Alá.
Tal vez Hosam, en ese diálogo frontal, se haya dado cuenta de algo que nosotros sospechamos tarde: que un hombre, si tuviera la posibilidad de decidir y no someterse a una religión que importa preceptos culturales patriarcales, podría optar por el Islam, pero ninguna mujer, teniendo la posibilidad de decidir, lo elegiría. Convertirse al Islam, para un hombre, no depara en apariencia desventajas, y en última instancia compensa con misticismo activo libertades perdidas a manos de exigencias religiosas.
Hoy, más que nunca, es obvio que el mundo musulmán no sabe qué hacer con la mujer. Representa una bomba de tiempo. El Islam funciona con autonomía en una sociedad patriarcal y restrictiva. Pero si la mujer tiene un mínimo de libertad y los hombres, en general, libre albedrío, sus pilares tiemblan. Es el gran problema y el desafío musulmán de nuestra época en occidente: la libertad del otro. No se representa como un problema todavía en el mundo árabe porque la ley muchas veces coincide con los preceptos religiosos y existe un estado de sumisión a través del par tradición/terror que el mundo cristiano atravesó en sus épocas más oscuras. A nadie se le escapa que con la globalización lo que antes era entrega ritual o tradición, ahora es sumisión consciente e indeseado.

En otro viajes, en distintos puntos de Europa, me topé con mujeres árabes que tenían conciencia de sus derechos, pero en su tierra no los podían ejercer, no por falta de voluntad, sino porque la ley no era igualitaria ante la mujer. Lo siguiente va a sonar reduccionista -pero los límites espaciales del periodismo llevan a esto-: la mujer es el eslabón más bajo en una sociedad con dos castas, la masculina y la femenina. Así como en la India, aún hoy, la casta en la que uno nace predetermina un tipo de vida, un karma y un oficio, el género en los países del mundo árabe también predetermina un destino, o la anulación de un destino personal para entrar en una especie de servidumbre institucional. 


- Columna publicada el 24 de enero, en Cultura Perfil.

Páginas perdidas

Es posible hacer una lista de libros prestados que nunca fueron devueltos. Son libros voluntariamente sacrificados. Alguna vez intenté sistematizar esos prestamos llevando anotaciones y al poco tiempo desistí. El préstamo de un libro expresa un grado supremo de confianza y esta cesión encarna una forma de beatitud momentánea. A veces los libros vuelven un año después. Es tal vez el tiempo que demora un texto en acomodarse a la cotidianidad de otro lector. A veces el tiempo de la lectura y la devolución no coinciden y un libro es devuelto tres años después de ser leído, como si recién en ese lapso, en una repisa, mezclado entre libros propios o abandonado bajo la cama, hubiera terminado de conformarse como experiencia privada.
Un libro, antes y después de ser leído, es un objeto ambulante, materia hedonista, como los vinilos. Uno puede leer en tablets, pero estos dispositivos son literales: dispensan un placer que no excede la lectura del texto. El libro, en cambio, dura mucho más que la lectura  y, al borde de transformarse en un bien suntuario -al menos en Sudamérica-, posee la nobleza de un objeto coleccionable e infinito. Gran parte de los libros en el mundo se adquieren pero no se leen. Posan, esperan la  confluencia de tiempo y lugar en la vida de un hombre, exactamente como los libros que uno presta y no regresan.
Los libros que encuentran ese lugar en la vida a veces se accidentan. O a veces aparecen por arte de magia, especialmente durante viajes. Años atrás, en la noche profunda de Valencia, Venezuela, en un ómnibus enclenque que cubría la ruta hacia Cumaná, comencé Boca de lobo, de Sergio Chejfec. La ruta era una boca de lobo y Chejfec vivía entonces en Venezuela, por lo cual el destino final de su libro no fue del todo casual. Al amanecer, poco después de que conciliara el sueño, el ómnibus llegó a la terminal de Cumaná, un pueblo ancestral cuyo atractivo principal residía en haber sido cuna del poeta leproso Cruz Salmerón Acosta. Bajé somnoliento y cuando el ómnibus se alejó noté que la novela de Chejfec había quedado en la guantera del asiento, por la mitad. Se me cerró la garganta y pensé que había sufrido una pérdida irreparable. Me había empecinado en hacer coincidir geografía y literatura argentina y Chejfec era por entonces el único escritor que reunía las condiciones para ser leído en esa aventura caribeña.
Unos años antes, recorriendo la sección de literatura hispana de una librería parisina, identifiqué un título llamativo: Fagans: el viaje o los viajes, de Matías Serra Bradford. Acudí al libro como si picara un anzuelo. Miré entorno y barajé la opción de robarlo. Pregunté el precio y el librero, después de una exhaustiva búsqueda, me dijo que ese libro no existía y que, por ende, era mío. “No tiene precio”. “No, no sabemos cómo llegó acá, ahora es de quien lo descubrió”. Me lo llevé sin pagar y resultó ser el libro ideal para un joven viajero que llevaba medio año deambulando por Europa. El libro, en ese mismo viaje, quedó en un hotel. Supuse que ese ejemplar tenía su propio linaje. Así como alguien lo había dejado en un anaquel de Gilbert Jeune, yo lo dejé en una habitación en Estambul. Meses después, en una librería del centro Buenos Aires, compré el mismo libro, con la intención de recuperarlo, aunque siempre sobrevivió la impresión de que el original –una especie de manuscrito ad hoc- era aquel que seguía en viaje. 


- Columna publicada el  11 de enero de 2015, en Perfil Cultura. 

sábado, enero 03, 2015

Montaje de la nueva Cuba *


Trato de imaginar los supermercados de la Cuba futura. La isla es el montaje perfecto para proyecciones de una retro ciencia ficción por nacer. Distintas variantes vernáculas del capitalismo ya minaron ese comunismo descabezado. Tal vez en pocos años asistamos a una especie de déjà vu y Cuba, con el aluvión de norteamericanos sedientos de caribe y color local, vuelva a ser, como la República Checa o Hungría en los noventa, un destino turístico donde contradicciones pasadas sean reemplazadas y reactualizadas por tensiones e injusticias del presente –seguramente en La Habana aparezcan homeless, niños desnutridos en vez de mal alimentados, prostíbulos acondicionados y table dances estilo Las vegas en vez de jineteras, dealers en vez de traficantes kafkianos de habanos y ron-. Es menos difícil de pensar el pasaje a un pathos capitalista –que ya se dio transitoriamente en la cabeza de una población obligada al invento continuo para subsistir- que la reconstrucción del país y el endeudamiento que esto implicaría. Después de años de castrismo y escasez, ciudades como La Habana son zonas bombardeadas, zonas tomadas y fantasmales. Devolverles una infraestructura, así como crear un nuevo tipo de empleo y hábito, exige una reconstrucción del tejido social equivalente a la que se lleva a cabo en las ciudades de posguerra.
Si Cuba fue y es un extraño epicentro de la cultura del siglo XX y emanó un imaginario en su primera mitad a través de los casinos, la bohemia, la cultura libresca y los cabarets, y en la segunda mitad proyectó otro imaginario diferente vinculado al aura romántica de la revolución y al semblante internacionalizado del Che Guevara, en el siglo XXI tal vez se transforme en el prototipo de un nuevo país, con un costado trash, un costado exótico y mucho talento.
En una visita reciente a La Habana recuerdo que frente a Casa de las Américas, en un parque, como cierre a un encuentro de escritores, varios DJ´s pasaron música electrónica. En cuestión de una hora, el lugar se llenó de miles de jóvenes –naturalmente convocados por la Rave, no por la literatura-, que en celulares no inteligentes se reenviaban el dato. No había éxtasis, pero sí botellas de ron que pasaban de mano en mano, y mucha alegría: un territorio de libertad total. Creo que nunca vi tantas tribus urbanas distintas reunidas en el mismo lugar, con peinados y diseños de ropa estrafalarios inventados a partir de los cortes de ropa estándares que se consiguen en la isla. Las tribus parecían contemporáneas al ciber punk o extraídas de un universo lisérgico de Philiph Dick.
La Habana tiene una cualidad anacrónica. Un punto en el que el atraso y el aislamiento coinciden con los restos de una sociedad futura. Varias décadas aparecen estéticamente superpuestas, pero nada es contemporáneo. De alguna manera, hay algo incidentalmente museístico. Por la topología misma de esa ciudad y la prospección de sus habitantes, abundan escritores y lectores de ciencia ficción. Tal vez Cuba sea el único país en el que la ficción especulativa está en un auge, con Jorge Enrique Lage a la cabeza. Todo queda por imaginarse. Incluso los que llegan parecen traer noticias del más allá, un inminente futuro que puede homogeinezar o marcar el destino de una excepción cuando un país se abre después de un largo encierro. 

* Publicado en Suplemento Cultura Perfil el 28 de diciembre de 2014. 

Historias extraordinarias *


Nunca presencié en viaje acciones descabelladas, como un hombre bajando al foso de los leones, un incendio o un suicida monologando en la cornisa de un edificio. Son hechos que seguro me habría detenido a observar y a analizar, porque en cada país tienen sus  propias características –sobre todo la instancia del salvataje, donde se evidencian las brechas culturales-. Tampoco presencié un accidente ni un gran robo.
En Buenos Aires siempre, de alguna manera, llegué tarde al lugar de los hechos y a fuerza de curiosidad incorporé rumores y datos de testigos y observé los efectos colaterales del suceso en cuestión: autos volcados con personas atrapadas entre los hierros, personas fulminadas por un paro cardíaco en el medio de la calle con un cortejo de paramédicos alrededor, dos hermanos en medio de un ataque de nervios tras una salidera, ladrones esposados, boca abajo y aplastados por la bota sádica de policías frustrados, conductores agarrándose a trompadas por un roce de carrocerías. Todo esto, en una ciudad en la que el incidente, la trapisonda y el robo, son materia dispuesta y cotidiana a medida que avanza el verano y la infraestructura colapsa.
Sólo una vez presencié, in situ, un hecho extraordinario. Por ese entonces tenía veinte años. En pleno verano, las calles de Roma estaban bastante deshabitadas, salvo en una zona de bares próxima al Tiber.  Caminar junto al río implicaba sumergirse en un agradable sonambulismo. Los árboles y los puentes producían esa sensación de encantamiento prodigioso que Fellini sintetizaba tan bien cuando filmaba las calles de Italia.
Las luces de un boulevard en pendiente me atrajeron y decidí terminar mi paseo. Había una plazoleta elegante y un grupo de gente en la calle, con cervezas en la mano. Me disponía a unirme a la multitud, cuando de repente tres jóvenes salieron, vociferando en italiano, arrastrando a un turista inglés ebrio. A la vista de todos, en cuestión de segundos le dieron una paliza que interrumpí,  como si tuviera algún tipo de autoridad legal, cuando le pateaban la cabeza: el inglés, pese a su contextura robusta, estaba servido en bandeja. Gritar “basta, lo van matar”, alcanzó para que los tres matones volvieran en sí. “Miró a Giulia”, dijo el líder de la golpiza, y creo que en ese momento comprendió que ese hecho era incongruente con el resultado de la paliza. Enseguida los otros dos amigos, viéndose implicados en un posible delito motivado por los celos patológicos de un tercero, lo instaron a irse del lugar. Se echaron a correr cuesta arriba. La escena perfectamente podría haber sucedido en Buenos Aires.
Con la ayuda de Giulia, hermana del líder de la golpiza, subí al inglés a un taxi y lo llevamos al hospital más cercano, ubicado en la isla Tiberina. El hospital, del siglo XVI, parecía más bien un castillo que seguramente había sido levantado en la isla, a modo de cárcel encubierta, en época de pestes para proteger a la aristocracia. Depositamos al inglés en la guardia. Los médicos nos agradecieron, como si un moribundo de esa clase fuera una pieza de colección. Nosotros, arrastrados por un interés fuera de cálculo, subimos al mismo taxi. Al día siguiente me desperté pensando en el inglés. Me dispuse a llamar al hospital y preguntar por su estado de salud, pero Giulia me dijo que olvidara el asunto, ese inglés en el fondo tenía los ojos de un pobre tipo que mira a las mujeres para evocarlas en soledad.   

* Publicado en Suplemento Cultura de Perfil el 14 de diciembre de 2014. 

lunes, diciembre 08, 2014

Recuerdos inventados *


Hace unos años, viajando por el Estado de New York con dos amigos, en el límite con Connecticut cruzamos un cartel con una flecha de desvío que decía: Bethel, home of the 1969 Woodstock Festival. La palabra Woodstock en un cartel de ruta me pareció extraña y, poco después, instantáneamente mágica. Por mera curiosidad folclórica, nos desviamos. Por supuesto, no había hippies dando vueltas y no quedaban muchos indicios de aquel evento más allá de la granja en la que había tenido lugar. Bethel, después de Woodstock 69, era igual a Bethel antes de Woodstock 69: un pueblo cerrado, conservador, rodeado de granjas y campos arbolados entre colinas de un verdor fosforescente. Siguiendo atentamente las indicaciones, se llegaba a donde había tenido lugar el festival. La granja se había transformado en un Centro para las Artes y había allí un prolijo museo. Junto a una placa conmemorativa, se tomaban fotos algunos de los tantos hippies veteranos que peregrinaban al lugar donde había quedado enterrada su felicidad.

Recuerdo que en el secundario una profesora nos hizo leer un poema de Borges, Elegía del recuerdo imposible, que siempre creí blando y apócrifo. Cada estrofa estaba encabezada por un “¿Qué no daría yo por…?” y el poema era una simple enumeración de lugares comunes borgeanos. (Ahora descubro, en internet, que Borges es el curioso autor de ese poema que tematiza una constelación de lugares comunes borgeanos). Y cada tanto me preguntó cómo aplicaría la fórmula “¿Qué no daría yo por?”. Las respuestas son variadas, y casi siempre involucran a la música y no a la literatura, que está repleta de recuerdos posibles y lecturas al alcance de la mano. Uno podría apelar al recuerdo imposible de haber conocido a Kafka, pero para qué si están sus libros. Con la música no es tan así. Hay hitos. Aunque uno no conciba el recuerdo imposible de haber conocido personalmente a Jimmy Hendrix, sí podría desear haberlo escuchado  en vivo. Y si pudiera ir más lejos, en Woodstock 69. Ya no habría muchas chances de escuchar a Hendrix –moriría un año después- y esa performance representa su apogeo. Miro una y otra vez la hora y media de recital de Hendrix en estado de gracia, el 18 de agosto de 1969 a las nueve de la mañana, e invento un recuerdo. Estaba planeado para las ocho y se pospuso un poco por la lluvia; del casi medio millón de personas que pasó el fin de semana por esa granja de Connecticut, ese lunes nublado de agosto quedaron treinta mil hippies privilegiados para ese cierre. Hendrix salió al escenario con un semblante impasible, una vicha roja, una camisa blanca con flecos que sirvió de fondo para su guitara también blanca. El tiempo se detuvo y terminó de encarnar la utopía de un mundo feliz. Pasaron los años. La Fender Stratocaster blanca se convirtió en el instrumento más caro de la historia del rock cuando uno de los cofundadores de Microsoft, Paul Allen, la compró por dos millones de dólares.

Nada de todo eso –ni la granja que fue comprada por millones y transformada en santuario, ni la Fender marcada por el cigarrillo de Hendrix que pasó de coleccionista en coleccionista-, transmiten un gramo del espíritu de Woodstock. Sólo en algunas grabaciones, en la guitarra de Hendrix, Neil Young o Richie Havens, o en la voz inconmensurable de Janis Joplin, sobreviven  pedazos de esa isla utópica abandonada en la historia. 

* Columna publicada el 30 de noviembre, en Cultura de Perfil. 

Paraíso adentro *


 
De mi última visita a Seúl recuerdo sobre todo un hecho: no quería salir del hotel y, de hecho, limité mis salidas a las actividades programadas que tenía justo del otro lado de una ancha avenida. Mi resistencia a caminar, tan común en mí, e inversamente proporcional a la disposición para andar en bicicleta o nadar, no se debió a un acceso de fobia, sino a una combinación de circunstancias. Estaba por unos pocos días, para un festival de literatura, y el viaje de ida y vuelta en avión sumados equivalían a la mitad del tiempo que pasaría en la ciudad, con el agravante de que en ese lapso mi organismo cambiaría dos veces a husos horarios antagónicos. No tenía bicicleta y, de tenerla, tampoco podría haberla usado, porque en Seúl no hay bicisendas ni está contemplado que los ciclistas anden por las calles. Un ciclista suelto en medio del tráfico es mirado como un dinosaurio. Los pocos ciclistas que circulan son en sí bombas urbanas de tiempo, se las arreglan para andar por las veredas en zig zag, casi a la par de los caminantes, por lo cual más que pedalear hacen equilibrio o se desempeñan en una especie de cuerda floja, a punto de provocar alguna colisión. A las circunstancias descritas, se suma cierto conocimiento de la ciudad y de los hábitos de la población que me indicaba lo tedioso que, para alguien recién llegado, podía resultar moverse desde el centro hacia otra zona. Incorporar la lógica del transporte público coreano es el paso final de un aclimatamiento, no de una llegada. Para plegarse al impecable y colosal transporte público coreano, hay que ser nativo, matemático, o haber cursado un seminario especializado en combinaciones y prácticas urbanas. 

Aunque las actividades tenían lugar a cien metros lsÇeales﷽﷽﷽ cien metros l por el trazado  y comportamiento urbanoe una llegada. PAra cular, a paso de hombre, por las veredas, caineales, por el tipo de trazado urbano y la disposición de cebras peatonales, yo debía cruzar tres avenidas, es decir, conducirme con paciencia ante tres semáforos cuyo tiempo de espera era, si bajaba en mal momento,  de tres minutos por vez. A pesar de que no pasaran autos, hordas de peatones esperaban pacientemente la luz verde del semáforo para cruzar. Una violación a la norma, ante cientos de testigos, parecía impensable. En otras visitas a Seúl había cruzado avenidas en la noche, por la mitad de la calle, a escondidas. Pero semejante transgresión, en hora pico, podía confundirse con una profanación del espacio público. Desplazarse hasta el andén de subte, que quedaba cien metros más allá del centro de actividades y doscientos metros bajo tierra, representaba en sí un viaje de casi veinticinco minutos, considerando que mi habitación estaba en el piso veinte y debía esperar el ascensor tres o cuatro minutos.

Más allá de todo lo dicho, el factor milagroso que selló mi inercia residió en el cuarto mismo. La mentalidad de cada viajero está aquejada por un prototipo de  habitación prototipcaorresilas veredas, cahay una habitaciuedaba cien metros malle, a escondidas. Pero semejante transgresilas veredas, ca que, por distintas circunstancias, nunca llega. En mi caso, ese prototipo de habitación presenta un living separado del cuarto de dormir por puertas corredizas que permiten unificar los dos ambientes en uno. Cocina y baño con ducha potente.  Un gran ventanal junto a la cama, que abarca distintos puntos cardinales de la ciudad y  permite la sensación de observar sin ser observado.  Así era, sin que hubiera planeado nada, mi habitación, y cada mañana, cada tarde y cada noche, el cielo y una constelación de templos budistas que se abrían en el medio de Seúl, colonizaban ese espacio anónimo y yo me volvía el intruso perfecto en un paraíso congelado detrás de un vidrio.




* Publicada el 16/11/14 en Cultura Perfil.

Purasangre *


Llevaba sombrero Panamá, un traje de hilo blanco, sandalias de cuero rústico. Que estuviera afeitado y la piel presentara un bronceado leve, un rubor que se combinaba con las manchas de la edad y la mirada cristalina y optimista de un mafioso de los cincuenta, le agregaba todavía más clase a ese aristócrata traspapelado bajo el sol brutal del trópico.
Si no se me hubiera acercado en el único bar que en La Habana ofrecía cerveza roja tirada y single malts, tal vez nunca me habría animado a hablarle. “Tú eres argentino”, afirmó. Estoy casi seguro de que no fue una pregunta. Asentí y supe que ese caballero se traía algo entre manos. “Caminas como los argentinos de antes”. A diferencia de otros cubanos que abordan a extranjeros preguntando por su nacionalidad y elaborando alguna anécdota ladina, él presentaba en la voz un aplomo distinto. Su alma no parecía haber sido desmigajada por las extravagancias del castrismo. Deduje que había vuelto después de un exilio consensuado y nunca había estado proscripto. Algunos, unos pocos convidados no gratos en el banquete de la revolución, en la primera época habían sido invitados a salir sin represalias. Me ilusioné con estar frente a uno de esos bohemios que desaparecieron con la revolución y quedaron retratados en La Habana para un infante difunto.
“Dime tú, he conocido muchos compatriotas, pero ninguno sabía nada de Yatasto”. Clavó sus ojos en mi cara, como si esperara una expresión inmediata de entusiasmo, una pasión simétrica.  A medida que pasaron los segundos su expectativa fue decreciendo. Yatasto, Yatasto, dije para mis adentros. Tal vez fuera una calle. Enumeré para mis adentros nombres de calles: Yatay, Bacacay, Jean Jaures. Cuando él estaba a punto de perder interés y confinarme al grupo de los que nunca supieron nada de Yatasto, me vinieron dos recuerdos: primero, el bar de la esquina de Av. San Martín y Álvarez Jonte, con los trofeos de un caballo exhibidos en la vidriera y fotos épicas de turf en las paredes. Luego, mi padre en el hipódromo de Palermo hablándome una tarde de un purasangre poseído que siempre ganaba por varias cabezas y se transformó en un mito hípico de Latinoamérica: vencedor de todos los clásicos hábidos y por haber; cuádruple coronado en 1951; dueño aún hoy del récord en los tres mil metros –algo inconcebible en el atletismo o en disciplinas competitivas cuyo sentido de ser siempre es implementar una nueva marca y forzar un nuevo patrón atlético en cada década-.
“Mi padre lo vio correr cuanto tenía once años”, dije de pronto. Él sonrió mostrando una dentadura perfecta. “Prendería un habano en tu honor, pero sé qué no fumas”. No se lo negué. Un mozo llenó nuestros vasos de whisky. “Doble para el chico”, indicó inclinando el dedo anular. Llevaba un anillo con una piedra negra que podía ser un zafiro o una turmalina. “Chico, a ese caballo lo vi correr en Montevideo y en Buenos Aires. Mi padre era uno de los dueños del Oriental Park Havana, el mejor hipodromo de América. Viajábamos todos los meses a los mejores derbies y creeme que no había otro como Yatasto. Todavía lo veo correr cuando miro una pista vacía”. Pasó a describirme la carrera en la que Yatasto sentó el record de los tres mil metros. “Quisimos comprar ese caballo, pero Perón quiso que el caballo del pueblo quedara en el país. Estaba todo listo para que corriera y ganara el Derby de Kentucky.” 

* Columna publicada el 2/11/14 en Cultura Perfil.

martes, octubre 21, 2014

Los últimos colores *


Hace unos meses, en un vuelo a Barcelona, mi compañero de asiento circunstancial –él en el pasillo, yo en la ventanilla- me aseguró que en Argentina en poco tiempo faltarían algunos colores. La idea de vivir en un lugar de colores escasos me trajo imágenes idealizadas de la Unión Soviética, un reino que en mi adolescencia presentaba una gama de grises infinita. Hoy en día, una realidad de colores extinguidos no se corresponde con la monocromía misteriosa de La Infancia de Iván. Es una realidad sobrevalorada, filtrada y expurgada, donde hay tres clases de hombres en vez de tres clases sociales: los sonámbulos, los obsecuentes y los condenados.   
Lo cierto es que “el apocalíptico de los colores”, como empecé a denominar a mi compañero a medida que pasaban las horas, íc﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽es que el apocalde Ivrompresentaba la misma gama era un atribulado importador de pigmentos, de unos sesenta años, que abastecía  a fábricas de pintura locales y había atravesado todas las crisis con un pie en alg bamos﷽﷽﷽﷽ún ramo de la industria nacional. Ahora iba a una convención de importadores de pigmentos organizada por un gran distribuidor español. En lo que duró el viaje, me detalló los secretos del negocio, aunque tales secretos ahora fueran inútiles debido a las dificultades para retirar de la aduana materia prima o encargarle al importador la cantidad de materia deseada y, como si fuera poco, conseguir autorización para girar dólares al exterior y pagar los costos. Incluso con todo en regla, ciertos pigmentos quedaban varados en la aduana, le pedían papeles sólo para demorar la entrega  y prevenir así –razonablemente- que ciertos importadores acumularan materia prima y especularan. Los trámites le salían observados y debía comenzar todo de nuevo. Con las cuotas de importación que le imponían, iba a terminar cerrando su empresa, como le había sucedido en el ochenta y nueve y en el dos mil uno. Si bien había una dosis de honestidad y realismo en su alegato, subyacía también un dejo melodramático profesional y una debilidad por ese modo acomodaticio de expresión, la queja –todo tiempo pasado siempre fue, no mejor, sino menos malo-, bastante extendido en esta época de dólares difíciles.
La respuesta a la especulación de la burguesía fue la burocratización, le dije. No es el mejor camino, pero es un camino legal, aunque por momentos uno tenga la impresión de vivir no en un país atrasado, sino en un país que de tan cartesiano se ha vuelto kafkiano. Me miró pensativo. Sus ojos parecían decir: “tal vez el drama de la burocracia no sea para tanto.”
Al bajar y recordar la historia de este hombre, comprendí que un avión es un gran lugar para encontrar retazos de la Historia. Y que en quienes viajan también volvía la historia nacional, no sólo la historia personal. Traté de recordar otras historias de cabina que encarnaran la historia perentoria de un país o una geografía y revelaran una ideosincrasia. Recordé a un exiliado venezolano que vivía en Nueva York porque en Caracas ya no conseguía sus perfumes preferidos. A una diseñadora de ropa de San Pablo que volaba a Buenos Aires para copiar modelos que a la vez eran una copia de los franceses o ingleses. A un joven golfista coreano prodigio que visitaba Seúl y no recordaba casi su lengua materna. A trabajores de la construcción que volvían desahuciados de Qatar a su Pakistán natal a pasar quince días  y se preparaban para migrar y servir en breve, como mano de obra esclava, sin opción de colores, en cualquier otro país de Medio Oriente. 

* Publicado en Perfil Cultura el 19 de octubre de 2014.