lunes, julio 03, 2006

Paraisos perdidos *

Sobre Siberia Blues, de Néstor Sánchez, Paradiso, 2006, Buenos Aires.

La literatura producida en la década del sesenta, se ha vuelto, con el tiempo, terreno fértil para ciertas paradojas. Puesta sobre el blanco de la improvisación extrema, la prosa de Néstor Sánchez, en su fraseo alucinado, muestra obstinadamente una grieta ritual. En ese ritual se omite la tradición y la historia. Siberia blues, como sucede con las master sessions del mejor free jazz, es el registro de la improvisación en estado puro, esto es, de un pasado sin historia, proyectado en un futuro imperfecto. El presente del texto deviene tiempo pretérito en las posibilidades de un relato que, entre tanta ida y vuelta de los modos condicionales a los potenciales, es ante todo el registro de un narrador ausente o, lo que es lo mismo, en trance. Por momentos la novela parece una composición montada sobre la memoria de un oído amnésico, ansioso de una identidad y, sobre todo, de pasado.
En Siberia Blues, tanto como en El amhor, los orsinis y la muerte, las posibilidades del relato, diseminadas en una combinatoria de acciones improbables, hablan de un discurso repleto de sí, de una suerte de lenguaje coloquial que frasea, carraspea poesía y en la longitud de sus asociaciones libres conspira contra una eventual narración: interrumpe cualquier serie de acontecimientos para que un oído dentado monologue y mastique restos sonoros.
Todo es condicional y posible en un presente narrativo que intercala a discreción la primera persona y la segunda. Pero la anécdota de Siberia blues es mínima y se ilumina en los recuerdos fragmentados de la infancia, en el mito de una zona y de una barra, la de Tomasol. Ahí se origina la novela: en el último descampado de Villa Urquiza, la Siberia, una quinta en la que transcurre una juventud que en el recuerdo es clandestina y paradisíaca. A partir de ese momento, las mujeres, las carreras de caballos, el escolaso, un robo frustrado, la cárcel, la amistad con un joven de la barra apodado el Obispo, rondan el texto como partes de un relato que nunca llega. Algunos fragmentos, perneados por el desorden de los sentidos y la sintaxis machacada, presentan el único tono sostenido del libro: la melancolía del tiempo perdido.
Pero menos que un blues, Néstor Sánchez compone una suerte de acelerado cadáver exquisito que, en el campo artístico de su época, tiene medio hermanos en Ornette Coleman y en el cineasta norteamericano Stan Brakhage. Si éste último rescata imágenes del fondo de la mente e interviene el contenido de los negativos en busca de un lenguaje ácido y primitivo, algo similar improvisa Sánchez con las voces que flotan en el recuerdo: las retira de la conciencia y las inhuma en una suerte de ritual burroughsiano que involucra, ante todo, la experiencia del escritor.
Los rasgos extremos de experimentación literaria, los tópicos barriales y el empleo original del lunfardo, aunque hacen de Néstor Sánchez un escritor menos vetusto y aparatoso que el Cortázar novelista, alimentan esa temible paradoja también aplicable a algunas novelas sesentistas innovadoras por su técnica, como Los albañiles de Vicente Leñero, Conversación en la catedral de Vargas Llosa y la misma Rayuela. Cada uno de estos libros fue una pieza esencial en la historia de la literatura latinoamericana, pero mucho tiempo después, sin la bonanza del Boom, por esa misma particularidad que retrataba las travesías estéticas de una época, son obras que en el presente quedaron fuera de foco.


* Los Inrockuptibles, julio de 2006

7 comentarios:

Diego dijo...

Me mató ese "fuera de foco" final.
Tanto a Rayuela como a Conversación en la catedral las leí a finales de los 90s. En ese momento, cuando cerré por última vez la tapa de sendos libros, me quedé pensándolos como obras monumentales, como novelas que sólo podían ser escritas por Escritores; ahí había literatura, de eso no me cabían dudas. No las he vuelto a leer y no creo que lo haga antes del bicentenario. Leí muchas otras cosas después, pero igualmente no he modificado el juicio que tengo sobre esas escrituras. La palabra vetusta, puesta sobre ellas, la verdad, no la entiendo.

Un abrazo.

KuruPicho dijo...

El más sesentero entre los 4 autores citados, me parece es Nestor.Eso de abandonar la escritura por el vagabundeo puro y gratuito, despues de leer a Catañeda. De intentar la union de vida y escritura, etc. Recordemos que desde su atalaya parisina Cortazar lo habia respaldado. Vargas LLosa, de niño bien metido a izquierdista que se va decepcionado es un camino más esperable, de hecho ese itinerario se dio en cierta intelligentsia francesa por esa misma epoca, donde siempre vivio. Cortazar sonaba vetusto hasta la aparicion resonante de Roberto Bolaños.es decir, el sobredimensionamiento del chileno lo unico que en realidad ha hecho es hacernos retroceder hasta el cosmopolistismo sesentero de Julio Cortazar.Leñero, que yo sepa, es más concocido por sus obras teatrales hoy día. Quiere decir que no insistió por la senda de "Los albañiles" , por decisión propia o por una lectura perspicaz y acomodatica a la recepción de la novela. En fin, me quedo con la foto de Nestor Sanchez de regreso en baires tomando su mate y tratando de explicar al periodista que la nocion d ela muerte le impedía volver a escribir.Lo que dice Diego e sun punto a considerar: la monumentalidad del perucha y del belga en oposición a la brevedad del mexicano y del schopenahueriano. La monumenbtalidad definitivamente es vetusta.Hoy todo es miniatura, de la medidad del chip. saludos varios.

oliverio coelho dijo...

Novedosa, kuru, tu lectura de la bolañización. Y claro, lo vetusto es la monumentalidad, el fresco social, la novela repleta gratuitamente de una técnica tan esforzada que es un falsete como el de Susana Rinaldi. Diego, de cualquier manera lo vetusto no anula el valor literario de la obra, sino el sentido de la obra en el presente, lo que el paso tiempo deja fuera de foco es el sentido de esa grandilocuencia. Queda el valor histórico de la obra. Fijate que por ejemplo acaban de aparecer inéditos de Silvina Ocampo. Ahí hay dos novelitas geniales que no tienen nada monumental, dos miniaturas que probablemente, por su atemporalidad -y por su honestidad, ya que no respondieron a ninguna demanda estética- resistan mejor que cualquiera de las novelas mencionadas, porque están escritas desde el altar de la singularidad: ahí hay un privilegio sensible y poético que no se acomodó a las circunstancias y persistió en las convicciones literarias.

Diego dijo...

Oliverio,

Fijate qué curioso, yo, que en las últimas semanas me vine quejando de la literatura "racionalizada", esforzada por querer decir algo ya sabido de antemano por medio de la narración, no entiendo a los ejemplos que vos diste cayendo en esa variante. Claro que hay técnica en esas novelas, por supuesto que hay mucha destreza. Pero no la encuentro en vano, ni regodeándose en la nada.
Si tendría que definirlos de alguna manera, caracterizarlos, tendría que decir que esas novelas me gustan porque atrapan con el lenguaje múltiples estados de conciencia, en donde el sentimiento ocupa un lugar central, incluyendo en esa captura lo que no se puede manifestar abiertamente (por diversos motivos) en un lenguaje conceptual y que por eso mismo cobra sentido al ser retratado como un fresco (Ej.: la pianista en Rayuela; la trolita cara en Conversación). Las acciones narradas, así como están narradas, dicen cosas que no podrían ser dichas de otra manera. Y lo dicen con el lenguaje. El lenguaje tiene posibilidades, hay que saber sacarle el jugo; ahí está en oficio del escritor.
Esas novelas, a mi entender, tienen sentido porque vienen a llenar espacios que los conceptos taxonómicos no alcanzan a cubrir. No aspirar a reemplazar al concepto, ni mucho a menos a ejemplificarlo, sino que le encuentran un lugar a la literatura, y el llenado de esa falta se siente al leerlos.

Saludos

Federico dijo...

Me parece que hay una petición de principio en la enumeración de OC: "lo vetusto es la monumentalidad, el fresco social, la novela repleta gratuitamente de una técnica tan esforzada que es un falsete". No son variacianes de lo mismo.
Es probable que trucos como los dos lados de Rayuela sean hoy de jardín de infantes ("elije tu propia aventura"), pero no sé que tienen de malo la monumentalidad. ¿No les parece que a la literatura argentina, exceptuando Los Sorias, le falta monumentalidad? O por lo menos ambición.
Saludos

oliverio coelho dijo...

y si le faltara monumentalidad formal y le sobrara ambición literia?

Federico dijo...

Es que estoy de acuerdo en que esta categoría que acabamos de inventar ("la monumentalidad formal") es lo que envejece peor en los boom boom kids. Pero la ambición de decirlo todo o por lo menos decir mucho es lo que no veo en las novelitas de 208 páginas con las que la literatura argentina satisface hoy su módica ambición.
Sé que la cantidad de páginas parece un criterio idiota, pero es al menos un criterio visible.