miércoles, abril 16, 2008

Ballard

"En la actualidad hay una lógica que atribuye más valor a la fama cuanto menos acompañada esté de logros reales. No creo que en este momento sea posible llegar a la imaginación de la gente por medios estéticos. La cama de Emin, la oveja de Hirst, los Goyas desfigurados de Chapman, son provocaciones psicológicas, pruebas mentales en las que los elementos estéticos no son más que un contexto. Es interesante que las cosas sean así. Asumo que se debe a que ahora el medio, que es ante todo un entorno mediático, está sobresaturado de elementos estetizantes (comerciales televisivos, packaging, diseño y presentación, etc.) pero empobrecido y entumecido en lo que respecta a la profundidad psicológica. Los artistas (pero no los escritores, lamentablemente) tienden a desplazarse a los lugares en que la batalla es más enconada. En el mundo acutal todo es objeto de diseño y packaging, y Emin y Hirst tratan de decir que esto es una cama, que esto es la muerte, que esto es un cuerpo. Tratan de redefinir los elementos básicos de la realidad, de recuperarlos de manos de los publicistas que secuestraron nuestro mundo."

"Dudo mucho que Internet o alguna otra maravilla tecnológica puedan detener la caída en el aburrimiento y el conformismo. Sospecho que la especie humana avanzará como un sonámbulo hacia ese vasto recurso que vaciló en abordar: su propia psicopatía. Ese patio de juegos del alma nos espera con las puertas abiertas de par en par, y la entrada es gratis. En resumen, una psicopatía electiva vendrá en nuestra ayuda, como lo hizo muchas veces en el pasado: la Alemania nazi, la Rusia stalinista, todas esas pesadillas constituyen buena parte de la historia humana. (...) A nuestra pasividad se suma que estamos ingresando en una etapa profundamente masoquista. Todo el mundo es una víctima, ya sea de los padres, de los médicos, de los laboratorios farmacéuticos, hasta del amor. !Y cómo lo disfrutamos!"


* Fragmentos de una entrevista Publicada en la Revista Ñ, el 12/04

martes, febrero 05, 2008

El banquete de las utopías *

Que la literatura tenga posibilidades de predicción hoy no importa mucho. Aunque el utilitarismo profético de la ciencia ficción ha sido desbordado por la historia, por suerte el género conserva, como la filosofía, la posibilidad de formar sistemas de conocimiento. Sus cultores más audaces y salvajes, Arno Schmidt, Mervyn Peake, Angela Carter y, por qué no, la reciente Nobel Doris Lessing, combinaron pesadillas de la civilización con un lenguaje excéntrico. Esas pesadillas, en general vinculadas a distopías y a mutaciones sutiles en las conductas sociales, en realidad no fueron más que páginas en blanco para desarrollar y acelerar una reflexión sobre la condición humana. Como advierte Capanna, “en la ciencia ficción madura, el futuro no es más que un expediente para extrapolar ciertas conclusiones que surgen de una problemática actual.”

En este punto, no hay predicciones cumplidas o incumplidas, sino ambiciones y ampliaciones estéticas que se vuelven actuales si alcanzan a un individuo. Podría pensarse que los infiernos desérticos de J.G. Ballard en El día de la creación, o las punzantes visiones amorosas M. John Harrrison en El curso del corazón, funcionan como problemáticas sumergidas que el lector debe despejar en sí mismo. La experiencia de un solo lector desvía de por sí el sentido predeterminado de cualquier ficción, volviéndola una instancia real de azar, es decir, una promesa de la literatura cumplida en el caso de una vida.

Hoy en día el fantasy ha sido fagocitado por la industria del entretenimiento visual y por el mismo futuro que la ciencia ficción anticipaba en sus orígenes. Así, la experiencia de un lector de género, al igual que la de cualquier lector apasionado, es la de un Stalker, esa clase de místico contrariado que, en el inolvidable film de Andrei Tarkovski, accede a una zona fenoménica: una zona trascendental en la cual es posible cumplir los deseos más íntimos. El fantasy hoy parece estar más cerca de una encrucijada estética que del pulp, más cerca de la crítica social que de la exaltación cientificista, y puede inducir en el lector insomne una expansión de la conciencia parecida a la de esos psicotrópicos que inspiraron la Interzona de El almuerzo desnudo.

A veces ese lector hace de la experiencia una situación de inspiración. Deleuze escribiendo sobre William Burroughs, por ejemplo. Capanna sobre Andreí Tarkovski, o, en Ciencia Ficción. Utupía y mercado, analizando la prehistoria y la historia de este género y sus relaciones con los cambios de paradigma y los vaivenes políticos del siglo XX. El ensayo de Capanna cumple con una doble ambición: en sí parece una singular enciclopedia borgeana que reinventa y cronometra, con una erudición implacable, la mitología de un género repleto de precursores; así se empareja con su objeto de estudio y se vuelve un eslabón fundamental en el banquete incomprendido del pensamiento utópico. Por otro lado, se despega de sus referentes al actualizar los alcances del género y plantear nuevos dilemas que son, menos de un género en especial, que de la literatura en general. La tensión entre cultura de masas y alta literatura, hoy en día, está más allá de géneros y subgéneros. Si el público de la ciencia ficción, como señala Capanna, en un principio estuvo mayormente formado por científicos, y más adelante por una masa heterogénea que buscaba entretenimiento y evasión de la realidad, hoy en día, cuando los géneros no son utilitarios ni contraculturales, ese “encuentro del espacio interior con el espacio exterior que auspiciaba Ballard” parece sólo probable fuera de las convenciones y las modas, en el campo minado de las elecciones estéticas.


* Columna publicada en la Revista Ñ el sábado 2 de febrero.

lunes, enero 28, 2008

Barranca abajo *

En muchos escritores la especulación con el fracaso suele desencadenar, o bien una serie de libertades paradójicamente estructuradas, o bien el fin de la escritura. A partir de un doble fracaso, o mejor dicho, gracias la convergencia de la catástrofe amorosa y la conciencia de un destino literario que nunca será debidamente valorado, Daniel Guebel teje un monólogo que se presenta, en principio, casi como el diario de una separación, y que termina aniquilando lo que la literatura le restó a la vida. (Sigue en Nación Apache)


* Nota publicada en el número de enero de Los Inrockuptibles.

sábado, diciembre 08, 2007

La educación sentimental *

Un subtítulo es más que nada una insinuación audaz. Un testimonio –subtítulo de ésta, la quinta novela de Alan Pauls– propone una entrada lateral a la narración, como si a priori jugara a anteponer lo verídico a lo verosímil: aquello que se articula en relación a una época. Pero el testimonio, en otro sentido, también puede ser un efecto del azar en la memoria, un filtro reticente que posibilita la narración y que le da al punto de vista del escritor la omnisciencia voraz –y a veces insolada– de un retratista que avanza sólo desde una luz concreta: la del deseo o la madurez. Gracias a esa madurez infalible, en Historia del llanto el punto de vista va de "Lo cerca" a lo lejano, buscando abrir en lo literario el intervalo de una experiencia extinguida. (Sigue en Nación Apache)

* Nota publicada en Inrockuptibles diciembre.

miércoles, noviembre 14, 2007

El futuro llegó

Aquello que no ha sido homogeneizado y forzado por el orden de la memoria en un futuro condicional, parece presentarse en Impureza como terreno propicio para el accidente, la peripecia o, en su defecto, la venganza. La anécdota central del libro podría a primera vista encajar como historia lateral de Dónde yo no estaba. Ciertas características de este nuevo universo coheniano, sobre todo la topografía urbana y la profusión tecnológica –farfonitos, flaycoches–, prologan la lengua diseñada al extremo en su anterior novela. Sin embargo, en este caso, reformulando el espacio –o empobreciendo su naturaleza lujosa en un futuro pareado– Marcelo Cohen concibe un suburbio de suburbios, una verdadera villa de cuasicasas, que “los lugareños llaman Lafiera”. El punto de vista, la estrategia y la pulsión de los personajes difiere mucho respecto de Donde yo no estaba. Hay una tercera persona objetiva, y los protagonistas, a diferencia de aquel Aliano cómodamente perseguido por su propia mortalidad, se disputan la posibilidad de un nombre, padres sustitutos y fe ciega en el ritual de la memoria.

En este sentido, Impureza puede ser más bien un complemento de Donde yo no estaba. El escritor acá ya no modela la conciencia de un comerciante de lencería erótica, sino la trascendencia de personajes sin pasado, pequeños inmortales para los cuales el drama consiste en sobrevivir sin ningún tipo de herencia. El don inventivo se repliega hacia lo popular para que llegue el futuro a la narración, y no a la inversa. El mismo tipo de variación aparece en pasajes de Un hombre amable –segunda nouvelle de Hombres amables–, aunque ahora, con ciertos matices apocalípticos, la narración parece parodiar el presente. Más bien lo que con el futuro ha entrado al relato es el hoy: una mezcla de tecnología, culto religioso casero –San La Muerte– y música que en letras y ritmos pegajosos testimonian, como el siguiente “gunanquillo”, una realidad violenta: “Un policeto me pescó afanándome unos panes. / Me partió la nariz, el guacho estaba en pedo. / Te vas a arrepentir, me dije yo esa tarde. / Secuestré a la hija y le rebané dos o tres dedos. / Ea ea, lo sangra sangra, / ea ea se acalá- se acalambra. / Soy jodido, estoy perdido. / Tengo hervido el corazón / de tanto ver pobreza y frustración.”

En esta especie de estilo pulp del futuro que propone Impureza, palabras inventadas no dejan de empujar al lector hacia palabras familiares, como si el universo verbal de Cohen –un bazar donde reliquias y baratijas se encuentran en un carraspeo único–, todo pudiera ser huella de un eufemismo perdido o de una infrarealidad que, en este caso, aparece musicalizada. A través de palabras redireccionadas el mundo popular presenta texturas ásperas. Hasta cierto punto, estas impurezas funcionan como un argot mitificado. Los excluidos de la Lafiera salen del tiempo fumando freghe, o consumiendo “frascos de anememorizantes” como el “Sinculpán, Todolvive, Mingase, Reidol, Liberone: hilarantes que facilitan el pasaje de la unción del recuerdo al goce hipado de las canciones que lo fustigan.” Aunque en realidad, como advierte el narrador, “de esa satisfacción de la servidumbre no hay salida”.

Los capítulos breves, el diseño caleidoscópico de la narración, le convienen a esta historia. En pocas páginas queda definido un asunto literario recurrente en la novela: el deseo de venganza ante la nostalgia amorosa, y en el medio el recuerdo de una mujer transformada en mito popular. El resto es espera, memoria y merodeo: derivaciones de un gran amor interrumpido, improvisaciones sobre el culto a la amistad y preparativos para una venganza que, como en un western, pasa a ser el conflicto místico de un solitario.

Ese solitario es Neuco. Ha vivido un amor como pocos con Verdey, una líder social que organizaba protestas –¿o piquetes?– aprovechando una pasajera fama mediática y el hermoso don de una danza semiaérea. Pero Verdey murió en un accidente por culpa de las grotescas persecuciones amorosas de Abrán “Chita” Baienas, quien en la infancia fue par de Neuco en la pobreza y ahora ha saltado a la fama cantando merigüeles y gunaquillos. Al menos esto es lo que intuye Neuco durante sus largas horas de trabajo en una “Gasomel”. La representación de la historia a veces cobre visos folletinescos. Como en casi toda su obra, Cohen extrae tonos puros de los géneros pero afina tentando el azar o poniendo la improvisación al servicio de la lengua.
La anécdota central a la vez se liga con el imaginario del tango, y de hecho el único amigo de Neuco, un inolvidable taxista de flaycoche, lo preserva como género: “Nígolo ponía en una disquera paleolítica los tangos que abonaban lo más denso de su ética: Frente a frente, dando muestras de coraje/los dos guapos se encontraron en el Bajo/y el piruja, que era listo para el tajo,/al cafiolo le cobró caro su amor”. El tango ha sobrevivido a la llegada del futuro en la ética de un hombre y a lo largo de la narración las letras parecen cumplir la función que en las películas mudas tenía el subtitulado entre escenas. El drama de Neuco por momentos se funde a esa mitología tanguera. Y el tango entonces se vuelve un epitafio social que Nígolo administra como a fósiles de lo real y en los que Neuco refina su dolor.

Los merigüeles y gunaquilllos, a su vez, son excedentes que retratan inclinaciones de una clase baja –brachos y frigatonas– en un mundo opacado por la llegada del futuro. A través de esos mapas sonoros, cruzando géneros –tanto literarios como musicales–, Cohen consigue camuflar en la narración problemáticas del presente. Algo, un hecho trágico, puede devolver a un hombre a su propia intimidad. La reparación de esa instancia de intimidad, a través del recuerdo o la venganza, quizás sea el origen y el final de Impureza. “La persecución es de las cosas que más destruyen la intimidad”, dice en algún momento el narrador con inocultable lucidez. Y quizás en esta frase pueda hallarse no sólo una entrada a la novela en cuestión, sino a una de las problemáticas de un nuevo siglo que, a través de la asepsia globalizada, ha instaurado un mecanismo para homogenizar o ausentar al hombre en la encrucijada de su intimidad.


* Reseña publicada en Los inrockuptibles de noviembre.