martes, septiembre 06, 2005

Barberos, raros y bárbaros

Cuando entro veo a tres hombres sentados hojeando revistas. Intercambian comentarios picarescos que enseguida me remontan a los que alguna vez escuché en vestuarios. Atienden un anciano y su hijo de cuarentón. El salón es antiguo y, a juzgar por el olor a nuca sucia y caspa, no se respeta la consigna del lavado previo al corte. La pequeña empresa familiar ni siquiera ha contemplado la posibilidad de lucrar, como es común en los desalineados salones de neón y cristal que se multiplican en Buenos Aires, con lavado y enjuague previo al corte. No existe ni siquiera el piletón con esa base ortopédica y ovalada que, todos los que alguna vez tuvimos melena, recordamos con simpatía: gracias a ese artefacto inexplicable, una dama de escueto delantal blanco, mezcla de enfermera y meretriz, en la temprana pubertad se demoraba enjuagando nuestras mechas y frotando nuestro cuero mientras el agua tibia corría y concentraba grumos de sangre en los extremos.

En esta peluquería de barrio es imposible pedir turno. El lugar conserva la fisonomía y los rituales empalagosos de lo que otrota fueron las barberías. Se usa gomina, se afeita con brocha y navaja, y el sillón y los espejos tienen el peso ideal -el peso neutro- de los objetos diseñados en la década del treinta. Las prioridades se establecen por orden de llegada, y si uno decide salir a tomar un café pierde su lugar. Así me ocurrió, y la espera fue doble. A pesar de ser calvo, no quise aplazar más el rapado. Esperé. E intenté identificar el origen de ese tufillo irredento, esa lascivia sin destinatario, inversa a la de aquellas hembras entalcadas que enjuagaban el cabello para empujarnos al futuro.

2 comentarios:

rolandgarron dijo...

El artìculo acerca del huracàn Katrina estuvo muy bien, excelentemente escrito y dotado de una percepciòn crìtica que no excluìa cierta especulaciòn metafìsica ni algùn dictamen epistemològico-profètico. Pero para abordar una temàtica tan delicada como la capilaridad sin ser un especialista ni una empìrica vìctima total, nos parece a los discapacitados capilares atravesar un lìmite sagrado e incurrir, casi, en una profanaciòn. No me corresponde a mì elevar un juicio moral respecto de tu atrevimiento improcedente, sacrìlego y herètico, pero quisiera recordar que no todos los que conformamos la generaciòn de "sin "ismos"" pisoteamos alegremente ciertas fronteras morales. El rito del corte de pelo no puede ser objeto de escarnio, burla, invectiva, injuria, vejaciòn o jocosa querrella como si de la francachela pedorreta de una novela de Feinmann se tratare. Para quienes sufrimos "el mal del navajo" tus palabras nos caen como un balde de crema de enjuague frìo, como algo francamente tirado de los pelos y que no condice con la estètica secular y sobria propia del autor de "La huìda de la nodriza en pos de una lìnea divina". ¿Nos estàs tomando el pelo?

daniela gutiérrez dijo...

El pelo de varón es algo extraño. Y quiero decir un pelo, unicidad. Lo curioso es que un filamento queratinizado pueda tener tanta importancia en sistemas antropocéntricos; sin ir más lejos, en el Mahabarata se cuenta que Balarama, dios de la agricultura, y Krisna, su hermano, nacieron de un pelo blanco y otro negro que se arrancó Visnú. Krisna, el oscuro, murió de un flechazo en su único punto débil, el talón derecho. ¿Te suena?
Sí, Aquiles.
Su padre, Peleo, ofreció a Esperquéo la cabellera de ´el de los pies ligeros´ para que éste volviera sano y salvo de la guerra de Troya.(Igual, ya sabemos, que el destino sigue sus designios, pese a las ofrendas).
Otro ejemplo: de nueve pelos de su pierna Mahapurub, dios principal de los muria de India central, creó los nueve extremos del mundo. Y es que la insignificancia es generadora de mundos. "Etiam capillus unus habet umbram suam". Incluso un pelo tiene su propia sombra.
¿no es raro que sea el pelo lo único que queda en el hombre una vez muerto?. Esto lo explicó exquisitamente un fisiólogo en uno de los pasajes más hermosos que ha dejado escrito (traduzco, claro, así que lo que no haya de bello es sólo culpa mía):

"Al morir el hombre se apagan sus humores, puesto que su natura es caduca y débil. Empodrece la sangre, que se viene negra; azulea la piel y la rigidez cubre los huesos. Nada queda de cuanto al hombre caracteriza. No hay movimiento, ni tensión, ni calor. Sin embargo, un resto sobrevive en el cadáver de la fuerza y de la fe del que fue vivo, que el pelo le crece aún semanas después de la muerte con la inocencia de los brotes que surgen del árbol cortado."

Y es que tradicionalmente en el pelo reside la energía de los varones (sí, la energía de las mujeres tiene otra fuente); por eso es y fue usado en tantas prácticas mágicas y religiosas. Así, para apagar su energía es aconsejable escupir sobre él. Recordá, Olv,que escupir, antiguamente, era una ofrenda a los dioses. Y en algunas regiones de España se recomienda, para favorecer el crecimiento del cabello, untarse la cabeza con mierda de gato.(es cierto, sino averiguá: cuando me lo contaron casi me desmayo del asquito)
Y hay paradojas: a algunos les falta pelo donde deberían tenerlo y les sobra donde no hacen falta. Tengo un amigo peladito que con los pelos de una sóla pierna podría haber creado, como Mahapurub, todos los extremos del sistema solar. Pero no está dispuesto a usar caca de felino, ni fregar su mi cabeza con un corcho quemado.Aunque, como dijo Quevedo,"háseme vuelto la cabeza nalga.", parece que está contento o resignado.