miércoles, febrero 10, 2016

Nada de folclore *


Dicen que a partir de cierto momento, a contrapelo de lo que opina la mayoría, la Meca del viajero no es la India sino Sicilia. En algo estoy de acuerdo: es la Meca del viajero en su madurez, cuando el trotamundos no busca extremo exotismo, incomodidad, obstáculos, sino condiciones para echar sus huesos y observar lo mejor del mar en medio de ruinas y pueblos ancestrales poco poblados. Lo que en la India aparece como sobrepoblación, novedad y estímulo, en Sicilia es memoria hedonista. El tiempo transcurre de otra manera. O mejor dicho, casi no transcurre, al revés que en cualquier lugar de la India, donde cada minuto contiene una infinitud de sensaciones que no caben en el presente, porque son partículas del futuro.

Digo esto no porque haya experimentado la temporalidad estacionada de Sicilia, sino porque hace muchos años, en un momento inadecuado, con menos de veinte, no pude aprehenderla. Perdí una oportunidad y desde hace años lamento no poder volver y reivindicar esa experiencia. Estuve en Palermo y el  Hotel des palmes en el que Raymond Roussel murió en circunstancias misteriosas, me resultó un palacio sitiado por el sol, un maravilla inaccesible e inexplicable, como todo ese lujo pasado que en Italia parece tan natural como una colina o una nube. En Sicilia, como en la India, están superpuestas todas las civilizaciones y todas las eras. Pero si en la primera uno no distingue esas capas geológicas, debido a una falsa familiaridad facilitada por tanta cultura siciliana infiltrada en  Argentina, corre el riesgo de quedar excluido del tiempo propio de la isla, de su clima estacionado.  

Mucho después mi modo de reparar ese viaje trunco –llegué a Sicilia como podría haber llegado a cualquier otro lugar, por inercia- y recuperar el tiempo perdido, fue investigar la literatura de la isla. Lampedusa, Vincenzo Consolo, Gesualdo Bufalino, Giovanni Verga. Hasta que me topé con Sciascia. Es probable que ninguna crónica de viaje, ni ninguna columna relacionada con el asunto, encarne tanto la cotidianidad de un lugar como una ficción. No cualquier ficción, sino cierta ficción anémica que, apropiándose de recursos de la crónica y de hechos verídicos que le suman al paisaje una textura natural,  termina ilustrando el clima y el paisaje de un lugar. Esa clase de relatos, en general, desatan un viaje en el tiempo. Si uno va en busca de esos textos, nunca llegan. Son escasos y aparecen camuflados, como un obstáculo inesperado en una obra mayor.

“Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel”, de Leonardo Sciascia, es un ejemplo. En ese texto de corte casi documental, repleto de citas castrenses y/o periodísticas, sin que medie una sola descripción de Palermo, uno se siente en el lugar de hechos. Precisamente porque hay hechos y no descripciones que preparan algo por venir. Un narrador que especula y no un cronista comprometido con la realidad. Tal vez la clave de ese estilo tan característico de Sciascia –“El caso Moro” está en esa misma línea- resida en la posibilidad de estar en el lugar donde sucedió algo y saber, durante la lectura, que nada más, salvo un diagnóstico o un testimonio –es decir, una digresión-, va a ocupar el corazón del texto. No recuerdo otro texto tan etéreo que, sin ningún detalle de color, retrate un lugar. Podría decirse que en ese tono de informe forense, se filtra el espesor lento de la vida siciliana.  Nada de folclore.


* Columna publicada en Cultura Perfil el 07/02/16

Estado de gracia


A veces un recuerdo pasa a ser una pequeña anécdota, y una pequeña anécdota una o dos palabras desatadas por una noticia masticada y reproducida al infinito por los diarios: tres prófugos que huyen torpemente por pueblos del interior en vez de esconderse en un suburbio y desaparecer para siempre en el lento anonimato de la siesta.
La fijación del recuerdo en una o dos palabras fuertes como un rasgo, no está determinado por la edad o el tiempo, sino por la forma que va tomando la nostalgia.
No es raro pasar por Londres y no visitar Muswell Hill, un suburbio septentrional en el que prevalece todavía algo de la recatada arquitectura victoriana. Desde el punto más alto es posible obtener, como desde Montmartre en París, una vista del infinito urbano y sus plagas arquitectónicas.
Muswell Hill no figura en guías y es un lugar más en el que la inmigración y la clase media baja inglesa se mezclan y asientan a la espera de un lugar mejor en el mundo. No es ya una zona obrera prototípica y conflictiva.  Su belleza taciturna no es diferente a la de otros barrios más céntricos de la ciudad. Sin embargo, dos palabras transforman ese suburbio en un lugar encantado e inevitable: The Kinks.  Allí nacieron y se criaron los hermanos Ray y Dave Davies. Uno de sus mejores discos, Muswell Hillbillies, rinde homenaje a esa área. Ningún grupo, salvo los Beatles, logró en un lapso de tiempo tan acotado -cinco años, del sesenta y seis al setenta y uno- encadenar tantos discos de estudio extraordinarios. Si bien tienen tres discos anteriores al sesenta y seis que no son tan irregulares como los posteriores al setenta y uno, lo que sucedió en esos cinco años es inusual en la historia del rock, o algo que podríamos naturalizar si habláramos de hechizo o estado gracia, algo que en literatura suele ser común: un autor que escribe dos o tres libros excepcionales y nunca vuelve a acercarse al mismo grado de inspiración.  
La mutación de los Kinks resulta enigmática. Podríamos especular con la hipótesis de que los vaivenes del grupo en el mercado norteamericano afectaron la creatividad de los hermanos Davies, que comenzaron a probar en los setentas todo tipo de fórmulas contestatarias y conceptuales, un poco como Frank Zappa and the mothers of invention, pero quedándose a mitad de camino. En los ochenta, sin el brío de la juventud, permeados por el pop naciente, no volvieron a recuperar la creatividad desarrollada en Face to face, Lola versus powerman and the moneygoround,  Something else, The village green preservation society,  Arthur, y Muswell hillbillies: cayeron en la tentación heroica de no repetirse, ser contemporáneos a los nuevos jóvenes y ser Kinks sin ser viejos Kinks. Sin la suerte que los acompañó en los primeros diez años de carrera, se volvieron cortesanos de la industria y sacaron diecisiete discos que no tuvieron el aura de los primeros nueve.
En una de las calles más despobladas de Muswell Hill, está el pub que frecuentaban los hermanos Davies en los tardíos cincuentas, The clissold arms. Ahí tocaron por primera vez. Hay una sala dedicada a la banda, con una placa y fotos de los hermanos. No hay moho, ni restos bohemios, ni luz tenue, sino formalidad y un clima de museo no apto para prófugos ni nostálgicos.



* Columna publicada el 24/01/16

martes, febrero 09, 2016

La vuelta completa *


Ciertas noticias raras que diarios de cualquier tipo –tanto amarillistas como serios tienen una debilidad por la hipérbole-, reproducen hasta volverlas fenomenales, exhuman anécdotas de viaje olvidadas y hábitos involuntarios, como llegar a destiempo a los escenarios más indicados. En una foto, en la página web de un matutino, se ve al director de una cadena de Sushi, un tal Kiyoshi Kimura, empuñando una espada sobre un atún rojo de doscientos kilos que obtuvo en una subasta en el mercado de pescado de Tokio por la módica suma de ciento diecisiete mil dólares. Recuerdo haber visitado ese mercado y, como sucede en sueños o simplemente en viajes donde la conducta turística queda anulada por las manías personales, haberlo encontrado vacío. Desierto no como si hubiera cerrado, sino como si hubiera sido abandonado mucho tiempo atrás. Sólo el olor impregnado al suelo y los rastros de humedad, denotaban que ahí seguía funcionando un mercado y unas horas antes había corrido sangre y vida por pasillos humeantes. Era mediodía y los pocos japoneses que había en el barrio de Tsukiji, agrisado por un automatismo laboral que imprimía en la atmósfera un aire lúgubre, trataban de explicarme algo obvio, asombrados de mi presencia. Las exposiciones que descifré no me convencieron: me pareció inverosímil que un mercado cerrara a la mañana y estuviera abierto sólo a la madrugada, pudiendo estar abierto hasta las catorce horas.

Años después, en Seúl un amigo me refirió una escena parecida, diciéndome que por la madrugada el mercado de pescado de Noryangjin era el lugar más concurrido de la ciudad y que esa era la hora en que los encargados y dueños de los restaurantes de todo Seúl iban a abastecerse. Mientras más temprano, más posibilidades había de llevarse pescados grandes y participar en subastas. El espectáculo era realmente fascinante y el mercado, más que un cementerio marino, se asemejaba a un acuario apocalíptico. Ciertas piezas que exigían la cocción del animal vivo, como langostas y cangrejos, se exhibían hacinadas en piletas que eran campos de concentración en miniatura. También se ofrecían vivos pescados de criadero que adornarían sopas de desayuno. Dudo que un atún rojo de doscientos kilos llegara vivo al mercado,  aunque como cualquier otra pieza excéntrica se subastaba en medio de un griterío que a veces terminaba en insultos y golpes.

La costumbre de llegar a destiempo a los escenarios diurnos de la vida me persiguió siempre. Templos y museos que cerraban temprano a la tarde. Bancos inactivos. Restaurantes que ya no servían comida. Esta inadaptación, producida por la incapacidad de seguir horarios razonables de la civilización, se vio compensada por la costumbre de llegar a tiempo a los escenarios nocturnos y reconocer su atmósfera antes de que esté atestada. Recuerdo la decepción de haber tenido que salir de un museo en Kioto a una hora de haber entrado y experimentar un momento de mítica y plácida soledad: transformarme en el primer parroquiano de un bar que cuando caía la tarde y no había consumo ni adrenalina dejaba fluir el piano espectral de Paul Bley. También la desesperación de salir de una pileta en Seúl sin almorzar y ser el primero en sentarme en una mesa para cenar a las seis de la tarde. Esta misma inadaptación en el futuro debería permitirme, dando la vuelta completa, llegar en hora a los mercados de pescado.  


* Columna publicada en Perfil Cultura el 10/01/16

Amor no correspondido *


Cada tanto llegan por correo electrónico historias perturbadoras. Es el caso de H, un amigo que se mudó a Londres para estudiar teatro, mantuvo por un año una compostura y una disciplina ejemplar que lo volvieron un ciudadano indeportable, hasta que una noche experimentó en unas pocas horas todo lo que un hombre puede padecer cuando el destino está frente al azar o fuera de cauce.
Berta, una estudiante alemana de la que secretamente se había enamorado y era su room mate, cierta tarde le preguntó si podía dejarle la casa por una noche. Mi amigo en principio se negó, dijo que era imposible porque no tenía novia, ni amante ni amigos que lo cobijaran, y además tenía que terminar un trabajo. Berta,  ante una respuesta que escapaba a su entendimiento, le ofreció entonces pagarle un hotel, ante lo cual H volvió a negarse: no podía trabajar en hoteles; los únicos que eran aptos para la lectura y la escritura costaban demasiado. Ella ofreció entonces pagarle un cuarto en un cinco estrellas. Él, estupefacto, intentó razonar: una noche valía lo que cada uno pagaba por el alquiler de una habitación en un barrio periférico de Londres. Se negó. Ella insistió y redobló la apuesta con desprecio: además del hotel, le pagaría quinientas libras para que hiciera alrededor de la ciudad eso que siempre había deseado y había aplazado por penurias económicas de estudiante. H vaciló, trató de digerir la alusión maliciosa  y sintió que, o bien indagaba hasta averiguar qué había detrás de todo eso, o bien aceptaba la derrota. Dedujo que si aceptaba la derrota, tal vez tendría una segunda chance.
Ella hizo un llamado y reservó un hotel en Kensington. Aunque él se sintió un canalla, aceptó de Berta, sin mirarla a los ojos, las quinientas libras antes de dejar la casa a las seis de la tarde. Se encaminó hacia el subte. Pensó que la mejor redención podía consistir en dilapidar esos quinientas libras de amor no correspondido en una scort, aunque fuera Berta en realidad “eso que siempre había deseado”. Indagó en su celular e hizo un llamado. La voz y el trato de la joven que lo atendió lo convencieron de que el servicio era el de una prostituta cara que no le iba a ofrecer el calor de una mujer. Volvió sobre sus pasos. ¿Si pudiera descubrir la razón de esa oferta desesperada? Se parapetó en el jardín de la casa contigua y vigiló a través de una verja la entrada de su propia casa.  Intentó consolarse pensando que tal vez Berta había organizado una fiesta para sus compañeros de la escuela de arte.
Pasaron dos horas sin movimientos. De pronto H se durmió. El llanto de un bebé proveniente del interior de su propia casa lo despertó.  Espió a través de la venta del comedor y vio a una mujer idéntica a Berta, pero con peluca y ropa típica de los setenta. Imaginó que se trataba de un disfraz, pero al rato la vio salir vestida así. Con una mano abrazaba a un bebé contra el pecho y con la otra sostenía una valija de cuero. La siguió con la vista unos metros. Ella subió a un choche de vidrios polarizados que la esperaba.
A la semana la policía visitó a H y lo invitó amablemente a declarar como sospechoso en el homicidio de María Kantor, joven alemana domiciliada ahí, hallada sin vida a orillas del río Támesis.   

* Columna publicada en Perfil Cultura el 27/12/15

Milagros liberales


Con los años empiezo a entender que la vida del free lancer es sacrificada. El free lancer, contra lo que supone la mayoría, nunca descansa realmente, siempre está por empezar algo nuevo y terminar algo viejo. Es decir, siempre tiene algo pendiente en la cadena de producción. La mitad del día la invierte gestionando cobros, emparchando errores en formularios o facturas. La otra mitad del día la invierte avanzando en decenas de trabajos dispersos que exigen una concentración imposible de alcanzar. Esta  dedicación es desgastante. Cuando llega el momento anhelado de zambullirse en labores más personales y caprichosas, el free lancer está extenuado mentalmente y piensa en escapar. El beneficio no reconocido del free lancer es, entre otros, viajar sin fecha de retorno, en cualquier temporada, a contrapelo, sin pedir vacaciones. Un free lancer puede desaparecer del mapa sin aviso y nada lo inculpa. Casi como un adolescente que emprende un viaje de mochilero.
Un poco de ese modo, a los diecinueve años, empecé a viajar por Europa. Terminaba el ciclo menemista y ese viaje era la última bonanza ficticia de la convertibilidad. Me quedan varios recuerdos, como encontrarme con un continente con aduanas, monedas nacionales, que no era suntuario como ahora, bajo la Unión europea, y que tenía todavía, en las postrimerías del siglo XX, una relación conflictiva con su propia historia. Se percibía en España, en Portugal, en Polonia, Hungría y República Checa, una especie de transición incierta hacia otro sistema –no económico, sino de tradiciones-.
Berlín estaba siendo reconstruida y las grúas que poblaban las calles transformaban la ciudad en un territorio salvaje y ambiguo, casi una prolongación del Berlín de Wim Wenders en Las alas del deseo. De ese Berlín en vías de unificación pero dividido anímicamente no ha quedado mucho. Sobre ese fantasma creció una ciudad cosmopolita e igual de deslumbrante que la anterior, pero con un alma distinta. El cambio de alma en una ciudad podría ser un tópico literario, aunque se explore pocas veces. Supongo que en unos años La Habana va a experimentar ese cambio de alma.
Aquel viaje culminó por accidente en Estambul y una anécdota resume la manera en que en aquel entonces Argentina, como es posible que suceda de nuevo, se divulgó como milagro neoliberal. Todos los días a la noche, después de comer, pasaba por un carrito de bananas que se instalaba cerca de la Mezquita Azul. Cierta vez el vendedor, un anciano iraní licenciado en economía que había estudiado en Nueva York en los sesenta y había tenido que exiliarse de Irán tras la revolución islámica, me preguntó en un inglés impecable si tenía en Argentina alguna oportunidad laboral: había leído que la economía del país era pujante, que los sueldos superaban el promedio y que encima no pedían visa. Recuerdo haber dudado y pensado que por efecto de la especulación  financiera, esa fantasía se había vuelto incluso veraz para los argentinos y había llegado a oídos de un refugiado iraní. Para no decepcionarlo, le prometí averiguar el asunto. No le aclaré que el costo de esa buena prensa global había sido desempleo y endeudamiento. Un año después recibí en Buenos Aires una carta suya, pidiéndome novedades. Evité responder, porque la letra manuscrita parecía la de un hombre decidido y dispuesto a partir a un país en ruinas. 

* Columna publicada en Perfil Cultura el 13/12/15

Modos de cruzar una frontera *

 
Alguna vez escuché a algún amigo decir que si Macri llegaba a presidente, se exiliaba en Uruguay. A lo largo de años, la frase con variaciones la escuché en boca de varias personas y no puedo evitar pensar evitar pensar que por la cabeza de muchos debe estar flotando esta alternativa, aunque ya no gobierne Pepe Mujica. Lo decían con un tono bromista: no creían factible que un cambio de paradigma político tuviera lugar en nuestra historia después de las costumbres instaladas durante doce años de kirchnerismo. Pese a encuestas anticipatorias, hay algo inverosímil en el triunfo de Macri: algo de pesadilla vuelta realidad para una mitad de la población, algo de sueño realizado para la otra mitad.
En una crónica de corte distópico, la victoria de Macri estaría en estas semanas generando una venta anticipada de pasajes y colmando la capacidad de ferries con masas aterradas que han decidido refugiarse en Uruguay por alergia a posibles políticas neoliberales, a las quitas de subsidios, a los estallidos sociales generados por el recorte de asignaciones. En las bodegas de los barcos, además de bártulos de todo tipo, habría animales domésticos –al menos uno por pasajero-, muebles, camas, incluso algún piano de cola. Prueba irrefutable de que los embarcados se irían para no volver por mucho tiempo.
Entre los autoevacuados que a duras penas, en una reventa de pasajes, conseguirían una plaza a Colonia, reverberarían frases que podrían estar en boca de un personaje de Haneke en La hora del lobo o Funny games: “No sabemos lo que viene, pero sabemos que es lo peor.” En esta hipotética situación de fuga colectiva, un hombre, ante la estampida de autoevacuados que agotó incluso los asientos en ómnibus que cruzan por Gualeguaychú y Colón, evaluaría modos inmediatos de huir. Decidiría hacerlo a pie, aprovechando una bajante extrema del río provocada por las ráfagas furiosas del viento norte. La idea proviene de El error, un cuento alucinado de Martín Kohan recientemente publicado en su libro Cuerpo a tierra. En este relato un hombre, cierto día en que las aguas del Río de la Plata bajan extraordinariamente hasta dejar a la vista el lecho del río, se echa andar en busca de la mujer que lo abandonó y cruzó a Uruguay. La boutade es genial por dos razones: cruzar a pie, sin documentos, aniquila la realidad de esa frontera que los argentinos consideran contingente pero los uruguayos necesaria. Luego, termina de fundir nuestro paisaje depredado con esa tierra magnífica –como el amor no correspondido que persigue el protagonista de El error- que para los argentinos es Uruguay. 
Y aunque parezca inverosímil, cruzar a pie una frontera es posible sin el milagro de una bajante. Hace unos años, en la frontera de Villazón-La Quiaca, me sorprendí de la facilidad con que la gente, cargada de bolsos, cruzaba por el costado de las garitas, sin presentar documentos. En cada ida y vuelta entraban y sacaban mercadería de cualquier tipo –desde celulares, computadoras y cámaras a piezas de autos-. Esto sucedió mucho antes de que se restringieran las importaciones, lo cual vendría a demostrar que el contrabando no es una cuestión de coyuntura sino de cultura, y que desde el principio de los tiempos cruzar una frontera clandestinamente podía implicar la posibilidad de una nueva vida, pero también la de un buen negocio a espaldas del rey.

* Columna publica en cultura Perfil el 29/11/15

Margen de error *

 
Un día de noviembre del año dos mil, en Nueva York, por primera vez asistí en viaje a una contienda electoral aguerrida. No volvió a ocurrirme y, salvo en Argentina, no presencié dos elites políticas tan confrontadas. Desde diversos bares, por la noche, después de las elecciones, ante el cruce de información, me transformé en una especie de fanático demócrata, sólo por mi antibushismo. Los presentes miraban los televisores suspendidos en la altura como si observaran un partido de básquet. Algunos se tomaban la cabeza, como si no pudieran comprender que vivían en un país donde casi la mitad de la población había elegido a un belicista de coeficiente intelectual incierto. La mayoría estaba expectante con los resultados que empezaban a llegar desde el Estado de Florida, donde a último momento, al parecer, ante los resultados sorpresivos favorables a Bush en Tennessee, el estado natal de Gore, se dirimiría la elección. Era el voto latino el que decidía el futuro de la nación más poderosa de la tierra, pero nadie imaginaba el infierno que se desataría después.  
Yo había llegado al país un mes antes y había recorrido los estados del sur, donde algunas familias conservadoras, descendientes de confederados, clavaban en sus jardines banderines favorables al candidato republicano. En menor cantidad había estandartes que tomaban partido por Al Gore. La mayoría de las encuestas daba favorito al candidato demócrata por poco, aunque debido al particular sistema federal de representación que todavía se mantiene, no se sumaban los votos totales del país, sino que cada candidato al ganar en un estado sumaba electores, cuyo número estaba en relación a la cantidad de habitantes –un poco como los diputados en Argentina-. (Bajo este particular sistema, el presidente argentino se consagraría con sólo ganar en la provincia de Buenos Aires y Capital Federal por un voto). También, bajo este particular sistema, era posible obtener la presidencia con menos votos pero con más electores, como le sucedió a Bush. Aunque en la sumatoria de votos a nivel nacional Al Gore obtuvo más de medio millón de votos que su contrincante, lo que determinó la presidencia –y puso en duda la eficiencia del sistema de elección indirecta- fueron los trescientos votos de Florida que a Bush le dieron electores suficientes en el Congreso.
Trescientos votos en un estado de dieciséis millones como Florida  no son nada. Pensar que una elección nacional se definió por trescientos votos que probablemente, como sugerían los analistas políticos, provenían de una balanza inclinada por latinos afincados en la península, es completamente absurdo para la principal economía mundial, pero no es ajeno a nuestra actual realidad. Sin esos trescientos votos de ventaja –que todavía se presumen fraudulentos- tal vez no hubiera existido el 11S, la invasión a Afganistán, la guerra en Irak comandada por un lobby petrolero que dejó miles de muertos y familias desplazadas.
Es probable que la próxima elección nacional, pese al pronóstico de las mismas encuestas que vaticinaron un posible triunfo de Scioli en primera vuelta, se dirima de ese modo, por lo cual cada voto tendrá un peso especial: un voto arrojado contra una estadística. Hay fatalidades anunciadas más allá de la propaganda y los discursos de campaña. Aunque si el próximo 22 de noviembre un viajero entra en pánico en un bar de Palermo, no se deberá al triunfo de Macri en sí, sino a su bailecito y a la escenografía tinellizada de la política local.





* Columna publicada en Cultura Perfil el 15/11/15

lunes, noviembre 09, 2015

Tren fantasma *


Cada vez que viajo con mi bicicleta en el furgón de la línea San Martín, no deja de sorprenderme que esté repleto de pasajeros echados en el suelo incluso mientras en el resto de los vagones haya asientos vacíos. La cantidad de bicicletas colgadas a menudo se reduce a dos o tres. El furgón parece el último círculo del infierno, donde se agrupan per se lisiados, fumadores, bebedores, y algunos polizones. Supongo que esa autodeterminación trasluce en realidad un tipo de discriminación y un maltrato social que, reiterado en el tiempo, lleva mecánicamente a la autosegregación: viajar en la zona más clandestina. Algunos, incluso entrando por el medio del tren, se dirigen al final o al principio, sin levantar la mirada, como si hubiera un lugar de pertenencia en cada uno de los furgones ubicados en los extremos. Aunque el tren no esté dividido explícitamente, hay dos clases demarcadas por el uso y la costumbre.

De los trenes que conocí, los de la India fueron los que más clases presentaban: 1 ra, 2 da, 3 ra con asiento reclinable, 3 ra con asiento no reclinable de madera. Luego el techo -más que una clase, una dimensión-, donde viajaban los intocables. En ese sistema de exclusión que reproducía el de las castas, había una sobredeterminación precapitalista, con miles de años encima. En los trenes nocturnos la cantidad de clases se duplicaba: camarotes individuales dignos de un príncipe, compartimentos con dos literas, con cuatro cuchetas, con seis, con ocho. Cuchetas que eran simples tablas de madera y producían la impresión de que ahí se apilaban cuerpos para una autopsia. Cuchetas mullidas para las castas intermedias. Compartimentos precarios en donde no había cuchetas sino asientos de madera rígidos, y en donde a la noche se agrupaban los fantasmas confinados en los techos. Sólo un extranjero tenía la posibilidad de atravesar todas estas clases sin pudor. Un indio de casta alta tal vez nunca viaje en su vida en 3 ra ni en los compartimentos nocturnos en los que se hacinan, como en cárceles, los descastados. A la vez un indio de casta baja, teniendo el dinero, jamás viajaría 2 da clase, por pudor y karma.

En otros trenes, como el Shinkansen en Japón o el KTX en Corea, las clases son dos, bastante imperceptibles e intercambiables debido al exceso de confort. Sin embargo los vagones más buscado por los pasajeros no son los de cierta clase, sino los de fumadores. Ahí, en torno a una debilidad, se agrupan plácidamente todas las clases sociales. Como si en esa comunidad se activara una liberación, los pasajeros fuman sin parar las dos horas que dura un viaje en tren de alta velocidad y las caras apenas se ven entre la frondosidad del humo. La mala prensa del tabaco en el mundo, sin embargo, no ha desalentado a los ejércitos de fumadores ni en Japón ni en Corea, y todavía hay bares y restaurantes que rechazan esa clasificación occidental: fumadores y no fumadores. Lo mismo podría decirse sobre la comida. La cocina no contempla el vegetarianismo, sino las dietas elaboradas a partir de una tradición culinaria, y los restaurantes se dividen por especialidad: sopas de fideos, sopas de mariscos, pescado crudo, carnes rojas, intestino, sushi, yakitori, etc... En alguno, ocasionalmente, puede haber platos vegetarianos: tantos como el número de fumadores en el vagón de no fumadores.

* Columna publicada el 1/11/15

Segundo origen *


El árbol genealógico es una fábrica de anécdotas y viajes en sentido inverso. O de viajes sin sentido. La pregunta por la genealogía no atañe al destino, sino a una construcción ficticia de la identidad. En el camino de la ucronía, podría imaginar y reinventar el viaje de mis antepasados a América. Ese viaje aparejaría deducciones forzadas e incluso idealizaciones para ligar el presente a un origen.  Donde hay antepasados, siempre se falsifican altares para pequeños próceres, pioneros, fundadores de pueblos, criminales, figuras épicas que de la pobreza pasan a la riqueza y fundan la distinción de un imperio a través del olfato comercial. Hay tantas generaciones en el medio que ésta falsificación inevitable forma parte de un malentendido que va creciendo como una bola de nieve, generación tras generación.  

Durante los últimos años, cada vez que crucé de Buenos Aires a Montevideo en ferry, me vino a la memoria una anécdota que refería mi padre para mitificar la llegada de los Coelho al Río de la Plata. Hablaba de un antepasado lejano como si fuera un conquistador. El primer Coelho había llegado a Montevideo desde Portugal y había fundado una empresa naviera para unir las dos ciudades del Río de la Plata, lo cual con el paso del tiempo derivó en contrabando y transporte clandestino de exiliados políticos unitarios durante el rosismo. En teoría, esa empresa lo había vuelto rico  y le había dado al apellido una alcurnia. Mi padre heredó esa alcurnia imaginaria pero nada de dinero. Con el paso de los años, esa alcurnia se esfumó y quedó el trazo de una genealogía cada vez más mitificada, a la distancia, desde una perspectiva nostálgica, a medida que su destino individual fue desdibujándose.

En ese árbol genealógico no hubo más viajeros que el primero, ese que cruzó el Atlántico. Sus descendientes migraron a Buenos Aires desde Montevideo y se dispersaron en la pampa. Podríamos decir, si resistiéramos la tentación de la ucronía, que en los pueblos de llanura engendraron monstruos familiares. En esto, y no en una fundación o en un desembarco, gravita el origen. Por eso, tiempo atrás, cuando me quedó claro que no existía ningún linaje y que la mía, como cualquier otra, había sido una familia en constante batalla con la precariedad y las convenciones de la época, exploré el mundo de la pampa seca. Más allá de Bahía Blanca y Coronel Pringles, en el extremo de la provincia, donde en el siglo XVIII se instalaron los primeros fuertes y se plantó el primer mojón para la posterior conquista, un siglo más tarde, estaba el pueblo en el que mis abuelos se conocieron. Compuse esa zona buscando una mitología familiar propia, no heredada. Bajé de la estación de ómnibus al amanecer en un suburbio borrascoso y sin alma. Llegué al centro, que se asemejaba a medias al pueblo de trazos coloniales y en pendiente que había imaginado. Alguna vez ese territorio al borde del Río Negro debía haber sido colonial, pensé. Faltaban piezas para que ese pueblo del lejano sur se pareciera a un pueblo del Far West con Río. Lo que quedaba,  erosionado por el paso del tiempo y el viento, se compaginaba más bien con los sucesos que en aquel momento silenciaron a la sociedad y dejaron desde entonces unida la palabra Patagones a una segunda masacre: no la conquista del desierto sino la ejecutada por un chico de quince años.

Oliverio Coelho

* Columna publicada el 18/10/15 en Cultura Perfil.

Luz azul *

La primera noticia de Islandia me llegó a través de Borges. Recuerdo unas fotos de Borges en el último periodo de su vida, cruzando un puente junto a la que sería su viuda. Más tarde, investigando la biografía de Bobby Fischer, me llegaron más impresiones de esa tierra que en verano parece deslumbrante y en invierno se transforma en una celda ideal para sedentarios. Menos por Björk que por Sigür Ros, empecé a escuchar música de esa isla y cierta vez, en un BAFICI, me topé con una película que presentaba una hipótesis un tanto forzosa para explicar por qué una tierra habitada por trescientos treinta mil personas, había dado tantos músicos, con Björk a la cabeza, de renombre internacional en las últimas décadas. El film atribuía este fenómeno por un lado a la necesidad de pasar el tiempo en la depresión que cundía en los largos inviernos, y por otro a la cualidad severamente insular que pesaba entre jóvenes que veían en el rock la posibilidad de abrirse paso y migrar hacia otra isla, el Reino Unido. Estimo que, en ese trance, para nadie la literatura resultaba una vía de escape.

A esta altura cualquiera podría inferir que estuve en Islandia.  Hace un tiempo, en tránsito hacia Seúl, experimenté la fantasía de viajar como polizón hacia Reikjavic, la ciudad en la que Bobby Fischer batió a Boris Spassky. Esperando mi vuelo hacia Seúl, en el aeropuerto JFK, empecé a caminar al azar. De pronto di con una salita de espera que parecía parte de otro aeropuerto. Una luz helada atravesaba el ventanal. Había humo en la atmósfera. Sospeché que la gente fumaba, pese a la estricta prohibición. Por la cantidad de personas, supuse que el avión que partía era pequeño: tal vez una avioneta. Me ubiqué a un costado, en donde no pudieran verme. Algo me resultó sumamente extraño desde mi posición de testigo fantasmal. Al principio atribuí lo raro a las características provincianas de esa sala. Luego entendí que el origen del extrañamiento provenía de la homogeneidad reinante. Los presentes allí parecían miembros de una misma familia. Imposible, en ese grupo, determinar la belleza de una mujer o un hombre. Eran una unidad a tal punto que al momento de embarcar una azafata con aire albino no les pidió ni boarding pass ni pasaporte. Les bastó mirarlos para confirmar que pertenecían a la especie. Tal vez suponía que nadie en ese mundo desearía recaer en Islandia como polizón.
Cuando los últimos de la treintena de pasajeros terminaron de perderse en la manga que conducía a un pequeño Boeing, me puse de pie. Me pregunté qué podía hacer de mi vida al llegar a Islandia. Supuse que a mí sí me pedirían tarjeta de embarque. Durante dos segundos imaginé el aeropuerto de Reikjavic, un gran galpón, simple y frío como la salita de JKF. Luego, mis primeras horas en una ciudad de luz azul, repleta de bares mortecinos y hombres abatidos por el aislamiento y la endogamia. La salita de espera ya estaba vacía. Ni humo, ni ruido. Cualquiera diría que el sitio siempre había estado así. Busqué a la azafata como alguien que busca en un cenicero rastros después de alucinar a un hombre fumando. Estaba todavía detrás del mostrador, y le bastó un segundo para entender que estaba frente a otro de los tantos voyeurs que una vez a la semana se acercaban a presenciar una partida de espectros.   

* columna publicada el 4/10 en Cultura Perfil.  

Un espectáculo sádico *

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Alguna vez, al perder una campera en un pueblo de Suiza, me dirigí a una oficina de objetos olvidados que queda al fondo de la estación. La gente que se desempeña en esas oficinas cumple una función sobrenatural y disimulada. Son de alguna manera los custodios de la vida cotidiana, obradores y al mismo tiempo deidades escurridizas que parecen emanados de las penumbras de Robert Walser. Al mismo tiempo, son los grandes benefactores del azar. Me pregunto cómo será la vida de alguien que administra objetos que nadie reclama. Y cómo será vivir en un purgatorio donde lo inerte seduce lo vivo.

En ese mismo viaje al lago Lemán, conocí gente que se desempeñaba oficios estrambóticos y anacrónicos, pero nunca me sucedió algo tan llamativo como en Caux, cuando bajé del tren para visitar a un amigo pintor que me esperaba en la estación de Montreaux. Allí estaba él, sí, pero como una especie de modelo vivo, junto a dos camarógrafos que se turnaban para documentar su vida cotidiana las veinticuatro horas al día con una cámara digital. El proyecto tenía algo descomunal que sólo podía calzar con la personalidad de un megalómano capaz de creer, no sólo que su vida podía capturar la atención de alguien, sino que podía vivir sin tiempo privado, sin secretos, sin intimidad –aunque frente a la cámara pudiera falsificar algún tipo de intimidad-.

Los días en la casa de Caux me depararon experiencias estrambóticas. La menor y más placentera, alimentarme de chocolate suizo, casi el único comestible que mi amigo guardaba en las alacenas de su casa, junto a quesos que compraba en granjas cada vez que, caminando por las montañas, llegaba a la zona de Gruyere. Esa especie de peregrinación alpina por la zona de Gruyere fue otra de las experiencias mencionadas. Debía ser documentado por los camarógrafos/súbditos. Mi amigo debía posar en su paisaje natal, dialogar con un amigo de su juventud –yo- y sobre todo mostrar destrezas físicas que no suelen compaginarse con la rutina del artista. 

Partimos temprano al amanecer, cuesta arriba. Los senderos estaban en bastante mal estado y el día de caminata estuvo repleto de accidentes, caídas, tobillos esguinzados. De cada percance mi amigo parecía extraer una satisfacción secreta. Éramos criaturas inferiores que documentábamos la pericia de un superhombre. Al mismo tiempo que evitaba socorrernos en cada accidente y sonreía, nos negaba el agua y el chocolate, únicos víveres que cargábamos -suponiendo que el recorrido duraría una hora- y que él administraba con avaricia en su mochila. En las esporádicas paradas, a cada uno de los mártires que lo seguíamos con resignación les permitía un trago de agua de la cantimplora y un bloque de chocolate, lo suficiente para reponer energías. En cierto momento tuve la certeza de que la misión de mi amigo era matarnos. Que no había retorno ni final de camino. Que volvería solo, con los registros que quedaran en las cámaras de los documentalistas esclavizados por el sadismo de un pintor. Fantaseé con huir, salir del sueño y despertar. De pronto, cuando empezó a caer el sol, asomó el lago a lo lejos. Mi amigo bajó con un técnica impecable y se perdió entre las copa de los árboles, como un ciervo. Extenuados, los camarógrafos y yo caímos en la trampa del descenso. Esa bajada abrupta deparó el doble de golpes que el ascenso.  Llegué último, de noche. En la casa las luces prendidas del jardín, las voces, las risas y el ruido de las copas, anunciaban una fiesta no anunciada. 

* Columna publicada en Cultura Perfil el 20/09/15. 

Caníbales de visita *

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Un amigo extranjero que visita Argentina dos o tres veces al año, me comenta sin ironía que en la cocina de algunos lugares, como en la del restaurant de un popular Museo de la zona del Botánico, verifica que el límite entre la comida gourmet  y la comida de hospital es más tangible que en cualquier otro lado: brótolas y pechugitas a la plancha sin gusto, soufflés de calabaza desabridos, lomos a la llama  agarrotados. Según su teoría el proveedor de los hospitales y de los restaurantes es el mismo. La condición sine qua non para que las características de un chef sobresalgan reside en que tenga un horticultor cómplice y un proveedor de carnes fiable en el mercado chino. Al mismo tiempo, cada vez son más los chefs que articulan lazos con productores rurales para evitar la textura industrial que empareja el sabor gourmet con el hospitalario. Comer afuera, entonces, para este amigo, se ha transformado en una disciplina arqueológica en torno al origen de los alimentos, su contenido en hormonas, pesticidas, fertilizantes. Pocas veces, creo, disfruta de comer afuera, salvo en parrillas, donde por aspectos socio culturales de la tradición culinaria local, él no pone en duda origen puro y pampeano de la carne y por ende no lo agobia la fantasía de estar intoxicándose en dosis homeopáticas con los químicos del capitalismo tardío.

De viaje nunca se me ocurrió indagar en el origen de las comidas, ni en la composición de algunos potajes. Estar de viaje en realidad implica eso: someterse a un orden cultural distinto en el cual hay una omisión de la salud y, por ende, una nueva fisiología. En esta tónica, esa nueva fisiología puede ser fóbica, como en el caso de mi amigo, o producir un destape nada elogioso que en mi caso se canalizó en incursiones culinarias: currys muy picantes, sopas de algas y tofú, cangrejo vivo con un golpe de hervor. Recuerdo que la apoteosis de ese destape se dio en Seúl, en el 2007, en el curso de una residencia de escritores. Junto a Anvar y León,  poetas de la India y México respectivamente, después de meditarlo un poco, emprendimos una aventura que hoy en día, en todo Occidente y en buena parte de Oriente, está tan reprobada como la antropofagia. Incluso en Corea la carne de perro es un tabú. Los restaurantes en Corea se caracterizan por estar divididos en especialidades: carne de ternera, cierto tipo de pescado como la anchoa, cerdo, sopas, fideos, barbacoa, pescado crudo, tradicionales, etc. El especializado en perro no abunda en los últimos tiempos, suele estar disimulado en un callejón, pero sigue siendo un lugar de peregrinación para ancianos que, durante la posguerra,  cuando no había casi carne en la península, buscaban fortalecer la salud a través de este tipo de sopa prescripta para combatir la anemia. Hacia uno de estos pequeños salones nos condujimos Anvar, León y yo. Al entrar, toda la corte de señores sentados alrededor de mesitas ratonas en el piso hizo silencio y nos miró. Una mesera –la única mujer presente en el lugar- intentó expresarnos con señas que nos habíamos equivocado de lugar. Ocupamos una mesa, hubo entre el dueño y la mesera una discusión que giró, supongo, en torno a la pertinencia de atendernos o no. Probé dos cucharadas para experimentar el sabor de esa carne elástica y seca como la de una llama, y Anvar, convencido del origen puro y mítico de ese alimento, me reprendió con una mirada que parecía decir “todas las carnes son iguales”.  

* Columna publicada en Cultura Perfil el 6/9/15

martes, agosto 25, 2015

Mudanzas *


Mudarse supone algo sobrenatural. Un movimiento brusco parecido al de un viaje a extremo oriente, donde todo es nuevo y a la vez lo suficientemente propio para que la adaptación sea factible a largo plazo. Ahora, trasladando mis petates de una casa a otra, revivo travesías a extremo oriente. Viajes descomunales, de treinta y cinco horas, con dos o tres escalas que dejan la sensación de que uno podría vivir en tránsito, alimentándose de comida chatarra y vegetando en un asiento turista durante semanas. La sensación es semejante a la de un cambio de casa: un movimiento titánico que en cierto punto, al automatizarse, es infinito. Así como uno podría cambiar de avión y volar de un lado otro sin husos horarios, también podría mudarse indefinidamente, subir cajas, embalar libros, desarmar muebles, sacar tulipas de lámparas, acomodar cacharros de cocina en cajas obtenidas en un supermercado chino. Todo automatismo abre una brecha en la cual profesionalización e indolencia se cruzan, muchas veces en dosis desiguales. En la experiencia se ramifican infinitas profesiones no ejercidas -embalador, tasador de muebles antiguos, por ejemplo- y dilemas de toda clase: ¿mudar a la gata antes que a la perra o viceversa? ¿Reordenar la biblioteca y, en vez de seguir el patrón de los géneros, sucumbir a la higiene del orden alfabético?
Recuerdo que para mis dos estadías en Seúl, llegué con pocas pertenencias pero con la sensación de haberme mudado. En la valija llevaba algo de ropa y libros que suponía servirían de antídoto ante el entumecimiento gradual de la lengua materna. Ordené todo en una hora pero prevaleció la sensación de que, aunque hubiera desempacado, todavía no había obtenido mi derecho a desembarcar. La ciudad era una casa entera que proponía el desafío de ser habitada con pericia, bajo una cierta estrategia.
En mi primera visita a Seúl tal estrategia no existió. Había creído que era posible mudar en bloque a una ciudad laberíntica mis hábitos en Buenos Aires, pero no di con los puntos de referencia ideales –como una cinemateca, una cervecería con barra o una pileta de natación- para improvisar el traslado en bloque. Encontrar esos puntos y luego llegar a ellos desembocó en la práctica burocrática de tomar subtes repletos de oficinistas que volvían de una pesadilla, cruzar avenidas colosales para terminar demorando, entre un punto y otro, casi una hora. Sólo cuando decidí no salir a la ciudad y resistir cualquier tipo de compromiso impuesto por mis anfitriones, pude elaborar una rutina en base al ocio doméstico y escribir el único cuento que me deparó esa estancia estática en Seúl. Es que habitar una ciudad, como una casa, exige la invención de una rutina para esquivar las formas de la perplejidad. Y esa rutina, en general, está articulada con una cartografía indominable. Cultivar el ocio en un territorio mínimo es una buena estrategia frente a los movimientos colosales. En mi segunda estadía, como si todos los derechos de piso los hubiera pagado en la primera, encontré esos puntos de referencia enseguida e inventé un recorrido urbano inflexible, casi siempre ejecutado a pie, para poblar a la vuelta de cada trayecto el oasis seco del diario personal.   

* Columna publicada el 23 de agosto de 2015

Puertas laterales *


En todo viaje, retrospectivamente, la forma que adopta el insomnio y el modo en que uno batalla, pueden resultar recuerdos de guerra. La resistencia al sueño que apareja el cambio drástico de huso horario, predetermina la posibilidad de aclimatarse a un destino o entrar en una ciudad por la puerta lateral del infierno. Los insomnios por jet lag son los únicos insomnios inaprovechables. Ni siquiera las mentes más perversas del capitalismo tardío consideran rentable este tipo de insomnio que nació con el avión. Las víctimas del jet lag ni siquiera son clientes potenciales, y no hay industria del entretenimiento ni producto capaz de naturalizarlo. El portador de jet lag es un impenitente  y se desplaza por la realidad sin atravesarla, como un zombie. Apenas hay productos químicos que aplazan el efecto del jet durante un día. En un organismo anárquico toda píldora tiene efectos inesperados, y aunque uno induzca el sueño artificialmente durante ocho horas, súbitamente, a mitad del día, el cuerpo se apaga.

Recuerdo haber entrado, literalmente, por la puerta lateral del infierno a Bangkok. Nunca pude dejar atrás la experiencia pesadillesca que me deparó esa ciudad.  Estuve sin conciliar el sueño durante varios días. Con píldoras de melatonina y tilo, dormía una hora profunda y me despertaba como si hubiera dormido doce horas. Luego pasaba largos ratos atontado escuchando una gotera o voces fantasmales de otros cuartos que proyectaban en ese lugar una torre de babel asordinada. Cuando finalmente lograba conciliar el sueño, entraba la luz del día, llegaban los gritos, los bocinazos de la calle, se activaban aspiradoras en los pasillos y el idioma comenzaba a tenderme trampas: mezclaba inglés con castellano. Al mismo tiempo, después de una o dos horas, una voz interior me decía que debía levantarme, salir, conocer la ciudad, cansarme, porque si dormía de día siestas de una hora nunca normalizaría el sueño. Sin embargo, apenas pisaba la calle, experimentaba una fotofobia paralizante. Trataba de comportarme como cualquier individuo y desayunar.  Volvía a la habitación vencido por el cansancio, y a los diez minutos la misma voz interior me recomendaba salir. Automáticamente me levantaba y a los ojos de los consternados recepcionistas, atravesaba la puerta del hostel, me alejaba dos cuadras, intentaba probar comida en un puesto callejero y como si la mezcla de picante y sol me intoxicara, retornaba pero me tropezaba estruendosamente con todo lo que se me cruzara, incluso con un perro durmiendo en el medio de la vereda.

Después de seis días de jet lag, la única alternativa resultó dejar Bangkok con la sensación de no haber estado nunca ahí. La presencia de surfers bronceados en un paraíso de consumo, no hacía más que reforzar la sensación catastrófica de haber caído en el lugar equivocado. En las agencias de turismo, estos mismos surfers dejaban sus pasaportes para que les tramitaran visas a Vietnam o Camboya. Supuse que allí también consumidores bronceados y musculosos contrastarían mi particularidad zombie. De modo que elegí un destino de provincia. Tomé un tren hacia un pequeño pueblo y apenas me alejé de la ciudad, un par de estudiantes tailandeses que estaban en el mismo compartimento, empezaron a hablarme de Borges. Horas más tarde, en un lugar sin atributos, recuperé la raíz del sueño y dejé pasar la oportunidad de huir.


* Columna publicada en Cultura Perfil el 9 de agosto de 2015

No molestar*

 
Alguna vez escribí sobre estadías en hoteles de los que resulta difícil salir. Hoteles contemporáneos y sin historia, que simbolizan la estadía en un país distinto y a la vez sintetizan características culturales, incluso cuando ofrecen un confort adaptado al  habitante global. Recuerdo uno en Seúl. Otro en Tokio. Ofrecían un tipo de confort que ningún oriental sentiría del todo afín y que ningún occidental, a su vez, reconocería como prototípico de oriente. Esos hoteles híbridos están en un limbo y son los más peligrosos. Implican en sí un viaje y si la finalidad es conocer una ciudad, pueden funcionar como trampas, madrigueras donde se reproduce el ocio, los tiempos muertos, el estatismo y la laxitud mental. Para algunos escritores, detrás de toda invitación a participar en un festival o feria, está latente la posibilidad de transformarse en un habitante global pese al recelo rumiado durante años, recaer en uno de estos hoteles y abandonarse, de una vez por todas, en un hábitat pasajeramente embrionario.

Personalmente, esa cuota de exotismo en formol que mantienen ciertos hoteles vistosos -especialmente esos en los que los organizadores de ferias o festivales insisten en alojar a sus invitados para impactarlos-, es tentadora al principio. Produce hábitos inesperados que tienden a crear una comodidad nueva, o mejor dicho, desconocida, ya que los hogares en general, sobre todo en una ciudad como Buenos Aires, son nidos imprácticos repletos de parches que se superponen a remiendos dejados durante décadas por el paso de sucesivos conspiradores de la plomería, la albañilería o la electricidad, sin que males endémicos –la presión deficiente de agua en la ducha, la baja tensión o la humedad bajo la mesada, por ejemplo- encuentren una solución definitiva.

Alguna vez sentí que en uno de esos cuartos luminosos, impregnados de minimalismo y funcionalidad, adquiría conductas insensatas, a saber: bañarme varias veces al día para aprovechar la presión del agua, cobijarme en tiernos toallones y pasearme en la gruesa bata del hotel, escribir con la televisión prendida de fondo y dibujar en un anotador con membrete del lugar.  

Pese a todo lo dicho, la condición excepcional y sanadora de esa capsula sin fallas que puede ser la habitación de un hotel, se vuelve nociva después de un tiempo. Un periodo de dos semanas, creo, alcanza para que se de una metamorfosis anímica, el habitante global pierda su entusiasmo y se derrita e extrañando las imperfecciones del hogar, grietas por las que en realidad respira gozosamente el habitante sedentario.

Vivir en un hotel más tiempo corroe el alma. Las costumbres inesperadas se evaporan y dejan lugar al tedio pequeño burgués y la precaución. La televisión de fondo aturde. El contacto del agua pierde nitidez. La bata se revela como un añadido fraudulento en la vida cotidiana. El orden y la limpieza dejan de ser basales y uno empieza a colgar del picaporte el cartel “NO MOLESTAR” para que la marea de homogeneización alguna vez aliviante no llegue a las cosas dispersas, a los objetos que en el suelo o en la mesita de luz luchan por su propiedad. Las comidas empiezan a saber igual. En los desayunos uno ya no estudia las nuevas camadas de familias que han llegado al hotel. Más bien evita todo contacto para templar una mínima película de intimidad y volver a salvo.

* Columna publicada el 26 de julio en Cultura Perfil.

Continuidad de las ciudades


1-Existen distintos modos de componer una ciudad en la memoria. Las anécdotas, que siempre son falibles, hablan más de uno mismo que de la ciudad. Sitúan un viaje en una biografía y muchas veces resultan intercambiables a la hora de poner en escena una aventura. Desde mi punto de vista, existe un modo de componer la ciudad por fuera de la anecdotización. Este método consiste en recuperar simplemente sensaciones que acompañaron la visita a un mercado, por ejemplo, pero que no aparejan imágenes de uno mismo en ese mercado. Esa composición a través de sensaciones en general importa olores, ruidos, algo de tacto. Los sonidos repuestos pueden provenir, como en los sueños, de otro paisaje o del presente y pueden montarse en la memoria de forma arbitraria.  Hasta aquí, los consejos para componer una ciudad más allá del yo.

2- ¿Qué hacer con una imagen imborrable? ¿Qué pasa si una ciudad se recuerda sólo desde un punto determinado, un punto de vista panorámico, un plano picado, digamos, y nada más, y esa imagen persiste, no pierde su luz, se inmortaliza con los años? De la ciudad de La paz sólo retengo una imagen congelada desde El alto, el sol a plomo sobre las paredes anaranjadas de las casas. El ladrillo a la vista, a la distancia, creando un mapa tan homogéneo como el verde cristalino de la pampa. Es curioso pero ciertas ciudades, en perspectiva, homogeneizadas bajo un color, parecen más antiguas de lo que realmente son. Incluso tienen el aspecto de un sitio arqueológico: urbes que fueron arrasadas por alguna catástrofe natural y encontraron en el paso del tiempo una tranquilidad que las perfeccionó. Si no fuera porque un manojo de torres descoloridas interrumpen su uniformidad, La paz sería un prototipo perfecto de sitio arqueológico desde un plano picado. La misma vista panorámica, en el recuerdo, se me confunde con una imagen fija desde un cerro de Valparaíso.

3- Aunque ambas ciudades no tienen relación, las calles en pendiente producen una simetría espontánea. En realidad estuve en varias ciudades cuya topografía era, preeminentemente, la cuesta, como Potosí, Lisboa o Guanajuato. Pero Valparaíso y La Paz, por alguna razón, son complementarias. Es como si la segunda se prolongara en la primera y logrará así llegar al mar.  No es que una contenga algo de la otra y posibilite un déjà vu en el viajero incauto. La sensación es diferente. Uno siente que está en una misma ciudad con dos caras, a la manera de Buda y Pest. No las divide un río, sino dos mil kilómetros de distancia.

4- Como ya dije, no hay nada, salvo una vista estática desde los cerros, que me permita esta asociación caprichosa. La arquitectura de Valparaíso, sobre todo en la zona portuaria, presenta palacios en decadencia y un aire bohemio. Varias fachadas parecen reflejar en su estilo esos elementos orientales que a los puertos del Pacífico llegaba boca a boca, con los navegantes. Nada más alejado que La Paz, donde restos coloniales se fueron mestizando con edificaciones eventuales que brotaron desordenadamente en el siglo XX, como en todas las grandes urbes latinoamericanas –Ciudad de México, Sao Pablo-, a las que la ausencia de río o de mar fue ensimismando.

* Columna publicada en Cultura de Perfil el 12 de julio de 2015