lunes, octubre 09, 2006

Homenaje

Comienza en la Biblioteca Nacional la semana de homenaje a Antonio Di Benedetto. Acá, las actividades.

martes, septiembre 19, 2006

Y bien, morimos *

Y bien, morimos.
Millones de años
para la muerte, para una dignidad
extraña, en cierto modo
ajena. Pero el tema es más ambicioso
que el pensamiento
y se pudre allí mismo.
Quizás hay un error
de pespectiva en todo esto;
especulaciones, sistemas,
estructuras mentales
y el terror debajo. Pero antes
hemos pedido vino
y marchitas
vimos caer las uvas. Morimos,
algo extraño,
pero siempre después.
Y sin embargo hay hombres,
hombres en todas partes,
sobre todo en la tierra.
Multitudes, máquinas,
cerebros secos al amanecer,
el viento, una rosa en la mesa
y café. Todo esto
consagrado a la luz; la muerte
no es natural.


Joaquín Giannuzzi

* de su primer libro, Nuestros días mortales (1958), incluido en Obra poética, Emecé, Buenos Aires, 2000 (atención: actualmente en saldo en la librería Dickens.)

viernes, septiembre 08, 2006

Jornada

Dediqué la tarde a ver estrenos de cine argentino. Decidí trasladarme hasta las salas del Gaumont. Cuatro mujeres descalzas y Sofocama, dos films bastante buenos -aunque lo más probable es que yo estuviera en un día receptivo para el cine-, en especial el primero, de Santiago Loza, sobre el que me propongo escribir algo para revivir este conejillo olvidado. Si el primer film de Loza, Extraño, resultaba un largometraje fallido, una suerte de ejercicio estirado en el que el tono melancólico se vadeaba hacia el patetismo y recaía en vistosos retruécanos de cámara y primeros planos sobredramatizados (planos que hablaban de un cine que en cada trazo dejaba estela de sus intenciones), en su segundo largo, como si hubiera excavado sobre el primero para corregir sobreentendidos, obtiene con los mismos vicios -o virtudes- un resultado opuesto: una película sólida y enigmática. Si en Extraño predominaba cierta dispersión dramática, cierto esoterismo que en vez de extrañar explicitaba una sed estética, en éste segundo la narración se ajusta a una anécdota desafiante para resolver esa misma sed: cuatro mujeres comunicadas por la angustia en espacios contiguos. El film termina retratando una cosmogonía que alterna intimidad femenina y escoria de paisajes urbanos.

Este modo de ceñirse a un universo, con completa conciencia y dominio estético, sin empantanarse en la particularidad de los actores -que en los primeros planos siempre representan el pasado y no el presente del personaje en cuestión-, hace de Cuatro mujeres... un film nítido, de universo sutil y complejo que justifica con creces un despliegue narrativo moroso. Además asombran diálogos que de tan naturales parecen delirantes y actuaciones logradas.

Ahora pienso que el salto cualitativo entre estos dos film quizás se deba a que en el último, aunque la historia también sea delgada, el guión esté elaborado exhaustivamente y ancle mejor ciertos detalles y recursos que el mismo cineasta manejaba pero quedaban desflecados en el montaje. Los tiempos y las viñetas teatrales de Fassbinder, y las atmósferas despojadas del Pedro Costa de No cuarto da vanda, ahora sí parecen subyacer en el estilo de Loza.

Mientras en el café del Gaumont hacía tiempo para la función de Sofacama, segundo film de Ulises Rosell, hojeé el suplemento espectáculos de Clarín y me topé con una reseña sobre la película que acababa de ver. El crítico de turno pensaba que Cuatro mujeres... no era un filme tan logrado como Extraño. Vaya tipo. Había escuchado al salir a tipicas señoras de matinée renegando del film porque no se entendía, pero ésta vez nada era tan divergente y extraño como la opinión de un calificado.

jueves, agosto 17, 2006

Ciclo

Editorial Norma y Libería Eterna Cadencia invitan a usted al ciclo:
Literatura y realidad: ¿de qué hablan las novelas hoy?

Dialogarán:
Miguel Vitagliano y Matías Serra Bradford
Jueves 17 de agosto a las 19

Carlos Gamerro y Oliverio Coelho
Jueves 31 de agosto a las 19.00

Librería Eterna Cadencia
Honduras 5582
Entrada libre y gratuita

miércoles, agosto 16, 2006

Wells

Hijo de una criada y de un jugador de críquet, con una salud frágil, azotado periódicamente por los coletazos de una tuberculosis que lo llevó a pesar, a los veinte años, apenas cuarenta kilos, H.G. Wells fue educado en un hogar humilde. Se desempeñó en distintos oficios hasta hacerse célebre, por accidente, tras la publicación de La máquina del tiempo, novela en folletín que escribió por encargo para el lanzamiento de una revista. Fue, por sobretodo, un hombre de formación científica, interesado en el socialismo, en la filosofía de Spencer y en Darwin. A diferencia de Dickens, con quien compartió más de una circunstancia biográfica, no tuvo un estilo virtuoso, ni el encanto de un storyteller inglés, ni la porosidad estética de su contemporáneo Oscar Wilde. Pero fue de algún modo el inventor de lo que hoy se conoce como ciencia ficción y de ahí su inscripción en la historia: más un precursor que un genio. Consumó en la literatura su anhelo cientificista, y la humanidad le debe gran parte de la posterior superpoblación de marcianos bizarros y viajes al futuro que tanto enriquecieron las pantallas y los comics. Sus principales libros -La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, La guerra de los mundos, El hombre invisible- fueron best sellers en su época y se transformaron con el tiempo, al igual que los libros de Julio Verne, en clásicos de iniciación. En la Argentina tuvo la anuencia tortuosa de Borges, y Bioy Casares supo homenajearlo con simetrías leves en sus dos primeras novelas. Pero H.G. Wells fue por sobretodo un humanista: siempre del lado de los desposeídos, como su elegante amigo Bernard Shaw, se enfrentó a la moral victoriana de la época, escribió manifiestos socialistas y en ésta veta política -que siempre estuvo vinculada a las fabulaciones de su inventiva- hasta improvisó ensayos sobre la problemática del progreso sin educación.


(Publicado en Perfil Cultura el 13/08)

lunes, agosto 07, 2006

Animales

"La historia de la humanidad está plagada de traiciones. Una sola traición puede torcer el curso de un Imperio o ser el principio de una guerra. Pero la más exótica de todas las traiciones, la especular, la balbuceó Borges en uno de sus ya incontables volúmenes en colaboración, El libro de los seres imaginarios. (Sigue en nación apache...)"




* Publicada en Los Inrockuptibles de agosto.



viernes, julio 14, 2006

Brando por sí mismo

"De algún modo, hemos sustituido el arte por la artesanía, y la artesanía por el ingenio. No hay artistas. Somos hombres de negocios. Somos comerciantes. No hay arte. Picasso fue el último a quien llamaría artista. Es cierto que si firmaba un cheque por menos de setenta y cinco dólares, valía más la pena vender el cheque por la firma que cobrarlo. Pero pienso que es un chiste muy bueno. Es de una inteligencia enorme. Porque hace un comentario sobre la obscenidad de nuestras normas. El sabía que era una porquería absoluta, una mierda, pero es como una etiqueta de Gucci. No más que una etiqueta: la etiqueta Picasso".
"En una corrida de toros, me gustaría ser el toro pero con mi cerebro. Primero, me enfrento al picador. Y luego persigo al matador. No, camino hacia él hasta que se cague en los pantalones. Después le clavo un cuerno en medio del culo y lo hago desfilar por todo el ruedo". (Sigue acá)

(Radar, Pagina 12)

martes, julio 11, 2006

Money talks

El hombrecito de tiradores y barba mal afeitada ad hoc ésta vez hizo de chirolita de Fontevecchia. Cuando el domingo leí su carta en Perfil, pensé que alguien tenía que ponerle los puntos. Ésta respuesta de alguien de la redacción desanda algunas falacias. Uno quiere que a Perfil le vaya bien por todos los jóvenes periodistas, por todos los escritores talentosos que trabajan ahí, por los columnistas del Cultura y por los colaboradores de este mismo suplemento ecléctico y desprejuiciado (y no porque crea en el cuento chino del periodismo independiente o puro; el periodismo, como la vieja política, es un negocio y según intereses económicos se es opositor u oficialista y luego se busca una moralina y un discurso adecuado para maquillarse ante un público al que de antemano se subestima), pero con semejantes argumentos y semejante explotación, dan ganas de que el barco se hunda, que Fontevecchia trabaje de lustrabotas nueve horas por día y el hombrecito de los tiradores -y ya que estamos, Nelson Castro también- terminé en la recepción de un telo, escuchando, como el personaje de Buenos Aires viceversa, las espigas del gemido ajeno.

viernes, julio 07, 2006

Lo inhumano

Es difícil separar el sentido de lo inhumano de sus acepciones cotidianas, ligadas a la crueldad y a la pobreza. Sin embargo, si trasladamos el concepto de lo inhumano al imaginario de la literatura, no podemos dejar de remitirnos a lo monstruoso, a su genealogía, que probablemente comience con los relatos orales (sigue acá) .

lunes, julio 03, 2006

Paraisos perdidos *

Sobre Siberia Blues, de Néstor Sánchez, Paradiso, 2006, Buenos Aires.

La literatura producida en la década del sesenta, se ha vuelto, con el tiempo, terreno fértil para ciertas paradojas. Puesta sobre el blanco de la improvisación extrema, la prosa de Néstor Sánchez, en su fraseo alucinado, muestra obstinadamente una grieta ritual. En ese ritual se omite la tradición y la historia. Siberia blues, como sucede con las master sessions del mejor free jazz, es el registro de la improvisación en estado puro, esto es, de un pasado sin historia, proyectado en un futuro imperfecto. El presente del texto deviene tiempo pretérito en las posibilidades de un relato que, entre tanta ida y vuelta de los modos condicionales a los potenciales, es ante todo el registro de un narrador ausente o, lo que es lo mismo, en trance. Por momentos la novela parece una composición montada sobre la memoria de un oído amnésico, ansioso de una identidad y, sobre todo, de pasado.
En Siberia Blues, tanto como en El amhor, los orsinis y la muerte, las posibilidades del relato, diseminadas en una combinatoria de acciones improbables, hablan de un discurso repleto de sí, de una suerte de lenguaje coloquial que frasea, carraspea poesía y en la longitud de sus asociaciones libres conspira contra una eventual narración: interrumpe cualquier serie de acontecimientos para que un oído dentado monologue y mastique restos sonoros.
Todo es condicional y posible en un presente narrativo que intercala a discreción la primera persona y la segunda. Pero la anécdota de Siberia blues es mínima y se ilumina en los recuerdos fragmentados de la infancia, en el mito de una zona y de una barra, la de Tomasol. Ahí se origina la novela: en el último descampado de Villa Urquiza, la Siberia, una quinta en la que transcurre una juventud que en el recuerdo es clandestina y paradisíaca. A partir de ese momento, las mujeres, las carreras de caballos, el escolaso, un robo frustrado, la cárcel, la amistad con un joven de la barra apodado el Obispo, rondan el texto como partes de un relato que nunca llega. Algunos fragmentos, perneados por el desorden de los sentidos y la sintaxis machacada, presentan el único tono sostenido del libro: la melancolía del tiempo perdido.
Pero menos que un blues, Néstor Sánchez compone una suerte de acelerado cadáver exquisito que, en el campo artístico de su época, tiene medio hermanos en Ornette Coleman y en el cineasta norteamericano Stan Brakhage. Si éste último rescata imágenes del fondo de la mente e interviene el contenido de los negativos en busca de un lenguaje ácido y primitivo, algo similar improvisa Sánchez con las voces que flotan en el recuerdo: las retira de la conciencia y las inhuma en una suerte de ritual burroughsiano que involucra, ante todo, la experiencia del escritor.
Los rasgos extremos de experimentación literaria, los tópicos barriales y el empleo original del lunfardo, aunque hacen de Néstor Sánchez un escritor menos vetusto y aparatoso que el Cortázar novelista, alimentan esa temible paradoja también aplicable a algunas novelas sesentistas innovadoras por su técnica, como Los albañiles de Vicente Leñero, Conversación en la catedral de Vargas Llosa y la misma Rayuela. Cada uno de estos libros fue una pieza esencial en la historia de la literatura latinoamericana, pero mucho tiempo después, sin la bonanza del Boom, por esa misma particularidad que retrataba las travesías estéticas de una época, son obras que en el presente quedaron fuera de foco.


* Los Inrockuptibles, julio de 2006

miércoles, junio 14, 2006

Una terraza propia *

Si bien no existe "antología objetiva" o reunión de textos que no acuse minimamente la óptica del antologador, puede suceder que el recorte fluya durante la lectura con la unidad de una obra conceptual. Una terraza propia, la antología de nuevas narradoras argentinas, tiene la naturaleza de una obra conceptual en los apartados que reúnen a las autoras según afinidades lúdicas -Insanía, Entre sueños turbios, Desde otro lugar, Politik Pornoshop, Derivas-, pero lo femenino no aparece como soporte teórico ni como semblanza políticamente correcta de mujeres solas, abandonadas o divorciadas.

La antología, por el contrario, podría considerarse una suerte de exposición conjunta exquisitamente desalineada y colorida en la que cada voz representa un mundo situado más allá de los estereotipos femeninos; un mundo enclavado en ese horizonte de pura literatura anterior a los géneros, a las temáticas y a las edades. Los cuentos y las autoras son veintitrés, y sin embargo tienen algo en común. Más que narrar una historia amena en tres movimientos, los textos dejan entrever huellas y declives en escrituras heterogéneas que no remiten, justamente, a "historias de mujeres en busca de la felicidad".

En cada narración puede leerse la esencia ralentizada de una voz, y la antología como tal tiene el mérito agregado de presentar un panorama de nuevas narradoras sin someter la totalidad ni las partes a exigencias comerciales. Las escritoras conocidas se mezclan con las más jóvenes, y en un caso u otro prevalece la misma impresión: la etiqueta de literatura femenina, que es funcional al modelo de narradora latinoamericana que produce historias ágiles, indudablemente no se ajusta a estos cuentos. Basta leer a Mariana Enriquez, a Fernanda García Curten, a Selva Almada, a Moira Irigoyen, a Claudia Feld o a Samanta Schweblin, para comprobar que las anécdotas esconden, como en un doble fondo, una apreciación de mundos oscuros que borra las fronteras posibles entre la voz de un escritor y una escritora.

En el cuento de Enriquez una joven narra con melancolía la historia de un muchacho atípico que hace filmaciones raras por encargo y queda inmerso en una sensual historia de terror. Samanta Schweblin toma como excusa kafkiana la espera de un forastero en un paraje perdido para desplegar un precioso repertorio de crueldades oníricas. García Curten logra quizás el cuento más extraño de la serie y aborda el vínculo absurdo de un sirviente con el fantasma musical de su ama.

No faltan narradoras dotadas de un refinado humor, como Julia Coria, Ingrid Proietto o Paola Kauffman, y sobran relatos compactos que hacen foco en la descripción de climas: el de Beatriz Vignoli, Anna Kazumi Stahl, Marisa do Brito Barrote o Jimena Néspolo, todos llamativamente reunidas en el apartado Desde otro lugar. A su manera, todas las autoras hacen circular una versión íntima de la literatura, y esta antología es el registro en clave de esa intimidad memorable que dialoga con su época, a la intemperie.

Los inrockuptibles, junio de 2006.


* Antología de nuevas narradoras argentinas, Editorial Norma, 283 pgs., Selección y prólogo a cargo de Florencia Abbate.

domingo, junio 11, 2006

Fábula

Acá, mi colaboración para este domingo en Kaputt. Una pequeña y triste fábula de natatorio.