jueves, abril 10, 2014

{Cajas parisinas *}
Hay una estación de subte en Paris que, más allá de su nombre –Pasteur-, evoca un tipo de estación de subte porteña que fue extinguiéndose o deformándose. El tipo de mayólicas pintadas a mano, el olor pastoso que llega de las escaleras mecánicas, la pintura descascarada por las filtraciones de agua con sarro, la tipografía del nombre de la estación, todo eso hoy en día sólo se conserva intacto en la línea E y en la A. El resto de las líneas porteñas, como todos sabemos, fue reciclada, me atrevería que a decir en vano y sin imaginación por un burócrata del urbanismo: no están protegidas por una patina de atemporalidad que las vuelve, paradójicamente, actuales, o para ser más exactos, parte del presente. Los vagones del subte en Paris rechinan, lucen maltratados por décadas de uso, y sin embargo no son anacrónicos para la ciudad. En Buenos Aires las estaciones renovadas de la línea B o D lucen viejas y feas: son la encarnación de lo que fallidamente, en esta ciudad, desde hace diez años, intenta ser moderno y envejece al instante. Un poco como los edificios minimalistas y austeros que se multiplicaron durante la bonanza inmobiliaria de la pasada década, y que ahora son moles sobrevaluadas, desteñidos habitáculos de promiscuidad, con balcones, paredes huecas y aberturas oxidadas que resulta difícil adivinar que fueron estrenadas cinco años atrás. La línea H, en cambio, al no haber crecido sobre la estructura de otras estaciones, tiene su propia temporalidad, como un templo. Un arqueólogo urbano, en un par de siglos, podría encontrar en sus estaciones una manifestación estética propia de una época. Lo mismo podría decirse de la línea E y de varias estaciones de la línea A. Siguen siendo icónicas.
Lo cierto es que cada vez que iba hacia Salón del libro y el subte parisino se detenía en la estación Pasteur, yo sentía que pasaba por Buenos Aires. El instante transcurría en el pretérito imperfecto de los sueños. Parecía completamente real este juego de cajas chinas. Sólo una estética que se ha vuelto atemporal desencadena ese efecto de déjà vu y arracima en un epicentro todo el espíritu de una ciudad.
Una vez en el Salón del libro, donde Argentina era invitada de honor, deambulaba apurado para llegar a alguna mesa. Costaba abrirse paso entre la multitud. En el stand argentino solían formarse aglomeraciones inesperadas, como si regalaran libros. Lo mismo podría decirse de las mesas: un público atento colmaba los asientos disponibles y se distribuía de pie por todos los costados. Aunque más que mesas de debate, parecían mesas de consenso, reposo y divulgación. Las posiciones estéticas o políticas raramente derivaban en discusión. Pasaban más bien como tibias declaraciones de principios. Existía, sí, un clima alegre, de suficiencia y bienestar: no había a la vista inoperancia, ni rastros de burocracia mal enmendada en micrófonos que acoplan o en superposiciones horarias.

A la salida del Salón del libro, Paris contenía un momento de Buenos Aires, otra vez. Una ancha avenida presentaba la típica arquitectura francesa de principios del siglo veinte. Intercalada aparecía la arquitectura de los años sesenta y setenta, edificios desvaídos con fachadas cubiertas de ventanas grises que me recordaron construcciones que en Buenos Aires avanzaron sobre avenidas emblemáticas y son, hoy, al igual que algunas estaciones de subte, lo muerto del pasado. 



* Columna publicada en Perfil Cultura el 06/04/14


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{Un paraíso artificial *}
En mil novecientos noventa y seis llegué con mi padre al aeropuerto de Caracas. Veníamos de andar por Perú. Yo había terminado el secundario poco antes y planificamos una suerte de viaje de egresados para solo dos miembros: padre e hijo. El periplo por Perú fue accidentado y merecería una narración tragicómica aparte. Dormíamos en hoteluchos, madrugábamos para hacer excursiones a zonas rurales como el Cañón del Colca o ruinas arqueológicas que mi padre, al revés del resto de los turistas, miraba a la distancia, fumando. Al poco tiempo, la altura, la comida y el agua, hicieron estragos en su salud. Yo me transformé en un enfermero que a la larga también enfermó. En Machu Pichu mi padre determinó que la única manera de curar nuestros estómagos corroídos era adelantar el siguiente tramo de viaje. Que siguiéramos hacia Venezuela, y no hacia Ecuador, Colombia o Bolivia, se debió a una mera fatalidad: él había obtenido los pasajes con un considerable descuento, gracias a un contacto en una aerolínea en bancarrota, y ese era el único otro destino que la compañía cubría.
Lo cierto es que al pisar el aeropuerto de Caracas los dos ya estábamos curados. Las rutas, sin embargo, estaban cortadas. Caracas era una ciudad tomada. El país galopaba  en la hiperinflación y las protestas. Después de esperar un rato, mi padre perdió la paciencia y compró el vuelo que salía más pronto hacia una playa. Resultó ser Isla Margarita, un paraíso de plástico, repleto de shoppings y venezolanas escultóricas que satisfacían el ansia de cincuentones llegados de todo el mundo -argentinos bronceados incluidos- en busca de playas y placer rentado. A los pocos días, mi padre, abochornado ante esa especie de Miami comprimido en una isla, cambió los pasajes para volver antes. El adelanto, sin embargo, no nos salvó de tratar a A., un argentino divorciado  que pasaba la mitad del año en la Isla y la otra mitad haciendo negociados con el gobierno menemista para proveer viandas a colegios públicos. Mi padre intentó seducirlo y convencerlo de invertir dinero en un proyecto delirante de bienes raíces en la pampa seca. A. le dijo que hablaban en Buenos Aires, pero hasta donde supe jamás volvió a aparecer.  
En dos mil dos volví a Venezuela. Esta vez salí del aeropuerto y pude ver las barriadas en los cerros que rodeaban Caracas y de donde, según decían, venía el caudal electoral de Chávez. También llegué a observar el chavismo en pleno auge, que conjugaba profilaxis castrense con discurso médico y charlatanería bíblica. Todo eso, poco después, cuajaría en un sincretismo revolucionario. Por entonces ya se emitía Aló Presidente y era un éxito, aunque todo en él fuera paródico. Se emitía desde pequeñas poblaciones o barrios periféricos. Hugo Chávez solía esgrimir una Biblia en miniatura y descalificar a sus antagonistas de turno sin preocuparse por argumentos políticos, con ínfulas de pastor evangelista. En cada de una de las emisiones ese líder político con alma de Mesías prestidigitaba, multiplicaba “los peces y los panes” y solía premiar a algún adulador del público. El televidente asistía a la concepción de un milagro que era pura oralidad y a un exorcismo antiimperialista que ejercía sobre el pueblo una atracción proporcional a la que, igual que en la Cuba de Batista, ejercía el modo de vida americano. Tal vez en eso consistiera su gobierno: un largo exorcismo que la historia desvió a tal punto que Nicolás Maduro, hoy, no parece un sucesor sino un imitador.


* Columna publicada en Perfil Cultura el 23/03/14


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miércoles, marzo 12, 2014

{La amante de Hudson *}
Supuse que la estación de tren estaría repleta. Encontrarla desierta me pareció un mal augurio. Ahí mismo me enteré de que el tren a Hudson estaba atrasado una hora. Si a esa hora de espera sumaba las de vuelo desde Buenos Aires a Nueva York,  las dos que iba a insumirme llegar hasta Hudson, las horas previas en el aeropuerto de Buenos Aires, la hora de migraciones y el traslado de JFK a Penn Station, mi viaje podía redondear un día.
Unas pocas horas me separaban de Anne, una traductora que había vivido en Argentina durante la década del cincuenta. Según mi padre, era la única mujer a la que mi abuelo había amado. De mi abuelo nunca supe mucho, salvo que trabajaba en el Banco Nación y hacía vida de dandy hasta que murió en la década del setenta y se descubrió, entre su correspondencia, esta relación secreta que nadie se preocupó por indagar. Tampoco yo habría indagado demasiado si no hubiera encontrado indicios de que, concluida la aventura sentimental, mi abuelo y Anne habían mantenido una relación epistolar que con los años se volvió estrictamente literaria.
De la lectura de esa correspondencia, pude deducir que Anne atesoraba el manuscrito de una larga novela que mi abuelo había escrito en los sesenta, y que la había traducido y había intentado publicarla en Estados Unidos. Mi abuelo a su vez la había presentado en editoriales y en concursos de habla hispana. A grandes rasgos esta novela inédita abordaba la peripecia de un hombre que llega a un pueblo fantasma, mezcla de Macondo y Comala, convencido de que está a punto de morir. Supone que el anonimato o bien lo va a curar de su nunca revelada enfermedad, o bien va a acelerar una muerte que en un ámbito familiar podría volverse demasiado lenta y penosa.
Más allá del valor que tuviera esa novela atesorada por una anciana, el sentido de un viaje tan largo residía en que sólo esa mujer de ochenta años podía devolverme la imagen de un abuelo que no conocí y de quien todos en la familia se resistían a hablar. El manuscrito era una excusa. Tranquilamente, como Italo Svevo, mi abuelo podía ser, para su época y para la liga de críticos hegemónicos, un campeón incomprendido. Pero de ninguna manera me importaba hacer justicia.
El tren bordeó el río Hudson durante casi todo el trayecto. La imagen monótona y ancha titilando en la ventana me recordó el Paraná. Un anciano trajeado de negro se sentó a mi lado y me preguntó por la estación Hudson. Le dije que yo también iba hasta ahí y que le avisaría. En un inglés victoriano me agradeció la amabilidad y me comentó que la luz lo lastimaba y que veía muy poco. Iba al velorio de una antigua amiga, cerca de la estación. Dada mi juventud, tal vez no me representara mucha molestia acompañarlo unas cuadras. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, le habría contestado que venía de muy lejos y estaba agotado.

Hudson era un pueblo pintoresco que vivía de su pasado. Construcciones de madera con galería y porche, anticuarios, vinerías, cafés… Toda una utilería para turistas de fin de semana. Al menos esto pude deducir mientras guiaba del brazo a mi compañero de viaje. En la entrada del velorio me anunció: “voy a pronunciar unas palabras, está invitado a quedarse”. Confirmé enseguida una intuición al ver el nombre y la foto de la difunta en un cuadro. Me dispuse a pasar la tarde junto al anciano de traje negro para saber algo más de Anne y, por extensión, de los hombres que la habían amado y se iban en ella. 

* Publicado en Perfil Cultura el


09/03/14


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{Peligros de escribir afuera *}
Se podría redactar un tratado sobre las dificultades de escribir en cada país. Sobre las dificultades de los distintos escritores de cada país en su propio país, y sobre las dificultades que enfrenta cualquier escritor fuera de su casa. No sé mucho acerca de lo primero; en cualquier lugar, las dificultades para los escritores jóvenes son las mismas y no vale la pena enumerarlas en este espacio. Son problemas coyunturales relacionados con criterios editoriales de publicación. Para escritores no tan jóvenes, a veces las dificultades son egocéntricas: expectativas cumplidas e incumplidas, frustración, éxito, sordera, parálisis, éxtasis, inapetencia, voracidad, ceguera.
A la hora de escribir afuera, las dificultades que uno enfrenta son de otro orden. La densidad del anonimato transforma la escritura en una instancia solamente íntima. Todo lo demás es ajeno. No existe la falsa inspiración, ni la adaptación, ni una mirada crítica tutelar. Desde hace rato no escribo afuera de mi casa, más por una imposibilidad que por una dificultad. No digo que no escribo en residencias para escritores –algo previsible si se tiene en cuenta que la residencia nos pone frente al deber moral de escribir-; ni siquiera soy capaz de garabatear una línea en bares. Tal vez alguien diga que un escritor genuino no puede resistir la pulsión de escribir en cualquier lugar y en cualquier momento, y que quien no lo siente así en el fondo es un burócrata de la escritura: sólo opera en el lugar y en el momento indicado. Sin embargo, obrar en el lugar y en el momento indicado depara privilegios, como el de detenerse a evaluar los peligros de escribir afuera.
Por terceros sé que los peligros pueden ser contratiempos y a veces accidentes necesarios. Si examinamos el caso ejemplar de BB, podemos concluir que la tentativa de escribir fuera del hogar puede conducir a algo más drástico.
BB viajó a Paris a dar dos conferencias sobre la influencia del existencialismo en el Río de la Plata. Con la certeza de que nadie atendería a un tema tan anacrónico, optó por dejar la preparación de sus charlas para último momento. ¿Cuánto podía importarle al público francés el alcance de una corriente filosófica y estética pasada de moda en un vértice de Sudamérica? Instalado en la habitación de un hotel cercano a la Concorde, BB pidió un almuerzo y luego se sentó a escribir. Experimentó enseguida una sensación de hastío que atribuyó al jet lag y a su digestión lenta. Ante la falta de ideas, optó por una siesta. Despertó un día más tarde, empapado. Se duchó, desayunó en la habitación, y cuando se dispuso a escribir al menos un boceto de la primera conferencia, observó que tenía las uñas demasiado largas y renegridas. Subsanó la desprolijidad con un alicate prestado, pero entonces notó, perplejo, que las uñas de los pies estaban todavía peor. No recordaba la última vez que las había cortado, pero halló de pronto la explicación a la serie de calcetines agujereados que puntuaban su solitaria vida. La tentación de acicalarse se multiplicó con las horas, a medida que iba a descubriendo en sí retazos de un ermitaño. Podó la barba que llevaba desde hacía dos décadas y en el espejo se encontró con una cara lozana que no había envejecido. La visión de una juventud imperecedera y propia disolvió el sentido que conservaba la el arte de escribir. Como si dejara atrás a un impostor, esa misma noche volvió a Buenos Aires y celebró el adiós definitivo a la escritura.

* Publicada en Perfil Cultura el 23/02.




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sábado, febrero 15, 2014

{Trabajos forzados}
Escribir ficción, contra lo que se cree, puede volverse un trabajo de presidiario. La ficción es una gran mina de oro y para cargar vetas valiosas hacia la realidad de la página en blanco, hay que ser un burro, trabajar a ciegas en la noche o cuando sale el sol o contar con un doble cínico que haga el trabajo sucio en la sombra. Ceder algo del alma. Nunca se me había vuelto tan evidente como en esta estancia en Cuba. La venta completa del alma a la ficción implicaría el acceso a una mina infinita, pero también un castigo: la eterna repetición, la ausencia de originalidad.  
Suspender el acto de escribir, gozar de ese trabajo forzado en perspectiva, puede confundirse con una especie de voyeurismo literario. Ahí está la carnadura de un escritor futuro. En eso reside el no escribir: en anticipar el futuro. O mejor dicho, en pactar un futuro propio y secreto. Ciertos poetas, más que el común de los narradores, saben de ese pacto.
Por eso mismo, para que la entrada en la ficción no me resultara tan brutal y la espera fuera más leve, agoté por diversos medios la manera de obtener whisky a precio razonable en el mercado negro de La Habana. El Jameson, tal vez el whisky más perfecto en su relación precio calidad, es inexistente. Esa escasez me angustia tanto como la falta de internet o la dificultad para hacer llamadas internacionales. Un obstáculo menor, debo admitirlo, entre una constelación de trabas kafkianas.
Desde que llegue a La Habana, emprendí una lucha secreta contra los fantasmas de la escasez. Me sorprendió la posibilidad de que ciertos derechos quedaran atravesados por la rigidez burocrática, por un estado que piensa al ciudadano como un número homogéneo al que sólo debe garantizarle bienes de primera necesidad. Todo lo que escapa a la necesidad  entra en el círculo de un derecho subjetivo e individual, y representa un capricho, un desvío de la doctrina, y tiene un costo que sólo pueden pagar los funcionarios o quienes reciben remesas de parientes varados en el primer mundo. Todo esto produce ciudadanos en serie, presidiarios de la organicidad, del discurso médico, del automatismo, de la alimentación, del trabajo como prestación estatal terapéutica, es decir, de la salud del cuerpo en el ámbito colectivo –tema recurrente en los discuros de Fidel Castro y extraordinariamente conjurado en “La carne de René” de Virgilio Piñera-.
El régimen castrista en los setenta y el chavismo recientemente tocaron libertades que son de clase, pero esas libertades, contra lo que enuncia el populismo latinoamericano, no son libertades que configuren la identidad de una clase alta. Son en realidad características que le permiten a la clase media expandir comportamientos o predilecciones y producir identidad cultural más allá de la división de clases. Se trata de una clase media que no podría definirse como consumidora ni elitista, pero sí como productora continua de alteridad y diferencia.
Todo esto me viene a la cabeza porque en horas vacías, pensando en la vuelta, el fantasma de la escasez me veda el acceso a la ficción e interpela al hombre en su condición política más elemental. Me imagino un futuro tenebroso en el que restos de identidades culturales de clases medias extinguidas, se trafiquen como mercancía de una elite mercenaria o altamente sofisticada, y no produzcan ni una herencia ni un retorno.

- Publicado en Cultura Perfil el 09/02/2014




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{Memorias invertidas}
Querido lector:
Es de noche en Corea. Nieva. Fantaseo con un viaje. Trazo rutas y calculo presupuestos en mi cuadernito. Me digo: tengo que hacer algo con este pequeño exilio, con la memoria aquilatada por exilios previos. Y tengo un plan. La memoria de mis exilios está relacionada con los trenes. En ese lugar ambiguo, de extroversión e introversión simultánea, los humanos, mientras disminuyen en el paisaje exterior, parecen reproducirse en el interior de los compartimentos hasta volverse parientes transitorios.
Podríamos situar el origen del hombre en un tren. Podríamos decir que no hay mejor lugar para escribir y leer que un tren. Es el lugar del olvido. La lectura y la escritura en un tren  son dobles, suceden en el presente y en el pasado. Llevé muchos diarios en trenes, en tren fui joven y, aunque suene romántico, en la ruta de tren más larga del mundo planeo sellar mi juventud.
No tengo recuerdos especiales de los trenes europeos. Pero de los trenes indios –especialmente del que une Madras con Varanasi, el Ganga Kaveri Express-, guardo muchas anotaciones. Luego, de algunos otros, como del que hace la ruta Chiang Mai- Bangkok o Tanger-Fez-Marraquesh, retengo imágenes y anécdotas dispersas que podría referirte. Una de las cosas que lamento de México es que tenga tan pocos trenes y que mi memoria esté ligada a la promiscuidad esperpéntica de los autobuses.
Para hacer unas memorias de viajes en tren, además de un último viaje, necesito un confidente. Ningún acto me resulta tan natural como mirar por la ventana en movimiento. Voy a volver a abordar de nuevo la yegua del viajero moderno e ir del futuro al pasado en  estas memorias. Primero voy a marchar en un tren bala hacia el sur de la península –Busan-. Luego en ferry a Japón. Desde el puerto de Fukuoka, voy a tomar un tren hacia Hiroshima, Nagasaki, Osaka, Kyoto, Tokio y Fushiki. Probablemente de Fushiki cruce en Ferry a Vladivostok y ahí aborde el Transiberiano y el Transmongoliano.   
No creo que nadie, además de sentir un amor ciego por los trenes, vaya a hacer un libro más completo de memorias locomotivas en Asia. Un libro de esta clase podría articularse en tres niveles: el del ensayo –el tren como espacio o refugio del extranjero-, el de la memoria –recuerdos de otros trenes y experiencias en pueblos perdidos y ciudades invisibles- y el del diario –donde están apuntaladas mis lecturas en los trenes y las impresiones más frescas-. Esta carta podría encuadrarse en el tercer nivel.

Espero que me comentes con crudeza qué te parece todo esto. Para escribir es indispensable tener a priori detractores fieles. Lo más probable es que este libro una vez terminado no resulte atractivo en ninguna editorial, o que el perfil fantasmagórico del autor genere dudas entre editores: es uno el que escribe y otro el que publica. De manera que tengo muchas ganas de hacer esto sólo para mí y transmitirlo de forma epistolar. Todo este asunto esconde la necesidad de “volver a escribir con la libertad de un condenado a muerte” (Levrero), desarrollar una escritura fugitiva y ensayística que siempre pospuse por las labores de reseñador que me atosigaron estos últimos años. Sin pensar en un solo lector, tal vez ni siquiera necesite tomar un tren y pueda describir las arterias de Japón y esa zanja infinita que es el transiberiano, quieto frente a una ventana en Buenos Aires. 

- Publicado en Cultura Perfil el 26/01/2014


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{Intrusos en un Greyhound}
En cuanto me ubiqué al final del ómnibus, percibí en mi compañero de asiento un rictus sospechoso. No estaba del todo seguro de que fuera hombre, aunque ciertos rasgos faciales y el pelo demasiado rubio y fino, me permitían deducir que era teutón. La ropa deportiva que llevaba no me ayudaba a adivinar su sexo. Tampoco el tamaño de los pies enfundados en calcetines, ni las zapatillas deportivas, ni las piernas lechosas y lampiñas que asomaban por debajo de unas clásicas bermudas de explorador. Tenía caderas de señora y un poco de pecho. Sin embargo el vello disperso en la cara me hacía sospechar que se trataba de un sujeto de género masculino con algún trastorno hormonal. Transpiraba y mantenía las manos juntas entre las piernas. Tal vez por eso me parecía inapropiado hablarle.
Cuando el ómnibus arrancó, percibí que su cara y sus manos se relajaron. No es que tuviera ganas de entablar un diálogo, pero yo sabía que conocer su voz era clave para confirmar o descartar sospechas. Dejé pasar unos minutos. El ómnibus era una especie de acuario donde se recreaba la crueldad del capitalismo norteamericano: jubilados que no podían renovar su licencia en los asientos delanteros; más atrás, población negra sin ingresos para tomarse un vuelo de bajo costo y latinos subocupados, mezclados a izquierda y derecha en hileras dobles de asientos maltrechos.
Esta era la realidad cruda que contenía ese Greyhound sin baño y sin aire que unía Tampa con Jacksonville a una velocidad crucero de sesenta kilómetros por hora. Al final de ese embudo de realismo social, nosotros dos. Y digo nosotros porque el teutón y yo éramos los únicos verdaderamente extranjeros.
Cuando le pregunté hacia dónde iba, me respondió de inmediato, con cierta simpatía, como si durante esos minutos él también hubiera estado preparándose para hablarme, que no sabía cuál era su destino. Me preguntó por el mío y le dije que yo iba a Jacksonville para cambiar de autobús y seguir viaje hacia New Orleáns. “¿Alguna razón especial?”. “Puro turismo”, le respondí y esperé a que él me contará qué hacía en Estados Unidos si no sabía en verdad a dónde ir. Pero él hizo silencio y yo tuve de pronto la certeza de que era un prófugo. Un extranjero que había cometido un crimen delicado en Florida. La manera más simple de pasar de Estado sin dinero era tomar el Greyhound o hacer dedo. Imaginé que había intentado esto último y había sido blanco de burlas de camioneros crueles.
“¿Alguien te persigue?”, me animé a preguntarle después de un rato, cuando intuí que de otro modo no volvería a hablar. Parpadeó de manera reiterada. Descubrí que sus pestañas eran rubias y largas. Tragó saliva antes de contestar afirmativamente. “De cualquier manera soy inocente. Aunque me persigan, no me van a convencer de lo contrario”. Acto seguido, me relató su huida de un centro de rehabilitación para adictos al embutido y derivados porcinos en Dortmund. No sólo había escapado, sino que había persuadido y arrastrado a una docena de internados. Durante días, en libertad total, había recavado pruebas de que en Alemania había un plan secreto para eliminar a toda la población porcina. Entonces había volado a Estados Unidos y se había encontrado con una situación inversa. El Estado perseguía a los consumidores de cerdo. El país entero era un centro de rehabilitación donde la cura era imposible. Por cada consumidor, un espía, dijo, y corrió hacia el conductor y pidió bajar en el medio de la ruta porque un intruso, en el fondo del autobús, lo vigilaba.  



- Publicado en Suplemento Cultura Perfil, el 12/01/14


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{Escritores aburridos}
En la salida del aeropuerto de Guadalajara un hombre sostiene un cartel que dice “Oliverio Coelho”. Decido que yo soy ese y le extiendo la mano. No sé cómo en adelante voy a hacerme pasar por otro, pero Dionisio, el chofer que la Feria le ha asignado al Sr. Coelho, me orienta un poco al denominarme “Maestro”. “Maestro”, pienso y froto las manos sobre mis rodillas pensando que esa es un inconfundible comportamiento de maestro. En un Honda último modelo con aspecto de nave en el que caben cinco personas más, mi chofer me lleva al hotel, me comenta que va a esperarme y me entrega una carpeta con una lista de actividades. Tenemos un día largo por delante. Un día sembrado de  estrictas pruebas para simular que soy quien creo que es Oliverio Coelho para los demás. El parecido fisonómico me favorece. Sólo tengo que razonar como se supone que razona un escritor. Y ante todo, tomarme en serio, introducir la palabra “obra” y “riesgo”.
Gracias a Dionisio, tengo en mis manos el último libro de Coelho, “Hacia la extinción”. Me basta una ojeada para saber de qué se trata. Las obsesiones de Oliverio son claras –o más bien reiterativas- y corren en tres carriles: la relación de un hijo con un padre ido –cabe acá el asunto del duelo-, los hombres solos y la metamorfosis que el exotismo imprime en el carácter de hombres cuyas vidas están partidas. Con este pequeño esquema, voy a tener materia viva para varias entrevistas. Estoy seguro de que lo que podría decir al respecto no es muy distinto a lo que Oliverio, o cualquier otro, diría.
Como preveía, ya en la primera entrevista solté una parrafada sobre la alienación y la soledad en el Río de La Plata. Todo sonó coherente, y el entrevistador, con el ceño fruncido, pasó a preguntarme por qué mis personajes nunca encuentran lo que desean. Mostré mi desacuerdo: muy pocas personas saben en el mundo lo que desean y mis personajes no tiene por qué ser la excepción. Pero de cualquier manera, si así fuera, había una excepción, el cuento que le da nombre al volumen. Ahí se refiere la historia de dos amantes que se sienten reencarnaciones de amores pasados. Ese es justamente el único cuento del libro que, a decir verdad, no me parece superficial. Le aseguro que ahí “hay riesgo”.
Al final del día, después de veintitrés entrevistas, incluidas dos visitas a programas televisivos con eminencias de la farándula mexicana, nadie puso en duda que tenía enfrente al autor de “Hacia la extinción”. Supuse que era el momento de volver a mi cuarto, recluirme y prender la televisión. Pero Dionisio me recordó que mi día no terminaba con la caída del sol y debía asistir a un banquete que ofrecía el Presidente de la feria. Si había alguna actividad a la cual no podía faltar, era ésta. Se trataba de un evento al que unos pocos llegaban con su propio chofer. Volvió a remarcar que yo era un elegido.

Poco después estuvimos en la puerta de la mansión. Bastó dar un paso para entender que ya podía dejar de ser quien simulaba ser. Entre los cientos de personas, nadie parecía reconocer a mi personaje. Escuché rumores de que en el fondo había un premio Nobel. Hablaban de él como si fuera un inaccesible campeón de box. Espié. Vargas Llosa estaba en un salón apartado, cruzado de piernas, sonriendo solo. Me hizo un gesto con la mano para que me acercara. “Los escritores son aburridos. ¿Cuento contigo?”, y de una pitillera de nácar extrajo un porro contundente y lo encendió mirándome a través de la llama. 

- Publicado en Cultura Perfil, el 29/12/2013


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{Los voluntarios}
Hay algo hipnótico en los atardeceres de Todos santos. Pareciera que el mar hubiera sido creado ahí. En cuestión de segundos el sol se desploma sobre la línea del horizonte. Quizás sea uno de los pocos lugares de Baja California a salvo del consumismo veraniego y del turismo white trash que crece sobre el Mar de Cortés. En el pueblo repleto de galerías de arte, pendientes, casas antiguas y sol, el tiempo está detenido. El Hotel California parece ser el epicentro de todos los mitos.
   
En una de las playas, ecologistas voluntarios y trotamundos envejecidos que habitan ahora la calma de ese pueblo de Baja California, montaron una “tortuguera”. Por las noches patrullan las playas y rescatan de las garras de coyotes o aves de rapiña centenares de huevos que las tortugas entierran en la orilla. Los trasladan a una gran carpa de paredes de nylon reforzado, los entierran y esperan a que desoven en la fecha indicada. El nacimiento de las tortugas es un suceso al que todos los extranjeros atienden. Pese a que debería haberse dado hace seis días, no pierden la esperanza. Tengo la impresión de que viven engañados. Ven a las tortugas como a ángeles. Criar tortugas en cautiverio, según recuerdo, es ilusorio. Los huevos deben estar vacíos. Pero prefiero callar mi sospecha macabra. Al fin y al cabo los voluntarios parecen tener experiencia en preparar el nacimiento de tortugas y devolverlas al mar y sueltan soliloquios coherentes sobre zoología marina.

Ninguno de los que esta ahí, esperando el nacimiento de las tortugas, sabe que Ernesto Guevara y Fidel Castro pasaron tres noches y cuatro días en Todos Santos, hace cincuenta y cinco años, cuando el pueblo no era más que un asentamiento parasitado por cañaverales y buscavidas de la industria azucarera. Existen registros y probablemente, sin esas tres noches, la revolución cubana habría sido distinta. El hombre más anciano del pueblo, Don Víctor, recuerda a esos forasteros, y quizás por un automatismo secreto producido por la longevidad, los supone muertos: ha enterrado a todos, incluso a sus hijos. Sabe que esos dos hombres portan algún tipo de celebridad, aunque no lo asocia directamente a los méritos de una revolución. Por eso a algunos visitantes los hace pasar al comedor de su casa para mostrarles fotos. El lugar es un museo personal. Entre las imágenes de familiares, compruebo que están, en efecto, los dos impulsores de la revolución cubana. Hay también imágenes de otros visitantes, aunque Don Víctor no sabe si son ilustres como los barbudos. Entre todas, identifico una cara familiar. La foto no debe tener más de cuarenta años y es en color. Le pregunto si lo conoció y él me contesta que sí, que durante un año ese hombre vivió ahí en la década del setenta, junto a su mujer, en una de las pocas casas que entonces había junto al mar. “Era alguien muy reservado. ¿Sabe su nombre?”, me pregunta. “Thomas Pynchon”, le contesto. “Es famoso”, dictamina él y yo meneo la cabeza. Él arrastra los pies hasta un escritorio, busca una etiqueta y una birome, garabatea el nombre y me dice que mi contribución ha sido excepcional. Pega la etiqueta con el nombre bajo la foto. Advierto que algunas fotos tienen un nombre debajo. La empresa que Don Víctor se propone –y a la cual quizás le deba su senectud- es demente. “¿Me ayuda con estas tres?”. Observo con detenimiento a los retratados. Imposible identificarlos en ese invernadero de imágenes. Recuerdo a las tortugas y me parece verosímil la empresa de los ecologistas voluntarios.


 - Publicado en Cultura Perfil el 15 de diciembre de 2013


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lunes, diciembre 23, 2013

{Futuro prefabricado}
Todavía todo huele a conquista en el Mar de Cortés. A pocos kilómetros de Loreto, antigua capital de las Bajas Californias transformada en atracción turística, alguna empresa norteamericana planeó un pueblo próspero, un pedazo de Norteamérica incrustado en México. Con V no habríamos llegado si no fuera por un intercambio de casas. Se trata de una especie de barrio cerrado con una arquitectura que mixtura elementos mediterráneos, materiales áridos del desierto y rusticidad hispánica. Norteamericanos rubios y lustrosos transitan montados en carros de golf calles prósperas. Parece un barrio temático. Si no estuviera construido con materiales semi nobles, Nopoló podría aspirar a entrar en ese museo de la imitación y la miseria que es Las Vegas. Pareciera acá que la imitación de viejos estilos pudiera generar, a la larga, un nuevo estilo y borrar sus referentes. Imagino una situación hipotética, un malentendido posible: Nopoló en millones de años, único resto urbano en la tierra, bajo la lupa de alienígenas. Me pregunto si la considerarían un resto original de la civilización y si encontrarían una clave arqueológica para reponer el pasado del hombre.
Sin necesidad de viajar al futuro y especular con alienígenas, este barrio junto al mar podría ser un refugio postapocalíptico, como lo fueron en otra época los shoppings. Un sitio al que vino a parar el remanente del género humano. La actitud de los norteamericanos cuadra perfectamente con la de sobrevivientes ajenos a la extinción, ensimismados en su propio bienestar. El interior de la casa que nos tocó en suerte es frío, de muebles faraónicos, cargado de electrodomésticos inmanejables, como un lavavajilla. 
Y así como en Nopoló abundan nuevos ricos que quieren acceder a un buen gusto prefabricado, a la historia, a lo que suponen de noble o personal en lo antiguo, unos treinta kilómetros al norte, en la Bahía de Concepción,  con V terminamos de metabolizar una sensación: Baja California apareja un choque cultural. Esta parte escindida México simplemente es el escenario para que la white trash de EEUU se oree. Las playas más agrestes fueron colonizadas por moterhomes en las que mensualmente miles de norteamericanos cruzan la frontera, en busca de vacaciones baratas, pesca, servidumbre, tierra regalada y exotismo controlado. Hay constelaciones de moteles que huelen a soledad degradada, a invasión y estancamiento. No hay personajes dementes con anécdotas, sino un gran personaje hermético, apegado a sus costumbres y a su idioma, “el gringo”, un molde en el que en mayor o menor medida caben todos.

El sargento, kilómetros al sur, es la segunda posta en nuestro intercambio. Resulta ser un asentamiento al borde de una ruta pero a metros del Mar de Cortés, con más white trash reunida en bares que ofrecen hamburguesas y ring onions mientras televisan fútbol americano. Apenas investigamos la casa que nos dieron, notamos que el dueño, un tal Jack, dormía un machete junto a la cama. Las paredes están tapizadas por fotos que muestran a Jack en distintas escenas de pesca deportiva.  La casa es fantasmal. Sin marcas. Como si fuera el hábitat de un hombre abandonado. O una casa que fue enterrada porque algo terrible ocurrió entre sus muros. Las camionetas que circulan con música ranchera a alto volumen acentúan la impresión de que una trama hitchcokiana está por estallar. 

- Publicado en Perfil Cultura el 1 de diciembre.  


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domingo, diciembre 22, 2013

{Apuntes sobre la solemnidad}
Durante muchos años soñé con regresar a Cuba. Soñé recurrentemente con la vuelta a una isla que, a los diecinueve años, dividió mi juventud o representó una entrada ficticia en la madurez. Instantáneas anacrónicas de La Habana me devolvían sensaciones de un joven artista recorriendo un planeta extraño antes de explorar el mundo propio. Lo cierto es que con el tiempo ese planeta se reabsorbió en mi interior y ahí permaneció, incrustado como una perla.
En los sueños el lugar de la felicidad se me representaba como un escondite precario junto al mar del Caribe. Diecisiete años después, volví al supuesto paisaje en el que había renunciado a la inocencia. No reconocí mí Habana, aunque paradójicamente nada había cambiado. Yo era otro caminando por el mismo páramo fósil: como si hubiera tardado todos esos años en transitar una cinta de Moebius que comunicaba dos caras de mi identidad. El tesoro de la juventud estaba perdido, aunque aquel planeta extraño fuera el mismo.
En otra ciudad, Oaxaca, encontré traspapelado al joven que había perdido la inocencia a los diecinueve años. Descubrí, gracias a un sueño, que caminar en Oaxaca a los treinta y seis años replicaba la sensación de caminar por las calles de La Habana a los diecinueve. En este sueño el lugar era el paraíso prometido. Reconocía el territorio secreto junto al mar en el que había sido feliz –ser feliz consistía en descubrir y aceptar los matices del sufrimiento-. Cuba no aparecía como un lugar antiguo o pasado, sino como otro mundo con la fachada de Oaxaca.
Tal vez durante mucho tiempo Oaxaca quede ligada a eso: un lugar inesperado en el que se encarnó un lugar mítico. Me pregunto por qué. Hago memoria. Simplemente  estoy participando de la Feria del libro que se organiza cada año, en noviembre. Las actividades de la feria consisten en mesas y presentaciones de libros.  Invitados que rotan. Amistades. Mezcales polimorfos. Homenajes. Cenas pantagruélicas. Hay un programa de visitas a escuelas, donde cada escritor dialoga con jóvenes estudiantes y habla de sus libros. Estos alumnos de trece o catorce  años, azuzados por sus profesores, han leído ya algo del autor que los visita. Esperan el encuentro con timidez, formando un círculo. Todos los ojos se mantienen fijos en mí con una curiosidad reverencial, como si en esa escuela yo hubiera introducido otro mundo. Cuando el primero de los alumnos habla y pregunta cómo escribir un libro, la curiosidad de los demás se acopla en interrogantes de toda clase. Escribir, entonces, se revela como lo más parecido al arte de hacer magia. El entorno rural y la suave línea de las sierras en el horizonte que entra a través de los ventanales, permean el aula de un clima onírico.

Con motivo de la feria se organizó también una actividad estrambótica. Un partido de básquet de escritores contra niños triquis, conocidos en todo México por provenir de una comunidad indígena oaxaqueña, y por haber formado un equipo de básquet juvenil competitivo a nivel internacional. Un equipo de escritores percudidos por la edad, el mezcal, el sedentarismo, enfrentó a un racimo de niños de ocho años que parecían disfrazados bajo sus remeras y shorts rojos y blancos. El evento fue tan popular que se celebró en un estadio con mil personas. Los niños triquis golearon a escritores que en la cancha exhibieron una cara oculta y fascinante, el lado bufonesco que en el fondo aísla la solemnidad literaria del ridículo.

- Publicado en Cultura Perfil el 17 de noviembre. 


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jueves, noviembre 14, 2013

{El arte de la fuga}
Nunca creí que existieran escritores malditos. Sobran en cambio malvados que simulan alguna desobediencia intelectual pero que viven atados a sus madres y timan a jóvenes que buscan ídolos rebeldes. El caso de T parecía especial. La experiencia lo había conducido a ser un maldito sin pretensiones, sin discípulos, sin prensa, sin gloria. Sin embargo era un mito y quien quisiera encontrarlo podía ir al Queirolo, un bar rancio en pleno centro de Lima. 
Ahí, por comentarios de parroquianos, supe quién era T. Todos lo trataban como a un viejo conocido. Podría decirse que lo respetaban. Él se acodaba en la barra y hablaba con quien se le acercara, pero rechazaba invitaciones a unirse a mesas: “gracias, en la barra estoy cómodo”. Fumaba sin parar y bebía de forma pausada, a cualquier hora del día. Vestía una campera de cuero marrón, musculosa, pantalones negros y unos mocasines gastados y sin medias. Con la punta de un zapato solía rascarse el tobillo de la otra pierna.
Los más jóvenes se le acercaban para hablar de rock. Al principio, receloso, intenté detectar en T alguna clase de impostura. Siempre me divirtió desenmascarar mitómanos maduros que no pueden lidiar con la autoexigencia o las ilusiones juveniles cuando la dura realidad se les impone, y que encuentran en las nuevas generaciones una oportunidad para sentirse genios incomprendidos. Pero en T no había demagogia, ni gestos de grandeza, ni siquiera malicia. Tampoco tentativas de seducción. Hablaba de bandas británicas con pasión. Decía que valía más la pena hablar de Wire o de Boards of Canada que de novedades editoriales; los escritores no ponían en su ficción un décimo del alma que un guitarrista al perderse en el éxtasis de un riff. Desde su punto de vista, lo único que podía salvar a un escritor de su propia egolatría era el acto grupal. Pero una banda de escritores estaba destinada al fracaso. Aunque fueran cinco o diez, el autor era uno. Además los buenos escritores eran ermitaños, o perezosos, o fóbicos, o todo eso junto. “Estamos condenados… A no ser que dejemos de hablar de literatura y hablemos de música. Es la única manera de estar en grupo. ¿Por qué carajo el rock es popular? Porque nos hace hablar, como la droga”.

Entendí por qué T invertía horas en ese bar: vivía ahí como un músico en una sala de ensayo. Estaba dispuesto a tocar con cualquiera. Cuando lo vi por cuarta vez, me acerqué. Había ido al bar sólo para decirle que lo más atractivo de “Lima la fea” era él con sus monólogos sobre rock. Naturalmente me tenía registrado. “Ya sabés que no hablo de literatura”, me dijo. “Ni de mujeres”, lo corregí. “No me gustan las mujeres, niño”. “¿Y las bandas con mujeres?”, respondí. “Depende, ¿cuál?”, la sonrisa desplazó el acto mecánico de fumar. Dejó de rascarse los tobillos. Supuse que yo le había caído bien de entrada. “¿Siouxsie and Banchees?”. “Me gustan”. Hizo una pausa larga y me dirigió los ojos claros y ojerosos. “¿Escribes?” Asentí. “¿Te gusta Burroughs?”. “Mucho menos que Ribeyro”. “Entonces siéntate en esa mesa”, señaló con la uña crecida del dedo índice derecho una zona en penumbra, junto a un espejo, “extraño hablar de literatura”. Y mientras él, para sorpresa de todos los presentes, dejaba su lugar en la barra y se dirigía hacia la mesa, yo salí del bar de un salto y me alejé sin volverme. Había un sol pleno, desconocido para Lima.

- Publicado  el 3 de noviembre, en el Suplemento Cultura de Perfil. 


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domingo, octubre 27, 2013

{La ciudad luminosa}
Entre las muchas fantasías que uno tiene al viajar Montevideo, está la de hurgar pilas de libros en Tristan Narvaja o en puestos callejeros de la peatonal Sarandi y descubrir piezas perdidas, incunables sin candidatos. Un poco imitando el procedimiento del narrador de La novela luminosa, que rompía su cerco de sedentarismo y encontraba en puestos callejeros o librerías de usados ejemplares incomprendidos de toda especie, uno viaja a Uruguay con la expectativa del milagro. Sigue siendo un territorio donde el pasado puede en cualquier momento cruzarse en el camino. Levrero no era inmune a los milagros cotidianos y en el diario de La novela luminosa refiere cada una de estas manifestaciones de un modo lacónico.
En la peatonal Sarandí protagonicé un episodio que narrado adecuadamente podría ser levreriano. Husmeaba un puesto y otro y otro, insatisfecho. No me topaba con el milagro, ni siquiera ampliando mi búsqueda al mundo de los vinilos. Hasta que en una esquina, sobre un tablón sostenido por caballetes, se encarnaron de una vez todos los milagros. El que atendía era un flaco de ojos claros, curtido por el sol, que tenía en la mirada restos de experiencias nobles y hedonistas. Suelo confiar en ese tipo de personas. Pero más que el vendedor, en un primer momento me atrajo un ejemplar expuesto en primera fila. El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero. Me sorprendió encontrar la novela de un amigo bajo el sol amable de otra ciudad. El ejemplar parecía usado y los grises de la tapa, brillantes y llenos en mi edición, estaban opacos y la ilustración carecía de calidad, como si el libro hubiera pasado por muchas manos o fuera pirata. Le pregunté al vendedor de dónde había sacado ese libro, a lo que él respondió preguntándome si yo era el autor. Me alcé de hombros, desconcertado. Entonces me dijo que el día anterior un hombre alto le había preguntado lo mismo al ver Una novela china, de César Aira. Él le había contestado que desconocía el origen del libro, pero que era de un autor argentino desquiciado. El hombre alto le reveló entonces que ese libro estaba agotado y que él era César Aira.
Además de libros de Octavio Paz, José Saramago, Julio Cortázar, Marosa Di Giorgio, había en un rincón tres primeras ediciones. El grafógrafo y El retrato de Zoe, ambos de Salvador Elizondo, y Así en la guerra como en la paz, de Cabrera Infante. Después de hojearlos, elegí el primero y el último y dejé afuera al único de los tres libros que no había leído. Elizondo es un caso paradigmático de cómo la vanguardia, con toda su afectación, se transforma en reaccionaria con el paso del tiempo. El sesgo experimental de El grafógrafo trasunta un encantador clasicismo. En su inclinación libresca y en su solemnidad levemente borgeana, transmite algo añoso y a la vez inimitable. Su originalidad está intacta. Fue todo lo brillante y fino que debía ser un escritor Latinoamericano en el siglo XX para descollar. Caso distinto es el de Cabrera Infante, que no deja de ser un contemporáneo nato y un escritor cuya patria pasó a ser, en el exilio, una ciudad del pasado.
Consumada la compra, el librero me dijo que para mi próxima visita a Montevideo esperaba tener una librería. Desde hacía años quería abrir un local como los de la calle Corrientes, pero el negocio rendía tan poco que había empezado a rematar su biblioteca personal: de ahí provenían los dos ejemplares milagrosos que yo me llevaba.


 (Publicado en el suplemento cultura del diario Perfil, el 20/10/)


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martes, octubre 15, 2013

{Peligro de derrumbe *}
Si hubo en Latinoamérica una Grecia antigua, ésta fue Cuba. La Habana, una Atenas roja incrustada en el caribe. Camino a lo de A, veo en las calles lo antiguo vuelto ruina, indicio de nostalgia o trinchera deshabitada. La Habana es o fue la ciudad más hermosa del mundo y su condena está escrita en la inercia subtropical. Hay en cada zona marcas de movimientos tectónicos que de tan evidentes pasan desapercibidos: son parte de la naturaleza urbana. Toda la ciudad es un gran insecto preso en una gota de ámbar. Tengo la sospecha de que esa inercia atmosférica se origina en una máquina aparatosa de control de la especie: el Estado. La ruina está, como el amor, a la vuelta de la esquina. Por momentos identifico, entre los restos, espectros de esa Atenas roja.
Llego a lo de A. Subo a un quinto piso por escalera. “Todo este derrumbe no podrá ser reparado en muchos años”, me dice A un rato después, señalando el horizonte desde la azotea de su departamento, “pero mis hijos van a ver la reconstrucción”. “Es casi una ciudad bombardeada”, pienso en voz alta, y A me comenta que un fotógrafo español, desde esa misma azotea, hace unas semanas, le dijo que sólo vio algo semejante en Beirut. La corrosión milimétrica, ejecutada durante años de periodo especial, equivale a un bombardeo. “No hay materiales para la reconstrucción, las casas se derrumban… El salitre, las lluvias… imagínate que hay que levantar una nueva Habana, todo está podrido desde los cimientos”, agrega, y me invita a caminar mientras habla de los jóvenes que escriben en la isla. Se me ocurre que esas novelas saldrán de Cuba pero como ejemplares únicos, casi a la manera de cartas.
En las calles de Habana Centro, la ciudad es fantasma. Vendedores con carros que contienen racimos discretos de frutas. Trazos de veredas careadas desde hace tiempo. Boquetes abiertos en el centro de la calle como trincheras. Caños y desagües que chorrean mientras la ciudad se hunde y proliferan mercados ilegales en una legalidad vacía desde la caída del Muro. Le digo a A que es evidente, incluso ahí, en ese comunismo hecho trizas, que el humano crea mercados y vive a través de la cotización de casi todo lo que existe. El remanente de este comunismo disfuncional ha inflado, en las últimas dos décadas, una extraña libido capitalista. A asiente y analiza: existe un capitalismo en negro, con injusticias y diferencias de clase, aunque sin pobreza extrema, sin analfabetismo y sin inanición, pero paradójicamente en Cuba toda tentativa de consumo se hace “por izquierda”.
El Estado, mientras tanto, sostiene un colosal sistema de salud pública que funciona aunque esté desbordado –la Institución Médica es la encarnación actual de Patria o Muerte-. Pone al alcance de la mano un servicio médico apto para las somatizaciones más extrañas del mal insular. La mayoría de los cubanos tiene agendado un turno con algún especialista. A cambio cede libertad. Los médicos son, en el fondo, agentes encubiertos, el último eslabón en un sistema de control social, acá y en cualquier lugar. No debo decir en voz alta esto, pienso, ya que mi paranoia podría también pasar por somatización.
Después de caminar bajo el sol, con A llegamos a una encrucijada. Un cartel pintado a mano sobre madera versa “peligro de derrumbe”. Acá se termina La Habana. Sería ideal que las ciudades, como los cuentos, encontraran en una frase un comienzo y un final. A se rié: “Peligro de derrumbe, así podría titularse la biografía de cualquier escritor cubano”.


*Publicado el 6/10 en el Suplemento Cultura Perfil.


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lunes, septiembre 23, 2013

{La hija del zar *}
Cuando encendieron las luces, una mujer rubia, de ojos verdes, acaparó toda mi atención. Estaba sola, de pie, como casi todo el público que había llegado a esa pequeña sala del Lower East Side para escuchar a John Zorn improvisando con sus discípulos. Aplaudía hipnotizada. Al rato, en la sala, sólo quedamos nosotros dos. Los músicos dejaron en el escenario un tendal de instrumentos dispuestos para la segunda entrada. Me acerqué. Alguien de seguridad nos dijo que para quedarnos teníamos que salir y pagar de nuevo. Ella contestó que el problema no era pagar sino salir, y le extendió un billete de cien dólares. Por lo brusco del acento y la desfachatez, entendí que ella era extranjera. Me miraba con una avidez indecisa. Nos quedamos para la segunda entrada. Comentó que la mujer que tocaba el arpa era su mejor amiga. Después de la segunda entrada, me pidió que la siguiera. Lo tomé como una orden. No tenía nada que perder. Saludó a su amiga y subimos a un taxi. Dictó una dirección en el otro extremo de Manhattan. “Vas a conocer mi bar preferido”. Le pregunté por qué no tomábamos el subte. Me contestó que detestaba el transporte público y sonrió de un modo maligno mientras exhalaba una bocanada de humo y por la ventanilla sacaba una mano para sacudir la ceniza. “Después de mi primer matrimonio, mi papá no me deja”, y en la carcajada ronca que soltó empecé a intuir que algo en ella estaba desencajado. Su bar preferido era un antro con mesas separadas por biombos forrados en terciopelo rojo. Después de un whisky, me dijo que vivía con su padre, quien había dejado la Unión Soviética en los ochenta y ahora monopolizaba, a través de una empresa naviera, todo lo que entraba al puerto de New Jersey desde Rusia. Súbitamente, al escucharla, me di cuenta de que era la primera mujer rica que se me había cruzado en la vida. No pude evitar sentir que estaba ante una oportunidad. Pero los ojos exaltados, además de una sospechosa capacidad para entablar diálogos con cualquier persona, gritando un poco, en un inglés duro, la volvían intimidante. Creo que el dinero la había aburrido a tal punto que se dirigía a los demás con la omnipotencia de los locos. Cuando el bar cerraba, me dijo que podía quedarme en la mansión de su padre durante mi estadía. ¿O prefería dormir en un mísero hotelucho en Queens? Para no desencantarla, le dije que no tenía problema en mudarme siempre que fuera de día y en transporte público. Le pregunté entonces si nunca se había casado. Donde había un padre idealizado, yacía un marido en ruinas. Sonrió excitada y me dijo que sí. Luego me agradeció la pregunta y yo quedé desconcertado. Salimos. No podía decir que hubiera sido una experiencia grata, continuó, aunque sabía que podría haber sido peor. Su matrimonio había durado dos años, en París. Él era un pianista local que vivía en la buhardilla de un edificio de cinco pisos sin ascensor. Durante esa época había desarrollado un extraño mal: fobia a ser tocado. Primero por los humanos en general, luego por ella, luego por el agua. “Pero no nos separamos por eso. Simplemente dejó de tocar el piano y el mundo a su lado se volvió aburrido.” Paró un taxi y antes de despedirse me dijo: “desde que me separé tengo la impresión de que cuando el hombre indicado llegue, voy a estar acechando otro candidato mejor”. No conocí la mansión. Semanas después me llamó a Buenos Aires, a altas horas, proponiendo mandarme un pasaje.



* Publicado en el Suplemento Cultura de Perfil el 22/08


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{El genio de la quebrada *}
Gracias a las indicaciones de un policía, di enseguida con la casa. “Hace tres días que no vuelve”, me contestó una mujer en la que todo denotaba amargura cuando le pregunté si él estaba. “Pero es común”, aclaró ante mi sorpresa, “y ya no me importa que no vuelva. Viene a dormir dos días por semana y por suerte vuelve a salir. ¿A quién le importa la rutina de un borracho? Cada vez que viene, trae a rastras una sarta de vagos”. Luego de una pausa, me estudió, dedujo que no era de la zona y que por alguna razón merecía otro trato. Como si reculara en su tono infidente, me preguntó si lo buscaba por algún motivo especial. “Nada especial, vine por lo mismo que lo buscan los otros, para escucharlo y tomar un vino”. La puerta del músico más genial de la Quebrada de Humahuca se cerró despacio en cuanto pronuncié la palabra vino. Probablemente su esposa no lo creyera un músico genial y la fama tardía de ese hombre le pesara, con una pena infinita, como una farsa que debía alimentar. Tal vez en la música y en las letras no reconociera al hombre que alguna vez había amado. Imaginé que se habían conocido de muy jóvenes, y que por una mezcla de inercia y de comodidad se habían mantenido juntos en un camino rutinario para el cual Vilca había ido encontrando desvíos y más desvíos, hasta transformarse en una especie de cónsul honorario y bohemio que recorría la Quebrada de noche con una guitarra a cuestas. Me senté en la plaza convencido de que las oportunidades de encontrarse con un genio eran escasas. Oportunidades de buscar a un genio sobran; dar con uno, sin quererlo, ocurre una o dos veces en la vida. Tres días antes, en Tilcara, en una peña, había presenciado cómo un hombre apartado en una mesa cortejaba su guitarra para los presentes a cambio de vino. No se podía mantener en pie, pero empuñaba y cantaba con una honestidad conmovedora. El interior de ese hombre estaba expuesto ahí. Se quedó hasta que el último parroquiano se fue y la peña cerró. Ese último parroquiano era yo. Quizás sucediera todas las noches, pero cuando Vilca me pidió que lo llevara hasta la parada de ómnibus para volver a Humahuca, sentí que me demandaba algo personal, un favor que a ninguna otra persona en el mundo le había pedido nunca. Me confería un rol de lazarillo que por supuesto acepté. Lo trasladé casi en andas tres cuadras interminables bajo un cielo sin estrellas. La sensación de estar cargando a un genio secreto compensó ese esfuerzo ejecutado a las tres de la mañana. Una vez en la parada, él se desplomó sobre un banco y me dijo que ya podía irme, que si seguía de viaje por la quebrada lo visitara en su casa de Humahuca. Podía preguntarle a cualquiera: todos conocían su casa. Si no tenía dónde dormir, él me alojaba. Y como si la palabra dormir lo hubiera abducido, de repente empezó a roncar sentado, con la cabeza colgando hacia un lado y la guitarra acostada sobre un muslo. Observé en un papel escrito a mano y pegado sobre un poste los horarios del ómnibus. Acababa de perder el último y tenía que esperar el siguiente, al amanecer. Pensé que la deriva de Vilca hacia Humahuca iba a ser tan complicada como la de Ulises hacia Itaca. Me dije que de cualquier manera ese genio convertido en héroe ante la adversidad de la madrugada y el frío, debía haber penado muchas veces en esa misma parada. Volví caminando a mi hotel, seguro de que en tres días, a cambio de un vino, iba a encontrar al mismo genio antes de que dejara de existir.





* Publicado en Perfil Cultura el 08/09


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jueves, agosto 29, 2013

{Un artista adolescente }
Nada tan angustiante como esperar la vuelta. Después de viajar varios meses de mochilero, el tiempo se detuvo por primera vez a los veinte años. El día, a orillas del Bósforo, era luminoso. Yo estaba sentado en la mesa de un bar desierto, sin nada en el mundo, salvo el roce de una brisa onírica. La visión de una posible soledad futura se presento de repente. La idea de volver a Argentina trajo la de llegar a la muerte solo e impar. Abrí un cuaderno y pensé que mientras no encontrara a mi par, podía improvisar una novela publicable. Me figuré que la posibilidad de publicar podía suspender cualquier acceso de mortalidad. Pensé en todos los escritores para los cuales la solemnidad era un accidente inefable del talento. Imágenes borgeanas como la “unánime noche” de golpe me parecieron  consecuencia de un don fuera de control. La solemnidad, además de la mortalidad, sobrevolaban el Bósforo. Estambul era el territorio retirado de una batalla interior. La solemnidad no puede ser parte de un programa estético, me dije. El antídoto es la ironía. Ironía y solemnidad sin embargo son la consecuencia catastrófica del compromiso. Del atentado poético. De explorar la capa más patética de lo literario. De lo literario como efecto colateral de la poética.
Todas estas ideas se encabalgaban rápidas, iguales a voces en la cabeza de un loco. Se me ocurrió que volvería a ese rincón del Bósforo a tomar té cada mañana y a ensayar las afecciones de un escritor. Transcurrieron quince días que recuerdo como un largo día, una cicatrización que la emoción de lo exótico fue estirando.
Novelé en esas dos semanas la biografía de un mochilero con el cual había viajado en Marruecos y al cual le había regalado los manuscritos de novelas truncas que había cargado en la mochila con la ilusión de encontrar editor en Europa. Denny era hijo de un industrial taiwanés arraigado en Brasil, había nacido en San Pablo y tempranamente le habían diagnosticado esquizofrenia. Hasta los dieciocho años había vivido en un barrio cerrado, prácticamente aislado y bajo tratamiento, y recién cuando entró a la universidad para estudiar psicología y conocer su propia afección, tuvo su primera novia. Luego una segunda y una tercera. Todas lo abandonaron, según él, por razones vinculadas a su enfermedad. Desertó de la universidad, convencido de que la cura no vendría del estudio, y se analizó durante un año con una lacaniana. Después de sucesivos periodos de depresión, tomó la decisión de irse de viaje, pese a la oposición de la familia, y curarse en la ruta. Sin medicación y con dosis de hashish diario, descubrió que su enfermedad no existía. Me lo contó en un tren apestado de polizones y traficantes que atravesaba la noche del Magreb. Nos llevo unos días llegar al borde del Sahara. Allí le entregué los kilos de solemnidad impresa que había acarreado desde Buenos Aires y lo despedí para siempre. Como otros tantos mochileros que llegaban hasta ahí, siguió viaje hacia Mauritania, Senegal, Mali. Mucho después supe que había iniciado una nueva vida en Taiwán tras publicar varias novelas malas y solemnes en Brasil, y que se había casado con una prima y tenido un hijo.        

Antes de dejar ese hueco que había cavado a orillas del Bósforo para escribir algo publicable, releí la biografía de Denny y decidí enterrar el cuaderno ahí: donde se había gestado. Me convencí de que ni esa ni ninguna forma de escritura por venir estaban destinadas a combatir la propia mortalidad. 

. Publicado en Perfil Cultura, el 25 de agosto.  


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jueves, agosto 15, 2013

{Paris Pando *}
Sucede en algunas primeras citas. La irrupción de un tercero es parte de una complicidad inicial o de un final prematuro. A la salida de un concierto de Nick Cave, por una mezcla de soledad y felicidad, empecé a hablar con un hombre y una mujer que caminaban cerca. Enseguida entendí que no eran pareja: se reían con demasiada timidez. Me adoptaron como a un puente provisorio para comunicarse. Él, Maurice, insistió en que los acompañara un rato. Valerie asintió, como si la hospitalidad hacia un extranjero suspendiera los protocolos de una primera cita. Deben haber pensado que después de un gran recital era triste no tener a nadie con quien hablar. Por alguna razón, cuando se es joven, por puro optimismo, uno quiere quedar bien con cualquier visitante. Mostrar la ciudad y compartir sus presuntos secretos termina siendo un modo de hacer propio un lugar hostil y desconocido. En una brasserie, a altas horas, después de hablar de Nick Cave, de los beneficios del verano y de la calidez de las ciudades mediterráneas, Maurice tuvo un acceso de rabia y afirmó que París era una ciudad muerta, cursi, aburguesada. Tal vez la ciudad de la tierra más injustamente prestigiosa. “Un infierno de estupidez y aburrimiento”, continuó, como si provocar a Valerie, que le clavaba los ojos verdes un poco decepcionada: desmitificar París era una manera ruin de herir la sensibilidad de un pobre turista sudamericano. A medida que bebía, Maurice parecía olvidar que él había insistido en invitarme. Mi presencia parecía habérsele vuelto tenebrosa en cuanto advirtió que un sudamericano portaba, detrás de una fisomía corriente y algo derrotada, un exotismo que intrigaba a mujeres como Valerie. Decidí intervenir: “No tenés idea de lo que es el infierno. Yo pasé por ciudades feas de verdad. En Uruguay existe una llamada Pando, donde no hay más que prostíbulos, proxetenas y juzgados que no dan abasto. Calles y calles repletas de putas y hombres en las últimas. Todo lo demás es miseria, familias que viven de esa industria sin humo”. Maurice bajó la mirada y se distrajo fumando para ocultar el rencor. “Eso es el paraíso…” Valerie lo detuvo en seco: “¿Qué? Es el peor lugar de la tierra: una ciudad de esclavas”. En ese momento entendí que mi intervención acaba de sentenciar el fin de cualquier potencial romance entre mis anfitriones. Maurice fue al baño y Valerie en un papel aprovechó para anotarme su teléfono. Al rato, los tres nos despedimos en direcciones distintas. No especulé ni esperé. Me quedaba un día en París. Al despertar llamé a Valerie. Sin que le dijera que quería verla de inmediato porque partía, me citó a las siete de la noche en el restaurante del hotel La Perle. Cuando terminamos de comer, pasamos a una habitación que ella había reservado. Recién adentro nos besamos. No mencionamos a Maurice. Al día siguiente me fui y, salvo por alguna postal, nunca más volví a saber de ella. Sin embargo, unos años después, en Montevideo, un episodio la trajo a mi memoria. Tomé un taxi y a poco de andar por la rambla, en pleno mediodía, el chofer exclamó: “Le soleil brille”. “¿Qué?”, repuse. “Sí, le soleil brille, el sol brilla…Eso me dijo un pasajero franchute ayer. El tipo era un loco, estaba encantado porque venía de pasar los días más felices de su vida en la ciudad más maravillosa del mundo: Pando. Mañana quedé en llevarlo de nuevo.”
* Publicado en Cultura Perfil, el 11/08


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domingo, agosto 04, 2013

{Espasmos coreanos}
De todas las sorpresas que me deparó la pileta en Corea, la primera se manifestó en el vestuario. Los coreanos desnudos tienen algo andrógino, no terminan de ser hombres sin ropa. Se secan la piel con secadores de pelo y luego se untan cremas frente a un espejo de cuerpo entero. Tienen algo excesivamente femenino, un pudor asentado en el modo de moverse y no cruzar miradas. El mismo pudor se percibe en las mujeres, pero en la calle.
Una vez en la pileta me topé con una segunda sorpresa. No supe dónde poner la toalla y las ojotas. No había un espacio predeterminado, ni indicios de que la docena de nadadores presentes hubiera dejado sus posesiones en algún lugar. Como si no conociera oriente, no advertí que en ambientes privados se privilegia el contacto de los pies con el suelo. Recordé que en la ducha todos estaban descalzos y que en un corredor aledaño colgaban de ganchos varias toallas y elementos de higiene.
Aunque no soy profesional ni formé parte de equipos de natación –el entrenamiento grupal arruina el encanto solipsista y rústico del nado y lo transforma en deporte social-, soy un esteta del  movimiento, un ser autocrítico que por conocer debilidades y falencias propias invierte mucho tiempo buscándolas en los demás. El buen nadador, además de tener un ritmo regular, se caracteriza por producir en el desplazamiento horizontal una ilusión de verticalidad.
En los minutos que invertí en el borde experimenté una tercera sorpresa: nadie sabía nadar crawl aceptablemente ni dar la vuelta americana. Tal vez consideraban el crawl un género menor. Tiendo a creer esto último y no que los coreanos estén incapacitados para ese estilo. El género mayoritario, a las claras, era mariposa. Lo practicaban con un talento admirable. Me atrevo a arriesgar que el oriental, por su contextura física, tiene un don para este estilo evanescente y a la vez salvaje. Incluso las aptitudes motrices del nadador coreano más torpe resultan menos disruptivas en mariposa que en crawl. Deben practicarlo no como género excepcional sino como género central; de otra manera es incomprensible que gente mayor de edad arriesgue la salud de sus vértebras. Para un coreano nadar es sinónimo de mariposear en el agua. Después de la mariposa, el estilo predilecto –aunque la idea de que el estilo sea un género me convence más-, es el pecho. El más impopular, espalda.

Noté que después de dos largos todos paraban a descansar. Casi siempre eran más los que descansaban en el borde que los que nadaban. Incluso para hombres atléticos parecía estar prohibido nadar más de dos largos de corrido. Nadar ocho o diez largos continuos comenzó a producirme pudor y de a poco, para no quedar estigmatizado bajo el rótulo de “exhibicionista aeróbico”, me plegué al hábito de holgazanear en el borde. Entre tanto descanso, pude observar que por una puerta lateral esmerilada se esfumaban varias nadadoras. Esa puerta empezó a ser un enigma cuando cinco ninfas expertas en estilo mariposa de pronto emergieron del agua, corretearon sincronizadamente, como si salir de la pileta fuera una disciplina artística,  y se perdieron en esa otra dimensión. Una celada para extranjeros, pensé. Al rato percibí que también algún hombre atravesaba esa puerta y pasaba al otro lado suspirando. Me dije que la siguiente vez, con más coraje, familiarizado con el clima extraterrestre que fomentaban los cultores de la mariposa, me animaría a transitar el más allá. 

- Publicado en el Suplemento Cultura Perfil, el 28/07.


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lunes, julio 15, 2013

{Falsos peregrinos }
Ninguna mujer, ninguna hembra, accedió al Monte Athos en los últimos siglos. Sólo gallinas ponedoras de huevos interrumpen la autosuficiencia de esa tierra de hombres místicos y castigados. Es lo que escuché y la razón por la que una mañana temprano estuve en el embarcadero de Ouranópolis, después de interminables trámites burocráticos para obtener mi diamonitirion y peregrinar cuatro días al lugar que más debe parecerse a otro planeta o al infierno.
Lo cierto es que el día señalado, desde temprano, las ráfagas de viento impedían la partida de barcos y ferrys. Por esa clase de irracionalidad presente en cualquier oficina pública del mundo, el permiso de visita era válido en tanto uno cumpliera con la restricción de entrar y salir de la zona sagrada los días señalados. Por ende, si perdía la posibilidad de embarcarme hacia Dafne, el puerto más cercano al corazón del Monte, mi diamonitirion caducaba. Obtenerlo había insumido días de trámites en la Oficina del Peregrino, respondiendo a preguntas tan absurdas como las de un visado norteamericano.
Por fortuna había otras cien personas en mi situación. No me resultó difícil simpatizar con un puñado de rumanos perseverantes. Eran ocho. Cargaban todo tipo de bártulos y heladeritas con víveres y bebidas. Un cincuentón al que llamaban Radu les daba órdenes sin moverse; los formaba constantemente como si estuviera a cargo de un batallón de inútiles o de locos. Quizás aburrido de tanta disciplina, se detuvo a hablarme: “Parecés el único joven con fe en el puerto”. Todo asomo de ironía se evaporó de sus rasgos opacos cuando le dije que era sudamericano. “Amigos, entonces”, contestó. Me palmeó la espalda con un afecto infundado y me invitó a formar parte de “la excursión”. Sus subalternos podían cargar mi equipaje si teníamos que caminar algún tramo. Todos trabajaban con él en la policía de Bucarest, de la cual él mismo era jefe absoluto. Habían planeado unas vacaciones corporativas, sin excesos; cuatro días de merecido retiro espiritual durante los cuales, de paso, él buscaría a su hermano menor, confinado en uno de los monasterios desde hacía treinta años. Pero si no conseguían un vehículo para hacer el camino por tierra, iban a tener que volver con las manos vacías “al prostíbulo más grande de Europa”. A continuación me recomendó pasar unas vacaciones en Bucarest y se ofreció a convidarme las muchachitas más tiernas de los Balcanes si lo visitaba. Me pregunté el por qué de semejante oferta. Tal vez todos sus subalternos hubieran comenzado así.

Mientras yo perdía la ilusión de conocer a esa casta de hombres en cautiverio y me convencía de que el Estado Autónomo Monástico del Monte Athos podía ser, a esta altura del siglo XXI, una atracción destinada a policías corruptos, políticos culposos, artistas enamorados de lo exótico y cristianos ortodoxos que necesitaban invertir ahorros, un lugareño de Ouranópolis se acercó y le dijo a Radu que el viaje costaba ochocientos euros. El camino al Monte era de ripio y nadie quería arriesgar por menos su camioneta. Asintió y extrajo de un bolsillo un fajo de billetes. Al rato, sus subalternos subieron como ganado a la caja de una F100. Radu me clavó los ojos, desde la cabina, como si hubiera depositado en mí una esperanza secreta. “¿Subís?”. Poco después, incluso entre el polvo que levantaba la camioneta al alejarse, siguió mirándome, como si en el fondo hubiera jugado con la esperanza de modelar en mí al hermano que quería encontrar. 

-Publicado en el Suplemento Cultura Perfil, el 14/07/2013.


++ posted by {oliverio coelho} at 9:25 p. m. 0 comments

autor
OLIVERIO COELHO. 1977.

Publicó las novelas "Tierra de vigilia", "Los invertebrables", "Borneo", "Promesas naturales", "Ida" y "Un hombre llamado Lobo", y el libro de cuentos "Parte doméstico".

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