martes, octubre 21, 2014

Dólar y dolor *


De a poco, tanto viajar afuera de la Argentina, como vivir en el país, se ha vuelto costoso, salvo que uno gane en dólares y viva en pesos.  Es decir, no es posible estar adentro ni afuera. Esto no es atribuible sólo a los errores y a la improvisación del gobierno actual. Hay, creo, una grieta especulativa mayor, una falla cultural que transformó al dólar en el termómetro –especulativo- de la economía. El doloso dólar, como diría Cabrera Infante, es hoy el verdadero objeto –dramático- de producción de confianza y plusvalía al alcance de la dama y el caballero, no importa profesión o clase social.  

Recuerdo mis primeros viajes en la década del noventa, a Perú y a Venezuela, luego a Cuba. El dólar era considerado una mercancía valiosísima y las calles estaban sembradas de arbolitos, como ahora la calle Florida. Aspiradoras vivas de divisas. Cada cual tenía la posibilidad de hacer su negocio y hacer una bicicleta comprando y vendiendo dólares en negro para vivir el día a día, porque la cotización de la divisa siempre escalaba un poco. ó ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽rñLÑocio y hacer una bicicleta comprando y vendiendo dMi sorpresa ante esa posibilidad fue mayúscula. Equivalió a descubrir que el valor de la moneda era ficticio. Venía de un país en el que con la convertibilidad la especulación financiera era invisible y especializada –hasta la crisis que acompañó el cambio de milenio- y de los brotes hiperinflacionarias de mi infancia no quedaban en mi memorias huellas paranoicas como la que dejó el derrumbe del 2001.

Tanto rendía cambiar dólares en el mercado negro, que convenía hacerlo en cuenta gotas, para no excederse. Cien dólares podían solventar una semana de alojamiento y comidas suculentas en Cuzco, por ejemplo. En esos mismos viajes, y en posteriores por Centroamérica y México, se repitió una misma circunstancia: europeos desempleados que cobraban un subsidio e israelíes que luego de salir del servicio militar recibían una compensación, tenían la posibilidad de viajar ad eternum convirtiendo una moneda fuerte en otra más lábil. Extranjeros destemplados que estiraban al máximo los favores del estado en paraísos tropicales. Incluso había argentinos que aprovechaban la convertibilidad y con unos pocos ahorros y cierta aptitud para las manualidades, giraban durante meses vendiendo artesanías en ferias. 

Algunos alemanes o israelíes llevaban viajando tantos años alrededor del mundo que tenían discurso y apariencia de vagabundos. En ese discurso se traslucía un escepticismo político total combinado con cierto nacionalismo nostálgico y contradictorio hacia una sociedad que no los identificaba pero había moldeado una idiosincrasia. Nada define tanto a un mochilero como su lugar de origen. Era de hecho, la apertura a cualquier diálogo. Luego, la lengua. Se reproducía de algún modo lo que en un exilio real.

Desde hace un tiempo observo en Buenos Aires, sobre la calle Florida, a jóvenes que como yo en los noventa, hacen su viaje iniciático y miran deslumbrados las cúpulas de la avenida de Mayo. Los imagino aprovechando las bondades de Buenos Aires después de convertir la ficción de una moneda fuerte en la ficción una moneda que tiene la duración de un deseo. Veo también a arbolitos sedientos ante la presencia jugosa de gringos al sol. Y en la sombra, a una clase media que en cuanto tiene un excedente adquiere ese objeto del deseo llamado dólar, para preparar un salvoconducto que gravite ante un posible temblor. 



* Publicado en Cultura Perfil el 7 de septiembre.

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