lunes, enero 09, 2006

Segundos afuera

Kermi vuelve de nadar. Está de buen humor y cansado como pocas veces. Entonces decide llamarla. Nunca lo hizo, pero le genera curiosidad conocer la voz de Anju por teléfono y saber qué opina de su más reciente humorada epistolar. Sin saberlo se expone al infierno tan temido: la eventualidad de no reconocer su voz. Mientras la escucha, permanece mudo, aniñado, mordido por una duda que es una certeza reveladora: ella podría ser cualquier otra mujer. Pero entonces, ¿quién es? Ha llegado demasiado pronto a la superficie del enigma y al fondo de un interrogante eterno. En el lugar de su voz hay otra voz que compone a una desconocida y deja entrever la absurda realidad: nunca se sabe quién es el otro; justamente se lo puede tratar en tanto la temida pregunta por la identidad no avance y no arrastre una verdad fenoménica: no hay identidad en el ser. Discurriendo en el tiempo y no en una imagen, la voz vuelve contingente a Anju y deja en evidencia que cualquier tipo de singularidad es un destello interpretativo y autoreferencial que el asombro y la seducción hacen pasar por una comunión azarosa. La ilusión de la distancia comprime el presente: detrás de una mujer hay infinitas mujeres y nada, en el fondo, asegura la permanencia de un estilo en el imaginario. Ahora él es incapaz de identificarla, ella emerge entera, por un instante, en una dimensión extraña. Kermi se siente ridículo, como alguien que al despertar se sabe F. y al mirarse en el espejo reconoce a G. Es que no puede vincular la voz con la mujer que recuerda, aún cuando ella parezca reconocer la suya. La imagen de ella entonces se hace añicos. Las rajaduras siguen las líneas ficticias del estilo. En ese marco vacío podría entrar cualquier otra imagen, incluso la misma. Nota que de cualquier manera nada cambiará en una vida como la suya, blindada y encauzada por una larga serie de renuncias y olvidos inducidos desde la letra más profunda. Entonces, como si emergiera de la letra hacia la página en blanco, él decide responder al coro de voces que desde un pasado relativo intentan saltar al presente filtrándose en esa máquina trituradora de tiempos y mundos privados que es un contestador automático.

(Pintura: José Clemente Orozco, sin título)

1 comentario:

Matías Guillán dijo...

me cautiva la intensidad que le das a tus textos. es toda una característica.

saludos.