viernes, enero 28, 2005

Addenda

Después de años, mecánicamente entro a la galería del Disco de Santa Fé y Anchorena. Recuerdo una librería de usados en la que de joven compré la primera edición de Ema, la cautiva. Supongo que después de tanto tiempo, algún incunable me espera. La librería sigue existiendo, pero en otro piso. Paso y por si acaso pregunto por Ema, la cautiva. La empleada me interroga por el autor. ¿Aira? No, ese autor no me suena, y hace una búsqueda vana en una computadora que parece apagada. Poco después, charlando un poco, intuyo que en el fondo a la empleada ningún autor le suena y trabaja ahí por conveniencia. Sólo sabe que desde hace mucho tiempo los innumerables ejemplares de un tal Asis y un tal Mallea están en el mismo lugar. No ha conseguido vender un solo ejemplar y le llama la atención que autores con tantos títulos sean tan poco leídos. ¿Deben ser muy malos?, conjetura.
Sin duda la librería ha cambiado de dueño y ha altarerado el criterio de valoración: las ediciones más viejas valen siempre dos pesos, las más recientes -Grandes novelistas de EMECE, libros de autoayuda, cuadernillos de biología- cinco o diez pesos. Un poco abochornado, armo un combo de libros de dos pesos. La religiosa de Diderot, El hijo maldito de Balzac, Orlando de Woolf traducido por Borges, y la edición de los cuentos completos de Piñera por Sudamericana -El que vino a salvarme- con prólogo de Bianco. Durante años rastreé este libro; en un anticuario me lo quisieron cobrar noventa pesos -ahí sí conocían a Aira, tenían Los fantasmas, a un precio también disparatado-.
Me retiro de la librería sigiloso, como si después de mucho tiempo hubiera dado un buen golpe.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Todo llega. Conocer a Aira es un buen negocio.


Diego

Anónimo dijo...

Ese libro de Diderot... lo encontré en Avenida de Mayo, pero en francés y hoy no me puedo acordar si lo compré o no y me había llamado la atención porque andaba buscando cosas relacionadas con Abelardo & Eloísa.

Anónimo dijo...

Los libros imprescindibles suelen llegar por caminos sinuosos, por rutas de costa o de montaña que en vez de horadar y reventar la geología se van deteniendo en las anfractuasidades y variedades del corazón humano. Valiosos como candiles en medio de una cueva, iluminan un rincón del mundo y del cerebro, iluminan tanto nuestro pasado como nuestro presente.

Hay libros que encuentras un día en una librería de viejo, sin nada verdaderamente llamativo en el escaparate, libros expuestos como con desgana, como si el propietario no tuviera el deseo de atraer a nadie y menos de vender. Piensas, al entrar en la librería, que es una pérdida de tiempo, hasta que reparas en un lomo rojizo y encuentras una joya en un barrizal y además a un precio irrisorio (piensas que es un error). Para cercionarte se lo acercas al propietario sin manifestar grandes muestras de interés, con la malicia del chamarilero que no quiere revelar su entusiasmo por el inesperado hallazgo y finalmente sales de la librería con el libro (tesoro) en tu mochila...

Oliverio, descubrí el anonimato...n.

Pablo dijo...

Fue un MUY buen golpe.