domingo, abril 24, 2016

Trabajos naturales *


El FILBA tiene una sección titulada Bitácora, en la que dos escritores relatan  una misma experiencia vinculada a la ciudad en la que tiene lugar el festival.  En San Rafael me tocó hacer un trekking por Cuatro Cascadas, una zona cercana al Cañón del Atuel, poco después de una fuerte tormenta. Partí con la fuerte intención de escribir sobre la relación del hombre aburguesado con la naturaleza. De la caminata accidentada por las Siete cascadas, podría extraer una serie de conclusiones banales. La más obvia de todas: la promesa de un trekking tranquilo, concebido para cuerpos agarrotados por la rutina urbana, se transformó en una carrera contra la naturaleza y los restos de la tormenta. Al menos eso sentí frente a las arenas movedizas, los caminos sinuosos, las pendientes, las rocas escarpadas, la vegetación. Es llamativo cómo el contratiempo y el esfuerzo sustraen subjetividad a un cuerpo sin resto y lo sumergen en miedos absurdos: no pisar mal, prevenir una torcedura de tobillo, por ejemplo.
Confieso que las rutinas de la ciudad me volvieron una especie de anquilosado incapaz de gozar de la adversidad de la naturaleza. Quienes acceden a esa adversidad haciéndola propia, entrenan, o mejor dicho, trabajan el cuerpo. Mi experiencia más próxima al goce de la adversidad fue nadar un par de veces en mar abierto, bajo la calma que confiere saber nadar y, sobre todo, no temerle a esa forma de la naturaleza. De la montaña en cambio no sé nada, absolutamente nada. No me interpela y su mítica está momificada, para mí, en las postales color pastel de los Alpes. El guía en algún momento del trekking logró quebrar mi apatía y contó el significado de la palabra Atuel en idioma huarpe: llanto. Para explicarlo, introdujo una leyenda según la cual una mujer cautiva huye hacia la montaña, el refugio de los dioses, y se sacrifica saltando al vacío con su bebé, a cambio de lluvias. Desde entonces, dicen, el sonido del río imita el llanto de un bebé. 
Al escuchar al guía no puede evitar pensar que ese hombre amaba lo que hacía de un modo espontáneo: un amor sin esfuerzo. Valoraba su trabajo como si fuera un tesoro. Me vino entonces a la mente la certidumbre de que lo que gobierno actual logró en pocos meses es restarle sentido al trabajo. Aniquilar el lazo más preciado del hombre con su propia potencia. En definitiva, anular simbólicamente el trabajo, excomulgar la categoría de pueblo, vaciar los derechos de las clases trabajadoras y así desalentar la oposición humana.  Por esto mismo, hoy en día la única forma de supervivencia y resistencia va a ser una reivención del trabajo; eso que cada vez cuesta más y que, paradójicamente, va a valer más para cada uno de nosotros a medida que la tecnocratización nos vaya expulsando.  Trabajar hoy significa ir contra una noción de productividad que no está ligada a la fuerza del hombre, sino a la renta. Debido a su crueldad ideológica, el gobierno actual ha transformado el trabajo en un objeto sublime de deseo. El trabajo vuelve a ser un problema, un recurso en extinción y no ceder ante esa sustracción –que termina siendo una compra del alma, un pacto fáustico- es la única opción posible.
Más urgente que escribir sobre la relación del pequeño burgués con la naturaleza, es entonces replantear la relación del hombre y el trabajo. Me vuelve el recuerdo del guía en Cuatro Cascadas y se encarna ante mis ojos la imagen de alguien consumando su destino, contra el positivismo financiero. 

* Columna publicada en el Suplemento Cultura de Perfil, el domingo 17 de abril de 2016.

domingo, abril 03, 2016

Extraños en paraíso *

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Hace tiempo el espacio de la Patagonia se representa en el imaginario de los extranjeros como mítico, más allá de las historias de Bruce Chatwin y de las anécdotas ampliamente divulgadas sobre jerarcas nazis refugiados después de la segunda guerra. Una vez ahí, uno percibe ese carácter mítico en la naturaleza, en las edades que se apilan en la costura de lagos, bosques y montañas perdiéndose en un horizonte que parece estrellarse contra una frontera. Al borde de un lago como el Nahuel Huapi o el Traful, se percibe, al revés que en la pampa -donde el tiempo no pasa -, huellas de  las edades que pasaron antes del primer hombre.  Puede resultar muy conmovedor, o bajo la garra del turismo puede terminar siendo simplemente un decorado en el que esas fuerzas extrañas previas al humano no se manifiestan sino como decoración.  

Quizás con esa atemporalidad tengan que ver mis pocos recuerdos etnográficos de la Patagonia. En la mayoría de los lugares a los que entraba, detectaba una mueca de recelo. Sospechaba que todos los habitantes de alguna manera habían tenido un pasado en otro lugar y sólo podían vivir en la Patagonia un devenir clandestino. Como los cowboys del lejano oeste, llevaban en las facciones un rictus impertérrito que no se correspondía con una idiosincrasia, sino con un contagio del paisaje ancestral y quizás con la erosión espiritual del viento y las estaciones frías. En ninguna parte de la Argentina tuve la sensación tan patente de ser un extranjero. Y no porque los habitantes tuvieran raíces culturales profundas en el lugar, sino porque algo en la atmósfera, como en Twin Peaks, volvía extraño  a cada individuo que atravesaba el paisaje.

En las últimas semanas, esa misma Patagonia ancestral se volvió un decorado de unas pocas horas para la visita de Obama y la escapada en helicóptero de Macri a la estancia de un magnate inglés en las cercanías de Lago Escondido. A orillas del Nahuel Huapi tuvo lugar la segunda imagen emblemática y desoladora que define la nueva de relación entre Argentina y EEUU. La primera había tenido lugar en la EX EXMA pocas horas antes: Obama y Macri posan en la EX ESMA, camuflan diplomáticamente en su pacto antiterrorista un desplazamiento simbólico que despolitiza la lucha por los derechos humanos al ligarla al discurso de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo global.

La segunda imagen es muy distinta a aquella de Menem, en pantalones cortos, jugando al tenis con Bush, que ilustra la era de las relaciones carnales. En esta se ven dos parejas maduras, partidarias de la comedia del bienestar, vestidas de elegante sport, al borde de un lago. En esa foto hay un premeditado cambio de parejas y todo, desde los gestos, el maquillaje, la ropa, el teatral atardecer con recorte de montañas detrás, cuadra con una foto de campaña publicitaria de ropa. Macri sonríe con esfuerzo hacia Michelle mientras Awada y Obama se abrazan sonrientes. La escenificación, simulacro de amistad y convivencia aunque los cuatro sean extraños en el paraíso, representa muy bien lo que el PRO ha decidido proyectar puertas afuera. Puertas adentro, Macri, en lugar de avocarse gobernar, se obstina en demostraciones de autoridad cotidianas y agota la cuota de poder que le dio ganar elecciones, tal vez sabiendo que en última instancia el único tipo de poder que no se agota –y hasta ahí- en el autoritarismo, es el feudal o el patronal. 

* Columna publicada en Cultura Perfil el 03/04/16

Selección natural *


En algún viaje a la costa patagónica, un lugareño me aconsejó no rozar ni por casualidad la fauna marina del lugar.  Aunque no tenía en mis planes acariciar ningún pingüino o cetáceo, esa persona me dio buenos motivos. Si uno tocaba un pingüino, por ejemplo, confiscaba su destino social: intervenía de tal modo en su tejido que luego podían no reconocerlo y excluirlo. Esta idea –que el hombre condena al animal al dejar una huella en su imagen olfativa- me acompañó desde entonces y naturalizó visiones de lo más cruel. En Puerto Pirámides, observé horcas que se dejaban arrastrar hasta la costa con la marea y a velocidad relámpago atrapaban lobitos marinos entre sus fauces para luego retirarse con la resaca del oleaje.

Años más tarde, en alguna sesión de buceo en el Mar Rojo también presencié escenas de depredación submarina típicas. Pese a que esos episodios para mí estaban desenfocados siempre por cierta compasión hacia la especie más débil, la muerte no representaba un absurdo y presenciar el espectáculo transparente de la cadena de depredación y selección natural fue una experiencia única. Observar las defensas contra la depredación que las especies más débiles desarrollaban en el mundo submarino resultó todavía más fascinante: peces que para sobrevivir repentinamente se transforman en fósiles en el fondo del mar o se mimetizaban con  una planta. Cierta mañana, sin embargo, aparecieron en la orilla un grupo de cazones descabezados que el centro de buceo se ocupaba de criar y alimentar. Tras indagar, me enteré que se trataba de una venganza de pescadores beduinos. Una muestra gratuita de poder ante una población ajena a sus costumbres. Decapitaciones que no entraban en la cadena de la depredación sino en el negocio de la exhibición y el chantaje.  

Ya no es novedad a esta altura, pero la muerte de un delfín bebé a manos de groupies espontáneos de la fauna marina en Santa Teresita conmocionó a la opinión pública y podría también encasillarse en el negocio de la exhibición. Entre los apenados estuve yo. Las fotos que circularon en las redes mostraban a una multitud disputándose el cuerpo de ese lustroso cetáceo indefenso, como si se tratara de un nuevo Mesías, sólo para obtener una selfie.  En algún blog leí que el sacrificio de esta cría simbolizaba un cambio de época. Era un tipo de víctima diferente y podía considerarse, en el inconsciente colectivo, una manifestación de la torpeza que acompaña a este gobierno. En la línea de los despidos seriales ejecutados incluso sin respetar esa selección natural de corte empresarial tan ponderada por el Pro –talento, capacidad, liderazgo -, con el modus operandi de un patrón de estancia que supone tautológicamente que sus peones son vagos por ser peones o por afiliarse a un sindicato, sacrificar a un delfín por negligencia y/o cholulismo está en sintonía. Los despidos ejecutados de este modo son demostraciones de poder que no forman parte de una estricta selección laboral sino de un ajuste de cuentas.   

Aunque la asociación de maltrato animal y macrismo me pareció forzada, es innegable que se respira en la calle una mezcla de estupor y desánimo, no frente a una orientación económica liberal –que incluso algunos estupefactos pueden haber elegido con todo derecho- sino, sobre todo, frente a los atropellos cotidianos. No es necesario ser o haber sido kirchnerista para percibir hoy esa fuerza oscura, parecida a la que emanan en Star Wars los guerreros Siths  cuando reivindican en el resentimiento la identidad de una casta. 

* Columna publicada en Cultura Perfil, el 20/ 03/16

Polizón *



Durante varios días, en el año dos mil once, por culpa de las célebres cenizas volcánicas, quedé varado en el pequeño departamento de un amigo en Crown heights, Brooklyn, después de ir al aeropuerto y de que me anunciaran la suspensión por tiempo indeterminado de vuelos a Buenos Aires. La mayoría de los pasajeros exigía compensaciones por la suspensión –equivalentes a las retribuciones que recibe un escritor cuando va a una feria, viáticos y alojamiento-, pero las aerolíneas, alegando una cláusula de “catástrofe natural”, se protegían de cubrir la manutención irrestricta en la Gran Manzana de familias enteras que acampaban en el aeropuerto JFK.
Ante la mala nueva, y enterado ya por noticias previas de que la lucha contra la burocracia de las compañías de aviación estaba perdida, tomé la decisión de volver a lo del amigo que me había alojado el último día, antes de la vuelta. Emprendí el camino inverso, arrastrando una maleta gigante con ruedas que no giraban, y tomé el metro bajo un sol que a las diez de la mañana era abrasivo. 
Mi amigo me recibió con sorpresa y decepción. En su expresión parecía cifrado lo que vendría, una historia de abusos. En los días posteriores, enterado de mis dificultades para dormir en un sillón, me cedió su cama. Siguió con su rutina diaria, yendo al trabajo, pero yo permanecí en un limbo, ni como turista ni como habitante. Cada tanto llamaba a la aerolínea para saber si había novedades y me respondían que las listas de espera eran interminables. Me imaginé semanas varado en Nueva York, con ahorros eximios y una tarjeta sin fondos. De permanecer debería disponerme usurpar, además de la cama, el sueldo de mi amigo.
Para consolarme, casi persuadido de que Manhattan con sus museos y bares era parte de mi anterior estadía y no entraba en mi vida de polizón, empecé a deambular por el barrio con cierta pesadumbre: mi poco capital impedía exhibirle a mi anfitrión mi gratitud por el hospedaje, la cama y los víveres que incluían single malts y packs de cervezas Sierra Nevada. Aunque a diario se lo transmitía, mis fórmulas caían en saco roto, como las palabras de un borracho.
Después de dos semanas me di cuenta de que algunos vecinos mostraban una sonrisa al verme en la calle al mediodía, dispuesto hacer compras en el súper más cercano. Parecían complacidos de cruzarme, contrario a lo que sucedía semanas atrás. Tuve la impresión de que mi rutina escuálida los satisfacía. Comprobaban que no era un turista, ni uno de los tantos estudiantes falsos que a través de aportes de parientes ricos disfrutan de la vida americana sin trabajar. No, yo no disfrutaba de la vida, ni trabajaba. Que no hubiera incorporado una bermuda a mi vestuario y saliera siempre con un pantalón a rayas made in india con aspecto de pijama, corría a mi favor.  
Cuando empezaba ya a hacer migas con vecinos, recibí un llamado. Si lo hubiera recibido una semana después, quizás nunca habría regresado a Buenos Aires y nunca habría vuelto a escribir. Habría perseverado en mi aspecto de Bartleby en pijama. En el llamado en cuestión, una voz con acento latino me anunciaba que habían abierto un vuelo para los damnificados por las cenizas y podía reservarme un lugar. Yo dude, como si me ofrecieran publicidad engañosa. Mi amigo, que sin escuchar había leído el contenido de la comunicación en mi cara, me susurró: tomalo, ya. Fue una orden irreprochable que años después agradezco. 

* Columna publicada el 06/03/16 en Cultura de Perfil. 

Ruido blanco *


Conocí la historia de Denise cuando, de paso por Los Ángeles, recaí en la casa de un viejo amigo argentino. Alquilaba una monoambiente en el primer piso de una casa en Silver Lake, antiguo barrio yonki que se había vuelto un barrio cada vez más de moda y hábitat fértil para hipsters del nuevo milenio. En la planta baja vivía una mujer de setenta años, que ya no encajaba mucho con el barrio, pero que se vestía exactamente como en los sesentas. Quizás por eso mismo, la señora no saludaba, se quejaba por ruidos molestos, llamaba a la policía cuando algún extraño merodeaba la zona. Lo que no había hecho nunca, supuse que por miedo, era denunciar a los distribuidores de metanfetamina que vivían en la casa de enfrente.

Una noche mi amigo puso un disco que yo le había regalado para agradecer su hospitalidad. Le pedí que subiera el volumen y pasó a explicarme la susceptibilidad de su vecina de abajo. Tuvimos que escuchar The psychedelic sounds of 13th floor elevators a un volumen bajísimo. Apenas se fue al trabajo, al día siguiente, aproveché para poner el disco a todo volumen. Supuse que la vecina se habría ido al trabajo. Pero al rato escuché el timbre. Bajé el volumen. A través de la mirilla me asomé y vi unos ojos celestes incrustados en un rostro huesudo, piel arrugada y curtida por el sol. 

Me preparé para lo peor: queja por ruidos molestos, amenaza de llamar a la policía. Abrí dispuesto a pedir disculpas, explicar que era un huésped y desconocía los usos y costumbres del edificio. Pero antes de que pudiera decir nada, ella, como en trance, se tomó la libertad de entrar al departamento y buscar con la mirada algo, quizás el origen de la música. Recién cuando vio el disco girando, pareció buscar mis ojos y pedir disculpas. Me dijo que hacía cuarenta años que no escuchaba la voz de Roky Ericson. Tal vez, si yo no lo hubiera puesto, nunca se habría reencontrado con su voz. Me dijo que ahora, escuchándolo, se sentía tan joven y desgraciada como la noche en que habían internado a Roky. “Los salvajes del servicio de salud”. Me llamó la atención escuchar en boca de una anciana afirmaciones tan tajantes. Pensé que desvariaba. Ella, como si me leyera el pensamiento, me dijo que en los sesentas, antes de mudarse a California, había conocido a Jannis Joplin cuando no era Janis Joplin. A través de ella se relacionó con el amor de su vida, Roky Ericson. Fue su amante hasta que la policía lisérgica de ese entonces lo confinó a un psiquiátrico y lo arruinó para siempre. Después de eso, ella se mudó a Los Ángeles y no supo nada más del cantante de 13 th floor elavators. Pasó años de aislamiento, dándole la espalda ya a cualquier tipo de experiencia lisérgica, junto a hombres torpes que parecían cortados a imagen y semejanza de Ronald Reagan.  Finalmente terminó trabajando en la alcaldía como asistente social y obtuvo su jubilación durante el mandato del actor y fisicoculturista Arnold Schwarzenegger. La psicodelia, The 13 th floor elevators, para entonces ya habían quedado lejos, en la historia de otro mundo. 

Terminó su relato y esperó mis palabras, ansiosa. Le dije que envidiaba su vida. Enseguida me sentí torpe y me apuré a explicarle que en general envidiaba a todos los que habían tenido oportunidad de atravesar la juventud en los sesenta. Como si yo acabara de decir una gran estupidez, se dio vuelta y salió sin cerrar la puerta. El lado A del disco hacía rato se había acabado y la púa amplificaba un ruido blanco.  

*  Columna publicada en Perfil, el 21/02/16

jueves, febrero 18, 2016

Taller

Laboratorio de lectura y escritura, a cargo de Oliverio Coelho

En la primera hora del taller se analizará y comentará un texto –novela o cuento- de un escritor elegido (Kurt Vonnegut, Ángela Carter, M. John Harrison, Kobo Abe, Leonardo Sciascia, Rubem Fonseca, Mario Levrero, Clarice Lispector, Antonio Di Benedetto, Silvina Ocampo, etc.)- que los participantes leerán con antelación. El análisis del texto elegido para cada encuentro funcionará como disparador a la hora de pensar el propio proyecto literario y desarrollarlo.
En la segunda hora se discutirán los textos de los asistentes, previamente reenviados por email.  Intercalar lectura crítica y laboratorio de escritura, permitirá extraer y aplicar conceptos provenientes del análisis literario. A su vez el debate en torno a los textos de los participantes será una instancia fundamental de intercambio del laboratorio.

Cupos limitados. 
Día y horario: primer y tercer lunes de cada mes, de 18:30 a 20:30
Zona: Agronomía
Inicio: 7 de marzo

miércoles, febrero 10, 2016

Nada de folclore *


Dicen que a partir de cierto momento, a contrapelo de lo que opina la mayoría, la Meca del viajero no es la India sino Sicilia. En algo estoy de acuerdo: es la Meca del viajero en su madurez, cuando el trotamundos no busca extremo exotismo, incomodidad, obstáculos, sino condiciones para echar sus huesos y observar lo mejor del mar en medio de ruinas y pueblos ancestrales poco poblados. Lo que en la India aparece como sobrepoblación, novedad y estímulo, en Sicilia es memoria hedonista. El tiempo transcurre de otra manera. O mejor dicho, casi no transcurre, al revés que en cualquier lugar de la India, donde cada minuto contiene una infinitud de sensaciones que no caben en el presente, porque son partículas del futuro.

Digo esto no porque haya experimentado la temporalidad estacionada de Sicilia, sino porque hace muchos años, en un momento inadecuado, con menos de veinte, no pude aprehenderla. Perdí una oportunidad y desde hace años lamento no poder volver y reivindicar esa experiencia. Estuve en Palermo y el  Hotel des palmes en el que Raymond Roussel murió en circunstancias misteriosas, me resultó un palacio sitiado por el sol, un maravilla inaccesible e inexplicable, como todo ese lujo pasado que en Italia parece tan natural como una colina o una nube. En Sicilia, como en la India, están superpuestas todas las civilizaciones y todas las eras. Pero si en la primera uno no distingue esas capas geológicas, debido a una falsa familiaridad facilitada por tanta cultura siciliana infiltrada en  Argentina, corre el riesgo de quedar excluido del tiempo propio de la isla, de su clima estacionado.  

Mucho después mi modo de reparar ese viaje trunco –llegué a Sicilia como podría haber llegado a cualquier otro lugar, por inercia- y recuperar el tiempo perdido, fue investigar la literatura de la isla. Lampedusa, Vincenzo Consolo, Gesualdo Bufalino, Giovanni Verga. Hasta que me topé con Sciascia. Es probable que ninguna crónica de viaje, ni ninguna columna relacionada con el asunto, encarne tanto la cotidianidad de un lugar como una ficción. No cualquier ficción, sino cierta ficción anémica que, apropiándose de recursos de la crónica y de hechos verídicos que le suman al paisaje una textura natural,  termina ilustrando el clima y el paisaje de un lugar. Esa clase de relatos, en general, desatan un viaje en el tiempo. Si uno va en busca de esos textos, nunca llegan. Son escasos y aparecen camuflados, como un obstáculo inesperado en una obra mayor.

“Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel”, de Leonardo Sciascia, es un ejemplo. En ese texto de corte casi documental, repleto de citas castrenses y/o periodísticas, sin que medie una sola descripción de Palermo, uno se siente en el lugar de hechos. Precisamente porque hay hechos y no descripciones que preparan algo por venir. Un narrador que especula y no un cronista comprometido con la realidad. Tal vez la clave de ese estilo tan característico de Sciascia –“El caso Moro” está en esa misma línea- resida en la posibilidad de estar en el lugar donde sucedió algo y saber, durante la lectura, que nada más, salvo un diagnóstico o un testimonio –es decir, una digresión-, va a ocupar el corazón del texto. No recuerdo otro texto tan etéreo que, sin ningún detalle de color, retrate un lugar. Podría decirse que en ese tono de informe forense, se filtra el espesor lento de la vida siciliana.  Nada de folclore.


* Columna publicada en Cultura Perfil el 07/02/16

Estado de gracia


A veces un recuerdo pasa a ser una pequeña anécdota, y una pequeña anécdota una o dos palabras desatadas por una noticia masticada y reproducida al infinito por los diarios: tres prófugos que huyen torpemente por pueblos del interior en vez de esconderse en un suburbio y desaparecer para siempre en el lento anonimato de la siesta.
La fijación del recuerdo en una o dos palabras fuertes como un rasgo, no está determinado por la edad o el tiempo, sino por la forma que va tomando la nostalgia.
No es raro pasar por Londres y no visitar Muswell Hill, un suburbio septentrional en el que prevalece todavía algo de la recatada arquitectura victoriana. Desde el punto más alto es posible obtener, como desde Montmartre en París, una vista del infinito urbano y sus plagas arquitectónicas.
Muswell Hill no figura en guías y es un lugar más en el que la inmigración y la clase media baja inglesa se mezclan y asientan a la espera de un lugar mejor en el mundo. No es ya una zona obrera prototípica y conflictiva.  Su belleza taciturna no es diferente a la de otros barrios más céntricos de la ciudad. Sin embargo, dos palabras transforman ese suburbio en un lugar encantado e inevitable: The Kinks.  Allí nacieron y se criaron los hermanos Ray y Dave Davies. Uno de sus mejores discos, Muswell Hillbillies, rinde homenaje a esa área. Ningún grupo, salvo los Beatles, logró en un lapso de tiempo tan acotado -cinco años, del sesenta y seis al setenta y uno- encadenar tantos discos de estudio extraordinarios. Si bien tienen tres discos anteriores al sesenta y seis que no son tan irregulares como los posteriores al setenta y uno, lo que sucedió en esos cinco años es inusual en la historia del rock, o algo que podríamos naturalizar si habláramos de hechizo o estado gracia, algo que en literatura suele ser común: un autor que escribe dos o tres libros excepcionales y nunca vuelve a acercarse al mismo grado de inspiración.  
La mutación de los Kinks resulta enigmática. Podríamos especular con la hipótesis de que los vaivenes del grupo en el mercado norteamericano afectaron la creatividad de los hermanos Davies, que comenzaron a probar en los setentas todo tipo de fórmulas contestatarias y conceptuales, un poco como Frank Zappa and the mothers of invention, pero quedándose a mitad de camino. En los ochenta, sin el brío de la juventud, permeados por el pop naciente, no volvieron a recuperar la creatividad desarrollada en Face to face, Lola versus powerman and the moneygoround,  Something else, The village green preservation society,  Arthur, y Muswell hillbillies: cayeron en la tentación heroica de no repetirse, ser contemporáneos a los nuevos jóvenes y ser Kinks sin ser viejos Kinks. Sin la suerte que los acompañó en los primeros diez años de carrera, se volvieron cortesanos de la industria y sacaron diecisiete discos que no tuvieron el aura de los primeros nueve.
En una de las calles más despobladas de Muswell Hill, está el pub que frecuentaban los hermanos Davies en los tardíos cincuentas, The clissold arms. Ahí tocaron por primera vez. Hay una sala dedicada a la banda, con una placa y fotos de los hermanos. No hay moho, ni restos bohemios, ni luz tenue, sino formalidad y un clima de museo no apto para prófugos ni nostálgicos.



* Columna publicada el 24/01/16

martes, febrero 09, 2016

La vuelta completa *


Ciertas noticias raras que diarios de cualquier tipo –tanto amarillistas como serios tienen una debilidad por la hipérbole-, reproducen hasta volverlas fenomenales, exhuman anécdotas de viaje olvidadas y hábitos involuntarios, como llegar a destiempo a los escenarios más indicados. En una foto, en la página web de un matutino, se ve al director de una cadena de Sushi, un tal Kiyoshi Kimura, empuñando una espada sobre un atún rojo de doscientos kilos que obtuvo en una subasta en el mercado de pescado de Tokio por la módica suma de ciento diecisiete mil dólares. Recuerdo haber visitado ese mercado y, como sucede en sueños o simplemente en viajes donde la conducta turística queda anulada por las manías personales, haberlo encontrado vacío. Desierto no como si hubiera cerrado, sino como si hubiera sido abandonado mucho tiempo atrás. Sólo el olor impregnado al suelo y los rastros de humedad, denotaban que ahí seguía funcionando un mercado y unas horas antes había corrido sangre y vida por pasillos humeantes. Era mediodía y los pocos japoneses que había en el barrio de Tsukiji, agrisado por un automatismo laboral que imprimía en la atmósfera un aire lúgubre, trataban de explicarme algo obvio, asombrados de mi presencia. Las exposiciones que descifré no me convencieron: me pareció inverosímil que un mercado cerrara a la mañana y estuviera abierto sólo a la madrugada, pudiendo estar abierto hasta las catorce horas.

Años después, en Seúl un amigo me refirió una escena parecida, diciéndome que por la madrugada el mercado de pescado de Noryangjin era el lugar más concurrido de la ciudad y que esa era la hora en que los encargados y dueños de los restaurantes de todo Seúl iban a abastecerse. Mientras más temprano, más posibilidades había de llevarse pescados grandes y participar en subastas. El espectáculo era realmente fascinante y el mercado, más que un cementerio marino, se asemejaba a un acuario apocalíptico. Ciertas piezas que exigían la cocción del animal vivo, como langostas y cangrejos, se exhibían hacinadas en piletas que eran campos de concentración en miniatura. También se ofrecían vivos pescados de criadero que adornarían sopas de desayuno. Dudo que un atún rojo de doscientos kilos llegara vivo al mercado,  aunque como cualquier otra pieza excéntrica se subastaba en medio de un griterío que a veces terminaba en insultos y golpes.

La costumbre de llegar a destiempo a los escenarios diurnos de la vida me persiguió siempre. Templos y museos que cerraban temprano a la tarde. Bancos inactivos. Restaurantes que ya no servían comida. Esta inadaptación, producida por la incapacidad de seguir horarios razonables de la civilización, se vio compensada por la costumbre de llegar a tiempo a los escenarios nocturnos y reconocer su atmósfera antes de que esté atestada. Recuerdo la decepción de haber tenido que salir de un museo en Kioto a una hora de haber entrado y experimentar un momento de mítica y plácida soledad: transformarme en el primer parroquiano de un bar que cuando caía la tarde y no había consumo ni adrenalina dejaba fluir el piano espectral de Paul Bley. También la desesperación de salir de una pileta en Seúl sin almorzar y ser el primero en sentarme en una mesa para cenar a las seis de la tarde. Esta misma inadaptación en el futuro debería permitirme, dando la vuelta completa, llegar en hora a los mercados de pescado.  


* Columna publicada en Perfil Cultura el 10/01/16

Amor no correspondido *


Cada tanto llegan por correo electrónico historias perturbadoras. Es el caso de H, un amigo que se mudó a Londres para estudiar teatro, mantuvo por un año una compostura y una disciplina ejemplar que lo volvieron un ciudadano indeportable, hasta que una noche experimentó en unas pocas horas todo lo que un hombre puede padecer cuando el destino está frente al azar o fuera de cauce.
Berta, una estudiante alemana de la que secretamente se había enamorado y era su room mate, cierta tarde le preguntó si podía dejarle la casa por una noche. Mi amigo en principio se negó, dijo que era imposible porque no tenía novia, ni amante ni amigos que lo cobijaran, y además tenía que terminar un trabajo. Berta,  ante una respuesta que escapaba a su entendimiento, le ofreció entonces pagarle un hotel, ante lo cual H volvió a negarse: no podía trabajar en hoteles; los únicos que eran aptos para la lectura y la escritura costaban demasiado. Ella ofreció entonces pagarle un cuarto en un cinco estrellas. Él, estupefacto, intentó razonar: una noche valía lo que cada uno pagaba por el alquiler de una habitación en un barrio periférico de Londres. Se negó. Ella insistió y redobló la apuesta con desprecio: además del hotel, le pagaría quinientas libras para que hiciera alrededor de la ciudad eso que siempre había deseado y había aplazado por penurias económicas de estudiante. H vaciló, trató de digerir la alusión maliciosa  y sintió que, o bien indagaba hasta averiguar qué había detrás de todo eso, o bien aceptaba la derrota. Dedujo que si aceptaba la derrota, tal vez tendría una segunda chance.
Ella hizo un llamado y reservó un hotel en Kensington. Aunque él se sintió un canalla, aceptó de Berta, sin mirarla a los ojos, las quinientas libras antes de dejar la casa a las seis de la tarde. Se encaminó hacia el subte. Pensó que la mejor redención podía consistir en dilapidar esos quinientas libras de amor no correspondido en una scort, aunque fuera Berta en realidad “eso que siempre había deseado”. Indagó en su celular e hizo un llamado. La voz y el trato de la joven que lo atendió lo convencieron de que el servicio era el de una prostituta cara que no le iba a ofrecer el calor de una mujer. Volvió sobre sus pasos. ¿Si pudiera descubrir la razón de esa oferta desesperada? Se parapetó en el jardín de la casa contigua y vigiló a través de una verja la entrada de su propia casa.  Intentó consolarse pensando que tal vez Berta había organizado una fiesta para sus compañeros de la escuela de arte.
Pasaron dos horas sin movimientos. De pronto H se durmió. El llanto de un bebé proveniente del interior de su propia casa lo despertó.  Espió a través de la venta del comedor y vio a una mujer idéntica a Berta, pero con peluca y ropa típica de los setenta. Imaginó que se trataba de un disfraz, pero al rato la vio salir vestida así. Con una mano abrazaba a un bebé contra el pecho y con la otra sostenía una valija de cuero. La siguió con la vista unos metros. Ella subió a un choche de vidrios polarizados que la esperaba.
A la semana la policía visitó a H y lo invitó amablemente a declarar como sospechoso en el homicidio de María Kantor, joven alemana domiciliada ahí, hallada sin vida a orillas del río Támesis.   

* Columna publicada en Perfil Cultura el 27/12/15

Milagros liberales


Con los años empiezo a entender que la vida del free lancer es sacrificada. El free lancer, contra lo que supone la mayoría, nunca descansa realmente, siempre está por empezar algo nuevo y terminar algo viejo. Es decir, siempre tiene algo pendiente en la cadena de producción. La mitad del día la invierte gestionando cobros, emparchando errores en formularios o facturas. La otra mitad del día la invierte avanzando en decenas de trabajos dispersos que exigen una concentración imposible de alcanzar. Esta  dedicación es desgastante. Cuando llega el momento anhelado de zambullirse en labores más personales y caprichosas, el free lancer está extenuado mentalmente y piensa en escapar. El beneficio no reconocido del free lancer es, entre otros, viajar sin fecha de retorno, en cualquier temporada, a contrapelo, sin pedir vacaciones. Un free lancer puede desaparecer del mapa sin aviso y nada lo inculpa. Casi como un adolescente que emprende un viaje de mochilero.
Un poco de ese modo, a los diecinueve años, empecé a viajar por Europa. Terminaba el ciclo menemista y ese viaje era la última bonanza ficticia de la convertibilidad. Me quedan varios recuerdos, como encontrarme con un continente con aduanas, monedas nacionales, que no era suntuario como ahora, bajo la Unión europea, y que tenía todavía, en las postrimerías del siglo XX, una relación conflictiva con su propia historia. Se percibía en España, en Portugal, en Polonia, Hungría y República Checa, una especie de transición incierta hacia otro sistema –no económico, sino de tradiciones-.
Berlín estaba siendo reconstruida y las grúas que poblaban las calles transformaban la ciudad en un territorio salvaje y ambiguo, casi una prolongación del Berlín de Wim Wenders en Las alas del deseo. De ese Berlín en vías de unificación pero dividido anímicamente no ha quedado mucho. Sobre ese fantasma creció una ciudad cosmopolita e igual de deslumbrante que la anterior, pero con un alma distinta. El cambio de alma en una ciudad podría ser un tópico literario, aunque se explore pocas veces. Supongo que en unos años La Habana va a experimentar ese cambio de alma.
Aquel viaje culminó por accidente en Estambul y una anécdota resume la manera en que en aquel entonces Argentina, como es posible que suceda de nuevo, se divulgó como milagro neoliberal. Todos los días a la noche, después de comer, pasaba por un carrito de bananas que se instalaba cerca de la Mezquita Azul. Cierta vez el vendedor, un anciano iraní licenciado en economía que había estudiado en Nueva York en los sesenta y había tenido que exiliarse de Irán tras la revolución islámica, me preguntó en un inglés impecable si tenía en Argentina alguna oportunidad laboral: había leído que la economía del país era pujante, que los sueldos superaban el promedio y que encima no pedían visa. Recuerdo haber dudado y pensado que por efecto de la especulación  financiera, esa fantasía se había vuelto incluso veraz para los argentinos y había llegado a oídos de un refugiado iraní. Para no decepcionarlo, le prometí averiguar el asunto. No le aclaré que el costo de esa buena prensa global había sido desempleo y endeudamiento. Un año después recibí en Buenos Aires una carta suya, pidiéndome novedades. Evité responder, porque la letra manuscrita parecía la de un hombre decidido y dispuesto a partir a un país en ruinas. 

* Columna publicada en Perfil Cultura el 13/12/15

Modos de cruzar una frontera *

 
Alguna vez escuché a algún amigo decir que si Macri llegaba a presidente, se exiliaba en Uruguay. A lo largo de años, la frase con variaciones la escuché en boca de varias personas y no puedo evitar pensar evitar pensar que por la cabeza de muchos debe estar flotando esta alternativa, aunque ya no gobierne Pepe Mujica. Lo decían con un tono bromista: no creían factible que un cambio de paradigma político tuviera lugar en nuestra historia después de las costumbres instaladas durante doce años de kirchnerismo. Pese a encuestas anticipatorias, hay algo inverosímil en el triunfo de Macri: algo de pesadilla vuelta realidad para una mitad de la población, algo de sueño realizado para la otra mitad.
En una crónica de corte distópico, la victoria de Macri estaría en estas semanas generando una venta anticipada de pasajes y colmando la capacidad de ferries con masas aterradas que han decidido refugiarse en Uruguay por alergia a posibles políticas neoliberales, a las quitas de subsidios, a los estallidos sociales generados por el recorte de asignaciones. En las bodegas de los barcos, además de bártulos de todo tipo, habría animales domésticos –al menos uno por pasajero-, muebles, camas, incluso algún piano de cola. Prueba irrefutable de que los embarcados se irían para no volver por mucho tiempo.
Entre los autoevacuados que a duras penas, en una reventa de pasajes, conseguirían una plaza a Colonia, reverberarían frases que podrían estar en boca de un personaje de Haneke en La hora del lobo o Funny games: “No sabemos lo que viene, pero sabemos que es lo peor.” En esta hipotética situación de fuga colectiva, un hombre, ante la estampida de autoevacuados que agotó incluso los asientos en ómnibus que cruzan por Gualeguaychú y Colón, evaluaría modos inmediatos de huir. Decidiría hacerlo a pie, aprovechando una bajante extrema del río provocada por las ráfagas furiosas del viento norte. La idea proviene de El error, un cuento alucinado de Martín Kohan recientemente publicado en su libro Cuerpo a tierra. En este relato un hombre, cierto día en que las aguas del Río de la Plata bajan extraordinariamente hasta dejar a la vista el lecho del río, se echa andar en busca de la mujer que lo abandonó y cruzó a Uruguay. La boutade es genial por dos razones: cruzar a pie, sin documentos, aniquila la realidad de esa frontera que los argentinos consideran contingente pero los uruguayos necesaria. Luego, termina de fundir nuestro paisaje depredado con esa tierra magnífica –como el amor no correspondido que persigue el protagonista de El error- que para los argentinos es Uruguay. 
Y aunque parezca inverosímil, cruzar a pie una frontera es posible sin el milagro de una bajante. Hace unos años, en la frontera de Villazón-La Quiaca, me sorprendí de la facilidad con que la gente, cargada de bolsos, cruzaba por el costado de las garitas, sin presentar documentos. En cada ida y vuelta entraban y sacaban mercadería de cualquier tipo –desde celulares, computadoras y cámaras a piezas de autos-. Esto sucedió mucho antes de que se restringieran las importaciones, lo cual vendría a demostrar que el contrabando no es una cuestión de coyuntura sino de cultura, y que desde el principio de los tiempos cruzar una frontera clandestinamente podía implicar la posibilidad de una nueva vida, pero también la de un buen negocio a espaldas del rey.

* Columna publica en cultura Perfil el 29/11/15

Margen de error *

 
Un día de noviembre del año dos mil, en Nueva York, por primera vez asistí en viaje a una contienda electoral aguerrida. No volvió a ocurrirme y, salvo en Argentina, no presencié dos elites políticas tan confrontadas. Desde diversos bares, por la noche, después de las elecciones, ante el cruce de información, me transformé en una especie de fanático demócrata, sólo por mi antibushismo. Los presentes miraban los televisores suspendidos en la altura como si observaran un partido de básquet. Algunos se tomaban la cabeza, como si no pudieran comprender que vivían en un país donde casi la mitad de la población había elegido a un belicista de coeficiente intelectual incierto. La mayoría estaba expectante con los resultados que empezaban a llegar desde el Estado de Florida, donde a último momento, al parecer, ante los resultados sorpresivos favorables a Bush en Tennessee, el estado natal de Gore, se dirimiría la elección. Era el voto latino el que decidía el futuro de la nación más poderosa de la tierra, pero nadie imaginaba el infierno que se desataría después.  
Yo había llegado al país un mes antes y había recorrido los estados del sur, donde algunas familias conservadoras, descendientes de confederados, clavaban en sus jardines banderines favorables al candidato republicano. En menor cantidad había estandartes que tomaban partido por Al Gore. La mayoría de las encuestas daba favorito al candidato demócrata por poco, aunque debido al particular sistema federal de representación que todavía se mantiene, no se sumaban los votos totales del país, sino que cada candidato al ganar en un estado sumaba electores, cuyo número estaba en relación a la cantidad de habitantes –un poco como los diputados en Argentina-. (Bajo este particular sistema, el presidente argentino se consagraría con sólo ganar en la provincia de Buenos Aires y Capital Federal por un voto). También, bajo este particular sistema, era posible obtener la presidencia con menos votos pero con más electores, como le sucedió a Bush. Aunque en la sumatoria de votos a nivel nacional Al Gore obtuvo más de medio millón de votos que su contrincante, lo que determinó la presidencia –y puso en duda la eficiencia del sistema de elección indirecta- fueron los trescientos votos de Florida que a Bush le dieron electores suficientes en el Congreso.
Trescientos votos en un estado de dieciséis millones como Florida  no son nada. Pensar que una elección nacional se definió por trescientos votos que probablemente, como sugerían los analistas políticos, provenían de una balanza inclinada por latinos afincados en la península, es completamente absurdo para la principal economía mundial, pero no es ajeno a nuestra actual realidad. Sin esos trescientos votos de ventaja –que todavía se presumen fraudulentos- tal vez no hubiera existido el 11S, la invasión a Afganistán, la guerra en Irak comandada por un lobby petrolero que dejó miles de muertos y familias desplazadas.
Es probable que la próxima elección nacional, pese al pronóstico de las mismas encuestas que vaticinaron un posible triunfo de Scioli en primera vuelta, se dirima de ese modo, por lo cual cada voto tendrá un peso especial: un voto arrojado contra una estadística. Hay fatalidades anunciadas más allá de la propaganda y los discursos de campaña. Aunque si el próximo 22 de noviembre un viajero entra en pánico en un bar de Palermo, no se deberá al triunfo de Macri en sí, sino a su bailecito y a la escenografía tinellizada de la política local.





* Columna publicada en Cultura Perfil el 15/11/15

lunes, noviembre 09, 2015

Tren fantasma *


Cada vez que viajo con mi bicicleta en el furgón de la línea San Martín, no deja de sorprenderme que esté repleto de pasajeros echados en el suelo incluso mientras en el resto de los vagones haya asientos vacíos. La cantidad de bicicletas colgadas a menudo se reduce a dos o tres. El furgón parece el último círculo del infierno, donde se agrupan per se lisiados, fumadores, bebedores, y algunos polizones. Supongo que esa autodeterminación trasluce en realidad un tipo de discriminación y un maltrato social que, reiterado en el tiempo, lleva mecánicamente a la autosegregación: viajar en la zona más clandestina. Algunos, incluso entrando por el medio del tren, se dirigen al final o al principio, sin levantar la mirada, como si hubiera un lugar de pertenencia en cada uno de los furgones ubicados en los extremos. Aunque el tren no esté dividido explícitamente, hay dos clases demarcadas por el uso y la costumbre.

De los trenes que conocí, los de la India fueron los que más clases presentaban: 1 ra, 2 da, 3 ra con asiento reclinable, 3 ra con asiento no reclinable de madera. Luego el techo -más que una clase, una dimensión-, donde viajaban los intocables. En ese sistema de exclusión que reproducía el de las castas, había una sobredeterminación precapitalista, con miles de años encima. En los trenes nocturnos la cantidad de clases se duplicaba: camarotes individuales dignos de un príncipe, compartimentos con dos literas, con cuatro cuchetas, con seis, con ocho. Cuchetas que eran simples tablas de madera y producían la impresión de que ahí se apilaban cuerpos para una autopsia. Cuchetas mullidas para las castas intermedias. Compartimentos precarios en donde no había cuchetas sino asientos de madera rígidos, y en donde a la noche se agrupaban los fantasmas confinados en los techos. Sólo un extranjero tenía la posibilidad de atravesar todas estas clases sin pudor. Un indio de casta alta tal vez nunca viaje en su vida en 3 ra ni en los compartimentos nocturnos en los que se hacinan, como en cárceles, los descastados. A la vez un indio de casta baja, teniendo el dinero, jamás viajaría 2 da clase, por pudor y karma.

En otros trenes, como el Shinkansen en Japón o el KTX en Corea, las clases son dos, bastante imperceptibles e intercambiables debido al exceso de confort. Sin embargo los vagones más buscado por los pasajeros no son los de cierta clase, sino los de fumadores. Ahí, en torno a una debilidad, se agrupan plácidamente todas las clases sociales. Como si en esa comunidad se activara una liberación, los pasajeros fuman sin parar las dos horas que dura un viaje en tren de alta velocidad y las caras apenas se ven entre la frondosidad del humo. La mala prensa del tabaco en el mundo, sin embargo, no ha desalentado a los ejércitos de fumadores ni en Japón ni en Corea, y todavía hay bares y restaurantes que rechazan esa clasificación occidental: fumadores y no fumadores. Lo mismo podría decirse sobre la comida. La cocina no contempla el vegetarianismo, sino las dietas elaboradas a partir de una tradición culinaria, y los restaurantes se dividen por especialidad: sopas de fideos, sopas de mariscos, pescado crudo, carnes rojas, intestino, sushi, yakitori, etc... En alguno, ocasionalmente, puede haber platos vegetarianos: tantos como el número de fumadores en el vagón de no fumadores.

* Columna publicada el 1/11/15

Segundo origen *


El árbol genealógico es una fábrica de anécdotas y viajes en sentido inverso. O de viajes sin sentido. La pregunta por la genealogía no atañe al destino, sino a una construcción ficticia de la identidad. En el camino de la ucronía, podría imaginar y reinventar el viaje de mis antepasados a América. Ese viaje aparejaría deducciones forzadas e incluso idealizaciones para ligar el presente a un origen.  Donde hay antepasados, siempre se falsifican altares para pequeños próceres, pioneros, fundadores de pueblos, criminales, figuras épicas que de la pobreza pasan a la riqueza y fundan la distinción de un imperio a través del olfato comercial. Hay tantas generaciones en el medio que ésta falsificación inevitable forma parte de un malentendido que va creciendo como una bola de nieve, generación tras generación.  

Durante los últimos años, cada vez que crucé de Buenos Aires a Montevideo en ferry, me vino a la memoria una anécdota que refería mi padre para mitificar la llegada de los Coelho al Río de la Plata. Hablaba de un antepasado lejano como si fuera un conquistador. El primer Coelho había llegado a Montevideo desde Portugal y había fundado una empresa naviera para unir las dos ciudades del Río de la Plata, lo cual con el paso del tiempo derivó en contrabando y transporte clandestino de exiliados políticos unitarios durante el rosismo. En teoría, esa empresa lo había vuelto rico  y le había dado al apellido una alcurnia. Mi padre heredó esa alcurnia imaginaria pero nada de dinero. Con el paso de los años, esa alcurnia se esfumó y quedó el trazo de una genealogía cada vez más mitificada, a la distancia, desde una perspectiva nostálgica, a medida que su destino individual fue desdibujándose.

En ese árbol genealógico no hubo más viajeros que el primero, ese que cruzó el Atlántico. Sus descendientes migraron a Buenos Aires desde Montevideo y se dispersaron en la pampa. Podríamos decir, si resistiéramos la tentación de la ucronía, que en los pueblos de llanura engendraron monstruos familiares. En esto, y no en una fundación o en un desembarco, gravita el origen. Por eso, tiempo atrás, cuando me quedó claro que no existía ningún linaje y que la mía, como cualquier otra, había sido una familia en constante batalla con la precariedad y las convenciones de la época, exploré el mundo de la pampa seca. Más allá de Bahía Blanca y Coronel Pringles, en el extremo de la provincia, donde en el siglo XVIII se instalaron los primeros fuertes y se plantó el primer mojón para la posterior conquista, un siglo más tarde, estaba el pueblo en el que mis abuelos se conocieron. Compuse esa zona buscando una mitología familiar propia, no heredada. Bajé de la estación de ómnibus al amanecer en un suburbio borrascoso y sin alma. Llegué al centro, que se asemejaba a medias al pueblo de trazos coloniales y en pendiente que había imaginado. Alguna vez ese territorio al borde del Río Negro debía haber sido colonial, pensé. Faltaban piezas para que ese pueblo del lejano sur se pareciera a un pueblo del Far West con Río. Lo que quedaba,  erosionado por el paso del tiempo y el viento, se compaginaba más bien con los sucesos que en aquel momento silenciaron a la sociedad y dejaron desde entonces unida la palabra Patagones a una segunda masacre: no la conquista del desierto sino la ejecutada por un chico de quince años.

Oliverio Coelho

* Columna publicada el 18/10/15 en Cultura Perfil.

Luz azul *

La primera noticia de Islandia me llegó a través de Borges. Recuerdo unas fotos de Borges en el último periodo de su vida, cruzando un puente junto a la que sería su viuda. Más tarde, investigando la biografía de Bobby Fischer, me llegaron más impresiones de esa tierra que en verano parece deslumbrante y en invierno se transforma en una celda ideal para sedentarios. Menos por Björk que por Sigür Ros, empecé a escuchar música de esa isla y cierta vez, en un BAFICI, me topé con una película que presentaba una hipótesis un tanto forzosa para explicar por qué una tierra habitada por trescientos treinta mil personas, había dado tantos músicos, con Björk a la cabeza, de renombre internacional en las últimas décadas. El film atribuía este fenómeno por un lado a la necesidad de pasar el tiempo en la depresión que cundía en los largos inviernos, y por otro a la cualidad severamente insular que pesaba entre jóvenes que veían en el rock la posibilidad de abrirse paso y migrar hacia otra isla, el Reino Unido. Estimo que, en ese trance, para nadie la literatura resultaba una vía de escape.

A esta altura cualquiera podría inferir que estuve en Islandia.  Hace un tiempo, en tránsito hacia Seúl, experimenté la fantasía de viajar como polizón hacia Reikjavic, la ciudad en la que Bobby Fischer batió a Boris Spassky. Esperando mi vuelo hacia Seúl, en el aeropuerto JFK, empecé a caminar al azar. De pronto di con una salita de espera que parecía parte de otro aeropuerto. Una luz helada atravesaba el ventanal. Había humo en la atmósfera. Sospeché que la gente fumaba, pese a la estricta prohibición. Por la cantidad de personas, supuse que el avión que partía era pequeño: tal vez una avioneta. Me ubiqué a un costado, en donde no pudieran verme. Algo me resultó sumamente extraño desde mi posición de testigo fantasmal. Al principio atribuí lo raro a las características provincianas de esa sala. Luego entendí que el origen del extrañamiento provenía de la homogeneidad reinante. Los presentes allí parecían miembros de una misma familia. Imposible, en ese grupo, determinar la belleza de una mujer o un hombre. Eran una unidad a tal punto que al momento de embarcar una azafata con aire albino no les pidió ni boarding pass ni pasaporte. Les bastó mirarlos para confirmar que pertenecían a la especie. Tal vez suponía que nadie en ese mundo desearía recaer en Islandia como polizón.
Cuando los últimos de la treintena de pasajeros terminaron de perderse en la manga que conducía a un pequeño Boeing, me puse de pie. Me pregunté qué podía hacer de mi vida al llegar a Islandia. Supuse que a mí sí me pedirían tarjeta de embarque. Durante dos segundos imaginé el aeropuerto de Reikjavic, un gran galpón, simple y frío como la salita de JKF. Luego, mis primeras horas en una ciudad de luz azul, repleta de bares mortecinos y hombres abatidos por el aislamiento y la endogamia. La salita de espera ya estaba vacía. Ni humo, ni ruido. Cualquiera diría que el sitio siempre había estado así. Busqué a la azafata como alguien que busca en un cenicero rastros después de alucinar a un hombre fumando. Estaba todavía detrás del mostrador, y le bastó un segundo para entender que estaba frente a otro de los tantos voyeurs que una vez a la semana se acercaban a presenciar una partida de espectros.   

* columna publicada el 4/10 en Cultura Perfil.  

Un espectáculo sádico *

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Alguna vez, al perder una campera en un pueblo de Suiza, me dirigí a una oficina de objetos olvidados que queda al fondo de la estación. La gente que se desempeña en esas oficinas cumple una función sobrenatural y disimulada. Son de alguna manera los custodios de la vida cotidiana, obradores y al mismo tiempo deidades escurridizas que parecen emanados de las penumbras de Robert Walser. Al mismo tiempo, son los grandes benefactores del azar. Me pregunto cómo será la vida de alguien que administra objetos que nadie reclama. Y cómo será vivir en un purgatorio donde lo inerte seduce lo vivo.

En ese mismo viaje al lago Lemán, conocí gente que se desempeñaba oficios estrambóticos y anacrónicos, pero nunca me sucedió algo tan llamativo como en Caux, cuando bajé del tren para visitar a un amigo pintor que me esperaba en la estación de Montreaux. Allí estaba él, sí, pero como una especie de modelo vivo, junto a dos camarógrafos que se turnaban para documentar su vida cotidiana las veinticuatro horas al día con una cámara digital. El proyecto tenía algo descomunal que sólo podía calzar con la personalidad de un megalómano capaz de creer, no sólo que su vida podía capturar la atención de alguien, sino que podía vivir sin tiempo privado, sin secretos, sin intimidad –aunque frente a la cámara pudiera falsificar algún tipo de intimidad-.

Los días en la casa de Caux me depararon experiencias estrambóticas. La menor y más placentera, alimentarme de chocolate suizo, casi el único comestible que mi amigo guardaba en las alacenas de su casa, junto a quesos que compraba en granjas cada vez que, caminando por las montañas, llegaba a la zona de Gruyere. Esa especie de peregrinación alpina por la zona de Gruyere fue otra de las experiencias mencionadas. Debía ser documentado por los camarógrafos/súbditos. Mi amigo debía posar en su paisaje natal, dialogar con un amigo de su juventud –yo- y sobre todo mostrar destrezas físicas que no suelen compaginarse con la rutina del artista. 

Partimos temprano al amanecer, cuesta arriba. Los senderos estaban en bastante mal estado y el día de caminata estuvo repleto de accidentes, caídas, tobillos esguinzados. De cada percance mi amigo parecía extraer una satisfacción secreta. Éramos criaturas inferiores que documentábamos la pericia de un superhombre. Al mismo tiempo que evitaba socorrernos en cada accidente y sonreía, nos negaba el agua y el chocolate, únicos víveres que cargábamos -suponiendo que el recorrido duraría una hora- y que él administraba con avaricia en su mochila. En las esporádicas paradas, a cada uno de los mártires que lo seguíamos con resignación les permitía un trago de agua de la cantimplora y un bloque de chocolate, lo suficiente para reponer energías. En cierto momento tuve la certeza de que la misión de mi amigo era matarnos. Que no había retorno ni final de camino. Que volvería solo, con los registros que quedaran en las cámaras de los documentalistas esclavizados por el sadismo de un pintor. Fantaseé con huir, salir del sueño y despertar. De pronto, cuando empezó a caer el sol, asomó el lago a lo lejos. Mi amigo bajó con un técnica impecable y se perdió entre las copa de los árboles, como un ciervo. Extenuados, los camarógrafos y yo caímos en la trampa del descenso. Esa bajada abrupta deparó el doble de golpes que el ascenso.  Llegué último, de noche. En la casa las luces prendidas del jardín, las voces, las risas y el ruido de las copas, anunciaban una fiesta no anunciada. 

* Columna publicada en Cultura Perfil el 20/09/15.