sábado, enero 03, 2015

Historias extraordinarias *


Nunca presencié en viaje acciones descabelladas, como un hombre bajando al foso de los leones, un incendio o un suicida monologando en la cornisa de un edificio. Son hechos que seguro me habría detenido a observar y a analizar, porque en cada país tienen sus  propias características –sobre todo la instancia del salvataje, donde se evidencian las brechas culturales-. Tampoco presencié un accidente ni un gran robo.
En Buenos Aires siempre, de alguna manera, llegué tarde al lugar de los hechos y a fuerza de curiosidad incorporé rumores y datos de testigos y observé los efectos colaterales del suceso en cuestión: autos volcados con personas atrapadas entre los hierros, personas fulminadas por un paro cardíaco en el medio de la calle con un cortejo de paramédicos alrededor, dos hermanos en medio de un ataque de nervios tras una salidera, ladrones esposados, boca abajo y aplastados por la bota sádica de policías frustrados, conductores agarrándose a trompadas por un roce de carrocerías. Todo esto, en una ciudad en la que el incidente, la trapisonda y el robo, son materia dispuesta y cotidiana a medida que avanza el verano y la infraestructura colapsa.
Sólo una vez presencié, in situ, un hecho extraordinario. Por ese entonces tenía veinte años. En pleno verano, las calles de Roma estaban bastante deshabitadas, salvo en una zona de bares próxima al Tiber.  Caminar junto al río implicaba sumergirse en un agradable sonambulismo. Los árboles y los puentes producían esa sensación de encantamiento prodigioso que Fellini sintetizaba tan bien cuando filmaba las calles de Italia.
Las luces de un boulevard en pendiente me atrajeron y decidí terminar mi paseo. Había una plazoleta elegante y un grupo de gente en la calle, con cervezas en la mano. Me disponía a unirme a la multitud, cuando de repente tres jóvenes salieron, vociferando en italiano, arrastrando a un turista inglés ebrio. A la vista de todos, en cuestión de segundos le dieron una paliza que interrumpí,  como si tuviera algún tipo de autoridad legal, cuando le pateaban la cabeza: el inglés, pese a su contextura robusta, estaba servido en bandeja. Gritar “basta, lo van matar”, alcanzó para que los tres matones volvieran en sí. “Miró a Giulia”, dijo el líder de la golpiza, y creo que en ese momento comprendió que ese hecho era incongruente con el resultado de la paliza. Enseguida los otros dos amigos, viéndose implicados en un posible delito motivado por los celos patológicos de un tercero, lo instaron a irse del lugar. Se echaron a correr cuesta arriba. La escena perfectamente podría haber sucedido en Buenos Aires.
Con la ayuda de Giulia, hermana del líder de la golpiza, subí al inglés a un taxi y lo llevamos al hospital más cercano, ubicado en la isla Tiberina. El hospital, del siglo XVI, parecía más bien un castillo que seguramente había sido levantado en la isla, a modo de cárcel encubierta, en época de pestes para proteger a la aristocracia. Depositamos al inglés en la guardia. Los médicos nos agradecieron, como si un moribundo de esa clase fuera una pieza de colección. Nosotros, arrastrados por un interés fuera de cálculo, subimos al mismo taxi. Al día siguiente me desperté pensando en el inglés. Me dispuse a llamar al hospital y preguntar por su estado de salud, pero Giulia me dijo que olvidara el asunto, ese inglés en el fondo tenía los ojos de un pobre tipo que mira a las mujeres para evocarlas en soledad.   

* Publicado en Suplemento Cultura de Perfil el 14 de diciembre de 2014. 

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