jueves, mayo 03, 2007

Sobre Igor, de Fererico Levin, Gárgola, colección Laura Palmer no ha muerto, 2007.

A primera vista el personaje que da título al libro podría ser un maniquí de Bruno Schulz, trasladado a una historia que obedece más a un experimento literario que a las manualidades rutinarias de la novela. Una constelación de capítulos y anécdotas secundarias se combinan con una prosa seca y a la vez expansiva.
Pareciera que lo que ampara el ralato, a fin de que la acción no sea representación de un hecho sino de una pérdida –Igor es en última instancia una novela en torno a un amor fallido-, es la distancia de un narrador que juega con el tiempo, como si tomara al azar capítulos breves de un indefinido conjunto mayor y describiera a contraluz contenidos espectrales. Esa distancia produce un efecto de extrañamiento en el que la amada de Igor, Natschenka, aparece y desaparece, en un ida y vuelta del pasado hacia el futuro.
El viaje inmóvil –hacer memoria en un vago presente-, de hecho es en el relato una articulación onírica que sella la apuesta digresiva. Sin embargo, en el pasado –especialmente en un palimpsesto formado por fotos- el narrador reduce la distancia, hace foco. Humaniza personajes, como Marat y Nikolai, una pareja de militares rusos que durante la primera guerra se separan por una mujer, Marja, abuela de Natschenka. No es casual que las mujeres aparezcan dispuestas como mamushkas: no hay descendencia sino inclusión, esto es, una genealogía mítica. Sobre este linaje reacciona la nostalgia de Igor.
En las últimas páginas el sentido del relato se despeja. Tantas historias laterales y planos superpuestos revelan a un escritor atípico y único en el nuevo panorama literario. Devoto de un complejo desguace de la temporalidad narrativa, Levin materializa en una frase el asunto hipnótico de su novela: “Igor está encerrado en un círculo, eso ya lo sabemos: lo suyo son las repeticiones y la vuelta al comienzo (...) Eso es la escritura: un corte que permite que haya pasado”.


* Los inrockuptibles, mayo de 2007.
Sobre Rocanrol, de Osvaldo Aguirre, Beatriz Viterbo editora, 2007.

Desde hace tiempo Osvaldo Aguirre viene desglosando los mitos de la marginalidad en investigaciones periodísticas, crónicas, novelas y libros de cuentos. En el caso de Rocanrol, el mito es el habla, y sobre todo la voz del sobreviviente que aparece desplegada en la mayoría de los relatos y transforma lo verosímil en veraz. La evocación tiene algo expiatorio, y desde el momento en que los personajes, sumidos en una coloquialidad árida y semejante a la que podría graficar un monólogo interior alucinado, refieren un suceso –una merca maldita, un gran fumo, las vicisitudes de un robo absurdo-, muestran la cara neta de la marginalidad: el que habla, el que refiere lo vivido, es siempre un alma en pena. Es alguien que ha sobrevivido por azar y estiliza la violencia en el discurso del testigo. Los hechos extremos son un punto de inflexión en vidas consumidas. No hay personajes libres, todos han quedado apresados en la memoria de una experiencia terrible; salvo el protagonista de Garganta profunda, un periodista que ha tratado a muchos canas y, como solitario acuarelista de cuadros policiales, tiene la distancia suficiente para dar su versión de los hechos agrupando voces y cabos sueltos.
El último relato, Buche, quizás sea junto al épico Rocancol –en el cual un grupo de yonquis pierde a un amigo por sobredosis- el relato más impactante del volumen. Está ambientado en la última dictadura, el tono es seco y se relata, con la ambigüedad y la distancia justa, la siniestra transformación de “el Pollo”, un alto militante de la JP que es secuestrado. En este trance, la prosa de Aguirre no presenta restricciones, es directa y a la vez expansiva, y muestra a un protagonista reducido a lo inhumano por máquinas de torturar. Detrás de la coloquialidad que articula los ocho relatos de Rocanrol, se agazapa un escritor que, atento como pocos al presente de la marginalidad, tamiza de un modo inmejorable esa lengua espontánea –en sí una atmósfera- que tanto ponderaron los beatniks.

* Publicado en Los inrockuptibles, mayo 07.-

jueves, marzo 08, 2007

Tanta noche

Lo primero que salta a la vista al leer Tantas noches como sean necesarias * de Ricardo Romero (1976) -también autor de la novela Ninguna parte (03)- es la fina construcción de personajes sonámbulos y desolados. Un exbásquetbolista yanqui sobrevive como taxi boy en Buenos Aires. Un sereno despedido usurpa un galpón en Barracas y se dedica a cazar murciélagos. Un motín en un hospicio por momentos resume viñetas de la vida cotidiana. Dos payasos perdidos se encuentran donde los basurales indican el peligroso fin de la ciudad. “Mis personajes saben que el destino del 90% de los hombres es el simulacro, un instante de verdad (con suerte) y su repetición para toda la vida. En todos los cuentos esa noche que no termina es un simulacro, una eventualidad del paisaje.” Romero, además dirigir la revista literaria Oliverio, es impulsor del proyecto de nueva narrativa Laura Palmer no ha muerto –cuyo próximo título, Igor de Federico Levin, está previsto para estas semanas–. Sus ficciones esconden ricas filiaciones con los “vagabundos de Conti”, con el “mundo atroz y festivo de Moyano”, con la nostalgia de “Alice de Tom Waits” o con “No More Shall We Part de Nick Cave”. Lo que sigue ahora en la vida de este escritor afincado en Buenos Aires desde el 2003, es “una novela coral, que transcurre en Paraná, donde nací. Tiene un marco policial de la misma manera que los cuentos tienen un marco fantástico.” Publicada en Los Inrockuptibles marzo.

miércoles, diciembre 06, 2006

Ave Virgilio

"Tu no sabes quién eres", escucha Virgilio, mientras agoniza y confunde presente y pasado, en la obra maestra de Hermann Broch. A su manera, Ramiro Quintana confecciona un Virgilio solitario, que naufraga también en la angustia de la memoria, pero en un hotel de pueblo. Nada lo rodea, salvo el recuerdo fastuoso de una mujer, Irupé, a la que tarde o temprano deberá volver. Irupé es la medida de su anonimato, y a espaldas de ella el protagonista arriba a una zona desértica, a esa zona de actos ínfimos, pasividad y éxtasis solitario, en que la soledad tironea y compone a otro hombre. (Sigue en Nación Apache)


Publicada en Los Inrockuptibles diciembre.

viernes, noviembre 24, 2006

Primera persona

Por Juan Becerra

No hay historia argentina ni secretos revelados de praxis política; no es una operación revisionista ni un ensayo audiovisual sobre la arqueología del poder. Yo, presidente se hace singular por todo lo que le falta, y en ese ascetismo programático ofrece sus imágenes más memorables: las de la intimidad ordinaria de varios hombres de Estado en su momento de repliegue personal... (Sigue en Nación Apache)



* Publicado en Los inrockuptibles noviembre.