lunes, diciembre 08, 2014

{Recuerdos inventados *}

Hace unos años, viajando por el Estado de New York con dos amigos, en el límite con Connecticut cruzamos un cartel con una flecha de desvío que decía: Bethel, home of the 1969 Woodstock Festival. La palabra Woodstock en un cartel de ruta me pareció extraña y, poco después, instantáneamente mágica. Por mera curiosidad folclórica, nos desviamos. Por supuesto, no había hippies dando vueltas y no quedaban muchos indicios de aquel evento más allá de la granja en la que había tenido lugar. Bethel, después de Woodstock 69, era igual a Bethel antes de Woodstock 69: un pueblo cerrado, conservador, rodeado de granjas y campos arbolados entre colinas de un verdor fosforescente. Siguiendo atentamente las indicaciones, se llegaba a donde había tenido lugar el festival. La granja se había transformado en un Centro para las Artes y había allí un prolijo museo. Junto a una placa conmemorativa, se tomaban fotos algunos de los tantos hippies veteranos que peregrinaban al lugar donde había quedado enterrada su felicidad.

Recuerdo que en el secundario una profesora nos hizo leer un poema de Borges, Elegía del recuerdo imposible, que siempre creí blando y apócrifo. Cada estrofa estaba encabezada por un “¿Qué no daría yo por…?” y el poema era una simple enumeración de lugares comunes borgeanos. (Ahora descubro, en internet, que Borges es el curioso autor de ese poema que tematiza una constelación de lugares comunes borgeanos). Y cada tanto me preguntó cómo aplicaría la fórmula “¿Qué no daría yo por?”. Las respuestas son variadas, y casi siempre involucran a la música y no a la literatura, que está repleta de recuerdos posibles y lecturas al alcance de la mano. Uno podría apelar al recuerdo imposible de haber conocido a Kafka, pero para qué si están sus libros. Con la música no es tan así. Hay hitos. Aunque uno no conciba el recuerdo imposible de haber conocido personalmente a Jimmy Hendrix, sí podría desear haberlo escuchado  en vivo. Y si pudiera ir más lejos, en Woodstock 69. Ya no habría muchas chances de escuchar a Hendrix –moriría un año después- y esa performance representa su apogeo. Miro una y otra vez la hora y media de recital de Hendrix en estado de gracia, el 18 de agosto de 1969 a las nueve de la mañana, e invento un recuerdo. Estaba planeado para las ocho y se pospuso un poco por la lluvia; del casi medio millón de personas que pasó el fin de semana por esa granja de Connecticut, ese lunes nublado de agosto quedaron treinta mil hippies privilegiados para ese cierre. Hendrix salió al escenario con un semblante impasible, una vicha roja, una camisa blanca con flecos que sirvió de fondo para su guitara también blanca. El tiempo se detuvo y terminó de encarnar la utopía de un mundo feliz. Pasaron los años. La Fender Stratocaster blanca se convirtió en el instrumento más caro de la historia del rock cuando uno de los cofundadores de Microsoft, Paul Allen, la compró por dos millones de dólares.

Nada de todo eso –ni la granja que fue comprada por millones y transformada en santuario, ni la Fender marcada por el cigarrillo de Hendrix que pasó de coleccionista en coleccionista-, transmiten un gramo del espíritu de Woodstock. Sólo en algunas grabaciones, en la guitarra de Hendrix, Neil Young o Richie Havens, o en la voz inconmensurable de Janis Joplin, sobreviven  pedazos de esa isla utópica abandonada en la historia. 

* Columna publicada el 30 de noviembre, en Cultura de Perfil. 


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{Paraíso adentro *}

 
De mi última visita a Seúl recuerdo sobre todo un hecho: no quería salir del hotel y, de hecho, limité mis salidas a las actividades programadas que tenía justo del otro lado de una ancha avenida. Mi resistencia a caminar, tan común en mí, e inversamente proporcional a la disposición para andar en bicicleta o nadar, no se debió a un acceso de fobia, sino a una combinación de circunstancias. Estaba por unos pocos días, para un festival de literatura, y el viaje de ida y vuelta en avión sumados equivalían a la mitad del tiempo que pasaría en la ciudad, con el agravante de que en ese lapso mi organismo cambiaría dos veces a husos horarios antagónicos. No tenía bicicleta y, de tenerla, tampoco podría haberla usado, porque en Seúl no hay bicisendas ni está contemplado que los ciclistas anden por las calles. Un ciclista suelto en medio del tráfico es mirado como un dinosaurio. Los pocos ciclistas que circulan son en sí bombas urbanas de tiempo, se las arreglan para andar por las veredas en zig zag, casi a la par de los caminantes, por lo cual más que pedalear hacen equilibrio o se desempeñan en una especie de cuerda floja, a punto de provocar alguna colisión. A las circunstancias descritas, se suma cierto conocimiento de la ciudad y de los hábitos de la población que me indicaba lo tedioso que, para alguien recién llegado, podía resultar moverse desde el centro hacia otra zona. Incorporar la lógica del transporte público coreano es el paso final de un aclimatamiento, no de una llegada. Para plegarse al impecable y colosal transporte público coreano, hay que ser nativo, matemático, o haber cursado un seminario especializado en combinaciones y prácticas urbanas. 

Aunque las actividades tenían lugar a cien metros lsÇeales﷽﷽﷽ cien metros l por el trazado  y comportamiento urbanoe una llegada. PAra cular, a paso de hombre, por las veredas, caineales, por el tipo de trazado urbano y la disposición de cebras peatonales, yo debía cruzar tres avenidas, es decir, conducirme con paciencia ante tres semáforos cuyo tiempo de espera era, si bajaba en mal momento,  de tres minutos por vez. A pesar de que no pasaran autos, hordas de peatones esperaban pacientemente la luz verde del semáforo para cruzar. Una violación a la norma, ante cientos de testigos, parecía impensable. En otras visitas a Seúl había cruzado avenidas en la noche, por la mitad de la calle, a escondidas. Pero semejante transgresión, en hora pico, podía confundirse con una profanación del espacio público. Desplazarse hasta el andén de subte, que quedaba cien metros más allá del centro de actividades y doscientos metros bajo tierra, representaba en sí un viaje de casi veinticinco minutos, considerando que mi habitación estaba en el piso veinte y debía esperar el ascensor tres o cuatro minutos.

Más allá de todo lo dicho, el factor milagroso que selló mi inercia residió en el cuarto mismo. La mentalidad de cada viajero está aquejada por un prototipo de  habitación prototipcaorresilas veredas, cahay una habitaciuedaba cien metros malle, a escondidas. Pero semejante transgresilas veredas, ca que, por distintas circunstancias, nunca llega. En mi caso, ese prototipo de habitación presenta un living separado del cuarto de dormir por puertas corredizas que permiten unificar los dos ambientes en uno. Cocina y baño con ducha potente.  Un gran ventanal junto a la cama, que abarca distintos puntos cardinales de la ciudad y  permite la sensación de observar sin ser observado.  Así era, sin que hubiera planeado nada, mi habitación, y cada mañana, cada tarde y cada noche, el cielo y una constelación de templos budistas que se abrían en el medio de Seúl, colonizaban ese espacio anónimo y yo me volvía el intruso perfecto en un paraíso congelado detrás de un vidrio.




* Publicada el 16/11/14 en Cultura Perfil.


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{Purasangre *}

Llevaba sombrero Panamá, un traje de hilo blanco, sandalias de cuero rústico. Que estuviera afeitado y la piel presentara un bronceado leve, un rubor que se combinaba con las manchas de la edad y la mirada cristalina y optimista de un mafioso de los cincuenta, le agregaba todavía más clase a ese aristócrata traspapelado bajo el sol brutal del trópico.
Si no se me hubiera acercado en el único bar que en La Habana ofrecía cerveza roja tirada y single malts, tal vez nunca me habría animado a hablarle. “Tú eres argentino”, afirmó. Estoy casi seguro de que no fue una pregunta. Asentí y supe que ese caballero se traía algo entre manos. “Caminas como los argentinos de antes”. A diferencia de otros cubanos que abordan a extranjeros preguntando por su nacionalidad y elaborando alguna anécdota ladina, él presentaba en la voz un aplomo distinto. Su alma no parecía haber sido desmigajada por las extravagancias del castrismo. Deduje que había vuelto después de un exilio consensuado y nunca había estado proscripto. Algunos, unos pocos convidados no gratos en el banquete de la revolución, en la primera época habían sido invitados a salir sin represalias. Me ilusioné con estar frente a uno de esos bohemios que desaparecieron con la revolución y quedaron retratados en La Habana para un infante difunto.
“Dime tú, he conocido muchos compatriotas, pero ninguno sabía nada de Yatasto”. Clavó sus ojos en mi cara, como si esperara una expresión inmediata de entusiasmo, una pasión simétrica.  A medida que pasaron los segundos su expectativa fue decreciendo. Yatasto, Yatasto, dije para mis adentros. Tal vez fuera una calle. Enumeré para mis adentros nombres de calles: Yatay, Bacacay, Jean Jaures. Cuando él estaba a punto de perder interés y confinarme al grupo de los que nunca supieron nada de Yatasto, me vinieron dos recuerdos: primero, el bar de la esquina de Av. San Martín y Álvarez Jonte, con los trofeos de un caballo exhibidos en la vidriera y fotos épicas de turf en las paredes. Luego, mi padre en el hipódromo de Palermo hablándome una tarde de un purasangre poseído que siempre ganaba por varias cabezas y se transformó en un mito hípico de Latinoamérica: vencedor de todos los clásicos hábidos y por haber; cuádruple coronado en 1951; dueño aún hoy del récord en los tres mil metros –algo inconcebible en el atletismo o en disciplinas competitivas cuyo sentido de ser siempre es implementar una nueva marca y forzar un nuevo patrón atlético en cada década-.
“Mi padre lo vio correr cuanto tenía once años”, dije de pronto. Él sonrió mostrando una dentadura perfecta. “Prendería un habano en tu honor, pero sé qué no fumas”. No se lo negué. Un mozo llenó nuestros vasos de whisky. “Doble para el chico”, indicó inclinando el dedo anular. Llevaba un anillo con una piedra negra que podía ser un zafiro o una turmalina. “Chico, a ese caballo lo vi correr en Montevideo y en Buenos Aires. Mi padre era uno de los dueños del Oriental Park Havana, el mejor hipodromo de América. Viajábamos todos los meses a los mejores derbies y creeme que no había otro como Yatasto. Todavía lo veo correr cuando miro una pista vacía”. Pasó a describirme la carrera en la que Yatasto sentó el record de los tres mil metros. “Quisimos comprar ese caballo, pero Perón quiso que el caballo del pueblo quedara en el país. Estaba todo listo para que corriera y ganara el Derby de Kentucky.” 

* Columna publicada el 2/11/14 en Cultura Perfil.


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martes, octubre 21, 2014

{Los últimos colores *}

Hace unos meses, en un vuelo a Barcelona, mi compañero de asiento circunstancial –él en el pasillo, yo en la ventanilla- me aseguró que en Argentina en poco tiempo faltarían algunos colores. La idea de vivir en un lugar de colores escasos me trajo imágenes idealizadas de la Unión Soviética, un reino que en mi adolescencia presentaba una gama de grises infinita. Hoy en día, una realidad de colores extinguidos no se corresponde con la monocromía misteriosa de La Infancia de Iván. Es una realidad sobrevalorada, filtrada y expurgada, donde hay tres clases de hombres en vez de tres clases sociales: los sonámbulos, los obsecuentes y los condenados.   
Lo cierto es que “el apocalíptico de los colores”, como empecé a denominar a mi compañero a medida que pasaban las horas, íc﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽es que el apocalde Ivrompresentaba la misma gama era un atribulado importador de pigmentos, de unos sesenta años, que abastecía  a fábricas de pintura locales y había atravesado todas las crisis con un pie en alg bamos﷽﷽﷽﷽ún ramo de la industria nacional. Ahora iba a una convención de importadores de pigmentos organizada por un gran distribuidor español. En lo que duró el viaje, me detalló los secretos del negocio, aunque tales secretos ahora fueran inútiles debido a las dificultades para retirar de la aduana materia prima o encargarle al importador la cantidad de materia deseada y, como si fuera poco, conseguir autorización para girar dólares al exterior y pagar los costos. Incluso con todo en regla, ciertos pigmentos quedaban varados en la aduana, le pedían papeles sólo para demorar la entrega  y prevenir así –razonablemente- que ciertos importadores acumularan materia prima y especularan. Los trámites le salían observados y debía comenzar todo de nuevo. Con las cuotas de importación que le imponían, iba a terminar cerrando su empresa, como le había sucedido en el ochenta y nueve y en el dos mil uno. Si bien había una dosis de honestidad y realismo en su alegato, subyacía también un dejo melodramático profesional y una debilidad por ese modo acomodaticio de expresión, la queja –todo tiempo pasado siempre fue, no mejor, sino menos malo-, bastante extendido en esta época de dólares difíciles.
La respuesta a la especulación de la burguesía fue la burocratización, le dije. No es el mejor camino, pero es un camino legal, aunque por momentos uno tenga la impresión de vivir no en un país atrasado, sino en un país que de tan cartesiano se ha vuelto kafkiano. Me miró pensativo. Sus ojos parecían decir: “tal vez el drama de la burocracia no sea para tanto.”
Al bajar y recordar la historia de este hombre, comprendí que un avión es un gran lugar para encontrar retazos de la Historia. Y que en quienes viajan también volvía la historia nacional, no sólo la historia personal. Traté de recordar otras historias de cabina que encarnaran la historia perentoria de un país o una geografía y revelaran una ideosincrasia. Recordé a un exiliado venezolano que vivía en Nueva York porque en Caracas ya no conseguía sus perfumes preferidos. A una diseñadora de ropa de San Pablo que volaba a Buenos Aires para copiar modelos que a la vez eran una copia de los franceses o ingleses. A un joven golfista coreano prodigio que visitaba Seúl y no recordaba casi su lengua materna. A trabajores de la construcción que volvían desahuciados de Qatar a su Pakistán natal a pasar quince días  y se preparaban para migrar y servir en breve, como mano de obra esclava, sin opción de colores, en cualquier otro país de Medio Oriente. 

* Publicado en Perfil Cultura el 19 de octubre de 2014. 
     



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{Prisión perpetua *}

Viajar en avión más de treinta horas me predispone a iniciar una vida en cautiverio. Hay tiempo neto para leer, escribir, dormir, en el estatismo más absoluto. Es posible inventar
una cotidianidad en esa cápsula que me lleva, transbordos mediante, a la isla de Jeju en Corea del Sur. Sólo debo renunciar a bañarme en un lapso de un día y medio. Pese al cambio horario, el dolor de espalda, la comida plástica, trazó un plan para no mutar o desfigurarme. Un viaje tan largo de alguna  manera prepara un estado de hibernación para la identidad.
Al revés que en otros viajes largos, no me derrumbo en la inercia, decido proseguir mi rutina. Escribo, leo y hasta improviso una variación en esa miniatura de vida que me queda por delante: prendo la pantalla. El vuelo de Aerolíneas argentinas que me lleva a Nueva York para combinar con otro vuelo a Seúl, tiene un menú de entretenimientos limitado, pero bajo el novedoso ítem TV Pública aparece Peter Capussuto, además de Paenza y Pigna. Hay tres emisiones y las veo salteadas. Trato de encontrar una fórmula para definir lo que veo e imaginar a un yanqui en mi lugar –está la posibilidad de ver el programa en inglés -. Hay algo intraducible e inaprehensible en la politicidad de Capussoto. ¿Irreverencia lisérgica? Ahí está violencia Rivas, martirizando mascotas. Luego las parodias rockeras de siempre, que me salteo porque tengo la impresión de que ya las vi. Todo en Capusotto produce una sensación agradable de deja vu. Las carcajadas que suelto comienzan a transformarme en sospechoso en un avión a oscuras, busco otra alternativa en el menú y me quedo perplejo al ver que en un vuelo es posible ver a Ricardo Piglia, en la TV Pública, impartiendo sus clases sobre Borges. “Qué bizarro”, pienso, y luego me digo que tal vez sea un gran avance para una aerolínea ofrecer esa clase de programación. Voy más lejos, me corrijo y me digo que es snob creer que para un escritor es un oprobio estar expuesto a la manipulación de pasajeros descomprometidos en la pantalla de un avión. Pongo play. Algo en la expresión de Piglia, la capacidad de unificar divulgación y teoría y sostener una expresión verosímil –un intelectual moldeado por las problemáticas de la literatura nacional- a lo largo de una hora, me produce un deja vu parecido al de Capusotto.  Piglia no deja de replicarse y conserva, sin embargo, una enorme potencia persuasiva. Justamente esta capacidad de repetirse e introducir una diferencia, le confiere el encanto torturado de un predicador. 
En el segundo tramo del vuelo, Nueva York - Seúl, la programación presenta todos los patrones convencionales de entretenimiento. No hay escritores, ni sarcasmo lisérgico. Para ese momento, estar atrapado trece horas más en un vuelo, junto a una ventana, empieza a ser una pesadilla. Las  horas pasan más lentas. Fruto del cautiverio, el mal sueño, el dolor de espalda y la hinchazón de piernas, resulta imposible concentrarse en la lectura. Garabateo estos apuntes y me pregunto si habrá acá alguna forma de escritura pertinente para reproducir la reclusión colectiva de los pasajeros de un avión. Al final del vuelo sé que voy extrañar esta celda. Sé que voy a salir con una sensación: al final no fue tanto, podría haber seguido volando de un lugar a otro,  alienado por sobredosis de entretenimiento para que las horas y la vida pasen, como le sucede a la mayoría de
la gente en este mundo cuando la inercia se superpone con la angustia.   

* Publicado en Perfil Cultura el 5 de octubre de 2014. 


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{Lejos del paraiso *}
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El Sargento podría ser un pueblo de alguna película de los hermanos Cohen filmada en Baja California. Se llega desde La Paz, atravesando suburbios y cementerios de chatarra, por un camino de tierra. Algo en el clima, en el polvo estático que carga en el aire, anticipa un páramo misterioso.
Valentina y yo llegamos sin saber mucho sobre ese pueblo a orillas del Mar de Cortés. La escasa información disponible en internet dejaba suponer todo. Entramos al lugar al atardecer en un auto alquilado. A los costados de la calle principal –simplemente una ruta fantasmal, como en el lejano oeste-, estaciones de servicio, algún almacén desierto, corralones, casas inexpresivas, cactus y algunos arbustos secos, una visión residual del mar, algún rancho donde se vendían hamburguesas y onion rings frecuentado por algún veterano del mid west norteamericano que había llegado a pasar vacaciones económicas, en familia, en algún all inclusive. Sobre la orilla del mar, hoteles en decadencia, corales de basura y algas estancadas, botes que algunos lugareños alquilaban a turistas para que incurrieran en la mítica pesca del dorado.
Seguimos las coordenadas que Jack Norris nos había dado por internet para llegar a su rancho. Nos dijo que Guadalupe, su casero, nos iba a estar esperando en la tranquera. Pensamos que calles adentro el sitio presentaría otra cara. Pero no había más que lotes dispersos con casas prefabricadas y hordas de mosquitos. Recién ese momento un dato irrelevante pasó a ser esencial: no sabíamos quién era Jack, nunca lo habíamos conocido en persona ni hablado, pero había sido el único que en toda Baja Califonia, en un sitio de homeexchange, se ofreció a prestarnos su casa. Sin nada que perder, habíamos imaginado que El sargento, con el Mar de Cortés a un lado, no podía estar lejos del paraíso.
La arena gruesa y sucia, la atmósfera de tierra sin ley que alimentaban las camionetas pasando con rancheras a todo volumen, reproducían los clisés de algunas películas clase B norteamericanas ambientadas en la frontera. En el portón de entrada a la casa de Jack, nos esperaba Guadalupe con la llave. Era un hombre sin edad, de expresión inocente y voz aguda. Al hablar, le temblaban las manos. Pronunciaba el nombre Jack abriendo los ojos, en éxtasis. Nos trató como si nos conociera pero en cuanto nos abrió el rancho, se esfumó como si fuéramos fantasmas.
La construcción era tosca. A un lado había un galpón cerrado y sin ventanas, bajo cuatro llaves. En el interior de la casa sólo había una mesa de pino y dos sillas.  Las paredes estaban tapizadas de fotos antiguas que mostraban El Sargento encarnando un paraíso agreste que tal vez Hemingway no habría desdeñado. Otras fotos mostraban escenas de pesca donde Jack, bastante joven y con un bigote tupido, exhibía piezas de pesca junto a Guadalupe. En otras fotos aparecía con dos chicos rubios, de expresión enfermiza, que debían ser sus hijos. Dedujimos que nadie había entrado a esa casa en los últimos años. En las alacenas encontramos toda clase de enlatados vencidos. El racho parecía el refugio de un hombre solo o buscado por la ley. Escaleras arriba había un cuarto con un catre enclenque, un armario con candado, una botas texanas y un machete. El conjunto nos convenció de que tiempo atrás, ahí, algo terrible había ocurrido y Jack nos había invitado a descubrirlo. Antes del amanecer, subimos al auto y huimos de ese paraíso negado.  


* Publicado en Cultura Perfil el 21 de septiuembre de 2014.


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{Dólar y dolor *}

De a poco, tanto viajar afuera de la Argentina, como vivir en el país, se ha vuelto costoso, salvo que uno gane en dólares y viva en pesos.  Es decir, no es posible estar adentro ni afuera. Esto no es atribuible sólo a los errores y a la improvisación del gobierno actual. Hay, creo, una grieta especulativa mayor, una falla cultural que transformó al dólar en el termómetro –especulativo- de la economía. El doloso dólar, como diría Cabrera Infante, es hoy el verdadero objeto –dramático- de producción de confianza y plusvalía al alcance de la dama y el caballero, no importa profesión o clase social.  

Recuerdo mis primeros viajes en la década del noventa, a Perú y a Venezuela, luego a Cuba. El dólar era considerado una mercancía valiosísima y las calles estaban sembradas de arbolitos, como ahora la calle Florida. Aspiradoras vivas de divisas. Cada cual tenía la posibilidad de hacer su negocio y hacer una bicicleta comprando y vendiendo dólares en negro para vivir el día a día, porque la cotización de la divisa siempre escalaba un poco. ó ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽rñLÑocio y hacer una bicicleta comprando y vendiendo dMi sorpresa ante esa posibilidad fue mayúscula. Equivalió a descubrir que el valor de la moneda era ficticio. Venía de un país en el que con la convertibilidad la especulación financiera era invisible y especializada –hasta la crisis que acompañó el cambio de milenio- y de los brotes hiperinflacionarias de mi infancia no quedaban en mi memorias huellas paranoicas como la que dejó el derrumbe del 2001.

Tanto rendía cambiar dólares en el mercado negro, que convenía hacerlo en cuenta gotas, para no excederse. Cien dólares podían solventar una semana de alojamiento y comidas suculentas en Cuzco, por ejemplo. En esos mismos viajes, y en posteriores por Centroamérica y México, se repitió una misma circunstancia: europeos desempleados que cobraban un subsidio e israelíes que luego de salir del servicio militar recibían una compensación, tenían la posibilidad de viajar ad eternum convirtiendo una moneda fuerte en otra más lábil. Extranjeros destemplados que estiraban al máximo los favores del estado en paraísos tropicales. Incluso había argentinos que aprovechaban la convertibilidad y con unos pocos ahorros y cierta aptitud para las manualidades, giraban durante meses vendiendo artesanías en ferias. 

Algunos alemanes o israelíes llevaban viajando tantos años alrededor del mundo que tenían discurso y apariencia de vagabundos. En ese discurso se traslucía un escepticismo político total combinado con cierto nacionalismo nostálgico y contradictorio hacia una sociedad que no los identificaba pero había moldeado una idiosincrasia. Nada define tanto a un mochilero como su lugar de origen. Era de hecho, la apertura a cualquier diálogo. Luego, la lengua. Se reproducía de algún modo lo que en un exilio real.

Desde hace un tiempo observo en Buenos Aires, sobre la calle Florida, a jóvenes que como yo en los noventa, hacen su viaje iniciático y miran deslumbrados las cúpulas de la avenida de Mayo. Los imagino aprovechando las bondades de Buenos Aires después de convertir la ficción de una moneda fuerte en la ficción una moneda que tiene la duración de un deseo. Veo también a arbolitos sedientos ante la presencia jugosa de gringos al sol. Y en la sombra, a una clase media que en cuanto tiene un excedente adquiere ese objeto del deseo llamado dólar, para preparar un salvoconducto que gravite ante un posible temblor. 



* Publicado en Cultura Perfil el 7 de septiembre.


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jueves, agosto 28, 2014

{Aprendizaje de un escritor *}

Corría el año dos mil siete. Yo estaba en Ciudad de México, en una residencia de escritores. Había un escritor al que admiraba especialmente y al que contacté con anticipación porque lo imaginaba atareado e inaccesible. Este escritor, Daniel Sada, simplemente me dijo que cuando quisiera visitarlo lo llamara un rato antes. Esta informalidad me pareció más propia de un escritor cubano. Luego entendí que la idiosincrasia del mexicano del norte, a veces, va mancomunada con la del trópico. El desierto también concede una relación con la abundancia. Había en Daniel Sada una celebración de la amabilidad y la risa que se ve en La Habana y en otras pocas ciudades.
La casa quedaba en Colonia Condesa, en una calle despoblada. Llegué a la tardecita y me fui a media noche. En el medio, charlas con su mujer Adriana y su hija, la visita de sus talleristas y cervezas a la medianoche en una cantina donde los escritores chilangos se juntaban a beber y a traficar rumores. La cantina quedaba a cinco cuadras, pero Sada, calzado en sus botas de frontera, prefirió ir en su “carro”, un Volkswagen reluciente  que me llamó la atención porque por ese entonces yo imaginaba que los escritores, si manejaban, tenían autos cochambrosos.
Presenciar uno de los talleres de Sada fue una experiencia sobrenatural. Predicaba y aconsejaba un tipo de literatura que en apariencia no encajaba con su propia escritura. Al tiempo comprendí que Sada se consideraba más clásico que vanguardista, que su preocupación por el argumento, el conflicto interno y la psicología de los personajes existía pero quedaba eclipsada por su propio virtuosismo idiomático y su prosodia –alejandrinos, endecasílabos y octosílabos dispuestos en prosa-, y que lo que había de barroco en su escritura provenía de lecturas gongorinas de su infancia. 
Viajar con Sada en la ruta fue otra experiencia sobrenatural. Un amigo en común nos había invitado a presentar su primera novela, gestada en los talleres que Sada daba en Puebla. Salimos un día de semana a la mañana en el Volkswagen por el viaducto que atraviesa Ciudad de México. Creo que nunca vi a alguien que manejara tan distraído y confiado en la suficiencia de un auto. En cierto momento le pregunté si sabía cómo llegar y me dijo que no, que “el carro” siempre lo llevaba. Todo indicaba que en vez de ir a Puebla estábamos yendo a Zacatecas. Un trayecto que comúnmente podía demandar cuatro horas insumió ocho. Sada, en ese lapso, volvió sobre sus asuntos de frontera y sobre las miserias del mundo literario mexicano, todavía marcado por Octavio Paz y por los oropeles de alta cultura que se habían encarnado primero en Vuelta y luego en Letras Libres.
Una vez en el hotel, observé que del baúl del auto Sada extraía una valija gigante. Le pregunté por qué traía tanta ropa si planeábamos quedarnos un día. Riéndose, me contestó que adentro sólo había una camisa y un pantalón. El temperamento de Sada era festivo y ajeno al cinismo. Tenía algo tragicómico que se contagiaba al argumento de sus novelas. Un elemento festivo y despreocupado que lo volvía enternecedor y excéntrico en el panorama grave de los hombres de letras mexicanos.     
En uno de sus últimos correos hablaba de la ilusión de conocer Buenos Aires: “Todo esto hace chispear mi asombro: antes -cuando estaba más bonito- a ninguna parte me invitaban, y ahora que estoy calvo quieren moverme por doquier. En fin, ¿qué es lo que debo aprender?”

* Columna publicada el 24 de agosto, en el Suplemento Cultura de Perfil.  


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{El corazón del imperio *}

Hace no mucho me enteré, a través de un amigo, que la cepa Zinfandel es bastante subestimada en Estados Unidos, un poco como el Torrontés lo fue en Argentina hasta que enólogos franceses y norteamericanos hallaron en esta cepa algo irrepetible –una mezcla de acidez equilibrada, bouquet frutal y frondosidad delimitada como en un arbusto recién podado-. En la época en que las cenizas volcánicas de pronto tornaron imposible el regreso a Argentina y se cerraron aeropuertos, quedé varado en lo de un amigo en Brooklyn. Venía de una residencia de escritores en Upstate New York, en la campiña. Como en residencias previas, no había hecho más que aplazar la posibilidad de escribir una novela y me había obligado a esbozar cuentos para no sentirme un absoluto polizón –de tres relatos, sólo uno sobrevivió a la posterior corrección-. Llegué al aeropuerto y ahí me enteré de que los pasajeros con destino a Buenos Aires estaban en una especie de cuarentena. Algunos, en bancarrota, circulaban como zombies y pernoctaban en JFK con todos sus bártulos. Periódicamente mendigaban un alojamiento que ninguna compañía, amparada en una cláusula de exención ante contratiempos climáticos, cubría.
El imponderable rindió sus frutos. Mi amigo no sólo me prestó su sofá, sino que cada noche, mientras esperaba que el fenómeno de las cenizas terminara o en su defecto que la dirección del viento cambiara, me convidaba una botella de Zinfandel californiano. Cada botella era mejor que la otra. Pensé que de extenderse mi estadía, el hechizo del Zinfandel –y la posibilidad de volver con el recuerdo sagrado de una cepa exótica-, podía perderse. El dueño de la pequeña enoteca a la peregrinábamos tenía el mismo aire de párvulo pertinaz y maligno que el juez Griesa, y nos agradecía que elegiéramos productos norteamericanos viniendo de un país que producía tan buenos vinos. Se lamentaba de que pocos ciudadanos de su país compraran vinos nacionales o, más precisamente, californianos; a la mayoría de los clientes les atraían los vinos importados, como si acceder a un Malbec argentino o a un Shiraz australiano equivaliera a viajar a esas tierras lejanas.
A la semana, en la Patagonia la dirección del viento cambió y empujó la nube de cenizas hacia la cordillera. Conseguí asiento en un vuelo repleto de gente que de un modo u otro se las había arreglado para sobrevivir en la gran manzana. La noche previa a mi partida abrimos un último Zinfandel, comprado de apuro en un supermercado. La bodega pertenecía  a Francis Ford Coppola y el vino llevaba su nombre en la etiqueta. Era barato para un vino que se presumía de gama intermedia. La botella monótona, de etiqueta bordó, incluía un código para descargar Apocalipsis now, algo que a posteriori se volvió indicio de lo que en realidad escondía ese Zinfandel. Era un vino sin bouquet, insípido, que no pudimos terminar y nos conectó, directamente, con una sensación de estafa y con un temido desenlace: el hechizo se había roto. Ahora pienso que tal vez ese fuera el tipo de Zinfandel –una cepa rasa, sin retorno y de nariz corta- que subestiman los enólogos y sommeliers norteamericanos. Nunca más volví a frecuentar esa cepa. El limbo de días en la casa de mi amigo sin embargo quedó asociado en la memoria, no a un directors cut fallido, sino a un engranaje de vinos y espera que selló la experiencia de haber subsistido, como polizón forzado, en el corazón del imperio. 

* Columna publicada en el Suplemento Cultura Perfil, el 10 de agosto. 


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domingo, agosto 03, 2014

{Habla, memoria * }
Tengo comprobado, después de una treintena de columnas, que los recuerdos que más se asientan y parecen por alguna razón tener relevancia, son los que acontecen en la juventud o en la adolescencia. Cada vida tiene un periodo de gracia que se cristaliza en memoria. Ese periodo cobra un espesor que el resto de las vivencias nunca llegan a empatar, por más intensas que sean.
Cuando comencé estas columnas, supuse que iba a recuperar viajes por Asia. Pero cada vez que me siento frente a la página en blanco, habla la memoria. Los viajes por Asia datan de mis últimos diez años, más o menos. Parecen no contener ninguna anécdota especial, ni aventura, ni excentricidad. Se presentan como experiencias superficiales de un occidental. Lo exótico en realidad no se conjuga fácilmente en el recuerdo. Pasarlo a un ámbito propio implica un artificio. Debería hacer un inventario para empujar ciertas anécdotas hacia ese automatismo que sobrevive en el habla de la memoria.
Entre los lugares revisitados en estas columnas, por ejemplo, no aparece Japón, en donde tuvieron lugar algunas anécdotas de viaje descabelladas. En Kyoto, en una casa de baños pública –son muy populares, hombres y mujeres acuden a estos lugares a bañarse después de trabajar-, conocí a un inclasificable. De más está decir que si planeaba hacer un amigo japonés, el último lugar que habría concebido para tal fin era una Casa de baños.
Los japoneses suelen ser discretos, amables y a la vez distantes. Para mi sorpresa, estos baños públicos, compuestos por varios piletones de agua a distintas temperaturas, sauna, duchas, eran lugares de sociabilidad desenfrenada, como si en realidad fueran el único ámbito realmente privado en lo público. Hombres desnudos, olvidados de sí, hablaban y gritaban como si estuvieran en la barra de un bar. Sólo hacían silencio cuando al final del baño se frotaban frenéticamente la espalda con una toalla, sentados bajo una ducha en bancos diminutos.
Yo estaba en un piletón, cuando con una deliberación asombrosa un hombre rengo y más pequeño que el común de los japoneses, me abordó. Bajé la cabeza y evité mirarlo para no reírme. Me dijo que me había estado observando. Todo eso me sonó bizarro pero lo atribuí a su inglés. Luego me preguntó a qué me dedicaba y de dónde era. “Escritor argentino”, balbuceé. “Lo sabía”, y tras una pausa, tragando saliva, agregó: “yo también quise ser escritor argentino”, rió para sí. Me resultó enigmática esa respuesta.
A continuación se preocupó por darme a entender que sabía mucho del Río de la Plata. Luego, en tono confesional, dijo que me iba a revelar algo que seguramente podía inspirarme para un cuento: a los treinta años se había quedado pelado. Hacía unos meses había empezado a sentir un cosquilleo en el cuero cabelludo, como si un insecto se posara ahí a cada rato. Lo atribuyó al calor, pero al poco tiempo descubrió que había comenzado a brotarle una pelusilla. Enseguida entendió que le estaba creciendo un nuevo cabello, primero en hebras finas, luego en motas desordenadas que no se correspondían con el tipo de pelo que había tenido en su juventud.

Pensé que me alcanzaba con levantar la mirada para saber si estaba ante un loco o un mitómano. Tal vez él y los presentes esperaran a que yo levantara los ojos para desternillarse de la risa. Opté por retirarme con una ligera reverencia, como si la mentira en un lugar tan anómalo pudiera transformar a mi interlocutor en un amo. 

* Columna publicada en Perfil Cultura, el 27 de julio de 2014. 


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{Minuto final *}
Algunos lugares terminan siendo en el recuerdo ciudades en las que sucedieron partidos de fútbol que a la vez ocurrieron en otro lugar. Zonas de extranjeridad excepcionales. El actual mundial me remonta al mundial del noventa y ocho. Por entonces yo deambulaba sin demasiados planes. El mundial que estaba por empezar en Francia abrió un viaje dentro del viaje. A la vez, el único país que evitaba pisar era Francia. Imaginaba precios exorbitantes y hordas de fanáticos.
Recuerdo que la selección dirigida por Passarella debutó uno a cero contra Japón en un partido mezquino. Una semana después del debut, la misma selección sobrevalorada goleó a Jamaica. Miré el partido solo, en la recepción de un hostel en Lisboa, y por un momento fui optimista. Poco después conocí a un canadiense y a un brasileño de origen taiwanés que no compartían mi optimismo. En verdad el canadiense no apreciaba el fútbol, pero parecía deleitarse observando las pasiones que desataba.
Nos vimos envueltos en una celebración callejera. Los portugueses se preparaban para ver un partido de Brasil. Debían ser portugueses decepcionados de su propia selección, que no había superado las eliminatorias. El brasileño tenía también la sensación de que un accidente –el espectáculo mundialista- había alterado su viaje iniciático y cada día estaba signado por la inminencia de un acontecimiento –el fútbol-. Esa noche, como si nos conociéramos desde mucho antes, decidimos unificar rumbos, ir hacia el Algarbe, cruzar a Andalucía y tomar en Algeciras un ferry hacia Marruecos.
El tercer partido de Argentina arrancó apenas pisamos Tánger. Cruzando el puerto había un bar viejo donde a nadie parecía interesarle el fútbol. Pasaban el partido en un televisor minúsculo y con interferencias. Se me volvió difícil apreciar si la selección, contra Croacia, jugaba bien o no. Pero en ese lapso, mientras permanecía hipnotizado frente al televisor, el canadiense experimentó todo tipo de visiones sobre esa ciudad borroughsiana que Paul Bowles, como un satélite fuera de órbita, todavía habitaba: nos seguían mendigos y contrabandistas nos ofrecían todo tipo de baratijas y servicios. Decidió que debíamos irnos. Tánger estaba abarrotada como una ciudad de la India. No era el puerto exquisito que había empalmado lo mejor de dos mundos bajo el signo de la bohemia y el exotismo. Ahora, pasada de moda, parecía reunir los restos de ambos mundos.
Esa misma noche tomamos un tren nocturno hacia Fez. En esa ciudad noble, repleta de mercados, vimos en un bar Argentina contra Inglaterra. El lugar estaba repleto de hombres que no bebían pero fumaban sin parar y alentaban a la selección inglesa. Cuando supieron que había un argentino, en una demostración de volatilidad colectiva sorprendente, cambiaron de equipo, y en la definición por penales gritaron cada uno de los goles argentinos.
En Marraquesh, unos días más tarde, terminó el viaje dentro del viaje. La cercanía del desierto segregaba en la ciudad más bella del Magreb un calor inhumano. A las diez de la mañana uno ya estaba al borde de la deshidratación. A la tarde empezó el fatídico partido de Argentina contra Holanda. Después de la expulsión de Ortega y de apostar a un golpe de suerte, la selección cayó a un minuto final por un gol de Bergkamp. Yo decidí que el único modo de superar la decepción era estar solo y dejé atrás esa tierra de sol intratable y de amigos que de pronto se volvieron parte del pasado instantáneo que nace con toda derrota.


* Columna publicada en Perfil Cultura, el 13 de julio de 2014. 


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miércoles, julio 02, 2014

{Zona muerta}
La posibilidad de atribuirle belleza a Buenos Aires es cuestión de voluntad. O mejor dicho, de estados de ánimo. Hace años, cuando volvía a la ciudad y hacía el mismo recorrido desde Ezeiza bajando en la calle Colombres, la ciudad se me representaba mítica. La decadencia, heroica y exótica. Era una ciudad atravesada por la historia y la mirada de los otros. Cada bache era una marca repleta de sentido. Allí donde sobresalía el derrumbe, yo identificaba algo excepcional y artístico; nunca sedimentos de una idiosincrasia. Parecía sobrevivir la ciudad a la que Borges le había conferido una identidad reuniendo pedazos dispersos. Y también la ciudad que Onetti, en La vida breve, había poblado de matices y atmósferas rioplatenses.
Con los años, en cada vuelta ese entusiasmo romántico fue decreciendo. Entre el brillo arquitectónico de las primeras décadas del siglo XX, empecé a observar edificaciones opacas y burocráticas, especies de asilos encubiertos.  Buenos Aires, en esa época, seguía teniendo un aura romántica. Recuerdo que vivía en Balvanera y volver al barrio equivalía a reencontrarme con supuestos ancestros, con una supuesta verdad sobre la superioridad argentina –la ciudad como potrero, la viveza criolla como destreza, la periferia como paraíso-. Las constelaciones de hombres solos fumando en cafés a la madrugada me resultaban maravillosas. Eran sobrevivientes y en cada uno había en potencia una historia singular relacionada con el tango. La frustración y la resignación se me confundían, automáticamente, con reticencia al mundo burgués. De algún modo le atribuía a ese abandono algo del orden de la voluntad y, por ende, algo estético. Bajo esta luz, ciertos cafés eran templos y zonas de resistencia, nunca de exclusión o de impotencia.
Con el tiempo comencé a intuir una forma de vacío en ese universo de hombres solos que esperan. Un vacío que el resentimiento iba ocupando y que la mitología del tango nunca había dejado de transmitir bajo el signo de la fatalidad. Esa misma ciudad condicionada por la ilusión romántica, a la vuelta de un viaje reciente se reveló como una ciudad hecha trizas. Encontré una Buenos Aires sumida en la inercia. Las mismas calles cortadas por obras interminables o interrumpidas por vallados que simplemente previenen de pozos tremendos. Y siempre, ante un bache gigante o una obra que avanza a paso de tortuga, un cartel, “La ciudad trabaja”, donde en realidad decir: “Zona muerta”. Reconocí en edificios enmohecidos un retrato de la dictadura y de la mano de Cacciatore. Luego, en construcciones endebles y presuntuosamente modernas del menemismo, otra colección de adefesios corroídos por la humedad.
Sospecho que las marcas de una gran urbe transparentan traumas históricos. La Habana, al igual que Moscú, Seúl o  Beirut, por ejemplo, son en mayor o menor medida territorio fértil para una excavación arqueológica de traumas sociales. Lo mismo podría decirse de ciudades como Las Vegas o Detroit, que fueron basureros sintomáticos del capitalismo y atesoran en su centro huellas del siglo XX. Los adefesios de la década más reciente todavía no desentonan en Buenos Aires, no han envejecido lo suficiente para ser marcas y reflejar una época, se mantienen bajo una línea de uniformidad. La misma que años atrás tal vez igualaba en Balvanera a los noctámbulos solitarios y les concedía el beneficio gratuito del misterio.

-Columna publicada en Cultura Perfil, el 29 de junio de 2014. 




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{El último Falklander}
Corría el año noventa y ocho y llevaba meses andando por Europa como mochilero. En cierto momento, cansado de pernoctar en dormitorios colectivos de hostels y de enfrentarme casi siempre a un roncador serial, descubrí que obtener una habitación privada en hoteluchos periféricos era igual o más barato que quedarse en dormitorios de ocho camas que en general estaban en el centro de la ciudad. Además de exponerme al imponderable de potenciales roncadores, experimentaba cada vez más la sensación estar en un internado pupilo: grandes habitaciones con camas cuchetas y anonimato juvenil. Adolescentes que salían y volvían borrachos antes del toque de queda de algunos hostels, y que despertaban a la mañana cuando una empleada entraba a limpiar los cuartos.
La habitación privada en el suburbio, además, me permitía fantasear con la idea de conocer a una chica y tener un lugar a donde ir. Con esa expectativa, dejé mi mochila en un hotel periférico de Cracovia, enorme como un cuartel soviético, en el que las habitaciones se sucedían a lo largo de un extenso y frío pasillo de mosaicos, y fui hacia la plaza. Imaginaba que esa, la capital cultural de Polonia que había alojado a Wislawa Szymborska pero había engendrado a Juan Pablo II, debía estar llena de jazz clubs y estudiantes de ojos claros.
Cuando llegué a la plaza, no encontré demasiada juventud y bohemia. Había turistas dispersos en mesas, disfrutando cervezas, y algunos músicos itinerantes. Uno de ellos, con su saxo, me llamó la atención. Llevaba una gorra verde, el pelo largo, y se detenía a hablar con cualquier persona en un inglés hosco. Imaginé que debía venir de un lugar lejano. Ocupé una mesa, junto a un gigantón sueco y su hija de veinte años, y pedí mi cerveza. El saxofonista inmediatamente se aproximó. Algo en su premura delataba mendicidad. De cerca parecía más corpulento y hasta exudaba simpatía. Estaba curtido por la intemperie. Le preguntó a los suecos de dónde eran. Yo aproveché entonces para preguntarle a él por su origen. “Nunca lo vas adivinar”, contestó, y después de darme varias chances, me respondió que había nacido en las “Falklands” pero que no era de ningún lado. Me preguntó si las conocía y le dije que sí. “Malditas islas, una isla enfrente de un país de mierda”. Lo miré a los ojos, buscando restos de ese paisaje muerto. Las Malvinas eran en sus pupilas un rastro de ceniza. Cuando me preguntó de dónde venía, me quedé en silencio. Por fin le dije: “de otra isla, Cuba”. Los suecos me miraron maravillados. El saxofonista pareció perder el interés y dijo, como si esto lo eximiera de seguir ante nosotros: “no tengo pasaporte”. Luego se fue.

La joven sueca, a partir de ese momento, empezó a charlar con un interés que el padre parecía celebrar reponiendo cervezas. Hablé de La Habana como si ahí hubiera nacido. Falsifiqué anécdotas. Cuando anocheció, el padre de ella ya no estaba con nosotros. Me sentí súbitamente paralizado por lo inminente: estrenar mi cuarto suburbano con una hermosa joven de ojos claros. Pero como si me sintiera culpable de la farsa, aplacé el momento y le propuse que saliéramos a bailar. En ese mismo instante, en cuanto ella consintió, íntuí mi final. Nunca había bailado en mi vida. Lo que ocurrió inmediatamente después no importa tanto. Pero puedo decir que a las doce de la noche me encontraba solo en una disco en Cracovia, y que mi candidata de ojos claros, al verme bailar, había ido al baño y no había vuelto más.    

- Columna publicada en Cultura Perfil, el 15 de junio de 2014.


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{Aridez celestial }
Perder el aire y recuperarlo parece una cuestión de segundos, minutos. No mucho más. En pueblos perdidos detrás del salar de Uyuni, a cinco mil metros de altura, entre lagunas coloradas y verdes y una fauna delicada, el aire que se pierde no se recupera. Hay pueblos minúsculos, se ven sobre todo niños, muchos niños entre las casas de adobe y las extensiones frías, secas y enormes del altiplano. El paisaje parece extraído de otro mundo. Tiene algo lunar. Bajo la misma topografía, a contra pelo de un desierto, gamas de colores oxidados y animales que viven sin sombra.
En uno de esos pueblos, embalado en una excursión, entendí lo que experimentan los jugadores de fútbol al viajar en la altura. Si no me hubiera encontrado con un grupo de chicos jugando a la pelota, no se me habría ocurrido correr. Pero por algún motivo supuse que hacer un deporte, poner en marcha todo el cuerpo, suspendía los efectos colaterales de la altura que ya sentía caminando por las calles empinadas de La Paz. Los primeros cinco minutos corrí como si sobrara oxígeno y aproveché que rivalizaba con chicos de diez años para concebir jugadas que nunca había podido materializar en su momento con pares, en mi época de amateur. De pronto, después de engañar a los niños autoproclamándome el Maradona del altiplano, y pasados esos cinco minutos de gracia, sentí que mi cuerpo se agarrotaba y se resistía a continuar. Me vino la imagen final del cuento de Di Benedetto, Caballo en un salitral. Caí doblado en el polvo. Me imaginé encallado y disecado en esa aridez celestial. Tardé diez minutos en moverme y días en recuperar el aire. Por la noche, seguí en modo hiperventilación, en un refugio de altura. Todos mis compañeros circunstanciales de viaje, un grupo de italianos y una pareja de australianos, lograron conciliar el sueño. Yo permanecí desvelado ése y dos días más. Renuncié a mascar coca, uno de mis pasatiempos preferidos, y sospeché que de un momento a otro iba a desmayarme.
Una vez de regreso al pueblo de Uyuni, con vómitos y dolores de cabeza, me escapé de mis compañeros ocasionales de viaje y me encerré en un hotel. Ante esa soledad repentina, todos los síntomas de la altura se evaporaron. Me desplomé en la cama y dormí hasta el día siguiente, vestido. Veinte horas de corrido. Toda una hazaña. Miré por la ventana. Acababa de amanecer. Todo el mal de la altura, pensé, había consistido simplemente en no acceder a la soledad en un paisaje donde no se podía más que estar solo. Rememoré los días de excursión y los italianos se me figuraron como demonios verborrágicos: cinco jornadas en una cuatro por cuatro, sobre caminos pedregosos, escuchando voces desapegadas paisaje. Había sido una excursión fatídica y  un espectáculo oral desmedido. El picadito en la altura, en realidad, había sido catártico, una oportunidad del cuerpo para cerrarse y anularse. A partir de ese momento, tal vez hubiera sido otro, un hombre catatónico y perplejo, una especie de pez que bate las branquias fuera del agua y se consume lentamente, con los ojos fijos en un cielo desconocido. Recién había vuelto a mi hábitat al desplomarme durante veinte horas.
Las voces de los italianos quedaron en el recuerdo como murmullos. El Salar de Uyuni se me figura hoy como un lugar irreal al que no podría volver aunque quisiera, porque quedó asociado a esos territorios de ensueño que le faltan a la Historia, pero que llegan con las fábulas.


- Columana publicada en Cultura Perfil, el 1 de junio de 2014. 


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domingo, mayo 18, 2014

{Alta fidelidad}
Quisiera escribir sobre una ciudad realmente nueva. Una ciudad invisible, como las Italo Calvino, y dejar atrás en el recuerdo esa Ciudad Matriz, La Habana, que tiene ramificaciones inesperadas en rincones de todo el mundo: Montevideo, Buenos Aires, el Callao, Potosí, Pekín, Nápoles, Madrid, etc…  Ciertos encuentros podrían anular esa dimensión pasada y espléndida - una dimensión polaroid- de la Ciudad Matriz en decadencia. Pareciera que en La Habana es posible vivir el anhelo de una vida anterior, exactamente el tipo de vida que me figuro tenían mis padres en la década del sesenta o setenta. De ahí, creo, proviene su encanto.  
Podría enumerar al infinito momentos que nunca podrían transcurrir en la Ciudad Matriz. Diría que en general son momentos irrepetibles de la vida contemporánea. En Ciudad de México, sobre la Avenida Álvaro Obregón llegando a Insurgentes Sur, existe una disquería denominada La Roma Records, en honor a la Colonia en que se encuentra ubicada. La épica de las disquerías siempre me resultó más amigable y auténtica que la de las librerías. Las disquerías hoy se han vuelto sumamente íntimas y secretas, en general están diseminadas en galerías, o en pequeños locales donde a lo sumo hay un empleado, como en La Roma Records, y visitantes sonámbulos. Esas disquerías, a mi modo de ver, son limbos ideales para escuchar música, para ejercer un tipo voyeurismo que el formato tangible de los resucitados vinilos facilita, y para incurrir en hábitos, como tomar cerveza, café o fumar, que el formato deshumanizado y eficiente de los locales comerciales ha desterrado. Entrar a uno de estos locales equivale a acceder a otra dimensión: ni pasada ni futura. Una nueva acepción del presente que tarde o temprano va a llegar a las librerías –La Internacional argentina y Lilith, en este sentido, son precursoras y no sobrevivientes-.
Hace unos quince años vi un film de Stephen Frears, Alta fidelidad. No podría decir si la película es buena o no; a priori los films de Frears, como los de Ken Loach, me gustan y los disfruto de cualquier manera, aunque la crítica no se canse de mencionar altibajos en el caso de ambos. En Alta fidelidad el protagonista, Rob, tiene una de esas disquerías que ahora abundan en la Colonia Roma, pero también en nuestra calle Corrientes y casi en cualquier lugar salvo en La Habana: un sitio con algo de depósito y un cierto desorden en el mostrador que me recuerda el escritorio de los editores que leían manuscritos. En el film los clientes suelen ser coleccionistas que hurgan bateas y huelen los discos. Frears filma anticipadamente el renacimiento del vinilo y retrata un tipo de tienda barrial y un tipo de cliente –más maníaco que nostálgico, más fetichista que consumista-, que incorpora la rutina del ocio y la charla como elemento central y que excluye patrones de eficacia y orden propios de un supermercado. De hecho la adquisición de un objeto parece una transferencia más que una transacción. En la disquería del film de Frears, todo parece valer más de lo que cuesta. Es decir, en ese ámbito encantado, como en las librerías de usados, flota el espejismo de que la ley del mercado ha dejado de funcionar o ha aplacado la inflación de productos, y por fin se ha hecho justicia con la vida de los objetos duraderos y su influencia interminable en la vida privada.   

    
- Publicada en Perfil Cultura el 18/05/14


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{Cuestión de identidad}
Usar un control remoto se me representa como un acto de otro tiempo. Sé que exagero, pero en Cuba cada movimiento tiene una cuota de anacronismo. Recuerdo que esa vez, haciendo tiempo hasta que me viniera sueño en un hotel habanero, hice zapping y me topé en la televisión con un documental en el que, con pruebas fehacientes –como una supuesta grabación de George Harrison-, se aseguraba que Paul McCartney había muerto en un accidente en mil novecientos sesenta y cuatro. Según la versión, había sido reemplazado por un doble al que los servicios de inteligencia habían entrenado para  encubrir la muerte de Paul y evitar una ola de suicidios entre los jóvenes fans. Paradójicamente, la prueba fehaciente de que el MI5 había entrenado a un doble hasta transformarlo en una perfecta copia, residía en que cantaba igual y era también zurdo.  
Hace dos semanas, Paul McCartney tocó en Montevideo. Mi afición a los Beatles es tardía y producto del amor: Valentina me enseñó cada rincón de la banda. A esta altura, creo haber escuchado y entendido todos los discos a través de ella. El siguiente paso en esta conversión beatlemaníaca, consistió en recorrer la carrera solista de McCartney. La puerta de entrada a su discografía fue New, su último disco. Valentina no necesitó convencerme de viajar a Montevideo. New es por lejos el disco más adelantado y fino de rock en el siglo XXI.    
Durante el recital recordé los detalles de esa conspiración disparatada difundida por un canal cubano. Me dije que si fuera un doble, el impostor debería haber dejado de ser Paul y ser sí mismo tras la disolución de los Beatles. ¿Por qué había decidido seguir siendo Paul y componer a su manera durante tantas décadas en vez de saltar al anonimato con una fortuna a cuestas? He aquí un misterio válido tanto para el imposible impostor como para Paul: ¿cómo hizo para mantener intacto durante cinco décadas, y a los setenta y dos años, el hilo de una identidad compositiva? No es cuestión de originalidad sino de genio, y esto es infalsificable.
Durante nuestra estadía en Montevideo, fantaseamos con encontrar a McCartney en la calle. Al parecer, en una ciudad tan tranquila, McCartney caminaba, andaba en bicicleta y comía afuera. Nuestra fantasía se fundaba en un hecho. En abril de dos mil doce, un primo mío que suele pasar largas temporadas en la costa uruguaya, entró a una estación Ancap sobre la ruta Interbalnearia que conecta las playas del este con Montevideo. Se sentó en una mesa del minimercado a tomar café. Desde ahí, al rato, vio a un hombre que descendía de una Van polarizada por la puerta del acompañante y entraba al minimercado. En esa primera ojeada, podría haber sido confundido con un turista más de los tantos que ostentan bienestar y prosperidad. Pero mi primo notó en él un aire familiar y lo estudió. A medida que pasaron los segundos, sospechó que quien ahora se paseaba por las góndolas y elegía un alfajor, un chocolate y una Coca light, era un doble de McCartney. Concluyó que el doble McCartney adoraba ir a Uruguay y vacacionar en alguna localidad presumiblemente exclusiva, como José Ignacio. Cualquiera en el lugar de mi primo habría reaccionado con el mismo escepticismo al ver a un semidiós traspapelado en la mundanidad. Recién cinco días después, se enteró de que el cerebro de los Beatles había estado en Uruguay y había actuado ante cincuenta mil personas en el estadio Centenario.    

- Publicada en Perfil Cultura el 04/05/14




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{Donde yo no estaba }


Me pregunto si es posible, en una columna de esta clase, escribir acerca de un lugar en el que uno nunca estuvo. Por ejemplo, la Plaza Roja de Moscú. En los últimos años quienes viajan a Rusia vuelven impresionados por el mismo fenómeno: sectas de nostálgicos del comunismo en medio de una sociedad de consumo frenética. Ancianos que no se han adaptado al neoliberalismo feroz y forman clubes de fans para rendirle culto no tanto a la revolución rusa como al espectro de un Estado omnipresente y benefactor. Algunos bares también están plagados por una estética vintage del comunismo.
Lo cierto es que todos, los mismos rusos y los turistas, tienen la impresión de que el fin del comunismo sucedió mucho tiempo atrás y es algo sobre lo que en general no se habla. Los habitantes, salvo los nostálgicos que circulan como extraterrestres en una sociedad vorazmente materialista, guardan una distancia enorme hacia esa época, a pesar de que la población, en mayor o menor medida, vivió alguna etapa del comunismo. Imagino que la etapa final, en la que coexistió la ineficacia burocrática con la anarquía mercantilista, debe haber sido la más onírica e irreproducible, y probablemente en Rusia se haya dado de manera muy distinta que en Alemania del Este, cuya reestructuración quedó en manos de la Alemania que conocía el interior del capitalismo.
Algo de eso puede verse en Cuba hoy. Si bien La Habana no ha dejado de ser un Museo temático de la Revolución, hay algo delirante en el modo en que los cubanos metabolizan una realidad hiper regulada y encuentran fracturas en la ley para fabricar un negocio. Tantas son las fracturas, que recientemente una nueva ley de inversiones incorporó o blanqueó lo que venía ya sucediendo por lo bajo: la mayoría de los inversionistas eran cubanos exiliados que, a través de parientes en la isla, invertían en un paladar, en un departamento, en un taxi de los años cuarenta. Supongo que es el principio de una transformación y que, a diferencia de la Unión Soviética, el cambio gradual de paradigma va a prevenir una debacle como la de Rusia durante la presidencia de Yeltzin y la posterior autocracia de Putin. Hay algo innegable en el alcance de la doctrina revolucionaria cubana: el discurso único y el estado policial surtieron efectos persuasivos en buena parte de la población, o al menos lo suficientemente persuasivos como para que los opositores fueran confundidos con conspiradores imperialistas, por lo cual nunca asomó la posibilidad de un golpe de Estado que abriera la puerta al infierno tan temido del capitalismo.
Me pregunto también si es posible, en una columna de este tipo, escribir sobre un suceso que no ocurrió pero parece inminente. La reunificación de las dos Coreas hace rato me obsesiona, aunque no es tan inminente como la apertura de Cuba. Por anticipado, respirando la expectativa de los coreanos del sur, me siento testigo ideal. Tanto  los habitantes de ese sur, por cuestiones afectivas, como el Estado y las empresas, por cuestiones económicas –ampliar el mercado, incorporar mano de obra barata y colonizar tierra para un país superpoblado-, anhelan una reunificación que sería, en el fondo, una absorción. En tal caso, Corea del Sur cumpliría, bajo la tutela de occidente, el mismo rol que Alemania Federal en su momento, aunque en verdad la presencia de una dinastía gobernante y una población militarizada en el norte, vuelvan imposible esta fantasía nostálgica del futuro.


- Columana publicada en Perfil Cultura el 13/04/14


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jueves, abril 10, 2014

{Cajas parisinas *}
Hay una estación de subte en Paris que, más allá de su nombre –Pasteur-, evoca un tipo de estación de subte porteña que fue extinguiéndose o deformándose. El tipo de mayólicas pintadas a mano, el olor pastoso que llega de las escaleras mecánicas, la pintura descascarada por las filtraciones de agua con sarro, la tipografía del nombre de la estación, todo eso hoy en día sólo se conserva intacto en la línea E y en la A. El resto de las líneas porteñas, como todos sabemos, fue reciclada, me atrevería que a decir en vano y sin imaginación por un burócrata del urbanismo: no están protegidas por una patina de atemporalidad que las vuelve, paradójicamente, actuales, o para ser más exactos, parte del presente. Los vagones del subte en Paris rechinan, lucen maltratados por décadas de uso, y sin embargo no son anacrónicos para la ciudad. En Buenos Aires las estaciones renovadas de la línea B o D lucen viejas y feas: son la encarnación de lo que fallidamente, en esta ciudad, desde hace diez años, intenta ser moderno y envejece al instante. Un poco como los edificios minimalistas y austeros que se multiplicaron durante la bonanza inmobiliaria de la pasada década, y que ahora son moles sobrevaluadas, desteñidos habitáculos de promiscuidad, con balcones, paredes huecas y aberturas oxidadas que resulta difícil adivinar que fueron estrenadas cinco años atrás. La línea H, en cambio, al no haber crecido sobre la estructura de otras estaciones, tiene su propia temporalidad, como un templo. Un arqueólogo urbano, en un par de siglos, podría encontrar en sus estaciones una manifestación estética propia de una época. Lo mismo podría decirse de la línea E y de varias estaciones de la línea A. Siguen siendo icónicas.
Lo cierto es que cada vez que iba hacia Salón del libro y el subte parisino se detenía en la estación Pasteur, yo sentía que pasaba por Buenos Aires. El instante transcurría en el pretérito imperfecto de los sueños. Parecía completamente real este juego de cajas chinas. Sólo una estética que se ha vuelto atemporal desencadena ese efecto de déjà vu y arracima en un epicentro todo el espíritu de una ciudad.
Una vez en el Salón del libro, donde Argentina era invitada de honor, deambulaba apurado para llegar a alguna mesa. Costaba abrirse paso entre la multitud. En el stand argentino solían formarse aglomeraciones inesperadas, como si regalaran libros. Lo mismo podría decirse de las mesas: un público atento colmaba los asientos disponibles y se distribuía de pie por todos los costados. Aunque más que mesas de debate, parecían mesas de consenso, reposo y divulgación. Las posiciones estéticas o políticas raramente derivaban en discusión. Pasaban más bien como tibias declaraciones de principios. Existía, sí, un clima alegre, de suficiencia y bienestar: no había a la vista inoperancia, ni rastros de burocracia mal enmendada en micrófonos que acoplan o en superposiciones horarias.

A la salida del Salón del libro, Paris contenía un momento de Buenos Aires, otra vez. Una ancha avenida presentaba la típica arquitectura francesa de principios del siglo veinte. Intercalada aparecía la arquitectura de los años sesenta y setenta, edificios desvaídos con fachadas cubiertas de ventanas grises que me recordaron construcciones que en Buenos Aires avanzaron sobre avenidas emblemáticas y son, hoy, al igual que algunas estaciones de subte, lo muerto del pasado. 



* Columna publicada en Perfil Cultura el 06/04/14


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{Un paraíso artificial *}
En mil novecientos noventa y seis llegué con mi padre al aeropuerto de Caracas. Veníamos de andar por Perú. Yo había terminado el secundario poco antes y planificamos una suerte de viaje de egresados para solo dos miembros: padre e hijo. El periplo por Perú fue accidentado y merecería una narración tragicómica aparte. Dormíamos en hoteluchos, madrugábamos para hacer excursiones a zonas rurales como el Cañón del Colca o ruinas arqueológicas que mi padre, al revés del resto de los turistas, miraba a la distancia, fumando. Al poco tiempo, la altura, la comida y el agua, hicieron estragos en su salud. Yo me transformé en un enfermero que a la larga también enfermó. En Machu Pichu mi padre determinó que la única manera de curar nuestros estómagos corroídos era adelantar el siguiente tramo de viaje. Que siguiéramos hacia Venezuela, y no hacia Ecuador, Colombia o Bolivia, se debió a una mera fatalidad: él había obtenido los pasajes con un considerable descuento, gracias a un contacto en una aerolínea en bancarrota, y ese era el único otro destino que la compañía cubría.
Lo cierto es que al pisar el aeropuerto de Caracas los dos ya estábamos curados. Las rutas, sin embargo, estaban cortadas. Caracas era una ciudad tomada. El país galopaba  en la hiperinflación y las protestas. Después de esperar un rato, mi padre perdió la paciencia y compró el vuelo que salía más pronto hacia una playa. Resultó ser Isla Margarita, un paraíso de plástico, repleto de shoppings y venezolanas escultóricas que satisfacían el ansia de cincuentones llegados de todo el mundo -argentinos bronceados incluidos- en busca de playas y placer rentado. A los pocos días, mi padre, abochornado ante esa especie de Miami comprimido en una isla, cambió los pasajes para volver antes. El adelanto, sin embargo, no nos salvó de tratar a A., un argentino divorciado  que pasaba la mitad del año en la Isla y la otra mitad haciendo negociados con el gobierno menemista para proveer viandas a colegios públicos. Mi padre intentó seducirlo y convencerlo de invertir dinero en un proyecto delirante de bienes raíces en la pampa seca. A. le dijo que hablaban en Buenos Aires, pero hasta donde supe jamás volvió a aparecer.  
En dos mil dos volví a Venezuela. Esta vez salí del aeropuerto y pude ver las barriadas en los cerros que rodeaban Caracas y de donde, según decían, venía el caudal electoral de Chávez. También llegué a observar el chavismo en pleno auge, que conjugaba profilaxis castrense con discurso médico y charlatanería bíblica. Todo eso, poco después, cuajaría en un sincretismo revolucionario. Por entonces ya se emitía Aló Presidente y era un éxito, aunque todo en él fuera paródico. Se emitía desde pequeñas poblaciones o barrios periféricos. Hugo Chávez solía esgrimir una Biblia en miniatura y descalificar a sus antagonistas de turno sin preocuparse por argumentos políticos, con ínfulas de pastor evangelista. En cada de una de las emisiones ese líder político con alma de Mesías prestidigitaba, multiplicaba “los peces y los panes” y solía premiar a algún adulador del público. El televidente asistía a la concepción de un milagro que era pura oralidad y a un exorcismo antiimperialista que ejercía sobre el pueblo una atracción proporcional a la que, igual que en la Cuba de Batista, ejercía el modo de vida americano. Tal vez en eso consistiera su gobierno: un largo exorcismo que la historia desvió a tal punto que Nicolás Maduro, hoy, no parece un sucesor sino un imitador.


* Columna publicada en Perfil Cultura el 23/03/14


++ posted by {oliverio coelho} at 10:25 p. m. 0 comments

miércoles, marzo 12, 2014

{La amante de Hudson *}
Supuse que la estación de tren estaría repleta. Encontrarla desierta me pareció un mal augurio. Ahí mismo me enteré de que el tren a Hudson estaba atrasado una hora. Si a esa hora de espera sumaba las de vuelo desde Buenos Aires a Nueva York,  las dos que iba a insumirme llegar hasta Hudson, las horas previas en el aeropuerto de Buenos Aires, la hora de migraciones y el traslado de JFK a Penn Station, mi viaje podía redondear un día.
Unas pocas horas me separaban de Anne, una traductora que había vivido en Argentina durante la década del cincuenta. Según mi padre, era la única mujer a la que mi abuelo había amado. De mi abuelo nunca supe mucho, salvo que trabajaba en el Banco Nación y hacía vida de dandy hasta que murió en la década del setenta y se descubrió, entre su correspondencia, esta relación secreta que nadie se preocupó por indagar. Tampoco yo habría indagado demasiado si no hubiera encontrado indicios de que, concluida la aventura sentimental, mi abuelo y Anne habían mantenido una relación epistolar que con los años se volvió estrictamente literaria.
De la lectura de esa correspondencia, pude deducir que Anne atesoraba el manuscrito de una larga novela que mi abuelo había escrito en los sesenta, y que la había traducido y había intentado publicarla en Estados Unidos. Mi abuelo a su vez la había presentado en editoriales y en concursos de habla hispana. A grandes rasgos esta novela inédita abordaba la peripecia de un hombre que llega a un pueblo fantasma, mezcla de Macondo y Comala, convencido de que está a punto de morir. Supone que el anonimato o bien lo va a curar de su nunca revelada enfermedad, o bien va a acelerar una muerte que en un ámbito familiar podría volverse demasiado lenta y penosa.
Más allá del valor que tuviera esa novela atesorada por una anciana, el sentido de un viaje tan largo residía en que sólo esa mujer de ochenta años podía devolverme la imagen de un abuelo que no conocí y de quien todos en la familia se resistían a hablar. El manuscrito era una excusa. Tranquilamente, como Italo Svevo, mi abuelo podía ser, para su época y para la liga de críticos hegemónicos, un campeón incomprendido. Pero de ninguna manera me importaba hacer justicia.
El tren bordeó el río Hudson durante casi todo el trayecto. La imagen monótona y ancha titilando en la ventana me recordó el Paraná. Un anciano trajeado de negro se sentó a mi lado y me preguntó por la estación Hudson. Le dije que yo también iba hasta ahí y que le avisaría. En un inglés victoriano me agradeció la amabilidad y me comentó que la luz lo lastimaba y que veía muy poco. Iba al velorio de una antigua amiga, cerca de la estación. Dada mi juventud, tal vez no me representara mucha molestia acompañarlo unas cuadras. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, le habría contestado que venía de muy lejos y estaba agotado.

Hudson era un pueblo pintoresco que vivía de su pasado. Construcciones de madera con galería y porche, anticuarios, vinerías, cafés… Toda una utilería para turistas de fin de semana. Al menos esto pude deducir mientras guiaba del brazo a mi compañero de viaje. En la entrada del velorio me anunció: “voy a pronunciar unas palabras, está invitado a quedarse”. Confirmé enseguida una intuición al ver el nombre y la foto de la difunta en un cuadro. Me dispuse a pasar la tarde junto al anciano de traje negro para saber algo más de Anne y, por extensión, de los hombres que la habían amado y se iban en ella. 

* Publicado en Perfil Cultura el


09/03/14


++ posted by {oliverio coelho} at 11:03 a. m. 0 comments

autor
OLIVERIO COELHO. 1977.

Publicó las novelas "Tierra de vigilia", "Los invertebrables", "Borneo", "Promesas naturales", "Ida" y "Un hombre llamado Lobo", y el libro de cuentos "Parte doméstico".

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