lunes, abril 24, 2006

Destilada

Volvía por la calle Perón cuando de pronto distinguió un bulto tendido en el umbral de un negocio. Era pequeño y negro, y no se asemejaba a los cuerpos de linyeras que poblaban de noche el centro de la ciudad. En general estos estaban rodeados por cuzcos rengos que habían crecido a la intemperie, y por una serie de pertenencias adoptivas que le daban a la escena el aire de un campamento futurista: ollas abolladas, calentadores, colchonetas, retazos de nylon y mantas, varas de hierro, botellas, cajones de frutas y alguna muleta que asomaba de un changuito como un escopeta oxidada.

El pequeño cuerpo estaba solo y entorno no se veían más que maniquíes posando en la vidriera oscura de un negocio abandonado. Él improvisó un primer reconocimiento y se inclinó hacia el cuerpo. Le llegó el olor agrio de una bebida destilada. Ese alcohol olía como en las mujeres huele y duele el exceso: dulce azahar de aguas estancadas en un florero. Volvió el cuerpo y lo sintió tan liviano que por un momento temió que fuera una niña dopada por algún sátiro de la noche. Enseguida identificó las facciones de una mujer joven. Llevaba rapada las sienes, un piercieng en cada ceja y otro en el labio inferior, pantalones chupín gastados, un par de borceguíes y una musculosa maltrecha que dejaba a la vista brazos tatuados por una serpiente de tres cabezas y por la leyenda China white adiction.

Él se detuvo asombrado por su hallazgo. Tenía ante sí un objeto anacrónico, un tramo extinguido de la realidad. Se figuró que la chica podía haber estado ahí durante décadas, esperándolo como un tesoro oculto en el centro de Buenos Aires. Le palpó el cuello y verificó que respiraba. Intentó incorporarla y en ese momento, cuando la liviandad del cuerpo intuido cobraba el peso de un cuerpo destruido, descubrió en su espalda una mochila. Miró hacia los costados, como si temiera testigos, y sintió que su altruismo autorizaba un rapto de curiosidad. Quería conocer el contenido de la mochila. La retiró con cuidado y revisó el interior. Encontró dos petacas de gin, una llena y otra vacía; a la primera la incautó y a la segunda la descartó. Luego una billetera con la magra suma de diez pesos, un manojo de llaves, un walkman, una tarjeta de débito y una cédula de identidad que mostraba el medio perfil de una pálida muchacha de rasgos orientales, pelo largo y mirada triste. Mecánicamente, besó la foto y sonrió ante ese pasado sometido en una imagen policial.

Se volvió hacia ella, la levantó, le colocó la mochila, y tomándola de las axilas la arrastró hacia la calle. No se mantenía en pie y los borceguíes rozaban la vereda como las aletas de un pez enorme. Miró la noche. Entre edificaciones, baches de sombra, tramas de cables sueltos y una iluminación deficiente, vio acercarse un taxi. Ella entreabrió los ojos y al notar que un auto se detenía susurró "New York". Él la recostó atrás, se sentó en el lugar del acompañante y le dictó al taxista la dirección que había visto en la cédula. Estimó que los diez pesos alcanzarían hasta el bajo Flores. Con la petaca de gin, pensó, quedaban cubiertas las molestias ocasionadas.


Perfil, Suplemento Cultura, 23/04

3 comentarios:

Dama Satán dijo...

Oliverio, una vez más no podremos conocer baires ni leer en ese encuentro yetudo llamdo salida al mar. El año pasado fue la madre de Cristino, ahora es mi padre (Cáncer virulento, palpitante, inderogable).Lo sentimos.PD: ya conseguimos la antologia de la joven guardia...

damaris dijo...

un rescate épico y estrellado.
precioso

Matías Guillán dijo...

tiene un tono extraño, como algo ajeno a tu pluma.
igual me gusta.

saludos.