miércoles, julio 02, 2014

{Zona muerta}
La posibilidad de atribuirle belleza a Buenos Aires es cuestión de voluntad. O mejor dicho, de estados de ánimo. Hace años, cuando volvía a la ciudad y hacía el mismo recorrido desde Ezeiza bajando en la calle Colombres, la ciudad se me representaba mítica. La decadencia, heroica y exótica. Era una ciudad atravesada por la historia y la mirada de los otros. Cada bache era una marca repleta de sentido. Allí donde sobresalía el derrumbe, yo identificaba algo excepcional y artístico; nunca sedimentos de una idiosincrasia. Parecía sobrevivir la ciudad a la que Borges le había conferido una identidad reuniendo pedazos dispersos. Y también la ciudad que Onetti, en La vida breve, había poblado de matices y atmósferas rioplatenses.
Con los años, en cada vuelta ese entusiasmo romántico fue decreciendo. Entre el brillo arquitectónico de las primeras décadas del siglo XX, empecé a observar edificaciones opacas y burocráticas, especies de asilos encubiertos.  Buenos Aires, en esa época, seguía teniendo un aura romántica. Recuerdo que vivía en Balvanera y volver al barrio equivalía a reencontrarme con supuestos ancestros, con una supuesta verdad sobre la superioridad argentina –la ciudad como potrero, la viveza criolla como destreza, la periferia como paraíso-. Las constelaciones de hombres solos fumando en cafés a la madrugada me resultaban maravillosas. Eran sobrevivientes y en cada uno había en potencia una historia singular relacionada con el tango. La frustración y la resignación se me confundían, automáticamente, con reticencia al mundo burgués. De algún modo le atribuía a ese abandono algo del orden de la voluntad y, por ende, algo estético. Bajo esta luz, ciertos cafés eran templos y zonas de resistencia, nunca de exclusión o de impotencia.
Con el tiempo comencé a intuir una forma de vacío en ese universo de hombres solos que esperan. Un vacío que el resentimiento iba ocupando y que la mitología del tango nunca había dejado de transmitir bajo el signo de la fatalidad. Esa misma ciudad condicionada por la ilusión romántica, a la vuelta de un viaje reciente se reveló como una ciudad hecha trizas. Encontré una Buenos Aires sumida en la inercia. Las mismas calles cortadas por obras interminables o interrumpidas por vallados que simplemente previenen de pozos tremendos. Y siempre, ante un bache gigante o una obra que avanza a paso de tortuga, un cartel, “La ciudad trabaja”, donde en realidad decir: “Zona muerta”. Reconocí en edificios enmohecidos un retrato de la dictadura y de la mano de Cacciatore. Luego, en construcciones endebles y presuntuosamente modernas del menemismo, otra colección de adefesios corroídos por la humedad.
Sospecho que las marcas de una gran urbe transparentan traumas históricos. La Habana, al igual que Moscú, Seúl o  Beirut, por ejemplo, son en mayor o menor medida territorio fértil para una excavación arqueológica de traumas sociales. Lo mismo podría decirse de ciudades como Las Vegas o Detroit, que fueron basureros sintomáticos del capitalismo y atesoran en su centro huellas del siglo XX. Los adefesios de la década más reciente todavía no desentonan en Buenos Aires, no han envejecido lo suficiente para ser marcas y reflejar una época, se mantienen bajo una línea de uniformidad. La misma que años atrás tal vez igualaba en Balvanera a los noctámbulos solitarios y les concedía el beneficio gratuito del misterio.

-Columna publicada en Cultura Perfil, el 29 de junio de 2014. 




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{El último Falklander}
Corría el año noventa y ocho y llevaba meses andando por Europa como mochilero. En cierto momento, cansado de pernoctar en dormitorios colectivos de hostels y de enfrentarme casi siempre a un roncador serial, descubrí que obtener una habitación privada en hoteluchos periféricos era igual o más barato que quedarse en dormitorios de ocho camas que en general estaban en el centro de la ciudad. Además de exponerme al imponderable de potenciales roncadores, experimentaba cada vez más la sensación estar en un internado pupilo: grandes habitaciones con camas cuchetas y anonimato juvenil. Adolescentes que salían y volvían borrachos antes del toque de queda de algunos hostels, y que despertaban a la mañana cuando una empleada entraba a limpiar los cuartos.
La habitación privada en el suburbio, además, me permitía fantasear con la idea de conocer a una chica y tener un lugar a donde ir. Con esa expectativa, dejé mi mochila en un hotel periférico de Cracovia, enorme como un cuartel soviético, en el que las habitaciones se sucedían a lo largo de un extenso y frío pasillo de mosaicos, y fui hacia la plaza. Imaginaba que esa, la capital cultural de Polonia que había alojado a Wislawa Szymborska pero había engendrado a Juan Pablo II, debía estar llena de jazz clubs y estudiantes de ojos claros.
Cuando llegué a la plaza, no encontré demasiada juventud y bohemia. Había turistas dispersos en mesas, disfrutando cervezas, y algunos músicos itinerantes. Uno de ellos, con su saxo, me llamó la atención. Llevaba una gorra verde, el pelo largo, y se detenía a hablar con cualquier persona en un inglés hosco. Imaginé que debía venir de un lugar lejano. Ocupé una mesa, junto a un gigantón sueco y su hija de veinte años, y pedí mi cerveza. El saxofonista inmediatamente se aproximó. Algo en su premura delataba mendicidad. De cerca parecía más corpulento y hasta exudaba simpatía. Estaba curtido por la intemperie. Le preguntó a los suecos de dónde eran. Yo aproveché entonces para preguntarle a él por su origen. “Nunca lo vas adivinar”, contestó, y después de darme varias chances, me respondió que había nacido en las “Falklands” pero que no era de ningún lado. Me preguntó si las conocía y le dije que sí. “Malditas islas, una isla enfrente de un país de mierda”. Lo miré a los ojos, buscando restos de ese paisaje muerto. Las Malvinas eran en sus pupilas un rastro de ceniza. Cuando me preguntó de dónde venía, me quedé en silencio. Por fin le dije: “de otra isla, Cuba”. Los suecos me miraron maravillados. El saxofonista pareció perder el interés y dijo, como si esto lo eximiera de seguir ante nosotros: “no tengo pasaporte”. Luego se fue.

La joven sueca, a partir de ese momento, empezó a charlar con un interés que el padre parecía celebrar reponiendo cervezas. Hablé de La Habana como si ahí hubiera nacido. Falsifiqué anécdotas. Cuando anocheció, el padre de ella ya no estaba con nosotros. Me sentí súbitamente paralizado por lo inminente: estrenar mi cuarto suburbano con una hermosa joven de ojos claros. Pero como si me sintiera culpable de la farsa, aplacé el momento y le propuse que saliéramos a bailar. En ese mismo instante, en cuanto ella consintió, íntuí mi final. Nunca había bailado en mi vida. Lo que ocurrió inmediatamente después no importa tanto. Pero puedo decir que a las doce de la noche me encontraba solo en una disco en Cracovia, y que mi candidata de ojos claros, al verme bailar, había ido al baño y no había vuelto más.    

- Columna publicada en Cultura Perfil, el 15 de junio de 2014.


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{Aridez celestial }
Perder el aire y recuperarlo parece una cuestión de segundos, minutos. No mucho más. En pueblos perdidos detrás del salar de Uyuni, a cinco mil metros de altura, entre lagunas coloradas y verdes y una fauna delicada, el aire que se pierde no se recupera. Hay pueblos minúsculos, se ven sobre todo niños, muchos niños entre las casas de adobe y las extensiones frías, secas y enormes del altiplano. El paisaje parece extraído de otro mundo. Tiene algo lunar. Bajo la misma topografía, a contra pelo de un desierto, gamas de colores oxidados y animales que viven sin sombra.
En uno de esos pueblos, embalado en una excursión, entendí lo que experimentan los jugadores de fútbol al viajar en la altura. Si no me hubiera encontrado con un grupo de chicos jugando a la pelota, no se me habría ocurrido correr. Pero por algún motivo supuse que hacer un deporte, poner en marcha todo el cuerpo, suspendía los efectos colaterales de la altura que ya sentía caminando por las calles empinadas de La Paz. Los primeros cinco minutos corrí como si sobrara oxígeno y aproveché que rivalizaba con chicos de diez años para concebir jugadas que nunca había podido materializar en su momento con pares, en mi época de amateur. De pronto, después de engañar a los niños autoproclamándome el Maradona del altiplano, y pasados esos cinco minutos de gracia, sentí que mi cuerpo se agarrotaba y se resistía a continuar. Me vino la imagen final del cuento de Di Benedetto, Caballo en un salitral. Caí doblado en el polvo. Me imaginé encallado y disecado en esa aridez celestial. Tardé diez minutos en moverme y días en recuperar el aire. Por la noche, seguí en modo hiperventilación, en un refugio de altura. Todos mis compañeros circunstanciales de viaje, un grupo de italianos y una pareja de australianos, lograron conciliar el sueño. Yo permanecí desvelado ése y dos días más. Renuncié a mascar coca, uno de mis pasatiempos preferidos, y sospeché que de un momento a otro iba a desmayarme.
Una vez de regreso al pueblo de Uyuni, con vómitos y dolores de cabeza, me escapé de mis compañeros ocasionales de viaje y me encerré en un hotel. Ante esa soledad repentina, todos los síntomas de la altura se evaporaron. Me desplomé en la cama y dormí hasta el día siguiente, vestido. Veinte horas de corrido. Toda una hazaña. Miré por la ventana. Acababa de amanecer. Todo el mal de la altura, pensé, había consistido simplemente en no acceder a la soledad en un paisaje donde no se podía más que estar solo. Rememoré los días de excursión y los italianos se me figuraron como demonios verborrágicos: cinco jornadas en una cuatro por cuatro, sobre caminos pedregosos, escuchando voces desapegadas paisaje. Había sido una excursión fatídica y  un espectáculo oral desmedido. El picadito en la altura, en realidad, había sido catártico, una oportunidad del cuerpo para cerrarse y anularse. A partir de ese momento, tal vez hubiera sido otro, un hombre catatónico y perplejo, una especie de pez que bate las branquias fuera del agua y se consume lentamente, con los ojos fijos en un cielo desconocido. Recién había vuelto a mi hábitat al desplomarme durante veinte horas.
Las voces de los italianos quedaron en el recuerdo como murmullos. El Salar de Uyuni se me figura hoy como un lugar irreal al que no podría volver aunque quisiera, porque quedó asociado a esos territorios de ensueño que le faltan a la Historia, pero que llegan con las fábulas.


- Columana publicada en Cultura Perfil, el 1 de junio de 2014. 


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domingo, mayo 18, 2014

{Alta fidelidad}
Quisiera escribir sobre una ciudad realmente nueva. Una ciudad invisible, como las Italo Calvino, y dejar atrás en el recuerdo esa Ciudad Matriz, La Habana, que tiene ramificaciones inesperadas en rincones de todo el mundo: Montevideo, Buenos Aires, el Callao, Potosí, Pekín, Nápoles, Madrid, etc…  Ciertos encuentros podrían anular esa dimensión pasada y espléndida - una dimensión polaroid- de la Ciudad Matriz en decadencia. Pareciera que en La Habana es posible vivir el anhelo de una vida anterior, exactamente el tipo de vida que me figuro tenían mis padres en la década del sesenta o setenta. De ahí, creo, proviene su encanto.  
Podría enumerar al infinito momentos que nunca podrían transcurrir en la Ciudad Matriz. Diría que en general son momentos irrepetibles de la vida contemporánea. En Ciudad de México, sobre la Avenida Álvaro Obregón llegando a Insurgentes Sur, existe una disquería denominada La Roma Records, en honor a la Colonia en que se encuentra ubicada. La épica de las disquerías siempre me resultó más amigable y auténtica que la de las librerías. Las disquerías hoy se han vuelto sumamente íntimas y secretas, en general están diseminadas en galerías, o en pequeños locales donde a lo sumo hay un empleado, como en La Roma Records, y visitantes sonámbulos. Esas disquerías, a mi modo de ver, son limbos ideales para escuchar música, para ejercer un tipo voyeurismo que el formato tangible de los resucitados vinilos facilita, y para incurrir en hábitos, como tomar cerveza, café o fumar, que el formato deshumanizado y eficiente de los locales comerciales ha desterrado. Entrar a uno de estos locales equivale a acceder a otra dimensión: ni pasada ni futura. Una nueva acepción del presente que tarde o temprano va a llegar a las librerías –La Internacional argentina y Lilith, en este sentido, son precursoras y no sobrevivientes-.
Hace unos quince años vi un film de Stephen Frears, Alta fidelidad. No podría decir si la película es buena o no; a priori los films de Frears, como los de Ken Loach, me gustan y los disfruto de cualquier manera, aunque la crítica no se canse de mencionar altibajos en el caso de ambos. En Alta fidelidad el protagonista, Rob, tiene una de esas disquerías que ahora abundan en la Colonia Roma, pero también en nuestra calle Corrientes y casi en cualquier lugar salvo en La Habana: un sitio con algo de depósito y un cierto desorden en el mostrador que me recuerda el escritorio de los editores que leían manuscritos. En el film los clientes suelen ser coleccionistas que hurgan bateas y huelen los discos. Frears filma anticipadamente el renacimiento del vinilo y retrata un tipo de tienda barrial y un tipo de cliente –más maníaco que nostálgico, más fetichista que consumista-, que incorpora la rutina del ocio y la charla como elemento central y que excluye patrones de eficacia y orden propios de un supermercado. De hecho la adquisición de un objeto parece una transferencia más que una transacción. En la disquería del film de Frears, todo parece valer más de lo que cuesta. Es decir, en ese ámbito encantado, como en las librerías de usados, flota el espejismo de que la ley del mercado ha dejado de funcionar o ha aplacado la inflación de productos, y por fin se ha hecho justicia con la vida de los objetos duraderos y su influencia interminable en la vida privada.   

    
- Publicada en Perfil Cultura el 18/05/14


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{Cuestión de identidad}
Usar un control remoto se me representa como un acto de otro tiempo. Sé que exagero, pero en Cuba cada movimiento tiene una cuota de anacronismo. Recuerdo que esa vez, haciendo tiempo hasta que me viniera sueño en un hotel habanero, hice zapping y me topé en la televisión con un documental en el que, con pruebas fehacientes –como una supuesta grabación de George Harrison-, se aseguraba que Paul McCartney había muerto en un accidente en mil novecientos sesenta y cuatro. Según la versión, había sido reemplazado por un doble al que los servicios de inteligencia habían entrenado para  encubrir la muerte de Paul y evitar una ola de suicidios entre los jóvenes fans. Paradójicamente, la prueba fehaciente de que el MI5 había entrenado a un doble hasta transformarlo en una perfecta copia, residía en que cantaba igual y era también zurdo.  
Hace dos semanas, Paul McCartney tocó en Montevideo. Mi afición a los Beatles es tardía y producto del amor: Valentina me enseñó cada rincón de la banda. A esta altura, creo haber escuchado y entendido todos los discos a través de ella. El siguiente paso en esta conversión beatlemaníaca, consistió en recorrer la carrera solista de McCartney. La puerta de entrada a su discografía fue New, su último disco. Valentina no necesitó convencerme de viajar a Montevideo. New es por lejos el disco más adelantado y fino de rock en el siglo XXI.    
Durante el recital recordé los detalles de esa conspiración disparatada difundida por un canal cubano. Me dije que si fuera un doble, el impostor debería haber dejado de ser Paul y ser sí mismo tras la disolución de los Beatles. ¿Por qué había decidido seguir siendo Paul y componer a su manera durante tantas décadas en vez de saltar al anonimato con una fortuna a cuestas? He aquí un misterio válido tanto para el imposible impostor como para Paul: ¿cómo hizo para mantener intacto durante cinco décadas, y a los setenta y dos años, el hilo de una identidad compositiva? No es cuestión de originalidad sino de genio, y esto es infalsificable.
Durante nuestra estadía en Montevideo, fantaseamos con encontrar a McCartney en la calle. Al parecer, en una ciudad tan tranquila, McCartney caminaba, andaba en bicicleta y comía afuera. Nuestra fantasía se fundaba en un hecho. En abril de dos mil doce, un primo mío que suele pasar largas temporadas en la costa uruguaya, entró a una estación Ancap sobre la ruta Interbalnearia que conecta las playas del este con Montevideo. Se sentó en una mesa del minimercado a tomar café. Desde ahí, al rato, vio a un hombre que descendía de una Van polarizada por la puerta del acompañante y entraba al minimercado. En esa primera ojeada, podría haber sido confundido con un turista más de los tantos que ostentan bienestar y prosperidad. Pero mi primo notó en él un aire familiar y lo estudió. A medida que pasaron los segundos, sospechó que quien ahora se paseaba por las góndolas y elegía un alfajor, un chocolate y una Coca light, era un doble de McCartney. Concluyó que el doble McCartney adoraba ir a Uruguay y vacacionar en alguna localidad presumiblemente exclusiva, como José Ignacio. Cualquiera en el lugar de mi primo habría reaccionado con el mismo escepticismo al ver a un semidiós traspapelado en la mundanidad. Recién cinco días después, se enteró de que el cerebro de los Beatles había estado en Uruguay y había actuado ante cincuenta mil personas en el estadio Centenario.    

- Publicada en Perfil Cultura el 04/05/14




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{Donde yo no estaba }


Me pregunto si es posible, en una columna de esta clase, escribir acerca de un lugar en el que uno nunca estuvo. Por ejemplo, la Plaza Roja de Moscú. En los últimos años quienes viajan a Rusia vuelven impresionados por el mismo fenómeno: sectas de nostálgicos del comunismo en medio de una sociedad de consumo frenética. Ancianos que no se han adaptado al neoliberalismo feroz y forman clubes de fans para rendirle culto no tanto a la revolución rusa como al espectro de un Estado omnipresente y benefactor. Algunos bares también están plagados por una estética vintage del comunismo.
Lo cierto es que todos, los mismos rusos y los turistas, tienen la impresión de que el fin del comunismo sucedió mucho tiempo atrás y es algo sobre lo que en general no se habla. Los habitantes, salvo los nostálgicos que circulan como extraterrestres en una sociedad vorazmente materialista, guardan una distancia enorme hacia esa época, a pesar de que la población, en mayor o menor medida, vivió alguna etapa del comunismo. Imagino que la etapa final, en la que coexistió la ineficacia burocrática con la anarquía mercantilista, debe haber sido la más onírica e irreproducible, y probablemente en Rusia se haya dado de manera muy distinta que en Alemania del Este, cuya reestructuración quedó en manos de la Alemania que conocía el interior del capitalismo.
Algo de eso puede verse en Cuba hoy. Si bien La Habana no ha dejado de ser un Museo temático de la Revolución, hay algo delirante en el modo en que los cubanos metabolizan una realidad hiper regulada y encuentran fracturas en la ley para fabricar un negocio. Tantas son las fracturas, que recientemente una nueva ley de inversiones incorporó o blanqueó lo que venía ya sucediendo por lo bajo: la mayoría de los inversionistas eran cubanos exiliados que, a través de parientes en la isla, invertían en un paladar, en un departamento, en un taxi de los años cuarenta. Supongo que es el principio de una transformación y que, a diferencia de la Unión Soviética, el cambio gradual de paradigma va a prevenir una debacle como la de Rusia durante la presidencia de Yeltzin y la posterior autocracia de Putin. Hay algo innegable en el alcance de la doctrina revolucionaria cubana: el discurso único y el estado policial surtieron efectos persuasivos en buena parte de la población, o al menos lo suficientemente persuasivos como para que los opositores fueran confundidos con conspiradores imperialistas, por lo cual nunca asomó la posibilidad de un golpe de Estado que abriera la puerta al infierno tan temido del capitalismo.
Me pregunto también si es posible, en una columna de este tipo, escribir sobre un suceso que no ocurrió pero parece inminente. La reunificación de las dos Coreas hace rato me obsesiona, aunque no es tan inminente como la apertura de Cuba. Por anticipado, respirando la expectativa de los coreanos del sur, me siento testigo ideal. Tanto  los habitantes de ese sur, por cuestiones afectivas, como el Estado y las empresas, por cuestiones económicas –ampliar el mercado, incorporar mano de obra barata y colonizar tierra para un país superpoblado-, anhelan una reunificación que sería, en el fondo, una absorción. En tal caso, Corea del Sur cumpliría, bajo la tutela de occidente, el mismo rol que Alemania Federal en su momento, aunque en verdad la presencia de una dinastía gobernante y una población militarizada en el norte, vuelvan imposible esta fantasía nostálgica del futuro.


- Columana publicada en Perfil Cultura el 13/04/14


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jueves, abril 10, 2014

{Cajas parisinas *}
Hay una estación de subte en Paris que, más allá de su nombre –Pasteur-, evoca un tipo de estación de subte porteña que fue extinguiéndose o deformándose. El tipo de mayólicas pintadas a mano, el olor pastoso que llega de las escaleras mecánicas, la pintura descascarada por las filtraciones de agua con sarro, la tipografía del nombre de la estación, todo eso hoy en día sólo se conserva intacto en la línea E y en la A. El resto de las líneas porteñas, como todos sabemos, fue reciclada, me atrevería que a decir en vano y sin imaginación por un burócrata del urbanismo: no están protegidas por una patina de atemporalidad que las vuelve, paradójicamente, actuales, o para ser más exactos, parte del presente. Los vagones del subte en Paris rechinan, lucen maltratados por décadas de uso, y sin embargo no son anacrónicos para la ciudad. En Buenos Aires las estaciones renovadas de la línea B o D lucen viejas y feas: son la encarnación de lo que fallidamente, en esta ciudad, desde hace diez años, intenta ser moderno y envejece al instante. Un poco como los edificios minimalistas y austeros que se multiplicaron durante la bonanza inmobiliaria de la pasada década, y que ahora son moles sobrevaluadas, desteñidos habitáculos de promiscuidad, con balcones, paredes huecas y aberturas oxidadas que resulta difícil adivinar que fueron estrenadas cinco años atrás. La línea H, en cambio, al no haber crecido sobre la estructura de otras estaciones, tiene su propia temporalidad, como un templo. Un arqueólogo urbano, en un par de siglos, podría encontrar en sus estaciones una manifestación estética propia de una época. Lo mismo podría decirse de la línea E y de varias estaciones de la línea A. Siguen siendo icónicas.
Lo cierto es que cada vez que iba hacia Salón del libro y el subte parisino se detenía en la estación Pasteur, yo sentía que pasaba por Buenos Aires. El instante transcurría en el pretérito imperfecto de los sueños. Parecía completamente real este juego de cajas chinas. Sólo una estética que se ha vuelto atemporal desencadena ese efecto de déjà vu y arracima en un epicentro todo el espíritu de una ciudad.
Una vez en el Salón del libro, donde Argentina era invitada de honor, deambulaba apurado para llegar a alguna mesa. Costaba abrirse paso entre la multitud. En el stand argentino solían formarse aglomeraciones inesperadas, como si regalaran libros. Lo mismo podría decirse de las mesas: un público atento colmaba los asientos disponibles y se distribuía de pie por todos los costados. Aunque más que mesas de debate, parecían mesas de consenso, reposo y divulgación. Las posiciones estéticas o políticas raramente derivaban en discusión. Pasaban más bien como tibias declaraciones de principios. Existía, sí, un clima alegre, de suficiencia y bienestar: no había a la vista inoperancia, ni rastros de burocracia mal enmendada en micrófonos que acoplan o en superposiciones horarias.

A la salida del Salón del libro, Paris contenía un momento de Buenos Aires, otra vez. Una ancha avenida presentaba la típica arquitectura francesa de principios del siglo veinte. Intercalada aparecía la arquitectura de los años sesenta y setenta, edificios desvaídos con fachadas cubiertas de ventanas grises que me recordaron construcciones que en Buenos Aires avanzaron sobre avenidas emblemáticas y son, hoy, al igual que algunas estaciones de subte, lo muerto del pasado. 



* Columna publicada en Perfil Cultura el 06/04/14


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{Un paraíso artificial *}
En mil novecientos noventa y seis llegué con mi padre al aeropuerto de Caracas. Veníamos de andar por Perú. Yo había terminado el secundario poco antes y planificamos una suerte de viaje de egresados para solo dos miembros: padre e hijo. El periplo por Perú fue accidentado y merecería una narración tragicómica aparte. Dormíamos en hoteluchos, madrugábamos para hacer excursiones a zonas rurales como el Cañón del Colca o ruinas arqueológicas que mi padre, al revés del resto de los turistas, miraba a la distancia, fumando. Al poco tiempo, la altura, la comida y el agua, hicieron estragos en su salud. Yo me transformé en un enfermero que a la larga también enfermó. En Machu Pichu mi padre determinó que la única manera de curar nuestros estómagos corroídos era adelantar el siguiente tramo de viaje. Que siguiéramos hacia Venezuela, y no hacia Ecuador, Colombia o Bolivia, se debió a una mera fatalidad: él había obtenido los pasajes con un considerable descuento, gracias a un contacto en una aerolínea en bancarrota, y ese era el único otro destino que la compañía cubría.
Lo cierto es que al pisar el aeropuerto de Caracas los dos ya estábamos curados. Las rutas, sin embargo, estaban cortadas. Caracas era una ciudad tomada. El país galopaba  en la hiperinflación y las protestas. Después de esperar un rato, mi padre perdió la paciencia y compró el vuelo que salía más pronto hacia una playa. Resultó ser Isla Margarita, un paraíso de plástico, repleto de shoppings y venezolanas escultóricas que satisfacían el ansia de cincuentones llegados de todo el mundo -argentinos bronceados incluidos- en busca de playas y placer rentado. A los pocos días, mi padre, abochornado ante esa especie de Miami comprimido en una isla, cambió los pasajes para volver antes. El adelanto, sin embargo, no nos salvó de tratar a A., un argentino divorciado  que pasaba la mitad del año en la Isla y la otra mitad haciendo negociados con el gobierno menemista para proveer viandas a colegios públicos. Mi padre intentó seducirlo y convencerlo de invertir dinero en un proyecto delirante de bienes raíces en la pampa seca. A. le dijo que hablaban en Buenos Aires, pero hasta donde supe jamás volvió a aparecer.  
En dos mil dos volví a Venezuela. Esta vez salí del aeropuerto y pude ver las barriadas en los cerros que rodeaban Caracas y de donde, según decían, venía el caudal electoral de Chávez. También llegué a observar el chavismo en pleno auge, que conjugaba profilaxis castrense con discurso médico y charlatanería bíblica. Todo eso, poco después, cuajaría en un sincretismo revolucionario. Por entonces ya se emitía Aló Presidente y era un éxito, aunque todo en él fuera paródico. Se emitía desde pequeñas poblaciones o barrios periféricos. Hugo Chávez solía esgrimir una Biblia en miniatura y descalificar a sus antagonistas de turno sin preocuparse por argumentos políticos, con ínfulas de pastor evangelista. En cada de una de las emisiones ese líder político con alma de Mesías prestidigitaba, multiplicaba “los peces y los panes” y solía premiar a algún adulador del público. El televidente asistía a la concepción de un milagro que era pura oralidad y a un exorcismo antiimperialista que ejercía sobre el pueblo una atracción proporcional a la que, igual que en la Cuba de Batista, ejercía el modo de vida americano. Tal vez en eso consistiera su gobierno: un largo exorcismo que la historia desvió a tal punto que Nicolás Maduro, hoy, no parece un sucesor sino un imitador.


* Columna publicada en Perfil Cultura el 23/03/14


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miércoles, marzo 12, 2014

{La amante de Hudson *}
Supuse que la estación de tren estaría repleta. Encontrarla desierta me pareció un mal augurio. Ahí mismo me enteré de que el tren a Hudson estaba atrasado una hora. Si a esa hora de espera sumaba las de vuelo desde Buenos Aires a Nueva York,  las dos que iba a insumirme llegar hasta Hudson, las horas previas en el aeropuerto de Buenos Aires, la hora de migraciones y el traslado de JFK a Penn Station, mi viaje podía redondear un día.
Unas pocas horas me separaban de Anne, una traductora que había vivido en Argentina durante la década del cincuenta. Según mi padre, era la única mujer a la que mi abuelo había amado. De mi abuelo nunca supe mucho, salvo que trabajaba en el Banco Nación y hacía vida de dandy hasta que murió en la década del setenta y se descubrió, entre su correspondencia, esta relación secreta que nadie se preocupó por indagar. Tampoco yo habría indagado demasiado si no hubiera encontrado indicios de que, concluida la aventura sentimental, mi abuelo y Anne habían mantenido una relación epistolar que con los años se volvió estrictamente literaria.
De la lectura de esa correspondencia, pude deducir que Anne atesoraba el manuscrito de una larga novela que mi abuelo había escrito en los sesenta, y que la había traducido y había intentado publicarla en Estados Unidos. Mi abuelo a su vez la había presentado en editoriales y en concursos de habla hispana. A grandes rasgos esta novela inédita abordaba la peripecia de un hombre que llega a un pueblo fantasma, mezcla de Macondo y Comala, convencido de que está a punto de morir. Supone que el anonimato o bien lo va a curar de su nunca revelada enfermedad, o bien va a acelerar una muerte que en un ámbito familiar podría volverse demasiado lenta y penosa.
Más allá del valor que tuviera esa novela atesorada por una anciana, el sentido de un viaje tan largo residía en que sólo esa mujer de ochenta años podía devolverme la imagen de un abuelo que no conocí y de quien todos en la familia se resistían a hablar. El manuscrito era una excusa. Tranquilamente, como Italo Svevo, mi abuelo podía ser, para su época y para la liga de críticos hegemónicos, un campeón incomprendido. Pero de ninguna manera me importaba hacer justicia.
El tren bordeó el río Hudson durante casi todo el trayecto. La imagen monótona y ancha titilando en la ventana me recordó el Paraná. Un anciano trajeado de negro se sentó a mi lado y me preguntó por la estación Hudson. Le dije que yo también iba hasta ahí y que le avisaría. En un inglés victoriano me agradeció la amabilidad y me comentó que la luz lo lastimaba y que veía muy poco. Iba al velorio de una antigua amiga, cerca de la estación. Dada mi juventud, tal vez no me representara mucha molestia acompañarlo unas cuadras. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, le habría contestado que venía de muy lejos y estaba agotado.

Hudson era un pueblo pintoresco que vivía de su pasado. Construcciones de madera con galería y porche, anticuarios, vinerías, cafés… Toda una utilería para turistas de fin de semana. Al menos esto pude deducir mientras guiaba del brazo a mi compañero de viaje. En la entrada del velorio me anunció: “voy a pronunciar unas palabras, está invitado a quedarse”. Confirmé enseguida una intuición al ver el nombre y la foto de la difunta en un cuadro. Me dispuse a pasar la tarde junto al anciano de traje negro para saber algo más de Anne y, por extensión, de los hombres que la habían amado y se iban en ella. 

* Publicado en Perfil Cultura el


09/03/14


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{Peligros de escribir afuera *}
Se podría redactar un tratado sobre las dificultades de escribir en cada país. Sobre las dificultades de los distintos escritores de cada país en su propio país, y sobre las dificultades que enfrenta cualquier escritor fuera de su casa. No sé mucho acerca de lo primero; en cualquier lugar, las dificultades para los escritores jóvenes son las mismas y no vale la pena enumerarlas en este espacio. Son problemas coyunturales relacionados con criterios editoriales de publicación. Para escritores no tan jóvenes, a veces las dificultades son egocéntricas: expectativas cumplidas e incumplidas, frustración, éxito, sordera, parálisis, éxtasis, inapetencia, voracidad, ceguera.
A la hora de escribir afuera, las dificultades que uno enfrenta son de otro orden. La densidad del anonimato transforma la escritura en una instancia solamente íntima. Todo lo demás es ajeno. No existe la falsa inspiración, ni la adaptación, ni una mirada crítica tutelar. Desde hace rato no escribo afuera de mi casa, más por una imposibilidad que por una dificultad. No digo que no escribo en residencias para escritores –algo previsible si se tiene en cuenta que la residencia nos pone frente al deber moral de escribir-; ni siquiera soy capaz de garabatear una línea en bares. Tal vez alguien diga que un escritor genuino no puede resistir la pulsión de escribir en cualquier lugar y en cualquier momento, y que quien no lo siente así en el fondo es un burócrata de la escritura: sólo opera en el lugar y en el momento indicado. Sin embargo, obrar en el lugar y en el momento indicado depara privilegios, como el de detenerse a evaluar los peligros de escribir afuera.
Por terceros sé que los peligros pueden ser contratiempos y a veces accidentes necesarios. Si examinamos el caso ejemplar de BB, podemos concluir que la tentativa de escribir fuera del hogar puede conducir a algo más drástico.
BB viajó a Paris a dar dos conferencias sobre la influencia del existencialismo en el Río de la Plata. Con la certeza de que nadie atendería a un tema tan anacrónico, optó por dejar la preparación de sus charlas para último momento. ¿Cuánto podía importarle al público francés el alcance de una corriente filosófica y estética pasada de moda en un vértice de Sudamérica? Instalado en la habitación de un hotel cercano a la Concorde, BB pidió un almuerzo y luego se sentó a escribir. Experimentó enseguida una sensación de hastío que atribuyó al jet lag y a su digestión lenta. Ante la falta de ideas, optó por una siesta. Despertó un día más tarde, empapado. Se duchó, desayunó en la habitación, y cuando se dispuso a escribir al menos un boceto de la primera conferencia, observó que tenía las uñas demasiado largas y renegridas. Subsanó la desprolijidad con un alicate prestado, pero entonces notó, perplejo, que las uñas de los pies estaban todavía peor. No recordaba la última vez que las había cortado, pero halló de pronto la explicación a la serie de calcetines agujereados que puntuaban su solitaria vida. La tentación de acicalarse se multiplicó con las horas, a medida que iba a descubriendo en sí retazos de un ermitaño. Podó la barba que llevaba desde hacía dos décadas y en el espejo se encontró con una cara lozana que no había envejecido. La visión de una juventud imperecedera y propia disolvió el sentido que conservaba la el arte de escribir. Como si dejara atrás a un impostor, esa misma noche volvió a Buenos Aires y celebró el adiós definitivo a la escritura.

* Publicada en Perfil Cultura el 23/02.




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sábado, febrero 15, 2014

{Trabajos forzados}
Escribir ficción, contra lo que se cree, puede volverse un trabajo de presidiario. La ficción es una gran mina de oro y para cargar vetas valiosas hacia la realidad de la página en blanco, hay que ser un burro, trabajar a ciegas en la noche o cuando sale el sol o contar con un doble cínico que haga el trabajo sucio en la sombra. Ceder algo del alma. Nunca se me había vuelto tan evidente como en esta estancia en Cuba. La venta completa del alma a la ficción implicaría el acceso a una mina infinita, pero también un castigo: la eterna repetición, la ausencia de originalidad.  
Suspender el acto de escribir, gozar de ese trabajo forzado en perspectiva, puede confundirse con una especie de voyeurismo literario. Ahí está la carnadura de un escritor futuro. En eso reside el no escribir: en anticipar el futuro. O mejor dicho, en pactar un futuro propio y secreto. Ciertos poetas, más que el común de los narradores, saben de ese pacto.
Por eso mismo, para que la entrada en la ficción no me resultara tan brutal y la espera fuera más leve, agoté por diversos medios la manera de obtener whisky a precio razonable en el mercado negro de La Habana. El Jameson, tal vez el whisky más perfecto en su relación precio calidad, es inexistente. Esa escasez me angustia tanto como la falta de internet o la dificultad para hacer llamadas internacionales. Un obstáculo menor, debo admitirlo, entre una constelación de trabas kafkianas.
Desde que llegue a La Habana, emprendí una lucha secreta contra los fantasmas de la escasez. Me sorprendió la posibilidad de que ciertos derechos quedaran atravesados por la rigidez burocrática, por un estado que piensa al ciudadano como un número homogéneo al que sólo debe garantizarle bienes de primera necesidad. Todo lo que escapa a la necesidad  entra en el círculo de un derecho subjetivo e individual, y representa un capricho, un desvío de la doctrina, y tiene un costo que sólo pueden pagar los funcionarios o quienes reciben remesas de parientes varados en el primer mundo. Todo esto produce ciudadanos en serie, presidiarios de la organicidad, del discurso médico, del automatismo, de la alimentación, del trabajo como prestación estatal terapéutica, es decir, de la salud del cuerpo en el ámbito colectivo –tema recurrente en los discuros de Fidel Castro y extraordinariamente conjurado en “La carne de René” de Virgilio Piñera-.
El régimen castrista en los setenta y el chavismo recientemente tocaron libertades que son de clase, pero esas libertades, contra lo que enuncia el populismo latinoamericano, no son libertades que configuren la identidad de una clase alta. Son en realidad características que le permiten a la clase media expandir comportamientos o predilecciones y producir identidad cultural más allá de la división de clases. Se trata de una clase media que no podría definirse como consumidora ni elitista, pero sí como productora continua de alteridad y diferencia.
Todo esto me viene a la cabeza porque en horas vacías, pensando en la vuelta, el fantasma de la escasez me veda el acceso a la ficción e interpela al hombre en su condición política más elemental. Me imagino un futuro tenebroso en el que restos de identidades culturales de clases medias extinguidas, se trafiquen como mercancía de una elite mercenaria o altamente sofisticada, y no produzcan ni una herencia ni un retorno.

- Publicado en Cultura Perfil el 09/02/2014




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{Memorias invertidas}
Querido lector:
Es de noche en Corea. Nieva. Fantaseo con un viaje. Trazo rutas y calculo presupuestos en mi cuadernito. Me digo: tengo que hacer algo con este pequeño exilio, con la memoria aquilatada por exilios previos. Y tengo un plan. La memoria de mis exilios está relacionada con los trenes. En ese lugar ambiguo, de extroversión e introversión simultánea, los humanos, mientras disminuyen en el paisaje exterior, parecen reproducirse en el interior de los compartimentos hasta volverse parientes transitorios.
Podríamos situar el origen del hombre en un tren. Podríamos decir que no hay mejor lugar para escribir y leer que un tren. Es el lugar del olvido. La lectura y la escritura en un tren  son dobles, suceden en el presente y en el pasado. Llevé muchos diarios en trenes, en tren fui joven y, aunque suene romántico, en la ruta de tren más larga del mundo planeo sellar mi juventud.
No tengo recuerdos especiales de los trenes europeos. Pero de los trenes indios –especialmente del que une Madras con Varanasi, el Ganga Kaveri Express-, guardo muchas anotaciones. Luego, de algunos otros, como del que hace la ruta Chiang Mai- Bangkok o Tanger-Fez-Marraquesh, retengo imágenes y anécdotas dispersas que podría referirte. Una de las cosas que lamento de México es que tenga tan pocos trenes y que mi memoria esté ligada a la promiscuidad esperpéntica de los autobuses.
Para hacer unas memorias de viajes en tren, además de un último viaje, necesito un confidente. Ningún acto me resulta tan natural como mirar por la ventana en movimiento. Voy a volver a abordar de nuevo la yegua del viajero moderno e ir del futuro al pasado en  estas memorias. Primero voy a marchar en un tren bala hacia el sur de la península –Busan-. Luego en ferry a Japón. Desde el puerto de Fukuoka, voy a tomar un tren hacia Hiroshima, Nagasaki, Osaka, Kyoto, Tokio y Fushiki. Probablemente de Fushiki cruce en Ferry a Vladivostok y ahí aborde el Transiberiano y el Transmongoliano.   
No creo que nadie, además de sentir un amor ciego por los trenes, vaya a hacer un libro más completo de memorias locomotivas en Asia. Un libro de esta clase podría articularse en tres niveles: el del ensayo –el tren como espacio o refugio del extranjero-, el de la memoria –recuerdos de otros trenes y experiencias en pueblos perdidos y ciudades invisibles- y el del diario –donde están apuntaladas mis lecturas en los trenes y las impresiones más frescas-. Esta carta podría encuadrarse en el tercer nivel.

Espero que me comentes con crudeza qué te parece todo esto. Para escribir es indispensable tener a priori detractores fieles. Lo más probable es que este libro una vez terminado no resulte atractivo en ninguna editorial, o que el perfil fantasmagórico del autor genere dudas entre editores: es uno el que escribe y otro el que publica. De manera que tengo muchas ganas de hacer esto sólo para mí y transmitirlo de forma epistolar. Todo este asunto esconde la necesidad de “volver a escribir con la libertad de un condenado a muerte” (Levrero), desarrollar una escritura fugitiva y ensayística que siempre pospuse por las labores de reseñador que me atosigaron estos últimos años. Sin pensar en un solo lector, tal vez ni siquiera necesite tomar un tren y pueda describir las arterias de Japón y esa zanja infinita que es el transiberiano, quieto frente a una ventana en Buenos Aires. 

- Publicado en Cultura Perfil el 26/01/2014


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{Intrusos en un Greyhound}
En cuanto me ubiqué al final del ómnibus, percibí en mi compañero de asiento un rictus sospechoso. No estaba del todo seguro de que fuera hombre, aunque ciertos rasgos faciales y el pelo demasiado rubio y fino, me permitían deducir que era teutón. La ropa deportiva que llevaba no me ayudaba a adivinar su sexo. Tampoco el tamaño de los pies enfundados en calcetines, ni las zapatillas deportivas, ni las piernas lechosas y lampiñas que asomaban por debajo de unas clásicas bermudas de explorador. Tenía caderas de señora y un poco de pecho. Sin embargo el vello disperso en la cara me hacía sospechar que se trataba de un sujeto de género masculino con algún trastorno hormonal. Transpiraba y mantenía las manos juntas entre las piernas. Tal vez por eso me parecía inapropiado hablarle.
Cuando el ómnibus arrancó, percibí que su cara y sus manos se relajaron. No es que tuviera ganas de entablar un diálogo, pero yo sabía que conocer su voz era clave para confirmar o descartar sospechas. Dejé pasar unos minutos. El ómnibus era una especie de acuario donde se recreaba la crueldad del capitalismo norteamericano: jubilados que no podían renovar su licencia en los asientos delanteros; más atrás, población negra sin ingresos para tomarse un vuelo de bajo costo y latinos subocupados, mezclados a izquierda y derecha en hileras dobles de asientos maltrechos.
Esta era la realidad cruda que contenía ese Greyhound sin baño y sin aire que unía Tampa con Jacksonville a una velocidad crucero de sesenta kilómetros por hora. Al final de ese embudo de realismo social, nosotros dos. Y digo nosotros porque el teutón y yo éramos los únicos verdaderamente extranjeros.
Cuando le pregunté hacia dónde iba, me respondió de inmediato, con cierta simpatía, como si durante esos minutos él también hubiera estado preparándose para hablarme, que no sabía cuál era su destino. Me preguntó por el mío y le dije que yo iba a Jacksonville para cambiar de autobús y seguir viaje hacia New Orleáns. “¿Alguna razón especial?”. “Puro turismo”, le respondí y esperé a que él me contará qué hacía en Estados Unidos si no sabía en verdad a dónde ir. Pero él hizo silencio y yo tuve de pronto la certeza de que era un prófugo. Un extranjero que había cometido un crimen delicado en Florida. La manera más simple de pasar de Estado sin dinero era tomar el Greyhound o hacer dedo. Imaginé que había intentado esto último y había sido blanco de burlas de camioneros crueles.
“¿Alguien te persigue?”, me animé a preguntarle después de un rato, cuando intuí que de otro modo no volvería a hablar. Parpadeó de manera reiterada. Descubrí que sus pestañas eran rubias y largas. Tragó saliva antes de contestar afirmativamente. “De cualquier manera soy inocente. Aunque me persigan, no me van a convencer de lo contrario”. Acto seguido, me relató su huida de un centro de rehabilitación para adictos al embutido y derivados porcinos en Dortmund. No sólo había escapado, sino que había persuadido y arrastrado a una docena de internados. Durante días, en libertad total, había recavado pruebas de que en Alemania había un plan secreto para eliminar a toda la población porcina. Entonces había volado a Estados Unidos y se había encontrado con una situación inversa. El Estado perseguía a los consumidores de cerdo. El país entero era un centro de rehabilitación donde la cura era imposible. Por cada consumidor, un espía, dijo, y corrió hacia el conductor y pidió bajar en el medio de la ruta porque un intruso, en el fondo del autobús, lo vigilaba.  



- Publicado en Suplemento Cultura Perfil, el 12/01/14


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{Escritores aburridos}
En la salida del aeropuerto de Guadalajara un hombre sostiene un cartel que dice “Oliverio Coelho”. Decido que yo soy ese y le extiendo la mano. No sé cómo en adelante voy a hacerme pasar por otro, pero Dionisio, el chofer que la Feria le ha asignado al Sr. Coelho, me orienta un poco al denominarme “Maestro”. “Maestro”, pienso y froto las manos sobre mis rodillas pensando que esa es un inconfundible comportamiento de maestro. En un Honda último modelo con aspecto de nave en el que caben cinco personas más, mi chofer me lleva al hotel, me comenta que va a esperarme y me entrega una carpeta con una lista de actividades. Tenemos un día largo por delante. Un día sembrado de  estrictas pruebas para simular que soy quien creo que es Oliverio Coelho para los demás. El parecido fisonómico me favorece. Sólo tengo que razonar como se supone que razona un escritor. Y ante todo, tomarme en serio, introducir la palabra “obra” y “riesgo”.
Gracias a Dionisio, tengo en mis manos el último libro de Coelho, “Hacia la extinción”. Me basta una ojeada para saber de qué se trata. Las obsesiones de Oliverio son claras –o más bien reiterativas- y corren en tres carriles: la relación de un hijo con un padre ido –cabe acá el asunto del duelo-, los hombres solos y la metamorfosis que el exotismo imprime en el carácter de hombres cuyas vidas están partidas. Con este pequeño esquema, voy a tener materia viva para varias entrevistas. Estoy seguro de que lo que podría decir al respecto no es muy distinto a lo que Oliverio, o cualquier otro, diría.
Como preveía, ya en la primera entrevista solté una parrafada sobre la alienación y la soledad en el Río de La Plata. Todo sonó coherente, y el entrevistador, con el ceño fruncido, pasó a preguntarme por qué mis personajes nunca encuentran lo que desean. Mostré mi desacuerdo: muy pocas personas saben en el mundo lo que desean y mis personajes no tiene por qué ser la excepción. Pero de cualquier manera, si así fuera, había una excepción, el cuento que le da nombre al volumen. Ahí se refiere la historia de dos amantes que se sienten reencarnaciones de amores pasados. Ese es justamente el único cuento del libro que, a decir verdad, no me parece superficial. Le aseguro que ahí “hay riesgo”.
Al final del día, después de veintitrés entrevistas, incluidas dos visitas a programas televisivos con eminencias de la farándula mexicana, nadie puso en duda que tenía enfrente al autor de “Hacia la extinción”. Supuse que era el momento de volver a mi cuarto, recluirme y prender la televisión. Pero Dionisio me recordó que mi día no terminaba con la caída del sol y debía asistir a un banquete que ofrecía el Presidente de la feria. Si había alguna actividad a la cual no podía faltar, era ésta. Se trataba de un evento al que unos pocos llegaban con su propio chofer. Volvió a remarcar que yo era un elegido.

Poco después estuvimos en la puerta de la mansión. Bastó dar un paso para entender que ya podía dejar de ser quien simulaba ser. Entre los cientos de personas, nadie parecía reconocer a mi personaje. Escuché rumores de que en el fondo había un premio Nobel. Hablaban de él como si fuera un inaccesible campeón de box. Espié. Vargas Llosa estaba en un salón apartado, cruzado de piernas, sonriendo solo. Me hizo un gesto con la mano para que me acercara. “Los escritores son aburridos. ¿Cuento contigo?”, y de una pitillera de nácar extrajo un porro contundente y lo encendió mirándome a través de la llama. 

- Publicado en Cultura Perfil, el 29/12/2013


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{Los voluntarios}
Hay algo hipnótico en los atardeceres de Todos santos. Pareciera que el mar hubiera sido creado ahí. En cuestión de segundos el sol se desploma sobre la línea del horizonte. Quizás sea uno de los pocos lugares de Baja California a salvo del consumismo veraniego y del turismo white trash que crece sobre el Mar de Cortés. En el pueblo repleto de galerías de arte, pendientes, casas antiguas y sol, el tiempo está detenido. El Hotel California parece ser el epicentro de todos los mitos.
   
En una de las playas, ecologistas voluntarios y trotamundos envejecidos que habitan ahora la calma de ese pueblo de Baja California, montaron una “tortuguera”. Por las noches patrullan las playas y rescatan de las garras de coyotes o aves de rapiña centenares de huevos que las tortugas entierran en la orilla. Los trasladan a una gran carpa de paredes de nylon reforzado, los entierran y esperan a que desoven en la fecha indicada. El nacimiento de las tortugas es un suceso al que todos los extranjeros atienden. Pese a que debería haberse dado hace seis días, no pierden la esperanza. Tengo la impresión de que viven engañados. Ven a las tortugas como a ángeles. Criar tortugas en cautiverio, según recuerdo, es ilusorio. Los huevos deben estar vacíos. Pero prefiero callar mi sospecha macabra. Al fin y al cabo los voluntarios parecen tener experiencia en preparar el nacimiento de tortugas y devolverlas al mar y sueltan soliloquios coherentes sobre zoología marina.

Ninguno de los que esta ahí, esperando el nacimiento de las tortugas, sabe que Ernesto Guevara y Fidel Castro pasaron tres noches y cuatro días en Todos Santos, hace cincuenta y cinco años, cuando el pueblo no era más que un asentamiento parasitado por cañaverales y buscavidas de la industria azucarera. Existen registros y probablemente, sin esas tres noches, la revolución cubana habría sido distinta. El hombre más anciano del pueblo, Don Víctor, recuerda a esos forasteros, y quizás por un automatismo secreto producido por la longevidad, los supone muertos: ha enterrado a todos, incluso a sus hijos. Sabe que esos dos hombres portan algún tipo de celebridad, aunque no lo asocia directamente a los méritos de una revolución. Por eso a algunos visitantes los hace pasar al comedor de su casa para mostrarles fotos. El lugar es un museo personal. Entre las imágenes de familiares, compruebo que están, en efecto, los dos impulsores de la revolución cubana. Hay también imágenes de otros visitantes, aunque Don Víctor no sabe si son ilustres como los barbudos. Entre todas, identifico una cara familiar. La foto no debe tener más de cuarenta años y es en color. Le pregunto si lo conoció y él me contesta que sí, que durante un año ese hombre vivió ahí en la década del setenta, junto a su mujer, en una de las pocas casas que entonces había junto al mar. “Era alguien muy reservado. ¿Sabe su nombre?”, me pregunta. “Thomas Pynchon”, le contesto. “Es famoso”, dictamina él y yo meneo la cabeza. Él arrastra los pies hasta un escritorio, busca una etiqueta y una birome, garabatea el nombre y me dice que mi contribución ha sido excepcional. Pega la etiqueta con el nombre bajo la foto. Advierto que algunas fotos tienen un nombre debajo. La empresa que Don Víctor se propone –y a la cual quizás le deba su senectud- es demente. “¿Me ayuda con estas tres?”. Observo con detenimiento a los retratados. Imposible identificarlos en ese invernadero de imágenes. Recuerdo a las tortugas y me parece verosímil la empresa de los ecologistas voluntarios.


 - Publicado en Cultura Perfil el 15 de diciembre de 2013


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lunes, diciembre 23, 2013

{Futuro prefabricado}
Todavía todo huele a conquista en el Mar de Cortés. A pocos kilómetros de Loreto, antigua capital de las Bajas Californias transformada en atracción turística, alguna empresa norteamericana planeó un pueblo próspero, un pedazo de Norteamérica incrustado en México. Con V no habríamos llegado si no fuera por un intercambio de casas. Se trata de una especie de barrio cerrado con una arquitectura que mixtura elementos mediterráneos, materiales áridos del desierto y rusticidad hispánica. Norteamericanos rubios y lustrosos transitan montados en carros de golf calles prósperas. Parece un barrio temático. Si no estuviera construido con materiales semi nobles, Nopoló podría aspirar a entrar en ese museo de la imitación y la miseria que es Las Vegas. Pareciera acá que la imitación de viejos estilos pudiera generar, a la larga, un nuevo estilo y borrar sus referentes. Imagino una situación hipotética, un malentendido posible: Nopoló en millones de años, único resto urbano en la tierra, bajo la lupa de alienígenas. Me pregunto si la considerarían un resto original de la civilización y si encontrarían una clave arqueológica para reponer el pasado del hombre.
Sin necesidad de viajar al futuro y especular con alienígenas, este barrio junto al mar podría ser un refugio postapocalíptico, como lo fueron en otra época los shoppings. Un sitio al que vino a parar el remanente del género humano. La actitud de los norteamericanos cuadra perfectamente con la de sobrevivientes ajenos a la extinción, ensimismados en su propio bienestar. El interior de la casa que nos tocó en suerte es frío, de muebles faraónicos, cargado de electrodomésticos inmanejables, como un lavavajilla. 
Y así como en Nopoló abundan nuevos ricos que quieren acceder a un buen gusto prefabricado, a la historia, a lo que suponen de noble o personal en lo antiguo, unos treinta kilómetros al norte, en la Bahía de Concepción,  con V terminamos de metabolizar una sensación: Baja California apareja un choque cultural. Esta parte escindida México simplemente es el escenario para que la white trash de EEUU se oree. Las playas más agrestes fueron colonizadas por moterhomes en las que mensualmente miles de norteamericanos cruzan la frontera, en busca de vacaciones baratas, pesca, servidumbre, tierra regalada y exotismo controlado. Hay constelaciones de moteles que huelen a soledad degradada, a invasión y estancamiento. No hay personajes dementes con anécdotas, sino un gran personaje hermético, apegado a sus costumbres y a su idioma, “el gringo”, un molde en el que en mayor o menor medida caben todos.

El sargento, kilómetros al sur, es la segunda posta en nuestro intercambio. Resulta ser un asentamiento al borde de una ruta pero a metros del Mar de Cortés, con más white trash reunida en bares que ofrecen hamburguesas y ring onions mientras televisan fútbol americano. Apenas investigamos la casa que nos dieron, notamos que el dueño, un tal Jack, dormía un machete junto a la cama. Las paredes están tapizadas por fotos que muestran a Jack en distintas escenas de pesca deportiva.  La casa es fantasmal. Sin marcas. Como si fuera el hábitat de un hombre abandonado. O una casa que fue enterrada porque algo terrible ocurrió entre sus muros. Las camionetas que circulan con música ranchera a alto volumen acentúan la impresión de que una trama hitchcokiana está por estallar. 

- Publicado en Perfil Cultura el 1 de diciembre.  


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domingo, diciembre 22, 2013

{Apuntes sobre la solemnidad}
Durante muchos años soñé con regresar a Cuba. Soñé recurrentemente con la vuelta a una isla que, a los diecinueve años, dividió mi juventud o representó una entrada ficticia en la madurez. Instantáneas anacrónicas de La Habana me devolvían sensaciones de un joven artista recorriendo un planeta extraño antes de explorar el mundo propio. Lo cierto es que con el tiempo ese planeta se reabsorbió en mi interior y ahí permaneció, incrustado como una perla.
En los sueños el lugar de la felicidad se me representaba como un escondite precario junto al mar del Caribe. Diecisiete años después, volví al supuesto paisaje en el que había renunciado a la inocencia. No reconocí mí Habana, aunque paradójicamente nada había cambiado. Yo era otro caminando por el mismo páramo fósil: como si hubiera tardado todos esos años en transitar una cinta de Moebius que comunicaba dos caras de mi identidad. El tesoro de la juventud estaba perdido, aunque aquel planeta extraño fuera el mismo.
En otra ciudad, Oaxaca, encontré traspapelado al joven que había perdido la inocencia a los diecinueve años. Descubrí, gracias a un sueño, que caminar en Oaxaca a los treinta y seis años replicaba la sensación de caminar por las calles de La Habana a los diecinueve. En este sueño el lugar era el paraíso prometido. Reconocía el territorio secreto junto al mar en el que había sido feliz –ser feliz consistía en descubrir y aceptar los matices del sufrimiento-. Cuba no aparecía como un lugar antiguo o pasado, sino como otro mundo con la fachada de Oaxaca.
Tal vez durante mucho tiempo Oaxaca quede ligada a eso: un lugar inesperado en el que se encarnó un lugar mítico. Me pregunto por qué. Hago memoria. Simplemente  estoy participando de la Feria del libro que se organiza cada año, en noviembre. Las actividades de la feria consisten en mesas y presentaciones de libros.  Invitados que rotan. Amistades. Mezcales polimorfos. Homenajes. Cenas pantagruélicas. Hay un programa de visitas a escuelas, donde cada escritor dialoga con jóvenes estudiantes y habla de sus libros. Estos alumnos de trece o catorce  años, azuzados por sus profesores, han leído ya algo del autor que los visita. Esperan el encuentro con timidez, formando un círculo. Todos los ojos se mantienen fijos en mí con una curiosidad reverencial, como si en esa escuela yo hubiera introducido otro mundo. Cuando el primero de los alumnos habla y pregunta cómo escribir un libro, la curiosidad de los demás se acopla en interrogantes de toda clase. Escribir, entonces, se revela como lo más parecido al arte de hacer magia. El entorno rural y la suave línea de las sierras en el horizonte que entra a través de los ventanales, permean el aula de un clima onírico.

Con motivo de la feria se organizó también una actividad estrambótica. Un partido de básquet de escritores contra niños triquis, conocidos en todo México por provenir de una comunidad indígena oaxaqueña, y por haber formado un equipo de básquet juvenil competitivo a nivel internacional. Un equipo de escritores percudidos por la edad, el mezcal, el sedentarismo, enfrentó a un racimo de niños de ocho años que parecían disfrazados bajo sus remeras y shorts rojos y blancos. El evento fue tan popular que se celebró en un estadio con mil personas. Los niños triquis golearon a escritores que en la cancha exhibieron una cara oculta y fascinante, el lado bufonesco que en el fondo aísla la solemnidad literaria del ridículo.

- Publicado en Cultura Perfil el 17 de noviembre. 


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jueves, noviembre 14, 2013

{El arte de la fuga}
Nunca creí que existieran escritores malditos. Sobran en cambio malvados que simulan alguna desobediencia intelectual pero que viven atados a sus madres y timan a jóvenes que buscan ídolos rebeldes. El caso de T parecía especial. La experiencia lo había conducido a ser un maldito sin pretensiones, sin discípulos, sin prensa, sin gloria. Sin embargo era un mito y quien quisiera encontrarlo podía ir al Queirolo, un bar rancio en pleno centro de Lima. 
Ahí, por comentarios de parroquianos, supe quién era T. Todos lo trataban como a un viejo conocido. Podría decirse que lo respetaban. Él se acodaba en la barra y hablaba con quien se le acercara, pero rechazaba invitaciones a unirse a mesas: “gracias, en la barra estoy cómodo”. Fumaba sin parar y bebía de forma pausada, a cualquier hora del día. Vestía una campera de cuero marrón, musculosa, pantalones negros y unos mocasines gastados y sin medias. Con la punta de un zapato solía rascarse el tobillo de la otra pierna.
Los más jóvenes se le acercaban para hablar de rock. Al principio, receloso, intenté detectar en T alguna clase de impostura. Siempre me divirtió desenmascarar mitómanos maduros que no pueden lidiar con la autoexigencia o las ilusiones juveniles cuando la dura realidad se les impone, y que encuentran en las nuevas generaciones una oportunidad para sentirse genios incomprendidos. Pero en T no había demagogia, ni gestos de grandeza, ni siquiera malicia. Tampoco tentativas de seducción. Hablaba de bandas británicas con pasión. Decía que valía más la pena hablar de Wire o de Boards of Canada que de novedades editoriales; los escritores no ponían en su ficción un décimo del alma que un guitarrista al perderse en el éxtasis de un riff. Desde su punto de vista, lo único que podía salvar a un escritor de su propia egolatría era el acto grupal. Pero una banda de escritores estaba destinada al fracaso. Aunque fueran cinco o diez, el autor era uno. Además los buenos escritores eran ermitaños, o perezosos, o fóbicos, o todo eso junto. “Estamos condenados… A no ser que dejemos de hablar de literatura y hablemos de música. Es la única manera de estar en grupo. ¿Por qué carajo el rock es popular? Porque nos hace hablar, como la droga”.

Entendí por qué T invertía horas en ese bar: vivía ahí como un músico en una sala de ensayo. Estaba dispuesto a tocar con cualquiera. Cuando lo vi por cuarta vez, me acerqué. Había ido al bar sólo para decirle que lo más atractivo de “Lima la fea” era él con sus monólogos sobre rock. Naturalmente me tenía registrado. “Ya sabés que no hablo de literatura”, me dijo. “Ni de mujeres”, lo corregí. “No me gustan las mujeres, niño”. “¿Y las bandas con mujeres?”, respondí. “Depende, ¿cuál?”, la sonrisa desplazó el acto mecánico de fumar. Dejó de rascarse los tobillos. Supuse que yo le había caído bien de entrada. “¿Siouxsie and Banchees?”. “Me gustan”. Hizo una pausa larga y me dirigió los ojos claros y ojerosos. “¿Escribes?” Asentí. “¿Te gusta Burroughs?”. “Mucho menos que Ribeyro”. “Entonces siéntate en esa mesa”, señaló con la uña crecida del dedo índice derecho una zona en penumbra, junto a un espejo, “extraño hablar de literatura”. Y mientras él, para sorpresa de todos los presentes, dejaba su lugar en la barra y se dirigía hacia la mesa, yo salí del bar de un salto y me alejé sin volverme. Había un sol pleno, desconocido para Lima.

- Publicado  el 3 de noviembre, en el Suplemento Cultura de Perfil. 


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domingo, octubre 27, 2013

{La ciudad luminosa}
Entre las muchas fantasías que uno tiene al viajar Montevideo, está la de hurgar pilas de libros en Tristan Narvaja o en puestos callejeros de la peatonal Sarandi y descubrir piezas perdidas, incunables sin candidatos. Un poco imitando el procedimiento del narrador de La novela luminosa, que rompía su cerco de sedentarismo y encontraba en puestos callejeros o librerías de usados ejemplares incomprendidos de toda especie, uno viaja a Uruguay con la expectativa del milagro. Sigue siendo un territorio donde el pasado puede en cualquier momento cruzarse en el camino. Levrero no era inmune a los milagros cotidianos y en el diario de La novela luminosa refiere cada una de estas manifestaciones de un modo lacónico.
En la peatonal Sarandí protagonicé un episodio que narrado adecuadamente podría ser levreriano. Husmeaba un puesto y otro y otro, insatisfecho. No me topaba con el milagro, ni siquiera ampliando mi búsqueda al mundo de los vinilos. Hasta que en una esquina, sobre un tablón sostenido por caballetes, se encarnaron de una vez todos los milagros. El que atendía era un flaco de ojos claros, curtido por el sol, que tenía en la mirada restos de experiencias nobles y hedonistas. Suelo confiar en ese tipo de personas. Pero más que el vendedor, en un primer momento me atrajo un ejemplar expuesto en primera fila. El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero. Me sorprendió encontrar la novela de un amigo bajo el sol amable de otra ciudad. El ejemplar parecía usado y los grises de la tapa, brillantes y llenos en mi edición, estaban opacos y la ilustración carecía de calidad, como si el libro hubiera pasado por muchas manos o fuera pirata. Le pregunté al vendedor de dónde había sacado ese libro, a lo que él respondió preguntándome si yo era el autor. Me alcé de hombros, desconcertado. Entonces me dijo que el día anterior un hombre alto le había preguntado lo mismo al ver Una novela china, de César Aira. Él le había contestado que desconocía el origen del libro, pero que era de un autor argentino desquiciado. El hombre alto le reveló entonces que ese libro estaba agotado y que él era César Aira.
Además de libros de Octavio Paz, José Saramago, Julio Cortázar, Marosa Di Giorgio, había en un rincón tres primeras ediciones. El grafógrafo y El retrato de Zoe, ambos de Salvador Elizondo, y Así en la guerra como en la paz, de Cabrera Infante. Después de hojearlos, elegí el primero y el último y dejé afuera al único de los tres libros que no había leído. Elizondo es un caso paradigmático de cómo la vanguardia, con toda su afectación, se transforma en reaccionaria con el paso del tiempo. El sesgo experimental de El grafógrafo trasunta un encantador clasicismo. En su inclinación libresca y en su solemnidad levemente borgeana, transmite algo añoso y a la vez inimitable. Su originalidad está intacta. Fue todo lo brillante y fino que debía ser un escritor Latinoamericano en el siglo XX para descollar. Caso distinto es el de Cabrera Infante, que no deja de ser un contemporáneo nato y un escritor cuya patria pasó a ser, en el exilio, una ciudad del pasado.
Consumada la compra, el librero me dijo que para mi próxima visita a Montevideo esperaba tener una librería. Desde hacía años quería abrir un local como los de la calle Corrientes, pero el negocio rendía tan poco que había empezado a rematar su biblioteca personal: de ahí provenían los dos ejemplares milagrosos que yo me llevaba.


 (Publicado en el suplemento cultura del diario Perfil, el 20/10/)


++ posted by {oliverio coelho} at 3:33 a. m. 0 comments

martes, octubre 15, 2013

{Peligro de derrumbe *}
Si hubo en Latinoamérica una Grecia antigua, ésta fue Cuba. La Habana, una Atenas roja incrustada en el caribe. Camino a lo de A, veo en las calles lo antiguo vuelto ruina, indicio de nostalgia o trinchera deshabitada. La Habana es o fue la ciudad más hermosa del mundo y su condena está escrita en la inercia subtropical. Hay en cada zona marcas de movimientos tectónicos que de tan evidentes pasan desapercibidos: son parte de la naturaleza urbana. Toda la ciudad es un gran insecto preso en una gota de ámbar. Tengo la sospecha de que esa inercia atmosférica se origina en una máquina aparatosa de control de la especie: el Estado. La ruina está, como el amor, a la vuelta de la esquina. Por momentos identifico, entre los restos, espectros de esa Atenas roja.
Llego a lo de A. Subo a un quinto piso por escalera. “Todo este derrumbe no podrá ser reparado en muchos años”, me dice A un rato después, señalando el horizonte desde la azotea de su departamento, “pero mis hijos van a ver la reconstrucción”. “Es casi una ciudad bombardeada”, pienso en voz alta, y A me comenta que un fotógrafo español, desde esa misma azotea, hace unas semanas, le dijo que sólo vio algo semejante en Beirut. La corrosión milimétrica, ejecutada durante años de periodo especial, equivale a un bombardeo. “No hay materiales para la reconstrucción, las casas se derrumban… El salitre, las lluvias… imagínate que hay que levantar una nueva Habana, todo está podrido desde los cimientos”, agrega, y me invita a caminar mientras habla de los jóvenes que escriben en la isla. Se me ocurre que esas novelas saldrán de Cuba pero como ejemplares únicos, casi a la manera de cartas.
En las calles de Habana Centro, la ciudad es fantasma. Vendedores con carros que contienen racimos discretos de frutas. Trazos de veredas careadas desde hace tiempo. Boquetes abiertos en el centro de la calle como trincheras. Caños y desagües que chorrean mientras la ciudad se hunde y proliferan mercados ilegales en una legalidad vacía desde la caída del Muro. Le digo a A que es evidente, incluso ahí, en ese comunismo hecho trizas, que el humano crea mercados y vive a través de la cotización de casi todo lo que existe. El remanente de este comunismo disfuncional ha inflado, en las últimas dos décadas, una extraña libido capitalista. A asiente y analiza: existe un capitalismo en negro, con injusticias y diferencias de clase, aunque sin pobreza extrema, sin analfabetismo y sin inanición, pero paradójicamente en Cuba toda tentativa de consumo se hace “por izquierda”.
El Estado, mientras tanto, sostiene un colosal sistema de salud pública que funciona aunque esté desbordado –la Institución Médica es la encarnación actual de Patria o Muerte-. Pone al alcance de la mano un servicio médico apto para las somatizaciones más extrañas del mal insular. La mayoría de los cubanos tiene agendado un turno con algún especialista. A cambio cede libertad. Los médicos son, en el fondo, agentes encubiertos, el último eslabón en un sistema de control social, acá y en cualquier lugar. No debo decir en voz alta esto, pienso, ya que mi paranoia podría también pasar por somatización.
Después de caminar bajo el sol, con A llegamos a una encrucijada. Un cartel pintado a mano sobre madera versa “peligro de derrumbe”. Acá se termina La Habana. Sería ideal que las ciudades, como los cuentos, encontraran en una frase un comienzo y un final. A se rié: “Peligro de derrumbe, así podría titularse la biografía de cualquier escritor cubano”.


*Publicado el 6/10 en el Suplemento Cultura Perfil.


++ posted by {oliverio coelho} at 8:16 p. m. 0 comments

autor
OLIVERIO COELHO. 1977.

Publicó las novelas "Tierra de vigilia", "Los invertebrables", "Borneo", "Promesas naturales", "Ida" y "Un hombre llamado Lobo", y el libro de cuentos "Parte doméstico".

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