sábado, mayo 06, 2006

Levrero

El discurso vacío, de Mario Levrero, Interzona editora, 2006.

Algún rasgo en común, aunque sus universos difieran, comparte el genio de Mario Levrero con el de Felisberto Hernández: ambos montan en la digresión autobiográfica las pausas y los secretos de un estilo llano. Levrero nació en Montevideo, en 1940, y murió en la misma ciudad, en el 2004. Sus oficios a lo largo del tiempo variaron: guionista, fotógrafo, librero, humorista y jefe de redacción de revistas de ingenio. Entre otros volúmenes de cuentos, publicó La máquina de pensar en Gladys, Aguas salobres, Todo el tiempo, Espacios libres, Los carros de fuego. Además editó las novelas La ciudad, París, El lugar, Dejen todo en mis manos, El alma de Gardel y La novela luminosa. A partir de la publicación de La ciudad, sus libros fueron erróneamente encasillados en la ciencia ficción. Erróneamente porque, como Felisberto, Levrero es, ante todo, un escritor de lo fantasmal, un "alquimista" que trabaja con espectros íntimos y detritus de la experiencia.

No por casualidad, El discurso vacío, como casi toda la narrativa de Levrero, está en primera persona. La novela, concebida a la manera de un diario, parece modular las intermitencias de una conciencia cansada de la ansiedad, de las interrupciones, del cigarrillo, del mal sueño... El laberinto espiritual -una especie de "psicosis voluntaria"- que transita el narrador es parte del procedimiento creativo que caracteriza a Levrero: la brillante bifurcación de una subjetividad que, sobre los huecos de la realidad inmediata, juega a componer y descomponer una realidad íntima.

Al igual que en la póstuma La novela luminosa, que tiene edición uruguaya pero no argentina, la ficción está concebida en la lengua culposa, aunque para nada confesional, de una subespecie: la del solitario sin ocio. Para el narrador -y de alguna manera también para el autor- en los pequeños incidentes cotidianos y en los sueños se esconde la posibilidad de reconciliarse con el espíritu, redimirse, volverse por fin protagonista de las acciones, o en su defecto "aprender a vivir otra vez, de otra manera". Pero para eso debe mediar la escritura, primero como ejercicio caligráfico de meditación; luego como un discurso cuya forma es la espera biográfica, o más precisamente la espera de "los contenidos ocultos tras el aparente vacío del discurso".

El extrañamiento kafkiano de los primeros libros de Levrero se deslizó entonces hacia un vacío levemente beckettiano: no es mucho lo que se espera, pero la espera es todo. Esa espera despliega un inventario de la vida, y El discurso vacío, en este sentido, puede leerse como un ars poetica. Según este ars poetica, lo que se distorsiona no es la realidad sino el individuo, esa primera persona que desmigaja a solas un tiempo mental. En esa operación se filtra un drama irónicamente plegado en la intimidad autobiográfica: el narrador, refugiado en la caligrafía, hace equilibrio en el límite de la literatura.

En más de un momento, la vida del protagonista parece coincidir con la de Levrero. Es escritor, redacta crucigramas para revistas de ingenio, fuma desaprensivamente, queda hipnotizado frente a la computadora. El mecanismo autobiográfico, como recurso narrativo extremo, deja entrar la ficción en la vida -y no al revés-, y en última instancia configura, más que un diario, un cuaderno de bitácora en el que cristalizan intuiciones metafísicas. Quizás por eso El discurso vacío sea uno de los libros más cabales del autor, y a la vez una puerta ideal de entrada a su universo.

La novela está armada a partir de dos grupos de textos. Ambos grupos se intercalan sugiriendo una cronología y se distinguen por sus contenidos. El primero lleva el título "Ejercicios" y el segundo "El discurso". Progresivamente, en cada una de las tres partes del libro, el límite entre un grupo y otro va confundiéndose en el cuerpo ambiguo de un diario íntimo. El ejercicio contamina al discurso, y viceversa, hasta que en la última parte el ejercicio concebido como adiestramiento deviene literatura, pero hacia atrás, retrospectivamente.

En principio, sin embargo, el ejercicio caligráfico esconde un ejercicio biográfico, es el marco de una paradójica escritura sin contenido, y de ahí la ambigüedad genial del diario. "Es preciso poner mucha paciencia y gran atención; tratar en lo posible de dibujar letra por letra, desentendiéndose de las significaciones de las palabras que se van formando -lo cual es una operación casi opuesta a la literatura (...)" Y más adelante: "el ejercicio caligráfico diario estuvo a punto de volverse un ejercicio literario. Tuve la fuerte tentación de transformar mi prosa caligráfica en prosa narrativa (...)." El narrador más de una vez se debate entre la buena letra y algunas tentaciones literarias que pueden arruinar su hábito terapéutico. Para no distraerse en las incoherencias del discurso, concibe nuevas digresiones. Sin embargo estas evasiones son incoherencias de otro tipo; representan lo ficcional de la vida, obsesiones delimitadas por el pudor del biógrafo: una esposa con la que nunca termina de encontrarse, un hijo hostil, una mudanza inminente, una sirvienta que renuncia, un zumbido que avanza, una computadora que absorbe.

Los textos de "El discurso" complementan de alguna manera a los "Ejercicios". Acá la práctica literaria se sostiene en la instancia de lo vivido. El protagonista narra su via crucis doméstico: una cadena absurda de restricciones generadas por el único fenómeno real en la novela, la presencia animal. Buena parte de estos pasajes abordan la historia del perro Pongo, y la de un gato intruso que, con sus manías ladinas, altera el orden familiar de la casa. Ahí hay una historia en perspectiva que "puede ser símbolo de los contenidos reales del discurso, imposibles, por algún motivo, de percibir directamente". Levrero no deja de advertir que la práctica literaria implica dosis de desasosiego. En el vacío de las circunstancias vividas detecta las consecuencias de un discurso que irradia en la escritura una enigmática perfección. Esa misma perfección, repujada sobre almas enrarecidas en un espacio cerrado, sitúa a Levrero en el santuario de los visionarios.


Los inrockuptibles, mayo de 2006.

3 comentarios:

Quintessence of dust dijo...

Muy bueno tu blog! te felicito!
lo descubrí por una nota en una revista.
ahora tengo muchas ganas de leer tus libros.
que andes muy bien!
un abrazo

oliverio coelho dijo...

gracias, Quintessence. pero cuidado con esos libros.

Jorge Alberdi dijo...

Quizá tarde para el comentario, si nos atenemos a la velocidad que impone la blogósfera, o a esa obsesión por el 'último post'. Pero no resisto la tentación de revisar hacia atrás. Así encuentro este comentario. Y sí, no hay mucho que discutir sobre Levrero, aunque uno no haya leído precisamente ése libro. Un autor que, cercano, solo cercano, a Felisberto, me sedujo de entrada, pero finalmente logró agobiarme. Creo que lo que me ahogó fue la comprobación de esa fórmula laberíntica, esa estructura que arma casi todas sus novelas. Los mejores recuerdos los tengo de un volumen de cuentos 'Espacios Abiertos'.
Saludos