lunes, diciembre 08, 2014

Paraíso adentro *


 
De mi última visita a Seúl recuerdo sobre todo un hecho: no quería salir del hotel y, de hecho, limité mis salidas a las actividades programadas que tenía justo del otro lado de una ancha avenida. Mi resistencia a caminar, tan común en mí, e inversamente proporcional a la disposición para andar en bicicleta o nadar, no se debió a un acceso de fobia, sino a una combinación de circunstancias. Estaba por unos pocos días, para un festival de literatura, y el viaje de ida y vuelta en avión sumados equivalían a la mitad del tiempo que pasaría en la ciudad, con el agravante de que en ese lapso mi organismo cambiaría dos veces a husos horarios antagónicos. No tenía bicicleta y, de tenerla, tampoco podría haberla usado, porque en Seúl no hay bicisendas ni está contemplado que los ciclistas anden por las calles. Un ciclista suelto en medio del tráfico es mirado como un dinosaurio. Los pocos ciclistas que circulan son en sí bombas urbanas de tiempo, se las arreglan para andar por las veredas en zig zag, casi a la par de los caminantes, por lo cual más que pedalear hacen equilibrio o se desempeñan en una especie de cuerda floja, a punto de provocar alguna colisión. A las circunstancias descritas, se suma cierto conocimiento de la ciudad y de los hábitos de la población que me indicaba lo tedioso que, para alguien recién llegado, podía resultar moverse desde el centro hacia otra zona. Incorporar la lógica del transporte público coreano es el paso final de un aclimatamiento, no de una llegada. Para plegarse al impecable y colosal transporte público coreano, hay que ser nativo, matemático, o haber cursado un seminario especializado en combinaciones y prácticas urbanas. 

Aunque las actividades tenían lugar a cien metros lsÇeales﷽﷽﷽ cien metros l por el trazado  y comportamiento urbanoe una llegada. PAra cular, a paso de hombre, por las veredas, caineales, por el tipo de trazado urbano y la disposición de cebras peatonales, yo debía cruzar tres avenidas, es decir, conducirme con paciencia ante tres semáforos cuyo tiempo de espera era, si bajaba en mal momento,  de tres minutos por vez. A pesar de que no pasaran autos, hordas de peatones esperaban pacientemente la luz verde del semáforo para cruzar. Una violación a la norma, ante cientos de testigos, parecía impensable. En otras visitas a Seúl había cruzado avenidas en la noche, por la mitad de la calle, a escondidas. Pero semejante transgresión, en hora pico, podía confundirse con una profanación del espacio público. Desplazarse hasta el andén de subte, que quedaba cien metros más allá del centro de actividades y doscientos metros bajo tierra, representaba en sí un viaje de casi veinticinco minutos, considerando que mi habitación estaba en el piso veinte y debía esperar el ascensor tres o cuatro minutos.

Más allá de todo lo dicho, el factor milagroso que selló mi inercia residió en el cuarto mismo. La mentalidad de cada viajero está aquejada por un prototipo de  habitación prototipcaorresilas veredas, cahay una habitaciuedaba cien metros malle, a escondidas. Pero semejante transgresilas veredas, ca que, por distintas circunstancias, nunca llega. En mi caso, ese prototipo de habitación presenta un living separado del cuarto de dormir por puertas corredizas que permiten unificar los dos ambientes en uno. Cocina y baño con ducha potente.  Un gran ventanal junto a la cama, que abarca distintos puntos cardinales de la ciudad y  permite la sensación de observar sin ser observado.  Así era, sin que hubiera planeado nada, mi habitación, y cada mañana, cada tarde y cada noche, el cielo y una constelación de templos budistas que se abrían en el medio de Seúl, colonizaban ese espacio anónimo y yo me volvía el intruso perfecto en un paraíso congelado detrás de un vidrio.




* Publicada el 16/11/14 en Cultura Perfil.

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