martes, agosto 25, 2015

Mudanzas *


Mudarse supone algo sobrenatural. Un movimiento brusco parecido al de un viaje a extremo oriente, donde todo es nuevo y a la vez lo suficientemente propio para que la adaptación sea factible a largo plazo. Ahora, trasladando mis petates de una casa a otra, revivo travesías a extremo oriente. Viajes descomunales, de treinta y cinco horas, con dos o tres escalas que dejan la sensación de que uno podría vivir en tránsito, alimentándose de comida chatarra y vegetando en un asiento turista durante semanas. La sensación es semejante a la de un cambio de casa: un movimiento titánico que en cierto punto, al automatizarse, es infinito. Así como uno podría cambiar de avión y volar de un lado otro sin husos horarios, también podría mudarse indefinidamente, subir cajas, embalar libros, desarmar muebles, sacar tulipas de lámparas, acomodar cacharros de cocina en cajas obtenidas en un supermercado chino. Todo automatismo abre una brecha en la cual profesionalización e indolencia se cruzan, muchas veces en dosis desiguales. En la experiencia se ramifican infinitas profesiones no ejercidas -embalador, tasador de muebles antiguos, por ejemplo- y dilemas de toda clase: ¿mudar a la gata antes que a la perra o viceversa? ¿Reordenar la biblioteca y, en vez de seguir el patrón de los géneros, sucumbir a la higiene del orden alfabético?
Recuerdo que para mis dos estadías en Seúl, llegué con pocas pertenencias pero con la sensación de haberme mudado. En la valija llevaba algo de ropa y libros que suponía servirían de antídoto ante el entumecimiento gradual de la lengua materna. Ordené todo en una hora pero prevaleció la sensación de que, aunque hubiera desempacado, todavía no había obtenido mi derecho a desembarcar. La ciudad era una casa entera que proponía el desafío de ser habitada con pericia, bajo una cierta estrategia.
En mi primera visita a Seúl tal estrategia no existió. Había creído que era posible mudar en bloque a una ciudad laberíntica mis hábitos en Buenos Aires, pero no di con los puntos de referencia ideales –como una cinemateca, una cervecería con barra o una pileta de natación- para improvisar el traslado en bloque. Encontrar esos puntos y luego llegar a ellos desembocó en la práctica burocrática de tomar subtes repletos de oficinistas que volvían de una pesadilla, cruzar avenidas colosales para terminar demorando, entre un punto y otro, casi una hora. Sólo cuando decidí no salir a la ciudad y resistir cualquier tipo de compromiso impuesto por mis anfitriones, pude elaborar una rutina en base al ocio doméstico y escribir el único cuento que me deparó esa estancia estática en Seúl. Es que habitar una ciudad, como una casa, exige la invención de una rutina para esquivar las formas de la perplejidad. Y esa rutina, en general, está articulada con una cartografía indominable. Cultivar el ocio en un territorio mínimo es una buena estrategia frente a los movimientos colosales. En mi segunda estadía, como si todos los derechos de piso los hubiera pagado en la primera, encontré esos puntos de referencia enseguida e inventé un recorrido urbano inflexible, casi siempre ejecutado a pie, para poblar a la vuelta de cada trayecto el oasis seco del diario personal.   

* Columna publicada el 23 de agosto de 2015

Puertas laterales *


En todo viaje, retrospectivamente, la forma que adopta el insomnio y el modo en que uno batalla, pueden resultar recuerdos de guerra. La resistencia al sueño que apareja el cambio drástico de huso horario, predetermina la posibilidad de aclimatarse a un destino o entrar en una ciudad por la puerta lateral del infierno. Los insomnios por jet lag son los únicos insomnios inaprovechables. Ni siquiera las mentes más perversas del capitalismo tardío consideran rentable este tipo de insomnio que nació con el avión. Las víctimas del jet lag ni siquiera son clientes potenciales, y no hay industria del entretenimiento ni producto capaz de naturalizarlo. El portador de jet lag es un impenitente  y se desplaza por la realidad sin atravesarla, como un zombie. Apenas hay productos químicos que aplazan el efecto del jet durante un día. En un organismo anárquico toda píldora tiene efectos inesperados, y aunque uno induzca el sueño artificialmente durante ocho horas, súbitamente, a mitad del día, el cuerpo se apaga.

Recuerdo haber entrado, literalmente, por la puerta lateral del infierno a Bangkok. Nunca pude dejar atrás la experiencia pesadillesca que me deparó esa ciudad.  Estuve sin conciliar el sueño durante varios días. Con píldoras de melatonina y tilo, dormía una hora profunda y me despertaba como si hubiera dormido doce horas. Luego pasaba largos ratos atontado escuchando una gotera o voces fantasmales de otros cuartos que proyectaban en ese lugar una torre de babel asordinada. Cuando finalmente lograba conciliar el sueño, entraba la luz del día, llegaban los gritos, los bocinazos de la calle, se activaban aspiradoras en los pasillos y el idioma comenzaba a tenderme trampas: mezclaba inglés con castellano. Al mismo tiempo, después de una o dos horas, una voz interior me decía que debía levantarme, salir, conocer la ciudad, cansarme, porque si dormía de día siestas de una hora nunca normalizaría el sueño. Sin embargo, apenas pisaba la calle, experimentaba una fotofobia paralizante. Trataba de comportarme como cualquier individuo y desayunar.  Volvía a la habitación vencido por el cansancio, y a los diez minutos la misma voz interior me recomendaba salir. Automáticamente me levantaba y a los ojos de los consternados recepcionistas, atravesaba la puerta del hostel, me alejaba dos cuadras, intentaba probar comida en un puesto callejero y como si la mezcla de picante y sol me intoxicara, retornaba pero me tropezaba estruendosamente con todo lo que se me cruzara, incluso con un perro durmiendo en el medio de la vereda.

Después de seis días de jet lag, la única alternativa resultó dejar Bangkok con la sensación de no haber estado nunca ahí. La presencia de surfers bronceados en un paraíso de consumo, no hacía más que reforzar la sensación catastrófica de haber caído en el lugar equivocado. En las agencias de turismo, estos mismos surfers dejaban sus pasaportes para que les tramitaran visas a Vietnam o Camboya. Supuse que allí también consumidores bronceados y musculosos contrastarían mi particularidad zombie. De modo que elegí un destino de provincia. Tomé un tren hacia un pequeño pueblo y apenas me alejé de la ciudad, un par de estudiantes tailandeses que estaban en el mismo compartimento, empezaron a hablarme de Borges. Horas más tarde, en un lugar sin atributos, recuperé la raíz del sueño y dejé pasar la oportunidad de huir.


* Columna publicada en Cultura Perfil el 9 de agosto de 2015

No molestar*

 
Alguna vez escribí sobre estadías en hoteles de los que resulta difícil salir. Hoteles contemporáneos y sin historia, que simbolizan la estadía en un país distinto y a la vez sintetizan características culturales, incluso cuando ofrecen un confort adaptado al  habitante global. Recuerdo uno en Seúl. Otro en Tokio. Ofrecían un tipo de confort que ningún oriental sentiría del todo afín y que ningún occidental, a su vez, reconocería como prototípico de oriente. Esos hoteles híbridos están en un limbo y son los más peligrosos. Implican en sí un viaje y si la finalidad es conocer una ciudad, pueden funcionar como trampas, madrigueras donde se reproduce el ocio, los tiempos muertos, el estatismo y la laxitud mental. Para algunos escritores, detrás de toda invitación a participar en un festival o feria, está latente la posibilidad de transformarse en un habitante global pese al recelo rumiado durante años, recaer en uno de estos hoteles y abandonarse, de una vez por todas, en un hábitat pasajeramente embrionario.

Personalmente, esa cuota de exotismo en formol que mantienen ciertos hoteles vistosos -especialmente esos en los que los organizadores de ferias o festivales insisten en alojar a sus invitados para impactarlos-, es tentadora al principio. Produce hábitos inesperados que tienden a crear una comodidad nueva, o mejor dicho, desconocida, ya que los hogares en general, sobre todo en una ciudad como Buenos Aires, son nidos imprácticos repletos de parches que se superponen a remiendos dejados durante décadas por el paso de sucesivos conspiradores de la plomería, la albañilería o la electricidad, sin que males endémicos –la presión deficiente de agua en la ducha, la baja tensión o la humedad bajo la mesada, por ejemplo- encuentren una solución definitiva.

Alguna vez sentí que en uno de esos cuartos luminosos, impregnados de minimalismo y funcionalidad, adquiría conductas insensatas, a saber: bañarme varias veces al día para aprovechar la presión del agua, cobijarme en tiernos toallones y pasearme en la gruesa bata del hotel, escribir con la televisión prendida de fondo y dibujar en un anotador con membrete del lugar.  

Pese a todo lo dicho, la condición excepcional y sanadora de esa capsula sin fallas que puede ser la habitación de un hotel, se vuelve nociva después de un tiempo. Un periodo de dos semanas, creo, alcanza para que se de una metamorfosis anímica, el habitante global pierda su entusiasmo y se derrita e extrañando las imperfecciones del hogar, grietas por las que en realidad respira gozosamente el habitante sedentario.

Vivir en un hotel más tiempo corroe el alma. Las costumbres inesperadas se evaporan y dejan lugar al tedio pequeño burgués y la precaución. La televisión de fondo aturde. El contacto del agua pierde nitidez. La bata se revela como un añadido fraudulento en la vida cotidiana. El orden y la limpieza dejan de ser basales y uno empieza a colgar del picaporte el cartel “NO MOLESTAR” para que la marea de homogeneización alguna vez aliviante no llegue a las cosas dispersas, a los objetos que en el suelo o en la mesita de luz luchan por su propiedad. Las comidas empiezan a saber igual. En los desayunos uno ya no estudia las nuevas camadas de familias que han llegado al hotel. Más bien evita todo contacto para templar una mínima película de intimidad y volver a salvo.

* Columna publicada el 26 de julio en Cultura Perfil.

Continuidad de las ciudades


1-Existen distintos modos de componer una ciudad en la memoria. Las anécdotas, que siempre son falibles, hablan más de uno mismo que de la ciudad. Sitúan un viaje en una biografía y muchas veces resultan intercambiables a la hora de poner en escena una aventura. Desde mi punto de vista, existe un modo de componer la ciudad por fuera de la anecdotización. Este método consiste en recuperar simplemente sensaciones que acompañaron la visita a un mercado, por ejemplo, pero que no aparejan imágenes de uno mismo en ese mercado. Esa composición a través de sensaciones en general importa olores, ruidos, algo de tacto. Los sonidos repuestos pueden provenir, como en los sueños, de otro paisaje o del presente y pueden montarse en la memoria de forma arbitraria.  Hasta aquí, los consejos para componer una ciudad más allá del yo.

2- ¿Qué hacer con una imagen imborrable? ¿Qué pasa si una ciudad se recuerda sólo desde un punto determinado, un punto de vista panorámico, un plano picado, digamos, y nada más, y esa imagen persiste, no pierde su luz, se inmortaliza con los años? De la ciudad de La paz sólo retengo una imagen congelada desde El alto, el sol a plomo sobre las paredes anaranjadas de las casas. El ladrillo a la vista, a la distancia, creando un mapa tan homogéneo como el verde cristalino de la pampa. Es curioso pero ciertas ciudades, en perspectiva, homogeneizadas bajo un color, parecen más antiguas de lo que realmente son. Incluso tienen el aspecto de un sitio arqueológico: urbes que fueron arrasadas por alguna catástrofe natural y encontraron en el paso del tiempo una tranquilidad que las perfeccionó. Si no fuera porque un manojo de torres descoloridas interrumpen su uniformidad, La paz sería un prototipo perfecto de sitio arqueológico desde un plano picado. La misma vista panorámica, en el recuerdo, se me confunde con una imagen fija desde un cerro de Valparaíso.

3- Aunque ambas ciudades no tienen relación, las calles en pendiente producen una simetría espontánea. En realidad estuve en varias ciudades cuya topografía era, preeminentemente, la cuesta, como Potosí, Lisboa o Guanajuato. Pero Valparaíso y La Paz, por alguna razón, son complementarias. Es como si la segunda se prolongara en la primera y logrará así llegar al mar.  No es que una contenga algo de la otra y posibilite un déjà vu en el viajero incauto. La sensación es diferente. Uno siente que está en una misma ciudad con dos caras, a la manera de Buda y Pest. No las divide un río, sino dos mil kilómetros de distancia.

4- Como ya dije, no hay nada, salvo una vista estática desde los cerros, que me permita esta asociación caprichosa. La arquitectura de Valparaíso, sobre todo en la zona portuaria, presenta palacios en decadencia y un aire bohemio. Varias fachadas parecen reflejar en su estilo esos elementos orientales que a los puertos del Pacífico llegaba boca a boca, con los navegantes. Nada más alejado que La Paz, donde restos coloniales se fueron mestizando con edificaciones eventuales que brotaron desordenadamente en el siglo XX, como en todas las grandes urbes latinoamericanas –Ciudad de México, Sao Pablo-, a las que la ausencia de río o de mar fue ensimismando.

* Columna publicada en Cultura de Perfil el 12 de julio de 2015

Pacifistas camuflados*


El territorio de la bicisenda puede ser un campo minado. En Ámsterdam son altamente transitadas. Las bicicletas y las motos comparten el mismo carril y, según mi experiencia, casi nadie se toma la libertad de andar en bici como si paseara o papara moscas. Siempre hay un destino, nunca una deriva. Es un medio de transporte de alto riesgo, que exige conocimiento del terreno, profesionalismo. Los ciclistas, pese a cualquier exceso, conservan un aura límpida, a diferencia del conductor, que es visto como un depravado, casi al igual que los fumadores en EEUU.
Hay casos de ciclistas  que chocan contra tranvías o embisten a transeúntes, por lo cual pocos montan una bici sin seguro.  Ámsterdam es la única ciudad en la que vi  una bicisenda doble mano –el tramo sólo se extendía a lo largo de una calle muy ancha por tres cuadras-. De esta generalidad excluyo, por supuesto, a Buenos Aires, donde el sistema de bicisendas está planeado en su noventa y ocho por ciento en doble mano, para ahorrar inversión –lo que se dice matar dos pájaros de un tiro-. Este ahorro innecesario que encubre una forma de clientelismo especulativo genera una ruleta rusa en la que el sujeto A (peatón en babia asoma medio cuerpo y una pierna sobre la bicisenda para cruzar mirando en dirección al tráfico), el B (automovilista que dobla desplazando la mirada de un espejo a otro, persecutoriamente, mientras de frente vienen el sujeto A y D), el C (motociclista que coloniza la ciclovía y avanza a toda velocidad para esquivar los embotellamientos) y el D (finalmente nuestro protagonista, el ciclista que, en dirección en opuesta a los autos, esquiva pozos, transeúntes que cruzan en cualquier momento y trata de no caer en una canaleta producto de la pavimentación desganada), tienen las mismas posibilidades de colapsar en un choque múltiple. Tal vez en la corta historia de las bicisendas porteñas, que por la calidad de sus materiales ya tienen un aspecto vetusto y en varios tramos mutilado, haya existido ese cuádruple choque que vendría ser la versión amarilla del big bang. Un cruce imposible de partículas que la planificación urbana cortoplacista y negligente no hace más que acelerar.
Recuerdo que Ámsterdam fue la única ciudad en la que ciclistas hiperactivos , casi en estado de competencia, estuvieron a punto de embestirme, ajenos precisamente a la existencia del cuádruple choque que aqueja al porteño. Incluso fui objeto de quejas e insultos porque no mantenía una velocidad mínima o regular, según la versión de un amigo escritor que vive en esa ciudad y alguna vez chocó contra un tranvía andando en bici. Los turistas y los voyeurs deben representar un inconveniente para el holandés que para ir al trabajo usa la bici como si fuera una moto. La visión estereotipada del ciclista como pacifista camuflado en este caso cae por la borda. El ciclista del primer mundo suele ser oportunista, inescrupuloso, y usa su vehículo –munido de la vanidad que implica el empleo de un transporte sustentable– con el mismo atropello que un automovilista, para llegar a horario. En ciudades como Ámsterdam, donde el tránsito de bicicletas es intenso y el de autos bastante laxo, un argentino atareado en la observación de parques y canales que interrumpe esa dinámica de autopista, siembra el mismo pánico que un Taunus destartalado en el carril rápido de la Panamericana.




* Publicada el  28 de junio en cultura Perfil.

martes, junio 16, 2015

Noticias del más allá *

  Caer en la trampa de las guías, sobre todo cuando uno viaja a países exóticos, es un mal necesario. Hace más de una década, recuerdo haber pisado pueblos semifantasmales de Tailanda por culpa de guías como la Lonely Planet. La guía en cada rincón y en cada pueblo exacerbaba una característica o un atributo a tal punto que el encuentro con la realidad de una región que podría tener su encanto, se volvía decepcionante por las expectativas creadas. Llegaba tratando de identificar las características locales y los sitios arqueológicos citados en la Biblia del buen mochilero. En cambio, terminaba deambulando por pueblos opacos, con ruinas budistas apenas conservadas, persuadido de que había errado las coordenadas. Los alojamientos recomendados solían ser antros de paredes delgadas, donde resultaba imposible dormir después de las siete de la mañana. Varios estaban comandados por gringos que parecían prófugos o lavadores dinero en el rincón menos pensado del planeta.

Recuerdo que aquel viaje pesadillesco por suburbios del sudesteasiático se encarriló cuando dejé de atender el optimismo de una guía para la cual todo puede o debe ser vendido,  y empecé a confiar en viajeros que hacían el camino inverso y traían noticias de más allá.  Al cabo de una semana entendí que estaba en el país equivocado si no quería improvisar una de las tantas formas de turismo y consumo que ofrece Tailandia y pretendía viajar hacia el corazón de un pueblo. Crucé la frontera con Laos y la atmósfera cambió como si los dos países estuvieran separados por un océano. Vestigios de Indochina y del comunismo. Trazos de la historia en el aire y en el paisaje. Recuperé la ilusión de que por fin era un viajero más que un turista. Difícilmente un extranjero se encontrara en Vientiane por los mismos motivos que otro. De algún modo era un lugar transitado por fantasmas.

Lo que me sucedió en Tailandia, bajo el influjo de la Lonely Planet, no suele ocurrirme en Argentina. En mi propio país siempre me resultó más simple percibir dónde había gato encerrado. No obstante, un par de notas auspiciosas en distintos matutinos sobre Maschwitz y sus mercados, fungieron de guías de turismo accidentales. Con una fe fundada ingenuamente en esa publicidad encubierta que propagan las crónicas del buen vivir, un domingo partí con mi mujer hacia la aventura. Ya al entrar a la zona en cuestión, sentimos la presencia de un pasado falsificado e incrustado en una especie de maqueta balnearia, con sus zonas temáticas, sus shoppings al aire libre y sus turistas indecisamente bronceados. Bajo la máscara de la autosustentabilidad conservaba algo de esos paseos de compras laberínticos que pueden verse en Bariloche y Mar de las Pampas, y que la mayoría de las veces parecen construcciones prearmadas sobre las que, en temporada baja  o en días de semana, cae una tristeza inocultable, igual a la de un payaso. En esos momentos clientes y habitantes parecen haber huido y detrás del maquillaje turístico corrido asoma una maqueta de la sociedad argentina: simulacros culturales que son centros de recreo y bienestar para habitantes de countries y para porteños incautos, y a pocas cuadras calles empantanadas, pozos ciegos, baches, fachadas derruidas que cada tanto la sombra de un hombre atraviesa para alimentar perros flacos y rendidos ante su puerta.   




* Columna publicada en Cultura Perfil el 14 de junio de 2015

Bárbaros en la barra *


Hace poco, leyendo un libro de crónicas de Andrés Felipe Solano sobre Corea, me encontré con un pasaje, entre tantos otros destacables en este libro -que pese a todo es un diario visceral que hace honor a su título: “Corea, apuntes desde la cuerda floja”-, que refería la importancia de los bares en la vida de un extranjero. Encontrar un bar cercano en el cual atravesar el verano –o un lapso de tiempo más subjetivo, por ejemplo un duelo- es una cuestión de sobrevida.
Agreguemos que también ese tipo de bares son esenciales para atravesar el invierno, el otoño y la primavera. Felipe Solano refiere el hallazgo de un bar singular en Seúl, repleto de una colección de vinilos, como una anomalía en la que además, o por sobretodo, existe la bendición del aire acondicionado en épocas de economía energética. Los veranos en Seúl son pesados y húmedos, como los de Buenos Aires. De manera que el bar de Felipe Solano, llamado Golmok, en las inmediaciones del barrio cosmopolita por excelencia de Seúl –Itaewon-, es un refugio, un lugar de doble vida donde lo que se gana no es la aventura sino la soledad. Ninguna residencia más oportuna para ejercitarse como forastero que la barra de un bar.
Me pregunto, ahora, si en realidad la barra de un bar no induce la extranjeridad. Es decir, si la barra no es un nodo en el que uno y su propio extranjero se encuentran pacíficamente a saldar cuentas y negociar el futuro. Acodarse en la barra de un bar en Buenos Aires puede ser un modo nostálgico de sentirse forastero, sobre todo cuando los bares con barras serias y contundentes escasean.
En Seúl, aunque no llegué a frecuentar el Golmok, cierta tarde invierno descubrí un bar de jazz. Tenía una variedad sorprendente de whiskys y en general los clientes, después de comer en otro lado, venían a beber y ordenaban una botella. Como muchos bares en Asia, el bar no daba a la calle, estaba en un edificio. El dueño, del otro lado de la barra, trabajaba solo, y tenía una pecera con un microhabitat y una criatura de piel transparente, aspecto de nonato, brazos cortos, manitos atrofiadas y cola larga, a la que mimaba y apodaba “mi bebé” pese a que raramente se movía.
La mayoría de las veces, como si fuera necesario exacerbar mi sentimiento de extranjeridad, apenas abría el bar a la noche yo estaba en la barra hablando de Sonny Rollins, Ornette Coleman, Gary Peacock. Siempre sonaba buena música y siempre podía encontrar luz para leer el libro que llevaba encima.
Sin embargo, a partir de un episodio, mi estadía comenzó a ser non grata. Con cada visita la curiosidad por la criatura había ido aumentando y me quedaba minutos observándola. Cierto día, a solas, vulneré la resistencia del dueño a hablar de esa criatura prehistórica, e insistí en saber qué era. “Un axolotl”, me dijo. Le pregunté cómo lo había conseguido y si no era un anfibio en extinción. Malhumorado, me contestó que había llegado de Japón, que el animal requería tantos cuidados como un enfermo y que tener uno no era ilegal.  Cometí la torpeza de comentarle que en Ciudad de México algunos restaurantes lo servían como manjar. Empalideció. Nunca me quedó claro si debido a nuestro inglés tomó el comentario como una propuesta culinaria, pero en mi siguiente visita, al verme entrar, me recibió como un bárbaro que llegaba a apropiarse de su bebé. 

*  Columna publicada en Cultura del diario Perfil el 31 de mayo de 2015.

lunes, mayo 25, 2015

Corte y confección


En los bares, a altas horas, entre una corte de beodos y amistades espontáneas, se cuece el caldo de las mitologías. Un poeta chileno, con varias cervezas negras encima, me sugiere que la aristocracia inglesa manda a bordar a la India las prendas de seda más delicadas. Son bordados que sólo manos chicas y suaves pueden plasmar, aclara. Mientras más pequeñas, mejor para la trama. En general, los bordadores, con pulso perfecto, concentración y velocidad récord, no tienen más de nueve años y llegan a la adolescencia con la vista arruinada. Es un trabajo fino que sólo puede ejecutarse desde la inocencia, como un juego, y sin conciencia del perjurio que apareja la alta precisión. La posibilidad de bordar esos dibujos únicos se termina con la infancia. Luego vienen otras formas de explotación más diversas –e igual de adversas-.
Aunque el poeta después confiese haber recabado la noticia en un diario apócrifo, es verosímil que en un futuro cercano ejércitos de bordadores trabajen, a través de intermediarios, para una aristocracia obscena compuesta por estrellas del espectáculo popularizadas por un diario amarillista como The Sun. Recuerdo que años atrás, de las calles y los mercados de India me sorprendió la cantidad de puestos destinados a la confección instantánea de ropa. Ya al pasar caminando frente a la tienda a uno le tomaban las medidas y en cuestión de cinco minutos un sastre confeccionaba pantalones y camisas en un algodón de hilo de una calidad difícil de encontrar, a precios irrisorios.
Me quedo pensando si Argentina, en algún momento, proveerá esa mano de obra.
Y entonces vienen a mi cabeza los talleres clandestinos instalados en Liniers, Floresta y Bajo Flores, que de algún modo fecundan toda la mitología relacionada con la costura como área de esclavitud contemporánea. Las formas de explotación laboral más cruentas y difundidas han tenido lugar en estos cuarteles suburbanos, donde ejércitos de inmigrantes permanecen cautivos e indocumentados en casas ciegas, para abastecer la demanda de “la burguesía nacional”. Cada tanto se destapa algún caso o un incendio muestra la tragedia. Hace poco dos niños murieron en un sótano que funcionaba como taller clandestino. Tenían la edad que, según el poeta chileno, deben tener los niños en la India para atender los antojos textiles de la aristocracia inglesa o la que, sin recurrir ya a mitologías, deben tener en Tailandia y Camboya para satisfacer los caprichos del turista sexual más obseso y estrambótico.
Si en Inglaterra no hay talleres clandestinos con cientos de inmigrantes menores de edad, se debe a que los sueldos están en libras y no en rupias o pesos argentinos, y a que las inspecciones no son tan permisivas como durante la revolución industrial. La ruindad, la vileza del patrón explotador para quien el trabajo infantil no es un obstáculo para la ambición, está expuesta en las novelas de Dickens… ¡Casi doscientos atrás! La decrepitud de los talleres de Floresta y Bajo Flores, con sus condiciones de hacimiento, sus sótanos, su luz lóbrega, parece vinculada a esa mitología dickensiana. Sólo que las formas de explotación han mutado. La mayoría de los países produce sus prendas en Asia, donde la mano de obra es muy barata y las leyes laborales son más laxas. Argentina, hoy, por vicisitudes de política exterior económica, importó un modelo de producción para satisfacer una demanda interna, a un coso impredecible.

* Publicado en Cultura Perfil el 17 de mayo de 2015 

Viajes tardíos *


Ciertos viajes dejan retazos de arrepentimiento. No me refiero a la pena de haber sido y ya no ser. Lo que vuelve no es la nostalgia, sino la incredulidad respecto a las omisiones, a las chances desaprovechadas, a la negligencia o al solipsismo del mochilero. Ese ejercicio de remordimiento suele invadirme cada vez que pruebo un single malt y recuerdo que la única vez que estuve en Escocia, a los diecinueve años, no fui más allá de Edimburgo. En la memoria, es un viaje dilapidado, aunque las calles en pendiente de la ciudad, los cuadros de Francis Bacon apiñados en el Museo Nacional y el castillo en la cima de una colina bucólica hayan sido memorables. 

Tomé conciencia de las chances perdidas en realidad hace bastantes años, cuando en una librería de Montevideo me topé con una guía ilustrada de Single Malts. Así de casual y caprichosa suele ser una predilección en la vida. Después de una lectura apasionada de esa guía, me transformé en un especialista sin experiencia. Los retazos de arrepentimiento, sin embargo, vinieron con los años, a medida que la juventud y las posibilidades de viajar comenzaron a reducirse. Hoy no dejo de imaginar que las Highlands, Islay y Speyside, esconden los paisajes más bellos del planeta, una mezcla de verdor, olores minerales, vientos ensordecedores y acantilados desgastados por un mar bravo. Los paisajes de la serie Game of thrones coinciden llamativamente con los de este territorio idílico. No puedo decir que cada capítulo de la serie me haya inspirado más saudade que cada vaso de single malt, pero lo cierto es que introdujo la rara sensación de haber estado en un lugar a destiempo, casi por error.

Basta una enumeración rápida de destilerías para evidenciar las oportunidades perdidas: Glenmorangie, Dalmore, Oban y Aberfeldy en las Highlands; The Macallan, Tamdhu y Glenrothes en Speyside; Talisker en la zona de Skye; Caol Ila, Lavagulin, Laphroaig y Jura en las islas australes de Islay. Naturalmente, para recorrer un tercio de estas destilerías, habría necesitado tiempo y mucho dinero. Dicen que el secreto del Single Malt escocés, además de la calidad de las maltas, reside en el agua. Cuando escucho esto, pienso que por lo menos podría atesorar en el recuerdo el sabor del agua en Edimburgo. Pero fui tan incauto que en su momento ni siquiera capturé el sabor del agua, política sibarita de bajo vuelo que ahora me acompaña en cada viaje y merece una entrada en mi diario, así como a otros los acompaña o guía el hábito –también político- de probar y comparar el sabor de la Coca Cola y el gusto de los cigarrillos Marlboro en cada país.

En medio de todo este rodeo subjetivo, me vienen a la cabeza las oportunidades ganadas, que  nunca son tan perfectas y enteras como las perdidas. Hace no mucho, huyendo de los Siete Lagos, donde ya no podíamos acampar por el frío, con mi mujer subimos a San Rafael y al Valle de Uco, Mendoza, donde el otoño todavía no había llegado y el camino a las bodegas estaba servido. Quizás de haberlo deseado y planeado, no habríamos llegado nunca, como a Escocia. Lo cierto es que mi formación como bebedor de vinos fue producto de una experiencia acumulativa más que de una fascinación ilustrada, y sentí que llegaba a Mendoza en el momento oportuno, es decir, más tarde que temprano.   


*  Columna publicada en Perfil Cultura el 3 de mayo 2015

Corte inglés


Cruzarse a un inglés en viaje es algo excepcional. No porque falten, sino porque orbitan en el extranjero como aristócratas irracionales. Una vez mi padre, en los setenta, en las calles de Río de Janeiro, se cruzó con un inglés que iba cuesta arriba hablando con un local. Todo en este inglés que llevaba un sombrero panamá parecía enrojecido por la luz. A los veinte metros mi padre se detuvo, incrédulo, y se dijo que ese hombre, mucho más pálido y pelirrojo que en las fotos de los discos, no podía ser sino George Harrison. Compró un diario y terminó de comprobar que no había alucinado y Harrison estaba en Río de Janeiro. 
No hay acento ni aspecto que delate más a un viajero que el de un inglés. Cierto modo mortecino de caminar es característico incluso en las complexiones más atléticas. Cierta vez, en un bar de Luang Prabang, un joven bronceado me pidió permiso para sentarse en mi mesa. Por el acento no sólo noté que era inglés, sino que hablaba un idioma de otra época. La entonación era engolada y estaba repleta de apócopes.  Al rato de conversar comprendí el linaje de ese acento: hijo de un Lord, físico laureado en la Universidad de Cambridge. Hastiado de las exigencias académicas y de los protocolos, tras la muerte de su madre se había echado a viajar por el mundo y vivir amores con jóvenes que no hablaran su lengua.
Días atrás, mirando una película, me vino a la memoria este físico que probablemente, después de un año de rebeldía, haya regresado, reclamado su linaje y recuperado su altar en la sociedad.  El film en cuestión, The imitation game, está ambientado en la segunda guerra y narra de forma espectacular el desarrollo de una máquina –o una proto computadora- para desencriptar el código Enigma que volvía indescifrable las transmisiones secretas de los submarinos nazis. Hay un hecho sorprendente que no tiene que ver con la película ni con la máquina milagrosa, sino con la biografía de Alan Turing, el prodigio inglés de las matemáticas egresado de Cambridge que comandó el exitoso experimento y luego cayó en desgracia.  En el año cincuenta y dos Turing fue procesado, condenado por prácticas homosexuales y castrado químicamente. Dos años después se suicidó. Las reglas de una sociedad todavía bajo el influjo de la moral victoriana, parecen explicar la injusticia que se abatió sobre Turing. En las colas finales de la película se aclara que en el ¡“dos mil trece”!, sesenta años después, sólo después de una intensa campaña y a pedido del Ministro de justicia británico, la reina Isabel le concedió el “indulto póstumo”. Entonces, de golpe, me sumergí en la duda. ¿Desde hace cuánto la reina de Isabel es reina? En mi memoria, la reina siempre fue la misma, una anciana cerúlea, de pocos gestos y rigurosa etiqueta. Tras cortas averiguaciones, me enfrenté a un dato que de tan obvio es invisible: ascendió al trono a principios de mil novecientos cincuenta y dos, antes de la persecución a Turing, lleva sesenta y tres años reinando, cifra ni siquiera superada por Fidel Castro en Cuba. Algunos otros parámetros sirven para magnificar fechas: no existían todavía los Beatles. Resulta sorprende que antes y después del Rock, la reina sea la misma; también que en algunos países como Cuba o Corea del Norte, el poder haya adoptado disimuladamente la genética de la monarquía y padres, hijos, hermanos, trafiquen el privilegio de gobernar o vivir como lords del subdesarrollo.   

* Columna publicada el 19 de abril de 2015.



Rápido pasaje *

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Suelo soñar con urbes cuyas arterias sean ríos, arroyos, universos metonímicos como los de Italo Calvino en las Ciudades Invisibles. Con una vida que extrañe la comodidad, una vida de rituales físicos y cansancio prematuro, donde los estímulos lleguen tan ralentizados y adelgazados por los obstáculos topográficos que la sensación inminente de escasez perfore la conciencia. Esa zona de destiempo podría ser el Tigre. En otro tiempo, el Tigre fue un lugar lejano y inhóspito con sus crecidas, hecho para la clandestinidad. Ya en el fin de la primera sección, las ocasiones de recreo son mínimas y las horas pasan formando bloques que sólo contienen manifestaciones subjetivas relacionadas con el sonido de una lancha que se anuncia a lo lejos y a veces nunca llega, la altura del agua y su rumor, el canto de un pájaro, una avioneta. La lancha panadera, la lancha almacén, son ocasionales atajos para la supervivencia y con los días he terminado por creer que son un mito popular.
En una isla inevitablemente uno tiene la fantasía de vivir en un antes. En un “antes” sin otro, previo a cualquier tipo de socialización. El único modo de proteger una isla del otro, pienso, es ser el primero en habitarla. En el Tigre nada de todo esto es posible, desde luego. En cada isla, decenas de lotes que en los mejores momentos del día parecen abandonados, en la noche se vuelven territorios de un futuro deshielo bajo la niebla que sube del agua. Un día sin embargo una canoa llega y se detiene en un muelle a cien metros. Bajan dos hombres de piel oscura y pelo canoso sin decir palabra alguna. La canoa comandada por un chico que no supera los quince años, se retira en silencio, camuflada en el paisaje. Los recién llegados hablan. Tienen voces parecidas, por momentos parecen ser una misma persona que cambia de tono. Pese al  evidente desacuerdo respecto a una cuestión, no discuten. El tiempo vuelve a correr. El túnel de árboles inclinados sobre el río funciona como cámara de resonancias y transporta, intactos, ciertos diálogos. Los recién llegados, que para mi gusto pasan a ser intrusos, dirimen una cuestión crucial. No hay preguntas ni respuestas. Sólo un contrapunto de afirmaciones en la funda de dos voces siamesas. “Quince días”. “Diez”. “Pasado mañana se olvidan de nosotros”. “Poné música”. “Sos boludo, poner música, mirate este paisaje, disfruta el sonido de los pajaritos”. “Disfrutar… No puedo”. “Vamos a llamar la atención con música”. “No aguanto diez días sin cumbia, Mono”. “Tenemos que guardarnos, Leto. Escuchate ese grillo”. “Paraaaaá” dice Leto y desaparece entre los árboles, hacia el interior de la isla. Mono permanece quieto unos segundos, y va detrás caminando como un pato. Es chueco y por el ademán reiterado de levantarse el pantalón al andar, se me hace evidente que viste ropa prestada. El gesto no desentonaba demasiado con su apodo, pienso. “No corrás”, dice  Mono, y luego vocifera, como si correr fuera lo peor que pudieran hacerle a un chueco entrado en años: “hijo de la remil puta, no corras, te dije”.
Imagino a Leto perdido en el corazón de la isla. A las pocas horas veo a Mono asomarse a río solo y cauteloso, como si espiara. Incluso en ese momento no me descubre. A las pocas horas, la misma canoa que lo trajo para en el muelle. Mono sube, consternado, sin que medien palabras, y la embarcación se aleja en dirección opuesta a mi mirada.

* Publicado en Cultura Perfil el 5 de abril de 2015

lunes, marzo 23, 2015

Reinos cotidianos

Recuerdo que en La Habana siempre me sentí menos extranjero que el resto de los extranjeros, pese a que en la década del noventa, cuando fui por primera vez, en pleno menemismo y en pleno periodo especial, no había nada tan poco familiar y hospitalario como ese comunismo desabastecido. También recuerdo que, un poco por instinto de supervivencia y otro poco por gusto, absorbí el acento y empecé a vivir otra historia, una vida cuya particularidad residía en la normalidad, en la posibilidad de camuflarse y tener una rutina, y no en la aventura.
Cada tanto revisito historias de viaje y corroboro que la escritura no tiene relación alguna con la intensidad de algunas experiencias. Esa misma intensidad parece perder consistencia en la memoria, evaporarse y a veces hasta tornarse falsa, y experiencias diferentes –no por menores sino por regulares y predecibles-, en cambio, se vuelven cruciales con el paso del tiempo. Sobre la India escribí una vez y no me extraña, sin embargo, no haber vuelto a escribir al respecto. Marcó un antes y un después en la experiencia adolescente de mochilero, pero no en la vida. Es un lugar con implicancias espirituales pero no políticas, un lugar ínclito para la literatura de viajes anglosajona pero en la que raramente un escritor latinoamericano –con excepción de Octavio Paz, que ahí residió como embajador- pueda encontrar un campo cómodo de reflexión.
Tal vez de todo esto se desprenda la dificultad para anecdotizar y recaer en una apología del exotismo sin sentir una impostura. Lo mismo podría decir de Japón o China. Epicentros de exotismo que no me urge repensar, a pesar de los trazos de belleza y los rituales deslumbrantes que una serie de fotografías resumirían mejor. Seúl, en cambio, quizás por haber residido ahí un tiempo, para mí es un epicentro político y no comprende ningún recuerdo turístico, haya existido o no belleza en los episodios contemporáneos que me tocó presenciar.
Por eso, a la hora  de escribir, vuelvo a los reinos cotidianos en los que creí vivir la vida de otros como propia. Zonas donde enigmáticamente me proyecté como ciudadano, bajo la ley, al respirar la Historia del pueblo. Una de los problemas que apareja escribir sobre un viaje exótico reside en que uno puede quedar más allá de la ley, en una dimensión autónoma. Esos viajes no parasitan los sueños porque la aventura en sí resulta pura subjetividad en tiempo presente y, a la manera de una foto, no se perfecciona en el recuerdo. Los lugares en los uno vivió la vida de otro, es decir, otra vida, son en cambio el escenario del sueño y no dejan de mutar.
La ciudad de La Habana, desde aquella primera visita en los noventa, en sueños a menudo se mezcla con el plano de Buenos Aires y da una ciudad que podría existir en otro universo, que mezcla atributos de tal manera que castrismo y peronismo se sintetizan en escuelas arquitectónicas y rutinas: en los cafés, en un tipo de vida pública sin descanso, exuberante como la de Nueva York en la década del cincuenta. De hecho si alguna ciudad tiene el espíritu de esa metrópolis soñada, es Nueva York. No la actual, ni la futura, ni la que podría originarse en la combinación con otra ciudad, sino la de la década del cincuenta, con sus gángsters, sus colmenas de inmigrantes, sus clubes jazz y sus autos –traspapelados, como signos, en La Habana actual bajo apelativo de almendrones-.


Columna publicada el 22/03/15 en Perfil Cultura. 

Paisajes preparados

Hace muchos años, antes del huracán Katrina, New Orleans era una ciudad que mezclaba en sus calles una belleza cosmopolita, de puerto trajinado, con algo de parque de diversiones.  Se podían rastrear secuelas de la guerra de secesión en la mentalidad de la clase alta, resabios de racismo, pobreza y marginalidad en las clases bajas, algo de jazz anticuado en las calles turísticas del centro. Además de visitar la casa en la que William Faulkner había pasado alguna temporada y de la cual salí impávido –es que muy pocas veces el hábitat fosilizado de un escritor transmite algo de su universo-, me anoté en una excursión al delta del Río Misisipi. La principal razón para esa excursión fue ritual: hacer pie en la geografía de Las palmeras salvajes. Corroborar si ese Delta se correspondía con el que había imaginado, si era más oscuro o menos frondoso. Suponía que en esa zona mítica experimentaría algo distinto a esa especie de incredulidad taxativa que uno, como testigo, siente al pisar la casa de un gran escritor –o lo que resta de esa casa: una puesta en escena articulada por autoridades gubernamentales o por una Fundación-. 
Me desperté muy temprano. Los organizadores de la excursión daban por sentado que los visitantes querían asistir a un show y no concentrarse en la naturaleza circundante, por lo cual un guía no dejaba de hablar, señalar y eventualmente molestar animales –especialmente cocodrilos tristes que se abrían paso entre camalotes y en teoría constituían la prueba fehaciente de que en la zona todavía había fauna silvestre-.  A los lados, entre árboles inclinados, sobre pilares, cada tanto aparecían casas rurales de estilo colonial francés. No puedo negar que la lancha de la excursión tenía un profundo parecido con la lancha colectiva que recorría las distintas secciones del Tigre. De hecho sólo había una diferencia: la lancha en su parte posterior tenía un bar que ofrecía, además de bebidas y hamburguesas condimentadas al estilo creole, merchandasing del río Misisipi. La excursión duró varias horas, pero el movimiento de la lancha fue lento, con paradas preestablecidas; calculé que habíamos ascendido por uno de los brazos del Misisipi apenas unos dos kilómetros antes de emprender el regreso por otro brazo. 

Un poco como sucedió con la visita a la casa de Faulkner y con el jazz en las calles, me quedó en la garganta atravesado el sabor del fraude: la visita a un parque temático donde el tiempo íntimo del espectador no se refractaba en ningún punto de la naturaleza, ni podía ser interrumpido por algo excepcional. La última vez en el Tigre recuerdo que a las tres de la mañana, sentado en un muelle, en medio de la quietud, sumido en un promisorio tiempo íntimo, irrumpió un barco con luces de neón negro y bolas de disco y música electrónica. En la noche profunda el barco parecía venir de otra dimensión y estar a punto de esfumarse en un agujero. Las siluetas, a través de los vidrios empañados, eran borrosas, y algunas parecían corresponderse con la de cuerpos derretidos o desinflados. Imaginé que esa nueva nave de los locos podía ir a la deriva durante días y no ser percibida más que a la noche, bajo una luz íntima, como fragmento rebelde de hiper realidad.   

Columna publicada el 08/03/15 en Perfil Cultura.

En vivo

Cuando los escuché en versión acústica, en un pub suburbano de Manchester, pensé que esos dos hermanos cuarentones que habían subido al escenario a tocar un tema invitados por amigos que cumplían años, si componían tres temas como el que zapaban, podían hacer historia. La banda no tenía disco aún, me enteré después, conversando en la barra con uno de los músicos. Pero el tema que habían tocado por primera en vez en vivo había nacido el día anterior, se titulaba The Ship y era el comienzo de un dúo que llamarían Black Rivers.
Asistir a la creación y luego a la emergencia de una banda sucede en casos excepcionales. En general por casualidad, estar en el lugar y en el momento indicado; cuando uno va hacia una banda, ya es tarde, el grupo tiene un público y cierto grado de visibilidad. No supe si con Black Rivers había asistido a una concepción milagrosa. Pero sí a una especie de emergencia originada en una sospecha: The ship  tiene lo mejor de la épica de Tindersticks con algo de rock progresivo y folk celta. Me dispuse a esperar, me suscribí al newsletter del grupo y con el tiempo me olvidé de ellos.
Por uno de esos newsletters, tiempo después, me enteré de que Black Rivers sacaba su primer disco. Me dispuse entonces a escuchar el disco para anticiparme, impulsado por la fantasía de haber descubierto incidentalmente una gran banda aquella noche en Manchester. Al terminar la escucha, entendí que todas las canciones eran un relleno para The Ship, y que no se distinguían del resto de la producción del indie pop británico actual. Esa rara mixtura de folk con rock progresivo que asomaba en The Ship no había sobrevivido, al parecer, a la presión de la industria o a un productor, y el resultado era un primer disco demasiado blando y olvidable, con una gran canción intrusa.     
Intrigado por este resultado mediocre, investigué en internet. Me enteré de que los hermanos que formaban la banda, Jez y Andy Williams, tenían en el rock británico una larga trayectoria al frente de los Doves. Entonces escuché algunos discos de Doves y llegué a la conclusión de que la originalidad de la banda alcanzaba la media de una argentina, y que la única diferencia era que el vocalista ganaba decoro cantando en inglés. Es decir, Doves había sido una formación predecible, como tantas otras, que calcaba las melodías advenedizas de Oasis, Stereophonics y The Verve y, a diferencia de estas, no había conseguido meter un Chart en los UK top cuarenta. Me quedó entonces el interrogante: ¿por qué o cómo Jez y Andy Williams habían llegado a componer The ship? ¿Cómo un tema puede ser tan ajeno a la genética de sus integrantes? ¿Debe una banda juzgarse por su tema mayor, como decía Borges en relación a las obras de los escritores?

Deseé volver a aquella noche en Manchester, acercarme a Jez, el músico de porte elegante y facciones castigadas con el que había hablado, y preguntarle cómo habían logrado cultivar una perla en la mediocridad. Este, de alguna manera, es uno de los grandes misterios que recorren la historia del arte. El estado de gracia que se desploma sobre un hombre, habita a un compositor o a un escritor y se esfuma para siempre, con la misma gratuidad, implantando un recuerdo ajeno que jamás será superado ni borrado.

Columna publicada en Perfil Cultura el 22/02/15

miércoles, febrero 18, 2015

Noches de circo

Con el paso de los años, la idea de que un circo amenizara las vacaciones fue desvaneciéndose. La imagen de circo como grupo o compañía pasó a ser menos verosímil que en mi infancia. A lo largo de los años, el circo fue apareciendo en partes pero no como unidad: clowns en veredas, aprendices de contact y malabaristas en esquinas ofreciendo números relámpago para un público tan pequeño como fugaz.

En mi cabeza, las compañías de circo, como ciertas especies de osos, se habían extinguido y respondían a un prototipo clásico disuelto por la buena conciencia de la época: payasos, domadores, fieras somnolientas, elefantes maltratados, enanos tristes y entrados en edad. Es decir, el circo, por fuera de las maravillas del internacional Cirque du Soleil, se me representaba como un anacronismo estigmatizado: una colección de freaks que no habrían podido sobrevivir en otro ámbito y se desplazaban de ciudad en ciudad en una caravana de trailers, que a su vez formaban una especie de nave de los locos. Las dos temporadas de la serie Carnival alentaron sin duda esa fijación errónea.

Recientemente, en Piriápolis y Punta Negra, Uruguay, logré entender las cualidades absolutas del circo contemporáneo: arte de artes que incorpora todas las disciplinas, desde el teatro a la danza, y enfatiza cualquier  representación sin simplificarla; personajes que ridiculizan estereotipos, como en el burlesque, y reinventan la actuación a través de la destreza. En algún punto, el circo es omnipotente en su modestia rabelaisiana. Es un arte construido sobre la verdad del pueblo –o sobre la verdad de la mirada popular-. Por eso, desde sus orígenes, genera en principio dos reacciones feroces: risa y asombro.  

Tal vez en ningún otro lado del mundo una carpa, donada por una compañía de circo francesa que se unió a una uruguaya formando el circo Tranzat, se habría transformado en una síntesis natural de la libertad creativa que ya existía en la zona. En Punta Negra, desde hace años, se formó un polo circense. La carpa que se montó en el castillo de Piria –entre suaves colinas, donde el fundador de Piriápolis decidió vivir- venía viajando desde La Pedrera después de sobrevivir a la burocracia aduanera en el puerto de Montevideo, y fue el escenario para esa suma de talento arraigado en una extraña área de la costa uruguaya en la que los cerros se acercan al mar.

Observar el bienestar que en el público producían las noches de circo, me remontó a mi pequeña prehistoria: las noches de cine que desaparecieron paulatinamente hasta transformarse en noches sedentarias de Pirate bay o Netflix. Ahora, mientras escribo, me doy cuenta de que ir al cine, salvo cuando se trata de festivales, se ha transformado en algo tan inusual como ir al circo. No puedo evitar preguntarme si se trata de una degradación natural que afecta al resto de mis contemporáneos y si, por ende, es un síntoma de mi proximidad con los cuarenta. Durante años mantuve la costumbre de ver películas en salas. Escapaba del sedentarismo cualquier día –aunque especialmente los domingos- a ver ciclos de la Lugones con una curiosidad que se fue apagando. Experimentaba el mismo éxtasis que en una noche de circo: lo fenoménico e irrepetible al alcance de la mano, rodeado de endebles desconocidos. 

- Columna publicada el 8 de febrero, en Cultura Perfil.    

mujeres clandestina

Siempre pensé que Egipto, en apariencia el más progresista de los países árabes, era una excepción en el mundo islámico en cuanto a libertades civiles, pero cuando hace unos meses estuvimos por ahí con mi mujer, nos topamos con un ecosistema cultural estricto. Las mujeres, sea cual fuera su edad, atravesaban la vida cotidiana como fantasmas. Hacían todo para pasar desapercibidas. La mayoría arrastraba su propia feminidad clandestinamente. No opinaban, y menos sobre tabúes culturales, algo que sí hizo Valentina durante nuestra estadía en Marsa Allam, un centro de buceo a orillas del Mar Rojo.
Ahí conocimos a Hosam. Para Hosam hablar con una mujer, atender a sus opiniones, resultó una experiencia inusual. Más cuando su vida consistía en una larga espera –y un duro ahorro teñido de privaciones- para poder esposar a una mujer que ni siquiera conocía. Una vez que la mujer era esposada, nos explicó, pertenecía al hombre que había pagado por ella a través de una dote. Aunque le parecía tortuoso, consideraba que su familia y Alá lo querían así.  
En esas zonas turísticas los egipcios, montados en una lascivia fraterna frente a mujeres occidentales, experimentaban cabalmente la tensión entre la mujer sumisa y la insumisa y no salían del todo ilesos, aunque para reconvenirse tenían al alcance de la mano las cinco oraciones diarias que tornan omnipresente a Alá.
Tal vez Hosam, en ese diálogo frontal, se haya dado cuenta de algo que nosotros sospechamos tarde: que un hombre, si tuviera la posibilidad de decidir y no someterse a una religión que importa preceptos culturales patriarcales, podría optar por el Islam, pero ninguna mujer, teniendo la posibilidad de decidir, lo elegiría. Convertirse al Islam, para un hombre, no depara en apariencia desventajas, y en última instancia compensa con misticismo activo libertades perdidas a manos de exigencias religiosas.
Hoy, más que nunca, es obvio que el mundo musulmán no sabe qué hacer con la mujer. Representa una bomba de tiempo. El Islam funciona con autonomía en una sociedad patriarcal y restrictiva. Pero si la mujer tiene un mínimo de libertad y los hombres, en general, libre albedrío, sus pilares tiemblan. Es el gran problema y el desafío musulmán de nuestra época en occidente: la libertad del otro. No se representa como un problema todavía en el mundo árabe porque la ley muchas veces coincide con los preceptos religiosos y existe un estado de sumisión a través del par tradición/terror que el mundo cristiano atravesó en sus épocas más oscuras. A nadie se le escapa que con la globalización lo que antes era entrega ritual o tradición, ahora es sumisión consciente e indeseado.

En otro viajes, en distintos puntos de Europa, me topé con mujeres árabes que tenían conciencia de sus derechos, pero en su tierra no los podían ejercer, no por falta de voluntad, sino porque la ley no era igualitaria ante la mujer. Lo siguiente va a sonar reduccionista -pero los límites espaciales del periodismo llevan a esto-: la mujer es el eslabón más bajo en una sociedad con dos castas, la masculina y la femenina. Así como en la India, aún hoy, la casta en la que uno nace predetermina un tipo de vida, un karma y un oficio, el género en los países del mundo árabe también predetermina un destino, o la anulación de un destino personal para entrar en una especie de servidumbre institucional. 


- Columna publicada el 24 de enero, en Cultura Perfil.

Páginas perdidas

Es posible hacer una lista de libros prestados que nunca fueron devueltos. Son libros voluntariamente sacrificados. Alguna vez intenté sistematizar esos prestamos llevando anotaciones y al poco tiempo desistí. El préstamo de un libro expresa un grado supremo de confianza y esta cesión encarna una forma de beatitud momentánea. A veces los libros vuelven un año después. Es tal vez el tiempo que demora un texto en acomodarse a la cotidianidad de otro lector. A veces el tiempo de la lectura y la devolución no coinciden y un libro es devuelto tres años después de ser leído, como si recién en ese lapso, en una repisa, mezclado entre libros propios o abandonado bajo la cama, hubiera terminado de conformarse como experiencia privada.
Un libro, antes y después de ser leído, es un objeto ambulante, materia hedonista, como los vinilos. Uno puede leer en tablets, pero estos dispositivos son literales: dispensan un placer que no excede la lectura del texto. El libro, en cambio, dura mucho más que la lectura  y, al borde de transformarse en un bien suntuario -al menos en Sudamérica-, posee la nobleza de un objeto coleccionable e infinito. Gran parte de los libros en el mundo se adquieren pero no se leen. Posan, esperan la  confluencia de tiempo y lugar en la vida de un hombre, exactamente como los libros que uno presta y no regresan.
Los libros que encuentran ese lugar en la vida a veces se accidentan. O a veces aparecen por arte de magia, especialmente durante viajes. Años atrás, en la noche profunda de Valencia, Venezuela, en un ómnibus enclenque que cubría la ruta hacia Cumaná, comencé Boca de lobo, de Sergio Chejfec. La ruta era una boca de lobo y Chejfec vivía entonces en Venezuela, por lo cual el destino final de su libro no fue del todo casual. Al amanecer, poco después de que conciliara el sueño, el ómnibus llegó a la terminal de Cumaná, un pueblo ancestral cuyo atractivo principal residía en haber sido cuna del poeta leproso Cruz Salmerón Acosta. Bajé somnoliento y cuando el ómnibus se alejó noté que la novela de Chejfec había quedado en la guantera del asiento, por la mitad. Se me cerró la garganta y pensé que había sufrido una pérdida irreparable. Me había empecinado en hacer coincidir geografía y literatura argentina y Chejfec era por entonces el único escritor que reunía las condiciones para ser leído en esa aventura caribeña.
Unos años antes, recorriendo la sección de literatura hispana de una librería parisina, identifiqué un título llamativo: Fagans: el viaje o los viajes, de Matías Serra Bradford. Acudí al libro como si picara un anzuelo. Miré entorno y barajé la opción de robarlo. Pregunté el precio y el librero, después de una exhaustiva búsqueda, me dijo que ese libro no existía y que, por ende, era mío. “No tiene precio”. “No, no sabemos cómo llegó acá, ahora es de quien lo descubrió”. Me lo llevé sin pagar y resultó ser el libro ideal para un joven viajero que llevaba medio año deambulando por Europa. El libro, en ese mismo viaje, quedó en un hotel. Supuse que ese ejemplar tenía su propio linaje. Así como alguien lo había dejado en un anaquel de Gilbert Jeune, yo lo dejé en una habitación en Estambul. Meses después, en una librería del centro Buenos Aires, compré el mismo libro, con la intención de recuperarlo, aunque siempre sobrevivió la impresión de que el original –una especie de manuscrito ad hoc- era aquel que seguía en viaje. 


- Columna publicada el  11 de enero de 2015, en Perfil Cultura. 

sábado, enero 03, 2015

Montaje de la nueva Cuba *


Trato de imaginar los supermercados de la Cuba futura. La isla es el montaje perfecto para proyecciones de una retro ciencia ficción por nacer. Distintas variantes vernáculas del capitalismo ya minaron ese comunismo descabezado. Tal vez en pocos años asistamos a una especie de déjà vu y Cuba, con el aluvión de norteamericanos sedientos de caribe y color local, vuelva a ser, como la República Checa o Hungría en los noventa, un destino turístico donde contradicciones pasadas sean reemplazadas y reactualizadas por tensiones e injusticias del presente –seguramente en La Habana aparezcan homeless, niños desnutridos en vez de mal alimentados, prostíbulos acondicionados y table dances estilo Las vegas en vez de jineteras, dealers en vez de traficantes kafkianos de habanos y ron-. Es menos difícil de pensar el pasaje a un pathos capitalista –que ya se dio transitoriamente en la cabeza de una población obligada al invento continuo para subsistir- que la reconstrucción del país y el endeudamiento que esto implicaría. Después de años de castrismo y escasez, ciudades como La Habana son zonas bombardeadas, zonas tomadas y fantasmales. Devolverles una infraestructura, así como crear un nuevo tipo de empleo y hábito, exige una reconstrucción del tejido social equivalente a la que se lleva a cabo en las ciudades de posguerra.
Si Cuba fue y es un extraño epicentro de la cultura del siglo XX y emanó un imaginario en su primera mitad a través de los casinos, la bohemia, la cultura libresca y los cabarets, y en la segunda mitad proyectó otro imaginario diferente vinculado al aura romántica de la revolución y al semblante internacionalizado del Che Guevara, en el siglo XXI tal vez se transforme en el prototipo de un nuevo país, con un costado trash, un costado exótico y mucho talento.
En una visita reciente a La Habana recuerdo que frente a Casa de las Américas, en un parque, como cierre a un encuentro de escritores, varios DJ´s pasaron música electrónica. En cuestión de una hora, el lugar se llenó de miles de jóvenes –naturalmente convocados por la Rave, no por la literatura-, que en celulares no inteligentes se reenviaban el dato. No había éxtasis, pero sí botellas de ron que pasaban de mano en mano, y mucha alegría: un territorio de libertad total. Creo que nunca vi tantas tribus urbanas distintas reunidas en el mismo lugar, con peinados y diseños de ropa estrafalarios inventados a partir de los cortes de ropa estándares que se consiguen en la isla. Las tribus parecían contemporáneas al ciber punk o extraídas de un universo lisérgico de Philiph Dick.
La Habana tiene una cualidad anacrónica. Un punto en el que el atraso y el aislamiento coinciden con los restos de una sociedad futura. Varias décadas aparecen estéticamente superpuestas, pero nada es contemporáneo. De alguna manera, hay algo incidentalmente museístico. Por la topología misma de esa ciudad y la prospección de sus habitantes, abundan escritores y lectores de ciencia ficción. Tal vez Cuba sea el único país en el que la ficción especulativa está en un auge, con Jorge Enrique Lage a la cabeza. Todo queda por imaginarse. Incluso los que llegan parecen traer noticias del más allá, un inminente futuro que puede homogeinezar o marcar el destino de una excepción cuando un país se abre después de un largo encierro. 

* Publicado en Suplemento Cultura Perfil el 28 de diciembre de 2014.