miércoles, agosto 08, 2007

Martinez Estrada narrador

Menos que la ambigüedad de los nombres propios, lo que conecta el argumento de Juan Florido con la anécdota huidiza de Marta Riquelme, es la superposición de sistemas espaciales para organizar la narración. Existe una misteriosa continuidad entre la teleología expuesta en Radiografía de la Pampa y la apuesta moral –la representación de sujetos omitidos o fantasmales– que aumenta, de manera distinta, en estos dos relatos originalmente publicados por separado en 1956 y 1957.

La acción de Juan Florido transcurre en el Palacio Bisiesto, un conventillo laberíntico con características de hospicio, de oficina pública y de cárcel, en el que cualquier tipo de exceso es permisible y se vuelve motor de hostilidad entre seres amotinados en el parentesco. La familia Florido –Juan Florido hijo y esposa– emerge a la realidad del Palacio, tras años de devoto trabajo en una imprenta, durante el velorio de Florido padre en la pieza que alquilan. El velorio deviene una accidentada performance en donde precariedad, grotesco y picardía se filtran y alteran el sentido del drama. Más que velar a Florido padre, acceden, a través de la chusma, a un verdadero bautismo de fuego en el Palacio. Es inevitable decir que este palacio tomado, a la luz de la relación de Martínez Estrada con el peronismo, parece una metáfora alucinada del país en aquellos tiempos.

Por su parte, Marta Riquelme es un relato que, a la manera de las “novelas” de Macedonio, nunca termina de empezar y deriva en luminosos razonamientos acerca de las fronteras inestables de la ficción. Marta Riquelme es la autora de un solo libro único y perdido, un volumen de memorias que el privilegiado narrador del relato ordena una y otra vez. El discurso de Marta resulta en el narrador tan laberíntico como la estructura del Palacio Bisiesto. Si esa zona de endogamia de la que, una vez adentro, nunca se sale, en Juan Florido está conformada por la vecindad, en Marta Riquelme está dispersa en los engranajes de una memoria capaz de retener literalmente más de mil páginas. En este volumen contradictorio y excepcional, según el narrador, Marta describe el lugar de su juventud, La Magnolia, un nido de promiscuidad en el que la familia –con ocho ramas y ciento veinticinco miembros– escenifica todo tipo de rivalidades y abusos que, según como se dispongan los capítulos o se interpreten ciertas palabras confusas, cambian el sentido de la obra. La relación entre el corazón múltiple de un texto casi imaginario –un edificio que, como la familia Riquelme, posee ramificaciones enfrentadas– y el acto de escribir –hacer blanco en la memoria–, queda en el centro, en ese punto ínfimo que puede representar una imprecisión caligráfica o una tachadura.

Los dos relatos, en definitiva, publicados hace más de cincuenta años, no han perdido actualidad, y por el contrario vienen a confirmar que Martínez Estrada, en el campo de la ficción, podría ser considerado un eslabón perdido entre Roberto Arlt y Jorge Luis Borges.




Publicado en la revista Los inrockuptibles de agosto.

martes, junio 12, 2007

Sada

Aunque en la narrativa reciente mexicana no parece haber escritores que vayan a marcar puntos de inflexión a la manera de Juan Rulfo o Salvador Elizondo, sí abundan escritores, en general norteños -una zona hasta no hace muchos años literariamente virgen- que exploran al extremo la coloquialidad de la región. La gran mayoría pone en marcha historias violentas que abordan el sincretismo posmoderno del narcotráfico, alimentando una literatura de clisés. Por distinto camino –aunque en la vía del divertimiento coloquial- va la narrativa de quien quizás sea uno de los escritores más particulares y díscolos de la literatura norteña: Daniel Sada (Mexicali, 1953). En 1999 publicó la monumental novela –escrita en octosílabos y alejandrinos- Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, a la que siguieron, entre otras, Luces artificiales y Ritmo Delta. Sada parece retomar el espíritu de las novelas ejemplares de Cervantes, pero a la fruición picaresca le yuxtapone juegos de palabras y situaciones bufas que terminan caricaturizando la identidad híbrida de las provincias del norte mexicano. Sus personajes, héroes lánguidos y atemporales, mudan de la santidad bárbara a la perversión romántica, especialmente en sus primeras novelas: Albedrío y Una de dos. En esta última las gemelas Gamal, costureras de oficio, sólo diferenciables por una verruga en la espalda, se ven reducidas a la castidad por efecto de una orfandad prematura que las ha vuelto siamesas barrocas. Sin embargo, entrando en la madurez, una de las dos es seducida por una caballero, y para solucionar la disputa amoroso/especular con su hermana y salvar el lazo, decide, ya que nada visible las diferencia, compartir los favores del desprevenido postor –reverso del impostor-.

* Columna publicada en Los Inrockuptibles de junio

jueves, mayo 10, 2007

El imperio (del sentido)

Escribir largo sobre la última película de David Lynch sería tan ingenuo como improductivo. Los adjetivos que le cabrían -asombroso, alucinante, desmesurado- desmerecen en realidad los nudos espaciales devenidos, como en los sueños, laberintos temporales. Podría decirse que la película es un archipiélago de apariciones y figuraciones que no se domestican en secuencias narrativas. Durante tres horas espectros de amantes, marcas transpuestas, escaleras enquistadas de teatros blandos, muertes lejanas y románticas y cine que mira al cine edificando el reflejo de una maldición -un laberinto que es una máquina desquiciada de reproducir identidades-, se diseminan en espirales que van incluyendo las películas anteriores de Lynch, y que redefinen el sentido del séptimo arte en cuestión. Por eso mejor anillarse en la vigilia, soñar despierto en vez de escribir.

jueves, mayo 03, 2007

Sobre Igor, de Fererico Levin, Gárgola, colección Laura Palmer no ha muerto, 2007.

A primera vista el personaje que da título al libro podría ser un maniquí de Bruno Schulz, trasladado a una historia que obedece más a un experimento literario que a las manualidades rutinarias de la novela. Una constelación de capítulos y anécdotas secundarias se combinan con una prosa seca y a la vez expansiva.
Pareciera que lo que ampara el ralato, a fin de que la acción no sea representación de un hecho sino de una pérdida –Igor es en última instancia una novela en torno a un amor fallido-, es la distancia de un narrador que juega con el tiempo, como si tomara al azar capítulos breves de un indefinido conjunto mayor y describiera a contraluz contenidos espectrales. Esa distancia produce un efecto de extrañamiento en el que la amada de Igor, Natschenka, aparece y desaparece, en un ida y vuelta del pasado hacia el futuro.
El viaje inmóvil –hacer memoria en un vago presente-, de hecho es en el relato una articulación onírica que sella la apuesta digresiva. Sin embargo, en el pasado –especialmente en un palimpsesto formado por fotos- el narrador reduce la distancia, hace foco. Humaniza personajes, como Marat y Nikolai, una pareja de militares rusos que durante la primera guerra se separan por una mujer, Marja, abuela de Natschenka. No es casual que las mujeres aparezcan dispuestas como mamushkas: no hay descendencia sino inclusión, esto es, una genealogía mítica. Sobre este linaje reacciona la nostalgia de Igor.
En las últimas páginas el sentido del relato se despeja. Tantas historias laterales y planos superpuestos revelan a un escritor atípico y único en el nuevo panorama literario. Devoto de un complejo desguace de la temporalidad narrativa, Levin materializa en una frase el asunto hipnótico de su novela: “Igor está encerrado en un círculo, eso ya lo sabemos: lo suyo son las repeticiones y la vuelta al comienzo (...) Eso es la escritura: un corte que permite que haya pasado”.


* Los inrockuptibles, mayo de 2007.
Sobre Rocanrol, de Osvaldo Aguirre, Beatriz Viterbo editora, 2007.

Desde hace tiempo Osvaldo Aguirre viene desglosando los mitos de la marginalidad en investigaciones periodísticas, crónicas, novelas y libros de cuentos. En el caso de Rocanrol, el mito es el habla, y sobre todo la voz del sobreviviente que aparece desplegada en la mayoría de los relatos y transforma lo verosímil en veraz. La evocación tiene algo expiatorio, y desde el momento en que los personajes, sumidos en una coloquialidad árida y semejante a la que podría graficar un monólogo interior alucinado, refieren un suceso –una merca maldita, un gran fumo, las vicisitudes de un robo absurdo-, muestran la cara neta de la marginalidad: el que habla, el que refiere lo vivido, es siempre un alma en pena. Es alguien que ha sobrevivido por azar y estiliza la violencia en el discurso del testigo. Los hechos extremos son un punto de inflexión en vidas consumidas. No hay personajes libres, todos han quedado apresados en la memoria de una experiencia terrible; salvo el protagonista de Garganta profunda, un periodista que ha tratado a muchos canas y, como solitario acuarelista de cuadros policiales, tiene la distancia suficiente para dar su versión de los hechos agrupando voces y cabos sueltos.
El último relato, Buche, quizás sea junto al épico Rocancol –en el cual un grupo de yonquis pierde a un amigo por sobredosis- el relato más impactante del volumen. Está ambientado en la última dictadura, el tono es seco y se relata, con la ambigüedad y la distancia justa, la siniestra transformación de “el Pollo”, un alto militante de la JP que es secuestrado. En este trance, la prosa de Aguirre no presenta restricciones, es directa y a la vez expansiva, y muestra a un protagonista reducido a lo inhumano por máquinas de torturar. Detrás de la coloquialidad que articula los ocho relatos de Rocanrol, se agazapa un escritor que, atento como pocos al presente de la marginalidad, tamiza de un modo inmejorable esa lengua espontánea –en sí una atmósfera- que tanto ponderaron los beatniks.

* Publicado en Los inrockuptibles, mayo 07.-

jueves, marzo 08, 2007

Tanta noche

Lo primero que salta a la vista al leer Tantas noches como sean necesarias * de Ricardo Romero (1976) -también autor de la novela Ninguna parte (03)- es la fina construcción de personajes sonámbulos y desolados. Un exbásquetbolista yanqui sobrevive como taxi boy en Buenos Aires. Un sereno despedido usurpa un galpón en Barracas y se dedica a cazar murciélagos. Un motín en un hospicio por momentos resume viñetas de la vida cotidiana. Dos payasos perdidos se encuentran donde los basurales indican el peligroso fin de la ciudad. “Mis personajes saben que el destino del 90% de los hombres es el simulacro, un instante de verdad (con suerte) y su repetición para toda la vida. En todos los cuentos esa noche que no termina es un simulacro, una eventualidad del paisaje.” Romero, además dirigir la revista literaria Oliverio, es impulsor del proyecto de nueva narrativa Laura Palmer no ha muerto –cuyo próximo título, Igor de Federico Levin, está previsto para estas semanas–. Sus ficciones esconden ricas filiaciones con los “vagabundos de Conti”, con el “mundo atroz y festivo de Moyano”, con la nostalgia de “Alice de Tom Waits” o con “No More Shall We Part de Nick Cave”. Lo que sigue ahora en la vida de este escritor afincado en Buenos Aires desde el 2003, es “una novela coral, que transcurre en Paraná, donde nací. Tiene un marco policial de la misma manera que los cuentos tienen un marco fantástico.” Publicada en Los Inrockuptibles marzo.