jueves, octubre 08, 2015
martes, agosto 25, 2015
Mudanzas *
Mudarse supone algo sobrenatural. Un movimiento brusco
parecido al de un viaje a extremo oriente, donde todo es nuevo y a la vez lo
suficientemente propio para que la adaptación sea factible a largo plazo.
Ahora, trasladando mis petates de una casa a otra, revivo travesías a extremo
oriente. Viajes descomunales, de treinta y cinco horas, con dos o tres escalas que
dejan la sensación de que uno podría vivir en tránsito, alimentándose de comida
chatarra y vegetando en un asiento turista durante semanas. La sensación es
semejante a la de un cambio de casa: un movimiento titánico que en cierto
punto, al automatizarse, es infinito. Así como uno podría cambiar de avión y
volar de un lado otro sin husos horarios, también podría mudarse indefinidamente,
subir cajas, embalar libros, desarmar muebles, sacar tulipas de lámparas,
acomodar cacharros de cocina en cajas obtenidas en un supermercado chino. Todo
automatismo abre una brecha en la cual profesionalización e indolencia se
cruzan, muchas veces en dosis desiguales. En la experiencia se ramifican
infinitas profesiones no ejercidas -embalador, tasador de muebles antiguos, por
ejemplo- y dilemas de toda clase: ¿mudar a la gata antes que a la perra o
viceversa? ¿Reordenar la biblioteca y, en vez de seguir el patrón de los
géneros, sucumbir a la higiene del orden alfabético?
Recuerdo que para mis dos estadías en Seúl, llegué con
pocas pertenencias pero con la sensación de haberme mudado. En la valija
llevaba algo de ropa y libros que suponía servirían de antídoto ante el
entumecimiento gradual de la lengua materna. Ordené todo en una hora pero
prevaleció la sensación de que, aunque hubiera desempacado, todavía no había obtenido
mi derecho a desembarcar. La ciudad era una casa entera que proponía el desafío
de ser habitada con pericia, bajo una cierta estrategia.
En mi primera visita a Seúl tal estrategia no existió.
Había creído que era posible mudar en bloque a una ciudad laberíntica mis
hábitos en Buenos Aires, pero no di con los puntos de referencia ideales –como
una cinemateca, una cervecería con barra o una pileta de natación- para
improvisar el traslado en bloque. Encontrar esos puntos y luego llegar a ellos desembocó
en la práctica burocrática de tomar subtes repletos de oficinistas que volvían
de una pesadilla, cruzar avenidas colosales para terminar demorando, entre un
punto y otro, casi una hora. Sólo cuando decidí no salir a la ciudad y resistir
cualquier tipo de compromiso impuesto por mis anfitriones, pude elaborar una
rutina en base al ocio doméstico y escribir el único cuento que me deparó esa
estancia estática en Seúl. Es que habitar una ciudad, como una casa, exige la
invención de una rutina para esquivar las formas de la perplejidad. Y esa
rutina, en general, está articulada con una cartografía indominable. Cultivar
el ocio en un territorio mínimo es una buena estrategia frente a los movimientos
colosales. En mi segunda estadía, como si todos los derechos de piso los
hubiera pagado en la primera, encontré esos puntos de referencia enseguida e
inventé un recorrido urbano inflexible, casi siempre ejecutado a pie, para poblar
a la vuelta de cada trayecto el oasis seco del diario personal.
* Columna publicada el 23 de agosto de 2015
Puertas laterales *
En todo viaje, retrospectivamente, la forma que adopta el
insomnio y el modo en que uno batalla, pueden resultar recuerdos de guerra. La
resistencia al sueño que apareja el cambio drástico de huso horario,
predetermina la posibilidad de aclimatarse a un destino o entrar en una ciudad
por la puerta lateral del infierno. Los insomnios por jet lag son los únicos
insomnios inaprovechables. Ni siquiera las mentes más perversas del capitalismo
tardío consideran rentable este tipo de insomnio que nació con el avión. Las
víctimas del jet lag ni siquiera son clientes potenciales, y no hay industria
del entretenimiento ni producto capaz de naturalizarlo. El portador de jet lag
es un impenitente y se desplaza por la
realidad sin atravesarla, como un zombie. Apenas hay productos químicos que aplazan
el efecto del jet durante un día. En un organismo anárquico toda píldora tiene
efectos inesperados, y aunque uno induzca el sueño artificialmente durante ocho
horas, súbitamente, a mitad del día, el cuerpo se apaga.
Recuerdo haber entrado, literalmente, por la puerta lateral
del infierno a Bangkok. Nunca pude dejar atrás la experiencia pesadillesca que
me deparó esa ciudad. Estuve sin
conciliar el sueño durante varios días. Con píldoras de melatonina y tilo, dormía
una hora profunda y me despertaba como si hubiera dormido doce horas. Luego pasaba
largos ratos atontado escuchando una gotera o voces fantasmales de otros
cuartos que proyectaban en ese lugar una torre de babel asordinada. Cuando
finalmente lograba conciliar el sueño, entraba la luz del día, llegaban los
gritos, los bocinazos de la calle, se activaban aspiradoras en los pasillos y
el idioma comenzaba a tenderme trampas: mezclaba inglés con castellano. Al
mismo tiempo, después de una o dos horas, una voz interior me decía que debía
levantarme, salir, conocer la ciudad, cansarme, porque si dormía de día siestas
de una hora nunca normalizaría el sueño. Sin embargo, apenas pisaba la calle,
experimentaba una fotofobia paralizante. Trataba de comportarme como cualquier
individuo y desayunar. Volvía a la
habitación vencido por el cansancio, y a los diez minutos la misma voz interior
me recomendaba salir. Automáticamente me levantaba y a los ojos de los
consternados recepcionistas, atravesaba la puerta del hostel, me alejaba dos
cuadras, intentaba probar comida en un puesto callejero y como si la mezcla de
picante y sol me intoxicara, retornaba pero me tropezaba estruendosamente con todo
lo que se me cruzara, incluso con un perro durmiendo en el medio de la vereda.
Después de seis días de jet lag, la única alternativa
resultó dejar Bangkok con la sensación de no haber estado nunca ahí. La
presencia de surfers bronceados en un paraíso de consumo, no hacía más que
reforzar la sensación catastrófica de haber caído en el lugar equivocado. En
las agencias de turismo, estos mismos surfers dejaban sus pasaportes para que
les tramitaran visas a Vietnam o Camboya. Supuse que allí también consumidores
bronceados y musculosos contrastarían mi particularidad zombie. De modo que
elegí un destino de provincia. Tomé un tren hacia un pequeño pueblo y apenas me
alejé de la ciudad, un par de estudiantes tailandeses que estaban en el mismo
compartimento, empezaron a hablarme de Borges. Horas más tarde, en un lugar sin
atributos, recuperé la raíz del sueño y dejé pasar la oportunidad de huir.
* Columna publicada en Cultura Perfil el 9 de agosto de 2015
No molestar*
Alguna
vez escribí sobre estadías en hoteles de los que resulta difícil salir. Hoteles
contemporáneos y sin historia, que simbolizan la estadía en un país distinto y a
la vez sintetizan características culturales, incluso cuando ofrecen un confort
adaptado al habitante global. Recuerdo
uno en Seúl. Otro en Tokio. Ofrecían un tipo de confort que ningún oriental
sentiría del todo afín y que ningún occidental, a su vez, reconocería como
prototípico de oriente. Esos hoteles híbridos están en un limbo y son los más peligrosos.
Implican en sí un viaje y si la finalidad es conocer una ciudad, pueden
funcionar como trampas, madrigueras donde se reproduce el ocio, los tiempos
muertos, el estatismo y la laxitud mental. Para algunos escritores, detrás de
toda invitación a participar en un festival o feria, está latente la
posibilidad de transformarse en un habitante global pese al recelo rumiado
durante años, recaer en uno de estos hoteles y abandonarse, de una vez por
todas, en un hábitat pasajeramente embrionario.
Personalmente,
esa cuota de exotismo en formol que mantienen ciertos hoteles vistosos
-especialmente esos en los que los organizadores de ferias o festivales
insisten en alojar a sus invitados para impactarlos-, es tentadora al
principio. Produce hábitos inesperados que tienden a crear una comodidad nueva,
o mejor dicho, desconocida, ya que los hogares en general, sobre todo en una
ciudad como Buenos Aires, son nidos imprácticos repletos de parches que se
superponen a remiendos dejados durante décadas por el paso de sucesivos conspiradores
de la plomería, la albañilería o la electricidad, sin que males endémicos –la
presión deficiente de agua en la ducha, la baja tensión o la humedad bajo la
mesada, por ejemplo- encuentren una solución definitiva.
Alguna
vez sentí que en uno de esos cuartos luminosos, impregnados de minimalismo y
funcionalidad, adquiría conductas insensatas, a saber: bañarme varias veces al
día para aprovechar la presión del agua, cobijarme en tiernos toallones y pasearme
en la gruesa bata del hotel, escribir con la televisión prendida de fondo y dibujar
en un anotador con membrete del lugar.
Pese
a todo lo dicho, la condición excepcional y sanadora de esa capsula sin fallas
que puede ser la habitación de un hotel, se vuelve nociva después de un tiempo.
Un periodo de dos semanas, creo, alcanza para que se de una metamorfosis
anímica, el habitante global pierda su entusiasmo y se derrita e extrañando las
imperfecciones del hogar, grietas por las que en realidad respira gozosamente el
habitante sedentario.
Vivir
en un hotel más tiempo corroe el alma. Las costumbres inesperadas se evaporan y
dejan lugar al tedio pequeño burgués y la precaución. La televisión de fondo
aturde. El contacto del agua pierde nitidez. La bata se revela como un añadido
fraudulento en la vida cotidiana. El orden y la limpieza dejan de ser basales y
uno empieza a colgar del picaporte el cartel “NO MOLESTAR” para que la marea de
homogeneización alguna vez aliviante no llegue a las cosas dispersas, a los
objetos que en el suelo o en la mesita de luz luchan por su propiedad. Las
comidas empiezan a saber igual. En los desayunos uno ya no estudia las nuevas
camadas de familias que han llegado al hotel. Más bien evita todo contacto para
templar una mínima película de intimidad y volver a salvo.
* Columna publicada el 26 de julio en Cultura Perfil.
Continuidad de las ciudades
1-Existen
distintos modos de componer una ciudad en la memoria. Las anécdotas, que
siempre son falibles, hablan más de uno mismo que de la ciudad. Sitúan un viaje
en una biografía y muchas veces resultan intercambiables a la hora de poner en
escena una aventura. Desde mi punto de vista, existe un modo de componer la
ciudad por fuera de la anecdotización. Este método consiste en recuperar simplemente
sensaciones que acompañaron la visita a un mercado, por ejemplo, pero que no
aparejan imágenes de uno mismo en ese mercado. Esa composición a través de
sensaciones en general importa olores, ruidos, algo de tacto. Los sonidos repuestos
pueden provenir, como en los sueños, de otro paisaje o del presente y pueden
montarse en la memoria de forma arbitraria. Hasta aquí, los consejos para componer una
ciudad más allá del yo.
2- ¿Qué
hacer con una imagen imborrable? ¿Qué pasa si una ciudad se recuerda sólo desde
un punto determinado, un punto de vista panorámico, un plano picado, digamos, y
nada más, y esa imagen persiste, no pierde su luz, se inmortaliza con los años?
De la ciudad de La paz sólo retengo una imagen congelada desde El alto, el sol a
plomo sobre las paredes anaranjadas de las casas. El ladrillo a la vista, a la
distancia, creando un mapa tan homogéneo como el verde cristalino de la pampa.
Es curioso pero ciertas ciudades, en perspectiva, homogeneizadas bajo un color,
parecen más antiguas de lo que realmente son. Incluso tienen el aspecto de un
sitio arqueológico: urbes que fueron arrasadas por alguna catástrofe natural y
encontraron en el paso del tiempo una tranquilidad que las perfeccionó. Si no
fuera porque un manojo de torres descoloridas interrumpen su uniformidad, La
paz sería un prototipo perfecto de sitio arqueológico desde un plano picado. La
misma vista panorámica, en el recuerdo, se me confunde con una imagen fija
desde un cerro de Valparaíso.
3- Aunque
ambas ciudades no tienen relación, las calles en pendiente producen una
simetría espontánea. En realidad estuve en varias ciudades cuya topografía era,
preeminentemente, la cuesta, como Potosí, Lisboa o Guanajuato. Pero Valparaíso
y La Paz, por alguna razón, son complementarias. Es como si la segunda se
prolongara en la primera y logrará así llegar al mar. No es que una contenga algo de la otra y
posibilite un déjà vu en el viajero incauto. La sensación es diferente. Uno siente que está en una misma ciudad con
dos caras, a la manera de Buda y Pest. No las divide un río, sino dos mil
kilómetros de distancia.
4- Como
ya dije, no hay nada, salvo una vista estática desde los cerros, que me permita
esta asociación caprichosa. La arquitectura de Valparaíso, sobre todo en la
zona portuaria, presenta palacios en decadencia y un aire bohemio. Varias fachadas
parecen reflejar en su estilo esos elementos orientales que a los puertos del
Pacífico llegaba boca a boca, con los navegantes. Nada más alejado que La Paz,
donde restos coloniales se fueron mestizando con edificaciones eventuales que
brotaron desordenadamente en el siglo XX, como en todas las grandes urbes
latinoamericanas –Ciudad de México, Sao Pablo-, a las que la ausencia de río o
de mar fue ensimismando.
* Columna publicada en Cultura de Perfil el 12 de julio de 2015
Pacifistas camuflados*
El
territorio de la bicisenda puede ser un campo minado. En Ámsterdam son
altamente transitadas. Las bicicletas y las motos comparten el mismo carril y,
según mi experiencia, casi nadie se toma la libertad de andar en bici como si
paseara o papara moscas. Siempre hay un destino, nunca una deriva. Es un medio
de transporte de alto riesgo, que exige conocimiento del terreno,
profesionalismo. Los ciclistas, pese a cualquier exceso, conservan un aura
límpida, a diferencia del conductor, que es visto como un depravado, casi al
igual que los fumadores en EEUU.
Hay
casos de ciclistas que chocan contra
tranvías o embisten a transeúntes, por lo cual pocos montan una bici sin
seguro. Ámsterdam es la única ciudad en
la que vi una bicisenda doble mano –el
tramo sólo se extendía a lo largo de una calle muy ancha por tres cuadras-. De
esta generalidad excluyo, por supuesto, a Buenos Aires, donde el sistema de
bicisendas está planeado en su noventa y ocho por ciento en doble mano, para
ahorrar inversión –lo que se dice matar dos pájaros de un tiro-. Este ahorro
innecesario que encubre una forma de clientelismo especulativo genera una
ruleta rusa en la que el sujeto A (peatón en babia asoma medio cuerpo y una
pierna sobre la bicisenda para cruzar mirando en dirección al tráfico), el B (automovilista
que dobla desplazando la mirada de un espejo a otro, persecutoriamente,
mientras de frente vienen el sujeto A y D), el C (motociclista que coloniza la
ciclovía y avanza a toda velocidad para esquivar los embotellamientos) y el D
(finalmente nuestro protagonista, el ciclista que, en dirección en opuesta a
los autos, esquiva pozos, transeúntes que cruzan en cualquier momento y trata
de no caer en una canaleta producto de la pavimentación desganada), tienen las
mismas posibilidades de colapsar en un choque múltiple. Tal vez en la corta historia
de las bicisendas porteñas, que por la calidad de sus materiales ya tienen un
aspecto vetusto y en varios tramos mutilado, haya existido ese cuádruple choque
que vendría ser la versión amarilla del big bang. Un cruce imposible de partículas
que la planificación urbana cortoplacista y negligente no hace más que
acelerar.
Recuerdo
que Ámsterdam fue la única ciudad en la que ciclistas hiperactivos , casi en
estado de competencia, estuvieron a punto de embestirme, ajenos precisamente a
la existencia del cuádruple choque que aqueja al porteño. Incluso fui objeto de
quejas e insultos porque no mantenía una velocidad mínima o regular, según la
versión de un amigo escritor que vive en esa ciudad y alguna vez chocó contra
un tranvía andando en bici. Los turistas y los voyeurs deben representar un
inconveniente para el holandés que para ir al trabajo usa la bici como si fuera
una moto. La visión estereotipada del ciclista como pacifista camuflado en este
caso cae por la borda. El ciclista del primer mundo suele ser oportunista,
inescrupuloso, y usa su vehículo –munido de la vanidad que implica el empleo de
un transporte sustentable– con el mismo atropello que un automovilista, para
llegar a horario. En ciudades como Ámsterdam, donde el tránsito de bicicletas
es intenso y el de autos bastante laxo, un argentino atareado en la observación
de parques y canales que interrumpe esa dinámica de autopista, siembra el mismo
pánico que un Taunus destartalado en el carril rápido de la Panamericana.
* Publicada el 28 de junio en cultura Perfil.
martes, junio 16, 2015
Noticias del más allá *
Caer
en la trampa de las guías, sobre todo cuando uno viaja a países exóticos, es un
mal necesario. Hace más de una década, recuerdo haber pisado pueblos semifantasmales
de Tailanda por culpa de guías como la Lonely Planet. La guía en cada rincón y en
cada pueblo exacerbaba una característica o un atributo a tal punto que el
encuentro con la realidad de una región que podría tener su encanto, se volvía
decepcionante por las expectativas creadas. Llegaba tratando de identificar las
características locales y los sitios arqueológicos citados en la Biblia del
buen mochilero. En cambio, terminaba deambulando por pueblos opacos, con ruinas
budistas apenas conservadas, persuadido de que había errado las coordenadas.
Los alojamientos recomendados solían ser antros de paredes delgadas, donde
resultaba imposible dormir después de las siete de la mañana. Varios estaban
comandados por gringos que parecían prófugos o lavadores dinero en el rincón
menos pensado del planeta.
Recuerdo
que aquel viaje pesadillesco por suburbios del sudesteasiático se encarriló
cuando dejé de atender el optimismo de una guía para la cual todo puede o debe
ser vendido, y empecé a confiar en
viajeros que hacían el camino inverso y traían noticias de más allá. Al cabo de una semana entendí que estaba en
el país equivocado si no quería improvisar una de las tantas formas de turismo
y consumo que ofrece Tailandia y pretendía viajar hacia el corazón de un
pueblo. Crucé la frontera con Laos y la atmósfera cambió como si los dos países
estuvieran separados por un océano. Vestigios de Indochina y del comunismo. Trazos
de la historia en el aire y en el paisaje. Recuperé la ilusión de que por fin
era un viajero más que un turista. Difícilmente un extranjero se encontrara en
Vientiane por los mismos motivos que otro. De algún modo era un lugar
transitado por fantasmas.
Lo
que me sucedió en Tailandia, bajo el influjo de la Lonely Planet, no suele
ocurrirme en Argentina. En mi propio país siempre me resultó más simple percibir
dónde había gato encerrado. No obstante, un par de notas auspiciosas en
distintos matutinos sobre Maschwitz y sus mercados, fungieron de guías de
turismo accidentales. Con una fe fundada ingenuamente en esa publicidad
encubierta que propagan las crónicas del buen vivir, un domingo partí con mi
mujer hacia la aventura. Ya al entrar a la zona en cuestión, sentimos la
presencia de un pasado falsificado e incrustado en una especie de maqueta
balnearia, con sus zonas temáticas, sus shoppings al aire libre y sus turistas
indecisamente bronceados. Bajo la máscara de la autosustentabilidad conservaba algo
de esos paseos de compras laberínticos que pueden verse en Bariloche y Mar de
las Pampas, y que la mayoría de las veces parecen construcciones prearmadas sobre
las que, en temporada baja o en días de
semana, cae una tristeza inocultable, igual a la de un payaso. En esos momentos
clientes y habitantes parecen haber huido y detrás del maquillaje turístico corrido
asoma una maqueta de la sociedad argentina: simulacros culturales que son
centros de recreo y bienestar para habitantes de countries y para porteños
incautos, y a pocas cuadras calles empantanadas, pozos ciegos, baches, fachadas
derruidas que cada tanto la sombra de un hombre atraviesa para alimentar perros
flacos y rendidos ante su puerta.
* Columna publicada en Cultura Perfil el 14 de junio de 2015
Bárbaros en la barra *
Hace
poco, leyendo un libro de crónicas de Andrés Felipe Solano sobre Corea, me
encontré con un pasaje, entre tantos otros destacables en este libro -que pese
a todo es un diario visceral que hace honor a su título: “Corea, apuntes desde
la cuerda floja”-, que refería la importancia de los bares en la vida de un
extranjero. Encontrar un bar cercano en el cual atravesar el verano –o un lapso
de tiempo más subjetivo, por ejemplo un duelo- es una cuestión de sobrevida.
Agreguemos
que también ese tipo de bares son esenciales para atravesar el invierno, el
otoño y la primavera. Felipe Solano refiere el hallazgo de un bar singular en
Seúl, repleto de una colección de vinilos, como una anomalía en la que además,
o por sobretodo, existe la bendición del aire acondicionado en épocas de economía
energética. Los veranos en Seúl son pesados y húmedos, como los de Buenos
Aires. De manera que el bar de Felipe Solano, llamado Golmok, en las
inmediaciones del barrio cosmopolita por excelencia de Seúl –Itaewon-, es un
refugio, un lugar de doble vida donde lo que se gana no es la aventura sino la
soledad. Ninguna residencia más oportuna para ejercitarse como forastero que la
barra de un bar.
Me
pregunto, ahora, si en realidad la barra de un bar no induce la extranjeridad.
Es decir, si la barra no es un nodo en el que uno y su propio extranjero se
encuentran pacíficamente a saldar cuentas y negociar el futuro. Acodarse en la
barra de un bar en Buenos Aires puede ser un modo nostálgico de sentirse
forastero, sobre todo cuando los bares con barras serias y contundentes escasean.
En
Seúl, aunque no llegué a frecuentar el Golmok, cierta tarde invierno descubrí
un bar de jazz. Tenía una variedad sorprendente de whiskys y en general los
clientes, después de comer en otro lado, venían a beber y ordenaban una botella.
Como muchos bares en Asia, el bar no daba a la calle, estaba en un edificio. El
dueño, del otro lado de la barra, trabajaba solo, y tenía una pecera con un
microhabitat y una criatura de piel transparente, aspecto de nonato, brazos
cortos, manitos atrofiadas y cola larga, a la que mimaba y apodaba “mi bebé”
pese a que raramente se movía.
La
mayoría de las veces, como si fuera necesario exacerbar mi sentimiento de
extranjeridad, apenas abría el bar a la noche yo estaba en la barra hablando de
Sonny Rollins, Ornette Coleman, Gary Peacock. Siempre sonaba buena música y
siempre podía encontrar luz para leer el libro que llevaba encima.
Sin
embargo, a partir de un episodio, mi estadía comenzó a ser non grata. Con cada
visita la curiosidad por la criatura había ido aumentando y me quedaba minutos
observándola. Cierto día, a solas, vulneré la resistencia del dueño a hablar de
esa criatura prehistórica, e insistí en saber qué era. “Un axolotl”, me dijo. Le
pregunté cómo lo había conseguido y si no era un anfibio en extinción.
Malhumorado, me contestó que había llegado de Japón, que el animal requería tantos
cuidados como un enfermo y que tener uno no era ilegal. Cometí la torpeza de comentarle que en Ciudad
de México algunos restaurantes lo servían como manjar. Empalideció. Nunca me
quedó claro si debido a nuestro inglés tomó el comentario como una propuesta
culinaria, pero en mi siguiente visita, al verme entrar, me recibió como un
bárbaro que llegaba a apropiarse de su bebé.
* Columna publicada en Cultura del diario Perfil el 31 de mayo de 2015.
martes, junio 09, 2015
lunes, mayo 25, 2015
Corte y confección
En
los bares, a altas horas, entre una corte de beodos y amistades espontáneas, se
cuece el caldo de las mitologías. Un poeta chileno, con varias cervezas negras
encima, me sugiere que la aristocracia inglesa manda a bordar a la India las
prendas de seda más delicadas. Son bordados que sólo manos chicas y suaves pueden
plasmar, aclara. Mientras más pequeñas, mejor para la trama. En general, los
bordadores, con pulso perfecto, concentración y velocidad récord, no tienen más
de nueve años y llegan a la adolescencia con la vista arruinada. Es un trabajo
fino que sólo puede ejecutarse desde la inocencia, como un juego, y sin
conciencia del perjurio que apareja la alta precisión. La posibilidad de bordar
esos dibujos únicos se termina con la infancia. Luego vienen otras formas de
explotación más diversas –e igual de adversas-.
Aunque
el poeta después confiese haber recabado la noticia en un diario apócrifo, es
verosímil que en un futuro cercano ejércitos de bordadores trabajen, a través de
intermediarios, para una aristocracia obscena compuesta por estrellas del
espectáculo popularizadas por un diario amarillista como The Sun. Recuerdo que
años atrás, de las calles y los mercados de India me sorprendió la cantidad de
puestos destinados a la confección instantánea de ropa. Ya al pasar caminando
frente a la tienda a uno le tomaban las medidas y en cuestión de cinco minutos
un sastre confeccionaba pantalones y camisas en un algodón de hilo de una
calidad difícil de encontrar, a precios irrisorios.
Me
quedo pensando si Argentina, en algún momento, proveerá esa mano de obra.
Y
entonces vienen a mi cabeza los talleres clandestinos instalados en Liniers,
Floresta y Bajo Flores, que de algún modo fecundan toda la mitología
relacionada con la costura como área de esclavitud contemporánea. Las formas de
explotación laboral más cruentas y difundidas han tenido lugar en estos
cuarteles suburbanos, donde ejércitos de inmigrantes permanecen cautivos e
indocumentados en casas ciegas, para abastecer la demanda de “la burguesía
nacional”. Cada tanto se destapa algún caso o un incendio muestra la tragedia.
Hace poco dos niños murieron en un sótano que funcionaba como taller
clandestino. Tenían la edad que, según el poeta chileno, deben tener los niños
en la India para atender los antojos textiles de la aristocracia inglesa o la que,
sin recurrir ya a mitologías, deben tener en Tailandia y Camboya para
satisfacer los caprichos del turista sexual más obseso y estrambótico.
Si en Inglaterra no hay talleres clandestinos con
cientos de inmigrantes menores de edad, se debe a que los sueldos están en libras
y no en rupias o pesos argentinos, y a que las inspecciones no son tan
permisivas como durante la revolución industrial. La ruindad, la vileza del patrón
explotador para quien el trabajo infantil no es un obstáculo para la ambición,
está expuesta en las novelas de Dickens… ¡Casi doscientos atrás! La decrepitud
de los talleres de Floresta y Bajo Flores, con sus condiciones de hacimiento,
sus sótanos, su luz lóbrega, parece vinculada a esa mitología dickensiana. Sólo
que las formas de explotación han mutado. La mayoría de los países produce sus
prendas en Asia, donde la mano de obra es muy barata y las leyes laborales son más
laxas. Argentina, hoy, por vicisitudes de política exterior económica, importó
un modelo de producción para satisfacer una demanda interna, a un coso impredecible.* Publicado en Cultura Perfil el 17 de mayo de 2015
Viajes tardíos *
Ciertos
viajes dejan retazos de arrepentimiento. No me refiero a la pena de haber sido
y ya no ser. Lo que vuelve no es la nostalgia, sino la incredulidad respecto a
las omisiones, a las chances desaprovechadas, a la negligencia o al solipsismo
del mochilero. Ese ejercicio de remordimiento suele invadirme cada vez que
pruebo un single malt y recuerdo que la única vez que estuve en Escocia, a los
diecinueve años, no fui más allá de Edimburgo. En la memoria, es un viaje dilapidado,
aunque las calles en pendiente de la ciudad, los cuadros de Francis Bacon
apiñados en el Museo Nacional y el castillo en la cima de una colina bucólica hayan
sido memorables.
Tomé
conciencia de las chances perdidas en realidad hace bastantes años, cuando en una
librería de Montevideo me topé con una guía ilustrada de Single Malts. Así de
casual y caprichosa suele ser una predilección en la vida. Después de una
lectura apasionada de esa guía, me transformé en un especialista sin
experiencia. Los retazos de arrepentimiento, sin embargo, vinieron con los
años, a medida que la juventud y las posibilidades de viajar comenzaron a
reducirse. Hoy no dejo de imaginar que las Highlands, Islay y Speyside,
esconden los paisajes más bellos del planeta, una mezcla de verdor, olores minerales,
vientos ensordecedores y acantilados desgastados por un mar bravo. Los paisajes
de la serie Game of thrones coinciden llamativamente con los de este territorio
idílico. No puedo decir que cada capítulo de la serie me haya inspirado más
saudade que cada vaso de single malt, pero lo cierto es que introdujo la rara
sensación de haber estado en un lugar a destiempo, casi por error.
Basta
una enumeración rápida de destilerías para evidenciar las oportunidades
perdidas: Glenmorangie, Dalmore, Oban y Aberfeldy en las Highlands; The
Macallan, Tamdhu y Glenrothes en Speyside; Talisker en la zona de Skye; Caol
Ila, Lavagulin, Laphroaig y Jura en las islas australes de Islay. Naturalmente,
para recorrer un tercio de estas destilerías, habría necesitado tiempo y mucho
dinero. Dicen que el secreto del Single Malt escocés, además de la calidad de
las maltas, reside en el agua. Cuando escucho esto, pienso que por lo menos
podría atesorar en el recuerdo el sabor del agua en Edimburgo. Pero fui tan
incauto que en su momento ni siquiera capturé el sabor del agua, política sibarita
de bajo vuelo que ahora me acompaña en cada viaje y merece una entrada en mi
diario, así como a otros los acompaña o guía el hábito –también político- de probar
y comparar el sabor de la Coca Cola y el gusto de los cigarrillos Marlboro en
cada país.
En
medio de todo este rodeo subjetivo, me vienen a la cabeza las oportunidades
ganadas, que nunca son tan perfectas y
enteras como las perdidas. Hace no mucho, huyendo de los Siete Lagos, donde ya
no podíamos acampar por el frío, con mi mujer subimos a San Rafael y al Valle
de Uco, Mendoza, donde el otoño todavía no había llegado y el camino a las
bodegas estaba servido. Quizás de haberlo deseado y planeado, no habríamos
llegado nunca, como a Escocia. Lo cierto es que mi formación como bebedor de
vinos fue producto de una experiencia acumulativa más que de una fascinación
ilustrada, y sentí que llegaba a Mendoza en el momento oportuno, es decir, más
tarde que temprano.
* Columna publicada en Perfil Cultura el 3 de mayo 2015
Corte inglés
Cruzarse
a un inglés en viaje es algo excepcional. No porque falten, sino porque orbitan
en el extranjero como aristócratas irracionales. Una vez mi padre, en los
setenta, en las calles de Río de Janeiro, se cruzó con un inglés que iba cuesta
arriba hablando con un local. Todo en este inglés que llevaba un sombrero
panamá parecía enrojecido por la luz. A los veinte metros mi padre se detuvo,
incrédulo, y se dijo que ese hombre, mucho más pálido y pelirrojo que en las
fotos de los discos, no podía ser sino George Harrison. Compró un diario y terminó
de comprobar que no había alucinado y Harrison estaba en Río de Janeiro.
No
hay acento ni aspecto que delate más a un viajero que el de un inglés. Cierto
modo mortecino de caminar es característico incluso en las complexiones más
atléticas. Cierta vez, en un bar de Luang Prabang, un joven bronceado me pidió
permiso para sentarse en mi mesa. Por el acento no sólo noté que era inglés,
sino que hablaba un idioma de otra época. La entonación era engolada y estaba repleta
de apócopes. Al rato de conversar
comprendí el linaje de ese acento: hijo de un Lord, físico laureado en la
Universidad de Cambridge. Hastiado de las exigencias académicas y de los protocolos,
tras la muerte de su madre se había echado a viajar por el mundo y vivir amores
con jóvenes que no hablaran su lengua.
Días
atrás, mirando una película, me vino a la memoria este físico que probablemente,
después de un año de rebeldía, haya regresado, reclamado su linaje y recuperado
su altar en la sociedad. El film en
cuestión, The imitation game, está
ambientado en la segunda guerra y narra de forma espectacular el desarrollo de
una máquina –o una proto computadora- para desencriptar el código Enigma que
volvía indescifrable las transmisiones secretas de los submarinos nazis. Hay un
hecho sorprendente que no tiene que ver con la película ni con la máquina
milagrosa, sino con la biografía de Alan Turing, el prodigio inglés de las
matemáticas egresado de Cambridge que comandó el exitoso experimento y luego
cayó en desgracia. En el año cincuenta y
dos Turing fue procesado, condenado por prácticas homosexuales y castrado
químicamente. Dos años después se suicidó. Las reglas de una sociedad todavía
bajo el influjo de la moral victoriana, parecen explicar la injusticia que se
abatió sobre Turing. En las colas finales de la película se aclara que en el ¡“dos
mil trece”!, sesenta años después, sólo después de una intensa campaña y a
pedido del Ministro de justicia británico, la reina Isabel le concedió el “indulto
póstumo”. Entonces, de golpe, me sumergí en la duda. ¿Desde hace cuánto la
reina de Isabel es reina? En mi memoria, la reina siempre fue la misma, una anciana
cerúlea, de pocos gestos y rigurosa etiqueta. Tras cortas averiguaciones, me
enfrenté a un dato que de tan obvio es invisible: ascendió al trono a
principios de mil novecientos cincuenta y dos, antes de la persecución a
Turing, lleva sesenta y tres años reinando, cifra ni siquiera superada por
Fidel Castro en Cuba. Algunos otros parámetros sirven para magnificar fechas:
no existían todavía los Beatles. Resulta sorprende que antes y después del Rock,
la reina sea la misma; también que en algunos países como Cuba o Corea del
Norte, el poder haya adoptado disimuladamente la genética de la monarquía y
padres, hijos, hermanos, trafiquen el privilegio de gobernar o vivir como lords
del subdesarrollo.
* Columna publicada el 19 de abril de 2015.
Rápido pasaje *
Suelo soñar con urbes cuyas arterias sean
ríos, arroyos, universos metonímicos como los de Italo Calvino en las Ciudades
Invisibles. Con una vida que extrañe la comodidad, una vida de rituales físicos
y cansancio prematuro, donde los estímulos lleguen tan ralentizados y
adelgazados por los obstáculos topográficos que la sensación inminente de escasez
perfore la conciencia. Esa zona de destiempo podría ser el Tigre. En otro
tiempo, el Tigre fue un lugar lejano y inhóspito con sus crecidas, hecho para
la clandestinidad. Ya en el fin de la primera sección, las ocasiones de recreo son
mínimas y las horas pasan formando bloques que sólo contienen manifestaciones
subjetivas relacionadas con el sonido de una lancha que se anuncia a lo lejos y
a veces nunca llega, la altura del agua y su rumor, el canto de un pájaro, una
avioneta. La lancha panadera, la lancha almacén, son ocasionales atajos para la
supervivencia y con los días he terminado por creer que son un mito popular.
En una isla inevitablemente uno tiene la
fantasía de vivir en un antes. En un “antes” sin otro, previo a cualquier tipo
de socialización. El único modo de proteger una isla del otro, pienso, es ser el
primero en habitarla. En el Tigre nada de todo esto es posible, desde luego. En
cada isla, decenas de lotes que en los mejores momentos del día parecen
abandonados, en la noche se vuelven territorios de un futuro deshielo bajo la
niebla que sube del agua. Un día sin embargo una canoa llega y se detiene en un
muelle a cien metros. Bajan dos hombres de piel oscura y pelo canoso sin decir
palabra alguna. La canoa comandada por un chico que no supera los quince años, se
retira en silencio, camuflada en el paisaje. Los recién llegados hablan. Tienen
voces parecidas, por momentos parecen ser una misma persona que cambia de tono.
Pese al evidente desacuerdo respecto a
una cuestión, no discuten. El tiempo vuelve a correr. El túnel de árboles inclinados
sobre el río funciona como cámara de resonancias y transporta, intactos,
ciertos diálogos. Los recién llegados, que para mi gusto pasan a ser intrusos,
dirimen una cuestión crucial. No hay preguntas ni respuestas. Sólo un
contrapunto de afirmaciones en la funda de dos voces siamesas. “Quince días”. “Diez”.
“Pasado mañana se olvidan de nosotros”. “Poné música”. “Sos boludo, poner
música, mirate este paisaje, disfruta el sonido de los pajaritos”. “Disfrutar… No
puedo”. “Vamos a llamar la atención con música”. “No aguanto diez días sin
cumbia, Mono”. “Tenemos que guardarnos, Leto. Escuchate ese grillo”. “Paraaaaá”
dice Leto y desaparece entre los árboles, hacia el interior de la isla. Mono
permanece quieto unos segundos, y va detrás caminando como un pato. Es chueco y
por el ademán reiterado de levantarse el pantalón al andar, se me hace evidente
que viste ropa prestada. El gesto no desentonaba demasiado con su apodo, pienso.
“No corrás”, dice Mono, y luego vocifera,
como si correr fuera lo peor que pudieran hacerle a un chueco entrado en años:
“hijo de la remil puta, no corras, te dije”.
Imagino a Leto perdido en el corazón de la
isla. A las pocas horas veo a Mono asomarse a río solo y cauteloso, como si
espiara. Incluso en ese momento no me descubre. A las pocas horas, la misma canoa
que lo trajo para en el muelle. Mono sube, consternado, sin que medien
palabras, y la embarcación se aleja en dirección opuesta a mi mirada.
* Publicado en Cultura Perfil el 5 de abril de 2015
lunes, marzo 23, 2015
Reinos cotidianos
Recuerdo que en La Habana siempre me sentí menos extranjero que el
resto de los extranjeros, pese a que en la década del noventa, cuando fui por
primera vez, en pleno menemismo y en pleno periodo especial, no había nada tan
poco familiar y hospitalario como ese comunismo desabastecido. También recuerdo
que, un poco por instinto de supervivencia y otro poco por gusto, absorbí el
acento y empecé a vivir otra historia, una vida cuya particularidad residía en
la normalidad, en la posibilidad de camuflarse y tener una rutina, y no en la aventura.
Cada tanto revisito historias de viaje y corroboro que la
escritura no tiene relación alguna con la intensidad de algunas experiencias. Esa
misma intensidad parece perder consistencia en la memoria, evaporarse y a veces
hasta tornarse falsa, y experiencias diferentes –no por menores sino por
regulares y predecibles-, en cambio, se vuelven cruciales con el paso del
tiempo. Sobre la India escribí una vez y no me extraña, sin embargo, no haber
vuelto a escribir al respecto. Marcó un antes y un después en la experiencia
adolescente de mochilero, pero no en la vida. Es un lugar con implicancias
espirituales pero no políticas, un lugar ínclito para la literatura de viajes
anglosajona pero en la que raramente un escritor latinoamericano –con excepción
de Octavio Paz, que ahí residió como embajador- pueda encontrar un campo cómodo
de reflexión.
Tal vez de todo esto se desprenda la dificultad para anecdotizar y
recaer en una apología del exotismo sin sentir una impostura. Lo mismo podría
decir de Japón o China. Epicentros de exotismo que no me urge repensar, a pesar
de los trazos de belleza y los rituales deslumbrantes que una serie de fotografías
resumirían mejor. Seúl, en cambio, quizás por haber residido ahí un tiempo,
para mí es un epicentro político y no comprende ningún recuerdo turístico, haya
existido o no belleza en los episodios contemporáneos que me tocó presenciar.
Por eso, a la hora de
escribir, vuelvo a los reinos cotidianos en los que creí vivir la vida de otros
como propia. Zonas donde enigmáticamente me proyecté como ciudadano, bajo la
ley, al respirar la Historia del pueblo. Una de los problemas que apareja
escribir sobre un viaje exótico reside en que uno puede quedar más allá de la
ley, en una dimensión autónoma. Esos viajes no parasitan los sueños porque la
aventura en sí resulta pura subjetividad en tiempo presente y, a la manera de
una foto, no se perfecciona en el recuerdo. Los lugares en los uno vivió la
vida de otro, es decir, otra vida, son en cambio el escenario del sueño y no
dejan de mutar.
La ciudad de La Habana, desde aquella primera visita en los
noventa, en sueños a menudo se mezcla con el plano de Buenos Aires y da una
ciudad que podría existir en otro universo, que mezcla atributos de tal manera
que castrismo y peronismo se sintetizan en escuelas arquitectónicas y rutinas:
en los cafés, en un tipo de vida pública sin descanso, exuberante como la de
Nueva York en la década del cincuenta. De hecho si alguna ciudad tiene el
espíritu de esa metrópolis soñada, es Nueva York. No la actual, ni la futura,
ni la que podría originarse en la combinación con otra ciudad, sino la de la
década del cincuenta, con sus gángsters, sus colmenas de inmigrantes, sus
clubes jazz y sus autos –traspapelados, como signos, en La Habana actual bajo
apelativo de almendrones-.
Columna publicada el 22/03/15 en Perfil Cultura.
Paisajes preparados
Hace muchos años, antes del huracán Katrina, New Orleans era una
ciudad que mezclaba en sus calles una belleza cosmopolita, de puerto trajinado,
con algo de parque de diversiones. Se
podían rastrear secuelas de la guerra de secesión en la mentalidad de la clase
alta, resabios de racismo, pobreza y marginalidad en las clases bajas, algo de
jazz anticuado en las calles turísticas del centro. Además de visitar la casa
en la que William Faulkner había pasado alguna temporada y de la cual salí
impávido –es que muy pocas veces el hábitat fosilizado de un escritor transmite
algo de su universo-, me anoté en una excursión al delta del Río Misisipi. La
principal razón para esa excursión fue ritual: hacer pie en la geografía de Las palmeras salvajes. Corroborar si ese
Delta se correspondía con el que había imaginado, si era más oscuro o menos frondoso.
Suponía que en esa zona mítica experimentaría algo distinto a esa especie de
incredulidad taxativa que uno, como testigo, siente al pisar la casa de un gran
escritor –o lo que resta de esa casa: una puesta en escena articulada por
autoridades gubernamentales o por una Fundación-.
Me desperté muy temprano. Los organizadores de la excursión daban
por sentado que los visitantes querían asistir a un show y no concentrarse en
la naturaleza circundante, por lo cual un guía no dejaba de hablar, señalar y
eventualmente molestar animales –especialmente cocodrilos tristes que se abrían
paso entre camalotes y en teoría constituían la prueba fehaciente de que en la
zona todavía había fauna silvestre-. A
los lados, entre árboles inclinados, sobre pilares, cada tanto aparecían casas rurales
de estilo colonial francés. No puedo negar que la lancha de la excursión tenía
un profundo parecido con la lancha colectiva que recorría las distintas
secciones del Tigre. De hecho sólo había una diferencia: la lancha en su parte
posterior tenía un bar que ofrecía, además de bebidas y hamburguesas condimentadas
al estilo creole, merchandasing del río Misisipi. La excursión duró varias
horas, pero el movimiento de la lancha fue lento, con paradas preestablecidas;
calculé que habíamos ascendido por uno de los brazos del Misisipi apenas unos
dos kilómetros antes de emprender el regreso por otro brazo.
Un poco como sucedió con la visita a la casa de Faulkner y con el jazz
en las calles, me quedó en la garganta atravesado el sabor del fraude: la
visita a un parque temático donde el tiempo íntimo del espectador no se
refractaba en ningún punto de la naturaleza, ni podía ser interrumpido por algo
excepcional. La última vez en el Tigre recuerdo que a las tres de la mañana, sentado
en un muelle, en medio de la quietud, sumido en un promisorio tiempo íntimo,
irrumpió un barco con luces de neón negro y bolas de disco y música electrónica.
En la noche profunda el barco parecía venir de otra dimensión y estar a punto
de esfumarse en un agujero. Las siluetas, a través de los vidrios empañados,
eran borrosas, y algunas parecían corresponderse con la de cuerpos derretidos o
desinflados. Imaginé que esa nueva nave de los locos podía ir a la deriva durante
días y no ser percibida más que a la noche, bajo una luz íntima, como fragmento
rebelde de hiper realidad.
Columna publicada el 08/03/15 en Perfil Cultura.
En vivo
Cuando los escuché en versión acústica, en un
pub suburbano de Manchester, pensé que esos dos hermanos cuarentones que habían
subido al escenario a tocar un tema invitados por amigos que cumplían años, si
componían tres temas como el que zapaban, podían hacer historia. La banda no
tenía disco aún, me enteré después, conversando en la barra con uno de los
músicos. Pero el tema que habían tocado por primera en vez en vivo había nacido
el día anterior, se titulaba The Ship y era el comienzo de un dúo que llamarían
Black Rivers.
Asistir a la creación y luego a la emergencia
de una banda sucede en casos excepcionales. En general por casualidad, estar en
el lugar y en el momento indicado; cuando uno va hacia una banda, ya es tarde, el
grupo tiene un público y cierto grado de visibilidad. No supe si con Black
Rivers había asistido a una concepción milagrosa. Pero sí a una especie de
emergencia originada en una sospecha: The ship tiene lo mejor de la épica de Tindersticks con
algo de rock progresivo y folk celta. Me dispuse a esperar, me suscribí al
newsletter del grupo y con el tiempo me olvidé de ellos.
Por uno de esos newsletters, tiempo después, me
enteré de que Black Rivers sacaba su primer disco. Me dispuse entonces a
escuchar el disco para anticiparme, impulsado por la fantasía de haber
descubierto incidentalmente una gran banda aquella noche en Manchester. Al
terminar la escucha, entendí que todas las canciones eran un relleno para The
Ship, y que no se distinguían del resto de la producción del indie pop
británico actual. Esa rara mixtura de folk con rock progresivo que asomaba en
The Ship no había sobrevivido, al parecer, a la presión de la industria o a un
productor, y el resultado era un primer disco demasiado blando y olvidable, con
una gran canción intrusa.
Intrigado por este resultado mediocre,
investigué en internet. Me enteré de que los hermanos que formaban la banda,
Jez y Andy Williams, tenían en el rock británico una larga trayectoria al
frente de los Doves. Entonces escuché algunos discos de Doves y llegué a la
conclusión de que la originalidad de la banda alcanzaba la media de una argentina,
y que la única diferencia era que el vocalista ganaba decoro cantando en
inglés. Es decir, Doves había sido una formación predecible, como tantas otras,
que calcaba las melodías advenedizas de Oasis, Stereophonics y The Verve y, a
diferencia de estas, no había conseguido meter un Chart en los UK top cuarenta.
Me quedó entonces el interrogante: ¿por qué o cómo Jez y Andy Williams habían
llegado a componer The ship? ¿Cómo un tema puede ser tan ajeno a la genética de
sus integrantes? ¿Debe una banda juzgarse por su tema mayor, como decía Borges
en relación a las obras de los escritores?
Deseé volver a aquella noche en Manchester,
acercarme a Jez, el músico de porte elegante y facciones castigadas con el que
había hablado, y preguntarle cómo habían logrado cultivar una perla en la
mediocridad. Este, de alguna manera, es uno de los grandes misterios que
recorren la historia del arte. El estado de gracia que se desploma sobre un
hombre, habita a un compositor o a un escritor y se esfuma para siempre, con la
misma gratuidad, implantando un recuerdo ajeno que jamás será superado ni borrado.
Columna publicada en Perfil Cultura el 22/02/15
lunes, marzo 16, 2015
miércoles, febrero 18, 2015
Noches de circo
Con el paso de los años, la idea de que un circo amenizara
las vacaciones fue desvaneciéndose. La imagen de circo como grupo o compañía
pasó a ser menos verosímil que en mi infancia. A lo largo de los años, el circo
fue apareciendo en partes pero no como unidad: clowns en veredas, aprendices de
contact y malabaristas en esquinas ofreciendo números relámpago para un público
tan pequeño como fugaz.
En mi cabeza, las compañías de circo, como ciertas especies
de osos, se habían extinguido y respondían a un prototipo clásico disuelto por
la buena conciencia de la época: payasos, domadores, fieras somnolientas,
elefantes maltratados, enanos tristes y entrados en edad. Es decir, el circo,
por fuera de las maravillas del internacional Cirque du Soleil, se me
representaba como un anacronismo estigmatizado: una colección de freaks que no
habrían podido sobrevivir en otro ámbito y se desplazaban de ciudad en ciudad
en una caravana de trailers, que a su vez formaban una especie de nave de los
locos. Las dos temporadas de la serie Carnival alentaron sin duda esa fijación
errónea.
Recientemente, en Piriápolis y Punta Negra, Uruguay, logré
entender las cualidades absolutas del circo contemporáneo: arte de artes que incorpora
todas las disciplinas, desde el teatro a la danza, y enfatiza cualquier representación sin simplificarla; personajes
que ridiculizan estereotipos, como en el burlesque, y reinventan la actuación a
través de la destreza. En algún punto, el circo es omnipotente en su modestia
rabelaisiana. Es un arte construido sobre la verdad del pueblo –o sobre la
verdad de la mirada popular-. Por eso, desde sus orígenes, genera en principio dos
reacciones feroces: risa y asombro.
Tal vez en ningún otro lado del mundo una carpa, donada por
una compañía de circo francesa que se unió a una uruguaya formando el circo
Tranzat, se habría transformado en una síntesis natural de la libertad creativa
que ya existía en la zona. En Punta Negra, desde hace años, se formó un polo
circense. La carpa que se montó en el castillo de Piria –entre suaves colinas,
donde el fundador de Piriápolis decidió vivir- venía viajando desde La Pedrera
después de sobrevivir a la burocracia aduanera en el puerto de Montevideo, y fue
el escenario para esa suma de talento arraigado en una extraña área de la costa
uruguaya en la que los cerros se acercan al mar.
Observar el bienestar que en el público producían las noches
de circo, me remontó a mi pequeña prehistoria: las noches de cine que
desaparecieron paulatinamente hasta transformarse en noches sedentarias de
Pirate bay o Netflix. Ahora, mientras escribo, me doy cuenta de que ir al cine,
salvo cuando se trata de festivales, se ha transformado en algo tan inusual
como ir al circo. No puedo evitar preguntarme si se trata de una degradación
natural que afecta al resto de mis contemporáneos y si, por ende, es un síntoma
de mi proximidad con los cuarenta. Durante años mantuve la costumbre de ver
películas en salas. Escapaba del sedentarismo cualquier día –aunque
especialmente los domingos- a ver ciclos de la Lugones con una curiosidad que
se fue apagando. Experimentaba el mismo éxtasis que en una noche de circo: lo
fenoménico e irrepetible al alcance de la mano, rodeado de endebles
desconocidos.
- Columna publicada el 8 de febrero, en Cultura Perfil.
mujeres clandestina
Siempre pensé que Egipto, en apariencia el más progresista de los
países árabes, era una excepción en el mundo islámico en cuanto a libertades
civiles, pero cuando hace unos meses estuvimos por ahí con mi mujer, nos
topamos con un ecosistema cultural estricto. Las mujeres, sea cual fuera su
edad, atravesaban la vida cotidiana como fantasmas. Hacían todo para pasar
desapercibidas. La mayoría arrastraba su propia feminidad clandestinamente. No
opinaban, y menos sobre tabúes culturales, algo que sí hizo Valentina durante
nuestra estadía en Marsa Allam, un centro de buceo a orillas del Mar Rojo.
Ahí conocimos a Hosam. Para Hosam hablar con una mujer, atender a sus
opiniones, resultó una experiencia inusual. Más cuando su vida consistía en una
larga espera –y un duro ahorro teñido de privaciones- para poder esposar a una
mujer que ni siquiera conocía. Una vez que la mujer era esposada, nos explicó, pertenecía
al hombre que había pagado por ella a través de una dote. Aunque le parecía tortuoso,
consideraba que su familia y Alá lo querían así.
En esas zonas turísticas los egipcios, montados en una lascivia
fraterna frente a mujeres occidentales, experimentaban cabalmente la tensión
entre la mujer sumisa y la insumisa y no salían del todo ilesos, aunque para
reconvenirse tenían al alcance de la mano las cinco oraciones diarias que tornan
omnipresente a Alá.
Tal vez Hosam, en ese diálogo frontal, se haya dado cuenta de algo
que nosotros sospechamos tarde: que un hombre, si tuviera la posibilidad de
decidir y no someterse a una religión que importa preceptos culturales patriarcales,
podría optar por el Islam, pero ninguna mujer, teniendo la posibilidad de
decidir, lo elegiría. Convertirse al Islam, para un hombre, no depara en
apariencia desventajas, y en última instancia compensa con misticismo activo
libertades perdidas a manos de exigencias religiosas.
Hoy, más que nunca, es obvio que el mundo musulmán no sabe qué
hacer con la mujer. Representa una bomba de tiempo. El Islam funciona con
autonomía en una sociedad patriarcal y restrictiva. Pero si la mujer tiene un
mínimo de libertad y los hombres, en general, libre albedrío, sus pilares
tiemblan. Es el gran problema y el desafío musulmán de nuestra época en
occidente: la libertad del otro. No se representa como un problema todavía en
el mundo árabe porque la ley muchas veces coincide con los preceptos religiosos
y existe un estado de sumisión a través del par tradición/terror que el mundo
cristiano atravesó en sus épocas más oscuras. A nadie se le escapa que con la globalización
lo que antes era entrega ritual o tradición, ahora es sumisión consciente e
indeseado.
En otro viajes, en distintos puntos de Europa, me topé con mujeres
árabes que tenían conciencia de sus derechos, pero en su tierra no los podían ejercer,
no por falta de voluntad, sino porque la ley no era igualitaria ante la mujer.
Lo siguiente va a sonar reduccionista -pero los límites espaciales del
periodismo llevan a esto-: la mujer es el eslabón más bajo en una sociedad con dos
castas, la masculina y la femenina. Así como en la India, aún hoy, la casta en
la que uno nace predetermina un tipo de vida, un karma y un oficio, el género
en los países del mundo árabe también predetermina un destino, o la anulación
de un destino personal para entrar en una especie de servidumbre institucional.
- Columna publicada el 24 de enero, en Cultura Perfil.
Páginas perdidas
Es posible hacer una lista de libros prestados que nunca fueron
devueltos. Son libros voluntariamente sacrificados. Alguna vez intenté
sistematizar esos prestamos llevando anotaciones y al poco tiempo desistí. El
préstamo de un libro expresa un grado supremo de confianza y esta cesión
encarna una forma de beatitud momentánea. A veces los libros vuelven un año
después. Es tal vez el tiempo que demora un texto en acomodarse a la
cotidianidad de otro lector. A veces el tiempo de la lectura y la devolución no
coinciden y un libro es devuelto tres años después de ser leído, como si recién
en ese lapso, en una repisa, mezclado entre libros propios o abandonado bajo la
cama, hubiera terminado de conformarse como experiencia privada.
Un libro, antes y después de ser leído, es un objeto ambulante,
materia hedonista, como los vinilos. Uno puede leer en tablets, pero estos
dispositivos son literales: dispensan un placer que no excede la lectura del
texto. El libro, en cambio, dura mucho más que la lectura y, al borde de transformarse en un bien
suntuario -al menos en Sudamérica-, posee la nobleza de un objeto coleccionable
e infinito. Gran parte de los libros en el mundo se adquieren pero no se leen.
Posan, esperan la confluencia de tiempo
y lugar en la vida de un hombre, exactamente como los libros que uno presta y
no regresan.
Los libros que encuentran ese lugar en la vida a veces se
accidentan. O a veces aparecen por arte de magia, especialmente durante viajes.
Años atrás, en la noche profunda de Valencia, Venezuela, en un ómnibus
enclenque que cubría la ruta hacia Cumaná, comencé Boca de lobo, de Sergio
Chejfec. La ruta era una boca de lobo y Chejfec vivía entonces en Venezuela,
por lo cual el destino final de su libro no fue del todo casual. Al amanecer,
poco después de que conciliara el sueño, el ómnibus llegó a la terminal de Cumaná,
un pueblo ancestral cuyo atractivo principal residía en haber sido cuna del
poeta leproso Cruz Salmerón Acosta. Bajé somnoliento y cuando el ómnibus se
alejó noté que la novela de Chejfec había quedado en la guantera del asiento,
por la mitad. Se me cerró la garganta y pensé que había sufrido una pérdida
irreparable. Me había empecinado en hacer coincidir geografía y literatura
argentina y Chejfec era por entonces el único escritor que reunía las
condiciones para ser leído en esa aventura caribeña.
Unos años antes, recorriendo la sección de literatura hispana de
una librería parisina, identifiqué un título llamativo: Fagans: el viaje o los
viajes, de Matías Serra Bradford. Acudí al libro como si picara un anzuelo.
Miré entorno y barajé la opción de robarlo. Pregunté el precio y el librero,
después de una exhaustiva búsqueda, me dijo que ese libro no existía y que, por
ende, era mío. “No tiene precio”. “No, no sabemos cómo llegó acá, ahora es de
quien lo descubrió”. Me lo llevé sin pagar y resultó ser el libro ideal para un
joven viajero que llevaba medio año deambulando por Europa. El libro, en ese
mismo viaje, quedó en un hotel. Supuse que ese ejemplar tenía su propio linaje.
Así como alguien lo había dejado en un anaquel de Gilbert Jeune, yo lo dejé en
una habitación en Estambul. Meses después, en una librería del centro Buenos
Aires, compré el mismo libro, con la intención de recuperarlo, aunque siempre
sobrevivió la impresión de que el original –una especie de manuscrito ad hoc- era
aquel que seguía en viaje.
- Columna publicada el 11 de enero de 2015, en Perfil Cultura.
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